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Slobodan Milosevic y sus verdugos, La limpieza étnica y La matanza de Srebrenica. José María Pérez Gay.

octubre 20, 2010 Deja un comentario

Slobodan Milosevic y sus verdugos, La limpieza étnica y La matanza de Srebrenica

José María Pérez GayLa Jornada

Slobodan Milosevic y sus verdugos. I Parte

Nacido en Belgrado en 1941, Milosevic no era hombre de amigos, sino de cómplices y verdugos. Mira Milosevic, su esposa, fue quizá la única persona en la que el político confiaba sin reservas. Milosevic siempre se ganó la cooperación de muchos compañeros y, con el tiempo, se convirtió en un cuadro político importante en la Yugoslavia de Tito. Se mantuvo en el poder a pesar de las derrotas militantes que sufrió a lo largo de siete años.

El marxismo-leninismo nunca le importó gran cosa. Le importaban los individuos que le servían para mantenerse en el poder. Por eso nunca vio una flagrante contradicción entre su alianza con los comunistas que creían en la Yugoslavia de Tito, en 1991, como Borislav Jovic o los generales Abdic y Velko Kadijevic y su gobierno en Serbia, que contaba entonces con dos viceministros: uno, Vojislav Seselj, el fascista confeso que describió con todo detalle el placer que sentía cuando decapitaba a croatas y albanenses, y otro, Vuk Draskovic, un ególatra iluminado que durante una época encarnó a la oposición democrática. A ambos los tuvo en su día en la cárcel, los sometió a torturas indecibles y, unos meses después, los nombró en su Consejo de Ministros.

Los verdugos de Milosevic en Bosnia fueron durante la guerra Radovan Karadzic y el general Ratko Mladic; el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia los busca hoy por genocidas. Milosevic los erigió en los directores generales de “la limpieza étnica” como antes había nombrado a Milan Babic y a Milan Martic en Croacia. Los cuatro verdugos exterminaron -se calcula- a 40 mil personas. El ultranacionalismo serbio reflejaba entonces -además de una fuerte proclividad a delinquir en el espacio del derecho internacional- un proyecto político e histórico suicida, una sombría tendencia a la destrucción que convirtió la estrategia del establishment de Belgrado en no sólo una guerra despiadada, sino también en una derrota permanente. La estrategia que desintegró la Yugoslavia de Tito, Eslovenia, Croacia, Macedonia y Bosnia-Herzegovina, que orilló a Montenegro a la proclamación de la independencia y hundió a Kosovo en un mar de sangre.

La guerra de Kosovo comenzó en 1989, cuando Slodoban Milosevic, iniciando la frenética campaña de exaltación nacionalista serbia que le permitió hacerse con el poder absoluto -y al mismo tiempo precipitó la desintegración de Yugoslavia-, abolió el estatuto de autonomía de aquella provincia, prohibió a los albano kosovares sus escuelas y toda representatividad pública, y pese a constituir el 90 por ciento de la población, los convirtió en ciudadanos de segunda respecto al diez por ciento restante -la minoría serbia. Si en aquel momento los países occidentales hubieran apoyado -escribe Elizabeth Bäumlin-Bill- a los demócratas que en Yugoslavia resistían los embates de los apparatchik, que a fin de consolidarse en el poder, cambiaron su ideología marxista por el nacionalismo y provocaban a eslovenos, croatas, bosnios y kosovares con la amenaza de una hegemonía serbia sobre la Federación para, en el clima de xenofobia y división así creado, impedir la democratización de Yugoslavia que hubiera puesto fin a su carrera política, Europa se hubiese ahorrado los 200 mil muertos de Bosnia y los sufrimientos incontables de los Balcanes.

Milan Milutinovic, el sucesor en Serbia cuando Milosevic asume la presidencia de Yugoslavia, es un ejemplo perfecto de la legendaria selección negativa que definió a los regímenes comunistas desde Stalin. Sólo hablaban cuando sabían lo que quería escuchar el jefe. Algunos llegaban hasta la ignominia de imitar su voz, sus órdenes y, por supuesto, sus crímenes, como el primer ministro serbio Radomir Bozovic. Esa actitud molestaba tanto a Milosevic, que a los dos meses destituyó a Bozovic. El régimen despobló a Serbia de profesores, intelectuales, artistas y escritores; emigraron más de 300 mil jóvenes universitarios, en el aparato de Milosovic sólo quedaron los que sabían que su propio futuro era el del Jefe supremo.

Slodoban Milosevic nunca tuvo confianza en los militares. Siempre recurrió a la retórica de la gran Yugoslavia, a la figura de Tito, a la inquebrantable unidad de la nación. El Jefe del Estado Mayor, Abdic, y el ministro de la Defensa, Kadijevic, lo apoyaron en todo momento para controlar los separatismos, la nación comenzaba a desintegrarse. Pero Milosovic cometió la tontería de purgar a sus mejores cuadros militares, y nombró a militares cercanos al panserbinismo. Por ese entonces, en abril de 1999, permitió que un nuevo cuerpo policiaco se apoderara del Ministerio del Interior, y lo convirtió en un segundo ejército con mejor armamento. Un cuerpo privilegiado en una Serbia cada vez más pobre, en el que los mandos, y no sólo ellos, desde la guerra de Bosnia, estaban implicados en crímenes de guerra, y sabían que su seguridad significaba la supervivencia de su líder.

La tercera columna del régimen de Milosevic era la mafia, en íntima relación con el aparato político, económico y con las fuerzas de la milicia y soporte de las bandas paramilitares que actuaban como una vanguardia vandálica, cuyo encargo principal era el exterminio de los musulmanes. La milicia compensaba la falta de entusiasmo en los reclutas resignados al abismo, fatalistas incorregibles y las crecientes dificultades para la leva. Aquí ejercían un papel esencial delincuentes habituales como Arkan., que se hicieron millonarios en dólares con favores que se añadían a los cuerpos de los muertos, la cadena de cadáveres que dejaba a su paso.

Zeljko Raznatovic, alias Arkan (1957-2000), asesino a sueldo de Slodoban Milosevic, contratado por los servicios secretos yugoslavos; asaltante de bancos buscado por la Interpol, secuestrador de musulmanes acaudalados, narcotraficante de cocaína y heroína; rey del bajo mundo de Belgrado, diputado en el Parlamento serbio, traficante de armas, héroe de la Gran Serbia, líder de los hinchas, hooligangs, del equipo Estrella Roja de Belgrado, dueño del equipo de futbol Obilich, maestro del futbol yugoslavo; políglota (hablaba seis idiomas a la perfección), cocinero, padre de nueve niños, contrabandista, dueño de tres casinos, marido de la popular cantante Svetlana Velickovic, llamada Checha, comandante del grupo terrorista “Tigres”; Señor de la Guerra en Croacia y Bosnia, jefe de los francotiradores que asolaron durante dos años la ciudad de Sarajevo y asesinaron a más de 876 niños; saqueador, pirómano, habitante de un castillo en Kosovo, portador de la Gran Cruz Serbia, comerciante en importaciones y exportaciones, mayordomo del sátrapa Ratko Ladic; durante los bombardeos de la OTAN, uno de los personajes más entrevistados por la BBC de Londres y la CNN de Atlanta; facilitador de Milo Djukanovic, presidente reformista de Montenegro, ídolo de la juventud serbia, favorito de los periódicos de Nota Roja, asesino serial, genocida. Arkan es el emblema del régimen de Milosevic.

El 15 de enero de 1999 cayó traspasado por una lluvia de balas en la sala de recepción del Hotel Intercontinental, en Belgrado. Sus asesinos, miembros de los servicios secretos serbios, huyeron con la protección de la policía.

El problema no fue el de las otras culturas que constituían la Federación Yugoslava -Eslovenia, Croacia, Bosnia, ahora repúblicas independientes- como tampoco lo fue Kosovo. El verdadero problema era la dictadura de Milosevic, fuente principal de los conflictos étnicos y de la explosión histérica de sentimientos nacionalistas que incendiaron los Balcanes. La soberanía tenía límites, y si un gobierno atropella los derechos humanos más elementales y comete crímenes contra la humanidad, con asesinatos colectivos y políticas de purificación étnica, entonces su presidente deberá ser juzgado en la Corte Internacional, como los grandes genocidas de Nuremberg, aunque un ataque cardiaco lo haya puesto fuera de la vida y su justificada condena.

Slobodan Milosevic: la limpieza étnica. Parte II

En abril de 1992, los conflictos en Eslovenia y Croacia se extendieron hasta Bosnia Herzegovina, donde también existían grupos importantes de poblaciones serbias. Un referéndum de autodeterminación celebrado a principios de 1992 en Bosnia Herzegovina se tradujo en respaldo mayoritario a una república independiente y, sobre todo, multiétnica, que reproducía con toda claridad el temor de muchos bosnios a lo que empezaba a ser una realidad preocupante: una “Yugoslavia” en la que -a la luz de la independencia de Croacia y en Eslovenia- la dominación ejercida desde Belgrado era un severo problema. El gobierno bosnio había sentado, por lo demás, las bases de un equilibrio, muy precario, entre las principales comunidades y etnias residentes en la república. Había garantizado, así, un grado notabilísimo de descentralización en la toma de decisiones, había repartido el poder y había decidido prescindir, en fin, de las unidades de la defensa territorial de la república. La respuesta de Milosevic y sus milicias serbiobosnias, apoyadas de nuevo en el ejército federal, fue, sin embargo, la misma que en Croacia: la limpieza étnica se abrió camino en regiones muy extensas, mientras la capital, Sarajevo, era objeto de un bombardeo implacable contra su población civil.

Un porcentaje elevadísimo de la población, y sobre todo de la bosnia, se vio obligada a abandonar sus casas y buscar refugio en otras áreas de la república, en Croacia o en otros países. Con el paso del tiempo, y en particular durante 1993, las propias milicias croatas llevaron a cabo también operaciones de limpieza étnica en la Herzegovina occidental, con la víctima principal, de nuevo, la población civil de Bosnia.

El resultado de esta dinámica bélica, de este proyecto genocida de Milosevic, se puede resumir en una cifra que se sitúa en torno a 150 mil muertos, unas 80 mil mujeres violadas y más de la mitad de la población bosnia obligada a buscar refugio o el exilio lejos de sus hogares. A mediados de 1995 las milicias serbiobosnias, dirigidas por el criminal Radovan Karadzic desde el llamado “Parlamento de Pale”, controlaban, y habían limpiado étnicamente, 70 por ciento de la superficie de la república. Ante tal estado de cosas, la comunidad internacional decretó un embargo de armas de todos los contendientes: el gobierno de Sarajevo fue, con mucho, la principal víctima de ese embargo, ya que se le privó de un elemento decisivo para defenderse, al tiempo que se permitía que las milicias serbiobosnias hiciesen uso de los arsenales del ejercito federal yugoslavo.

El prestigio de la comunidad internacional, sobre todo de Europa, se había visto erosionado una vez más cuando los serbios se negaron a observar una resolución de la ONU que, mayo de 1993, comprometía a garantizar la seguridad de seis enclaves bosnios: Behac, Gorazde, Sarajevo, Srebrenica, Tuzla y Zepa. Basta con mencionar que Srebrenica y Zepa fueron ocupadas por milicias serbiobosnias en julio de 1995, que en el primero de esos enclaves fueron ejecutados 25 mil varones musulmanes. Para entender cómo se llegó, en Bosnia Herzegovina, a la firma del tratado de Dayton, en 1995, es preciso reseñar algunos cambios operados en los escenarios posyugoslavos, la transformación que se llevó a cabo en las políticas de Milosevic a partir de 1994 tuvo un papel muy importante. Empeñado en propiciar un levantamiento del embargo que su país padecía, Milosevic abandonó al menos formalmente el sueño genocida de la “Gran Serbia”.

Esta transformación se tradujo pronto en una relación muy tensa con los aliados serbiobosnios, las milicias asesinas que en cierto sentido eran víctimas de sus propios éxitos: tras conquistar un territorio muy grande, se habían visto obligadas a defender una extensa línea del frente de combate, en un escenario en que la prolongación de la guerra provocaba un innegable cansancio, en que eran cada vez más difícil las movilizaciones militares y en que se hacían valer las reticencias de Milosevic a la entrega de nuevos suministros. Milosevic accedió en una repentina decisión o conciencia, en suma, de que el tiempo de las conquistas militares había pasado, de tal suerte que era preferible recoger algo antes de perderlo todo.

A principios de 1994, Milosevic se dio cuenta de que la limpieza étnica había llegado a su fin, había exterminado a 250 mil seres humanos reclamando una pureza racial que sólo existía en sus delirios. En 1999, los combates que se reanudaron con intensidad en Kosovo y fracasan porque la limpieza étnica había sido radical y diabólica. De acuerdo con cálculos de Naciones Unidas, para abril de 1999 la cifra total de bosnios, croatas, eslovenos, montenegrinos, macedonios y albanokosovares asesinados podría llegar a 480 mil personas. La ocupación y limpieza étnica de la “zona protegida” de Srebrenica en presencia de un destacamento de cascos azules holandeses, en julio de 1995, significó el hundimiento definitivo de la misión internacional, y presentó algo insólito: el entendimiento entre los mandos de los cascos azules y los del ejército serbio con mayor crudeza. Srebrenica ha pasado a los anales de la historia de los genocidios como en noviembre de 1993 la artillería croata pasó a los mismos anales cuando hundió el puente viejo de Mostar, símbolo de la ciudad desde 1566.

Mostar asediada por los croatas llegó a considerarse “el mayor campo de concentración de Bosnia”, por sus dramáticas condiciones de vida, descritas por el director del hospital de la ciudad cercada como Sarajevo, destruida como Vukovar y hambrienta como Zepa. Todo esto en presencia de los cascos azules que nunca pudieron hacer nada. Uno de los capítulos más tétricos de esa locura llamada la muerte de Yugoslavia. La historia del ejercito popular yugoslavo comienza con la lucha guerrillera contra los nazis y termina con el genocidio de su propia población.

Slobodan Milosevic: la matanza de Srebrenica. Parte III y última

El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia presentó en 2000 la acusación de genocidio contra el general Ratko Mladic, jefe del ejército serbiobosnio, y contra Radovan Karadzic, alguna vez presidente de la república de Srpska. Ambos se encuentran desde entonces fugitivos, nadie ha podido dar con su guarida. El Tribunal Penal Internacional no sólo los acusa de la muerte de 200 mil musulmanes bosnios (1992-1995), sino también de la ocupación de la zona protegida por la ONU, Srebrenica, y de haber dado la orden de exterminar a 7 mil hombres musulmanes. Ratko Mladic y Radovan Karadzic fueron los más implacables genocidas después de Milosevic.

Mladic es un hombre robusto con una gran cabeza y cuello de toro. Cuando daba las órdenes con gritos militares, su cara se enrojecía y el sudor cubría su frente. Le gustaba comer y beber muy bien, le encantaban el Cevapcici y la Sarma, los embutidos turcos, especialidades bosnias. Su nombre era para miles de musulmanes sinónimo del terror. Mladic asedió tres años Sarajevo, una ciudad que conocía de memoria, donde vivían su mamá y sus amigos, donde tenía también una casa y una novia. Cuando sus tropas y sus francotiradores, entre ellos Arkan, se retiraron, habían muerto 14 mil personas. Pero faltaban Gorazde y Srebrenica.

Los periódicos serbios comparaban a Mladic con el príncipe Lazar Hrebeljanovic, que en 1389 comandó a los serbios en la batalla de Amselfeld contra los musulmanes, y los turcos devastaron sus ejércitos y los sometieron durante siglos. Un día antes de esa batalla, el profeta Elías se le apareció al príncipe Lazar en la forma de un halcón cruel y lo puso ante una alternativa: o ganaba la batalla y conquistaba el reino de Dios en la tierra, o la perdía y alcanzaba con su pueblo un lugar en los cielos. Y desde aquel 28 de junio de 1389, al perder la batalla contra los musulmanes, los serbios se sienten un pueblo asistido por la divinidad, una comunidad diferente, porque había conocido el verdadero martirio.

En el valle de Javor, dentro de la antigua Yugoslavia, rodeada por montañas azules y extensos bosques de un verde oscuro, en el corazón de Europa, se encuentra Srebrenica, una pequeña ciudad luminosa del noreste de Bosnia Herzegovina, conocida por su balneario, su riqueza forestal y sus minas. Entre 1992 y 1995, Srebrenica se convierte en sinónimo de la barbarie en los Balcanes, una de las manifestaciones más contundentes de la miseria humana y del mal. A pesar de que la ONU declaró a la ciudad “zona protegida”, sus 37 mil habitantes, la mayoría, musulmanes, sufrieron el asedio de las milicias serbias.

Apenas protegidos por un destacamento de cascos azules holandeses, al mando del coronel Tom Karremanns, los defensores de Srebrenica ofrecen una tenaz resistencia a la ofensiva de las milicias serbias y sus obuses devastadores. Sin agua ni víveres, sin luz eléctrica ni servicios sanitarios, deciden sobrevivir y esperar el desenlace de la guerra. Pero la mañana del 11 de julio de 1995, las brigadas serbias al mando del general Ratko Mladic ocupan la ciudad y, ante la incomprensible pasividad de los cascos azules, asesinan a 7 mil musulmanes, en su mayoría varones de entre 18 y 60 años. La mayor matanza en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial.

En el granero principal de Srebrenica, los verdugos de Ratko Mladic queman vivos a 2 mil 400 musulmanes. Los cascos azules observan impasibles el martirio, escuchan los gritos y la agonía de las víctimas. Wesley Clark, antiguo alto mando de la OTAN en Europa, acusó hace seis meses ante el Tribunal de La Haya al ex presidente serbio Slobodan Milosevic de haber permitido la carnicería de las tropas serbiobosnias. Cada metro cuadrado de esta ciudad, dice la Asociación de Madres de Srebrenica, está teñido de sangre.

En El genocidio bosnio, Norman Cigar ha escrito que la guerra de Kosovo y el genocidio en Bosnia comenzaron en 1989, cuando Milosevic, iniciando la frenética campaña de exaltación nacionalista serbia que le permitió hacerse del poder absoluto -y, al mismo tiempo, precipitó la desintegración de la Federación Yugoslava-, abolió el estatuto de autonomía de esa provincia, prohibió a los kosovares albaneses sus escuelas y toda representatividad pública y, pese a constituir 90 por ciento de la población, los convirtió en ciudadanos de segunda y los sometió al poder de 10 por ciento de serbios. “La palabra exterminio calza como un guante”, escribe Cigar, “a la operación de Milosevic.

En plena negociación de la paz en Rambouillet, Milosevic -en contra de los compromisos pactados- inicia la movilización de 40 mil hombres del ejército yugoslavo hacia Kosovo y, unos días más tarde, impermeabiliza la provincia mediante la expulsión de la prensa internacional. Los testimonios recogidos mediante los refugiados kosovares en Macedonia y Albania, indican una fría planificación, ejecutada con precisión científica”. En los poblados ocupados por la soldadesca serbia se separa a los jóvenes de los niños, ancianos y mujeres, y se les ejecuta, a veces haciéndolos cavar primero sus propias tumbas. Los registros públicos desaparecen quemados, así como toda documentación que acredite a kosovares y musulmanes como propietarios de casas, tierras o, incluso, de que alguna vez vivieron allí. En cualquier caso, la locura de Milosevic es la limpieza étnica: hacer de Kosovo una región ciento por ciento serbia y ortodoxa, sin rastro de musulmanes o albaneses.

Llama la atención el pliego consignatorio de Louise Arbour, fiscal del Tribunal Penal para la ex Yugoslavia, en mayo de 1999, contra Milosevic. “Se le acusa de haber planificado, instigado, ordenado y efectuado una campaña de terror, violencia y limpieza étnica sistemática efectuada por las fuerzas yugoslavas en Kosovo”. En cambio a los militares Ratko Mladic y a Radovan Karadzic se les acusa directamente de “genocidio” y crímenes de guerra, como el de Srebrenica.

Unos meses después el Tribunal Penal Internacional de La Haya para la antigua Yugoslavia acusó a Milosevic también de genocidio. Mladic y Karadzic desaparecieron desde la firma de los acuerdos de paz de Dayton que dieron fin a la guerra en diciembre de 1995. Desde hace 11 años, las tropas de la OTAN desplegadas en la zona han intentado en vano detener a ambos criminales y llevarlos a juicio en La Haya. Inútil. Una parte de la población serbia los protege, los considera sus héroes de guerra: en el centro de Belgrado se venden camisetas con las efigies de los dos genocidas, prueba más que evidente que un sector de la sociedad serbia apoyó sus delirios nacionalistas y genocidas. Mladic y Karadzic, al parecer, pueden haberse sometido a una operación de cirugía estética y haber cambiado de rostro, o residir con una identidad falsa en cualquier país extranjero.

Mientras un organismo de la ONU investiga en fosas comunes descubiertas en Bosnia oriental para hallar los miles de cadáveres, la Asociación de Madres de Srebrenica pide justicia y denuncia miles casos. Gordon Bacon, responsable de la Comisión Internacional para Personas Desaparecidas, (ICMP, por sus siglas en inglés) tiene a su cargo la investigación sobre las fosas abiertas de Srebrenica. “Son más de 5 mil”, escribe el periodista alemán Rolf Schubert, “apenas han descubierto la cuarta parte”.

Desde el siglo XIX, Manuel José Othón descifra otra vez el horror:

¡Qué enferma y dolorida lontananza!

¡Qué inexorable y hosca la llanura!

Flota en todo el paisaje tal pavura

Como si fuera un campo de matanza

Y la sombra que avanza, avanza, avanza.

Parece, con su trágica envoltura,

El alma ingente, plena de amargura,

De los que han de morir sin esperanza.

“Todavía se encuentran restos de cadáveres en la zona, Hay tantas fosas comunes en esta zona de Bosnia oriental que cada metro esta teñido de sangre”, dice Hatidza Mehmedovic, la vocera de la Asociación de Madres de Srebrenica. “El único perdón es la justicia. Las madres nos encontramos con gran falta de ayuda, porque los organismos internacionales se llenan la boca con el recuerdo de Srebrenica, pero después no hacen nada. De los 11 mil desaparecidos en julio de 1995, han sido encontrados unos 2 mil restos y otros 5 mil, exhumados, pero permanecen sin identificar. Los demás cadáveres no han aparecido. Nadie frenó esta matanza, los soldados de la ONU nos vieron morir. Muchos serbios saben dónde fueron enterradas las víctimas, pero el miedo les impide hablar”.

Rusia: el Cáucaso en llamas. José María Pérez Gay

octubre 19, 2010 Deja un comentario

Rusia: el Cáucaso en llamas

José María Pérez Gay

I / La Jornada, 5-9-04

La barbarie terrorista chechena, que causó anteayer una de las matanzas más atroces de los años recientes en la región del Cáucaso, asaltó el colegio de Beslán, una ciudad de la república caucásica de Osetia del Norte, y secuestró a más de mil 200 personas, entre niños y adultos. Según diferentes versiones, una explosión accidental dentro de la escuela o la intervención directa de las fuerzas de seguridad rusas desencadenaron el infierno. El comando abrió fuego contra los rehenes y las tropas de asalto entraron a sangre y fuego.

Los servicios de emergencia habían recuperado hasta el sábado más de 320 cadáveres, incluidos 175 de niños de cinco a 14 años.

Lo más increíble de todo es que los terroristas chechenos decidieran asesinar a los niños, ejecutarlos por la espalda. Pero lo es sin remedio -aunque ahora no cueste trabajo creerlo después del secuestro de los dos aviones y la mujer chechena que se inmoló con explosivos frente a una estación del Metro en Moscú.

¿Por qué esta locura demoniaca? ¿Quiénes son estos criminales dementes? A partir de 1991, Rusia perdió el control de Chechenia, pero la falta de dirección política en una región no significa necesariamente que ese territorio declare su independencia, se constituya en Estado autónomo y se separe de la Federación Rusa. Hace 10 años, Moscú perdió también el control político sobre las regiones de Nagorno-Badashan (Tajidistán), Nagorno Karabach (Azerbaiyán), Abgasia (Georgia), Kirovakán (Armenia) Chimbay (Uzbekistán), Daguestán (Ingushetia ) y, siguiendo esa lógica, ya se habrían declarado estados independientes. Según fuentes de Naciones Unidas, existen 40 territorios en todo el mundo que han declarado su autonomía; más aún, en la región de Sikkim, en India (1975), una elección popular votó a favor de su independencia, pero el poder central no se la concedió.

Siempre tuve la impresión de que Moscú corría muchos más riegos de los que podía permitirse si no tomaba en serio la proclamación de la independencia de Chechenia (1991). Boris Yeltsin aceptaba a duras penas la existencia de los rebeldes, se negaba a negociar con esos forajidos, tal vez porque después de la desaparición de la Unión Soviética los dirigentes rusos habían perdido la memoria. Habían olvidado que, en 1785, durante el imperio de la zarina Catarina II, los pueblos islámicos montañeses del Cáucaso del Norte, bajo las órdenes del checheno Mansur Uschurma, que se autonombró Imam, declararon la guerra santa a Rusia, vencieron varias veces a los ejércitos del zar y refundaron Grozny, su capital. A principios de la década de 1990, Moscú aplazó tres años su intervención en el Cáucaso, una zona de gran interés geopolítico.

El 31 de diciembre de 1994, el ejército ruso entró en Grozny, la capital de la república de Chechenia, para contener una rebelión separatista, pero no encontró ninguna resistencia. Ese día las cosas pintaban bien; la victoria, cantada. Las tropas rusas se apoderaron del centro de la ciudad y la fueron ocupando por zonas; se disponían a celebrar el año nuevo, grupos de soldados cantaban y bebían por las calles. Al amanecer del primero de enero de 1995, sin embargo, los chechenos salieron del fondo de la tierra, verdaderos maestros en la guerra de guerrillas, pasaron a la acción. El 2 de enero la 131 Brigada rusa contaba con mil hombres y 150 vehículos blindados. En 48 horas perdieron 830 soldados y 148 vehículos. Durante tres semanas los guerrilleros hicieron frente al ejército y la aviación rusos, que devastaron la ciudad con bombas de racimo, lanzacohetes, cañonazos y misiles. De nada sirvió la destrucción.

Los ejércitos rusos nunca lograron el control absoluto de Grozny. Los chechenos seguían disparando desde las ruinas y en la oscuridad. En cuanto se declaraba segura una zona, los comandos atacaban por la espalda y los emboscaban. La lucha chechena era más bien un estado de alma, una pasión desmedida y un odio indomable. Los chechenos reconquistaron dos veces su capital: en agosto de 1996 y en enero de 2000. Hoy, en realidad, Grozny ya no existe, el ejército ruso la borró del mapa, es una sucesión de tumbas y ruinas. Murieron 48 mil personas, entre civiles y milicianos chechenos y 6 mil soldados rusos. Por ese entonces, Yeltsin estaba convencido de que la intervención en la república de Chechenia podía resolverse en 15 o 20 días; según los informes militares, sus tropas avanzaban sin muchas bajas, iban acabando con los rebeldes. Pero un antiguo general soviético, Dzohjar Dudáev, cuya experiencia en la guerra de Afganistán era legendaria, convirtió en una pesadilla la intervención rusa en Chechenia, sometió al estado mayor del ejército a una de las mayores humillaciones de su historia, después de Afganistán. La primera guerra de Chechenia de finales del siglo XX había comenzado.

El 31 de enero de 1995, la guerra había desplazado a 450 mil personas; 160 mil huyeron a las repúblicas vecinas de Ingushetia (130 mil), Daguestán (42 mil) y Osetia del Norte (5 mil). La mayoría de estos fugitivos encontraron un lugar en las familias de los vecinos, o se escondieron en las montañas del norte, sobre todo gran número de mujeres, niños y ancianos. Los refugiados suscitaron numerosos conflictos en Ingushetia (que además recibió otros 50 mil refugiados a consecuencia de la guerra con Osetia del Norte) y en Daguestán, una zona prácticamente aislada al cortarse las vías de comunicación con Rusia. En el verano de 1996 el general Alexander Lebed, enemigo de Yeltsin, viajó muchas veces a Grozny para negociar los acuerdos de paz. Después de apasionadas y difíciles negociaciones, los separatistas chechenos aceptaron aplazar cinco años la proclamación de su soberanía, dar tiempo al tiempo y buscar una solución definitiva al conflicto.

A principios de 1997, el diputado Viktor Kurotshkin propuso en la Duma (el Congreso) la solución más fácil: la independencia de Chechenia. “Rusia y Chechenia deben separarse de modo pacífico y voluntario”, afirmaba Kurotshkin, “como se separaron los checos y los eslovacos”. Sin embargo, la mayoría de los políticos rusos se amotinaron ante la propuesta; opusieron a ese proyecto un Estado fuerte y caudillo, bien armado, con recursos naturales limitados y una economía arruinada, pero con una política nacional implacable. “Nadie puede pactar”, subrayaron, “con una región sublevada, islamica y fanática”. La independencia de Chechenia traería en el Cáucaso una enorme cantidad de problemas fronterizos; sus consecuencias, imprevisibles. Nadie puede trazar la línea de demarcación con Osetia del Norte, porque sus habitantes se sienten europeos, ni mucho menos con Ingushetia, porque nadie puede vigilarla. Menos aún con Daguestán porque las tribus chechenas-accrinas lo impedirían de inmediato. Stavropol, la ciudad donde viven miles de chechenos, cerraría sus fronteras. Cientos de miles de chechenos viven fuera de Chechenia, la diáspora más grande e ilustrada ( un tercio de los chechenos) vive en Rusia y no piensa regresar a la zona de guerra. Pero en esa nación los chechenos son vistos como extranjeros indeseables, sospechosos de terrorismo y vigilados por la policía política.

En la región del Cáucaso habitan más de 60 etnias diferentes; dominan tres familias lingüísticas distintas, la indoeuropea, la altaica y la caucásica, 24 dialectos y tres religiones: el cristianismo, el Islam, el judaísmo y muchas más sectas. La región tiene 28 millones de habitantes, cuya mayoría se concentra en las ciudades del Cáucaso del Norte. El idioma oficial es el ruso, con la excepción de Ingushetia y Chechenia. En esta babel del Cáucaso, lenguajes, rituales, creencias, ideologías y los innumerables agravios del pasado enloquecen a los seres humanos; todos quieren tener la razón y viven unos con otros en una profunda discordia. Además, el Cáucaso es una excepción ecológica en el planeta. No es sino una amplia franja entre dos mares, el Muerto y el Caspio: un inmenso depósito de agua dulce, glaciares, montañas, masas de nieve eterna, lluvias riquísimas, campos fértiles y uno de los yacimientos de petróleo y gas más importantes del planeta.

Pero entre 1996 y 1999, Chechenia se va transformando, ya no es un distrito ruso que lucha por su independencia, sino que se convierte en un Estado violento, donde el crimen mundial organizado encuentra un terreno propicio para expandir sus redes. En la historia conocemos muchas republicas que han protegido el crimen y se han fundido hasta confundirse con él. En el siglo XIV la isla de Gotland, la isla de Djerba, donde los piratas berberís dominaron casi 300 años y lograron vencer a la flota española. Pero el ejemplo de Chechenia es en serio algo nuevo en la historia. Algunos políticos criminales e importantes apoyaron de inmediato su independencia, pero a cambio exigieron que Rusia conservara bases militares, y el derecho a realizar atentados selectivos contra terroristas. En 1994, en Chechenia tuvieron lugar 700 asaltos a trenes de pasajeros; en septiembre de 1996, mil 382. Saquearon 724 containers y se registraron pérdidas por 17 mil millones de rublos. El año de 1997, sobrevolaron el espacio aéreo checheno 345 vuelos no autorizados. Poco a poco esas fuentes se fueron cerrando. A finales de 1993 se cerraron todas las pipeslines en Rusia, el producto nacional bruto disminuyó 68 por ciento frente al de 1991; el consumo, 52 por ciento. En la cima de su explotación, Chechenia produjo 20 millones de barriles de petróleo. En 1993 apenas llegaron a 3 millones. Al año siguiente, 200 mil habitantes de Chechenia abandonaron el país, en su mayoría eslavos y rusos. Hacia 1995, se suspende la información sobre los envíos de miles de millones de rublos de los bancos chechenos a los rusos; unos meses después, Moscú suspende el comercio y el tránsito entre Grozny y Rusia. A finales de 1994, Chechenia suspende toda su producción de bienes y servicios. Una pregunta inevitable: ¿cómo floreció la criminalización de Chechenia?

II / La Jornada, 6-9-04

En agosto de 1996, los guerrilleros chechenos vencieron a los ejércitos rusos; una ofensiva inesperada barrió con un regimiento en el barrio de Chernoreche y los soldados del general Dzohjar Dudájev reconquistaron Grozny, la capital de Chechenia -que Moscú mantenía ocupada desde diciembre de 1994. Miles de soldados rusos sucumbieron o quedaron atrapados entre las ruinas de la ciudad; el orgullo del ejército de la Federación Rusa se desmoronó como un castillo de arena. Todo ocurría en un momento crítico de Chechenia, en que la lucha armada contra el poder ruso estaba más fuerte y extendida que nunca. Ya no eran las bandas de montañeses dispersas con escopetas de fisto que se paseaban a todo lo largo y todo lo ancho del río Terek, en la frontera con Daguestán, sino un verdadero ejército regular, con guerreros diestros y muy bien entrenados, bazukas y lanzagranadas, morteros y artillería pesada capaces de arrasar el cuartel general ruso de Jankala. Varias veces, en ese año, las fuerzas armadas de Rusia habían proclamado la victoria final sobre la subversión chechena, pero la realidad se había encargado de demostrar al día siguiente que la guerra continuaba cada vez más intensa y que amenazaba con ser sangrienta y sin término.

Boris Yeltsin había comenzado la guerra esperando que una victoria rápida aumentara su popularidad, pero en esos días se dio cuenta de que era imposible: el juego bélico había terminado. Los ejércitos rusos se rindieron, el Estado Mayor depuso las armas, enarboló banderas blancas y abandonó Chechenia escoltado por los guerrilleros; en la retirada, muchos soldados lloraban, la memoria de Afganistán regresaba a sus filas.

Todos sabían por qué se llegó a ese punto. En 1994, la guerrilla chechena expresó su propósito de deponer las armas para tomar parte en las negociaciones, a cambio de una amnistía real y completa. El gobierno de Yeltsin tuvo entonces la oportunidad de instaurar una paz civil en la región del Cáucaso que tal vez hubiera sido la única verdadera y estable en los últimos 60 años. Pero Yeltsin y sus asesores, Vladimir Putin entre ellos, prestaron oídos sordos al clamor nacional, rechazaron inclusive un proyecto de paz del general Alexander Lebed y se embarcaron en una guerra absurda y bestial. Chechenia estaba arruinada. Miles habían sido torturados y asesinados, los soldados rusos se especializaron en la tortura directa; violaron a las mujeres, ejecutaron a los hombres en los campos de prisioneros, torturaron a niños y ancianos hasta la muerte. No conocieron piedad. El general Lebed afirmaba que no sólo debían disculparse con los chechenos, sino también y sobre todo con el pueblo de Rusia. “Afirmamos que se trataba de una suerte de operación militar para restablecer el ‘orden constitucional’ en un distrito rebelde”, escribía Lebed, “pero ese puñado de bandidos no sólo resultaron ser guerrilleros, sino sus hijos y padres, viudas y primos: la mayoría de la población chechena”. La operación policial se convirtió en la guerra contra un pueblo. Cuando Boris Yeltsin, en el fragor de las elecciones (1997), admitió haber cometido errores, estaba reconociendo también que 10 mil soldados rusos, entre los 18 y los 23 años, sucumbieron mientras destruían una ciudad distante y ajena a la que se les había enviado como redentores.

Los chechenos celebraron en las calles destruidas la retirada de las tropas rusas. En el libro Una guerra sucia: una reportera rusa en Chechenia, Anna Politkovskaya recuerda esos primeros meses después de la guerra, el día en que el comandante militar checheno, Aslán Masjadov, es electo presidente de la república -unas elecciones vigiladas por observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa. “Aunque las pérdidas chechenas habían sido catastróficas, y el duelo masivo dominaba las horas y se imponía la sensación de un abismo sin fondo, existía un sentimiento de que la guerra no había sido en vano”, escribe Anna Politkovskaya. La memoria no se apaga en Chechenia; por paradójico que suene, la gente se alimenta de ella. Las guerras de independencia que dieron comienzo en el siglo XVIII continuaron hasta el XX, seguidas por la represión y el destierro ordenado por Stalin, son los rasgos distintivos de la conciencia nacional de los chechenos.

En esos años ninguna victoria fue más espectacular; Chechenia nunca estuvo tanto tiempo en las ocho columnas de los diarios internacionales; “en esos días -dice Anna Politkovskaya- los chechenos aprendieron a decir ‘nunca jamás’, nunca otra guerra”. Pero este optimismo se evaporó muy pronto. Los rusos, en cambio, no modificaron en absoluto el hermetismo tradicional del poder soviético. Sus dirigentes guardaron silencio ante la derrota, con la excepción del general Alexander Lebed, que muy pronto fue retirado del Servicio. Ningún gobierno extranjero se atrevía a poner en peligro sus relaciones con Rusia al reconocer a Chechenia; ni siquiera trataron de ayudar a su reconstrucción, a diferencia de la antigua Yugoslavia, o en Timor Oriental. Aparte de una indemnización excepcional que se entregó al gobierno checheno, Rusia se desatendió del verdadero problema de la independencia y de sus históricas declaraciones de paz, todo se olvidó en el trajín de los días. Así, abandonada otra vez por el mundo exterior, sobre todo por la Unión Europea, en ruinas y en la miseria, poblada por hombres jóvenes y desempleados, armados hasta los dientes y paranoicos, la república de Chechenia comenzó el camino de su propia autodestrucción. Aslán Masjádov nunca pudo imponer su autoridad, los grupos armados no le obedecían y confundió la política con la publicidad. Así empezó la jornada más difícil en la vida de este militar poco acostumbrado a los paraísos artificiales del poder. Por otra parte, el Consejo de Ancianos, una suerte de gobierno descentralizado, estaba destruido, las voces sabias habían desaparecido, y con ellos la memoria del pasado y de las luchas por la independencia. La gran mayoría de los proyectos de cambio, incluida la negociación con Georgia y Osetia del Norte, que era el más ambicioso, terminaron en el fracaso. En el centro de este caos, los grupos islámicos radicales recién llegados a Chechenia -grupos que tenían dinero y daban la impresión de una férrea disciplina- fueron cobrando cada día mayor fuerza. Esta era la situación en noviembre de 1997, cuando la espiral del crimen y el bandidaje se apoderó de Grozny. En esos días Chechenia, como decíamos ayer, estaba en las primeras páginas de los diarios, como la capital mundial del secuestro y el crimen.

Actualmente hay cerca de 80 mil soldados rusos en Chechenia; sin duda, un país ocupado. En realidad, este drama es infinito. En abril de 2003, tres años después de la última guerra, la administración impuesta por Moscú en Chechenia -el régimen del ex mufti Ajmad Kadírov- ha escrito un informe sobre los crímenes cometidos en 2002 por las fuerzas federales rusas. Estas autoridades prorrusas revelan unas estadísticas aún más espeluznantes que las del Memorial o Human Rights Watch. En el año de 2002, murieron mil 314 civiles en ejecuciones sumarias y como resultado de las torturas, es decir, más de 100 mensuales. Esta cifra corresponde al doble de las estimaciones reveladas por Memorial, que lleva una crónica minuciosa de todas las muertes denunciadas en Chechenia y de las fosas comunes que van descubriendo. El informe también confirma la existencia de fosas comunes, algo que nunca antes había reconocido el Ministerio de Situaciones de Emergencia checheno.

El 12 de julio de 2002, en el cementerio central de Grozny, se encontró una fosa común con 297 cuerpos, personas asesinadas y con huellas de tortura. Frente a la base militar rusa de Jankalá, los funcionarios del gobierno de Kadírov encontraron otra fosa con 39 cadáveres, y así hasta llegar a la cifra de 2 mil 879 cuerpos. Si leemos el capítulo en torno a las muertes violentas -en algunos casos sólo se encuentran partes del cuerpo, porque los militares ponen granadas en los cuerpos de las víctimas torturadas. En el parte militar se menciona el nombre de la víctima, el lugar del incidente y el número del carro blindado ruso -prueba de la culpabilidad de los militares- presente en la operación durante la cual la persona fue asesinada o arrestada. En los tres primeros meses de 2003 se registraron, según el informe de la Administración Kadírov, 70 asesinatos, 236 secuestros, 18 desapariciones y 35 casos en los que se descubrieron fragmentos humanos.

El Informe Kadírov fue escrito para convencer al Kremlin de la necesidad de poner un límite al enorme poder del ejército en Chechenia. Después de este recuento del horror, de este informe sobre la inhumanidad, quizá haya que volver a citar a Nietzsche: “Hay que redimir a los hombres de la venganza. Nadie tiene derecho a vengar en los demás lo que sus padres o sus abuelos hicieron con él”. Nietzsche sabía que nuestra sed de venganza es una cadena infinita de seres humillados y ofendidos que buscan humillar y ofender a los demás y librarse de las humillaciones y las ofensas anteriores con otras todavía más atroces.

III / La Jornada, 7-9-04

“Sólo una nación rechazó someterse a la violencia de los soviéticos -escribió Alexander Solzhenitsin en El Gulag-, la de los chechenos. Lo más extraño era que todos les temían y nadie les impidió vivir como se les daba la gana. Las autoridades soviéticas que se adueñaron de su país durante más de 40 años no pudieron obligarlos a respetar las leyes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los chechenos deportados en los campos del Gulag fueron siempre soberbios y hostiles, siempre resistieron el embate de los comisarios y sus torturas.”

A los tres años de haber proclamado la independencia, el Estado soviético había desaparecido en Chechenia; la estatua de Lenin, derribada. La bandera verde, roja y blanca chechena con un lobo negro tendido bajo la luna llena ondeaba en el palacio de gobierno de Grozny; los viernes eran el día de descanso obligatorio, el Sabath de los musulmanes. También durante muchos años, y en una época anterior a la revolución de Dzhojar Dudáiev, los habitantes de Grozny se perdían en el gigantesco bazar de la ciudad, donde podían comprar desde metralletas Kalashnikov hasta vestidos de seda finísimos libres de impuestos. La capital tenía 400 mil habitantes.

A partir de noviembre de 1990, el general Dzhojar Dudáiev, un nacionalista extraño, casi religioso y anticomunista de pura cepa, asumió el cargo de dirigente del Congreso Nacional del Pueblo Checheno. Dudáiev había sido general de división de la fuerza aérea soviética y tuvo bajo su mando la base de bombarderos atómicos en Tartu, ciudad de Estonia. Al parecer, se trataba de un miembro en toda la línea del Partido Comunista Soviético, la KGB le tenía toda su confianza y le encomendaba tareas de inteligencia. Se destacó como un excelente estratega en la guerra de Afganistán, participó en el bombardeo despiadado a los civiles afganos y era, como él mismo lo había confesado, un musulmán no practicante. Alla, su esposa, era rusa y escribía poemas malísimos. Como sea, Dudáiev era el primer checheno que había ascendido por todos los rangos militares soviéticos; el primero también que había escuchado las voces de alarma que el consejo de ancianos hacía oír cada cierto tiempo en el Cáucaso cuando señalaba la amenaza real de los soviéticos en sus fronteras. La amenaza desde el territorio de Ingushetia no sólo era verdadera y constante, sino que contaba cada vez con mayores recursos, y si no había llegado hasta sus últimas consecuencias era porque distintos sectores del gobierno soviético no habían logrado ponerse de acuerdo para una decisión final. Todo esto lo había escuchado atentamente Dzhojar Dudáiev. Las maniobras conjuntas que mil 700 soldados soviéticos y 4 mil osetios del norte habían comenzado en la frontera de Chechenia no contribuían, ni mucho menos, a la paz, que ya más de la mitad de Europa estaba deseando para la región, ni eran un paso para la solución pacífica negociada que tantos gobiernos estaban tratando de conseguir, ni revelaban en sus protagonistas ningún ánimo real de poner término a la sangría constante que padecía desde entonces esa desdichada cintura del Cáucaso.

El sueño de Vladimir Lenin tocaba a su fin, la Unión Soviética se desintegraba y los nacionalistas chechenos paladearon la victoria sobre los comunistas de siempre, sus eternos opresores. Dudáiev se convirtió en su profeta:

-Un esclavo que no intenta liberarse es dos veces esclavo -dijo a Aslán Masjádov, su futuro sucesor en la presidencia.
Todo esto obligaba a una movilización más activa, eficaz y coherente para el logro de la independencia de Chechenia. El 22 de agosto de 1991, los insurgentes tomaron la torre de televisión de Grozny y Dudáiev salió en las pantallas para proclamar la revolución. Dos semanas más tarde, el 6 de septiembre, la Guardia Nacional paramilitar de Dudáiev asaltó el Soviet Supremo, o Parlamento Comunista local. El jefe del comité de la ciudad fue literalmente defenestrado: cayó desde un tercer piso y falleció. El 15 de septiembre el Soviet Supremo celebró su última sesión. Rodeado por los miembros de la Guardia Nacional, el Parlamento votó su disolución, la renuncia del presidente Doku Zavgáiev. La revolución se había consumado.

El 27 de octubre de 1991 se celebraron las elecciones más fraudulentas de los últimos años en Chechenia. Dudáiev las ganó de modo aplastante, obtuvo 90 por ciento de los votos, con una participación de 72 por ciento. Los análisis de los institutos electorales europeos revelaron que la participación había sido muy baja y no había superado 12 por ciento. La verdad no tenía importancia. A los numerosos periodistas que lo entrevistaron, Dudáiev les expresó la fuerza del mito checheno, su pasado de luchas contra el poder de los zares y de Stalin.

A pesar de que en un principio Moscú había alentado a Dudáiev en su combate contra Zavgaiev -sobre todo el presidente del Parlamento, Ruslán Jasbulátov-, las relaciones se deterioraron muy pronto. El vicepresidente Alexandre Rutskoi, también general de división de las fuerzas aéreas, declaró de una manera intolerante que los chechenos debían obedecer al nuevo gobierno de Rusia y deponer las armas.

-Dudáiev no tiene más que una banda de 250 forajidos -declaró Rutskoi en la televisión rusa.
Dzhojar Dudáiev devolvió el golpe con una declaración de guerra. Estaba muy lejos de sospechar que Rutskoi sería su verdugo electrónico. “No busco poder, ni riqueza, ni cargos públicos. Siempre he tenido una única idea: luchar por el derecho a la independencia del pueblo checheno. Esta es la meta de mi vida y no me apartaré de ella”, declaró al Times de Londres, “no me importa qué tan grande sea la presión o el ataque”. En Dzhojar Dudáiev se compendian todas las contradicciones y los aciertos, la valentía y los errores de los dirigentes y luchadores chechenos. Ni Chechenia ni Rusia parecían dispuestos a impedir la desgracia; la guerra estaba en la puerta. Todo hacía pensar en la posibilidad de que algo sangriento pudiera ocurrir, pero nunca en las dimensiones que alcanzó la ocupación rusa de Grozny.

Dudáiev fue perdiendo el control político de su gobierno, la retórica revolucionaria lo envenenó y el odio a los dirigentes de Moscú no le permitió ver lo que pasaba en Chechenia. Los jóvenes chechenos se dedicaron entonces al contrabando, no les importaba el bloqueo impuesto por Yeltsin. A todo lo largo y lo ancho de la frontera con Daguestán, los guardias fronterizos y los mismos soldados rusos dejaban pasar a cualquiera si recibían una cantidad de dólares establecida de antemano. Los ferrocarriles que cruzaban Chechenia a lo largo de la gran línea transcaucásica Rostov-Bakú fueron asaltados en el mejor estilo del oeste estadunidense: 829 trenes sólo en 1993. El aeropuerto Jeque Mansor de Grozny, siempre abierto a un número incontable de vuelos, se convirtió en la puerta de entrada del mercado de armas. Los vendedores ambulantes aparecieron en esos años llenando el bazar de Grozny como nunca antes, un inverosímil paraíso de compras para el Cáucaso del Norte. Todo se compraba en esos locales, las mercancías más surtidas y baratas. Televisores y videos japoneses, directos desde Hong Kong y los Emiratos Arabes; perfumes franceses, ropa deportiva occidental de las mejores marcas, artesanía de madera y cuero de Turquía; diamantes de Africa del Sur, y, sobre todo, la increíble colección de armas. Anna Politkovskaya describe la central telefónica del bazar, donde “hombres de aspecto duro, gafas oscuras y el pelo muy corto vendían desde ametralladoras ligeras Borz (Lobo), fabricadas en Eslovaquia, misiles antitanques, pistolas alemanas 9 milímetros, bazukas y explosivos de plástico. En ese lugar, donde las ramas eran veneradas, el bazar se convirtió en la Meca.

Después de la guerra, el general Dudáiev entró en la historia como un mito checheno admirado y reconocido por todos. En su increíble torpeza, los dirigentes rusos se encargaron de volverlo un mito poderosísimo. En marzo de 1996, en su última rueda de prensa, un mes antes de su muerte en los bosques del sur de Chechenia, Dzhojar Dudáiev afirmó:
-El propósito principal es matar a Dudáiev.

Acorralado por el ejército ruso y la fuerza aérea a la que había servido antes, siempre en movimiento y levantado en armas en los bosques, con el uniforme soviético oscuro, el bigote bien recortado y su presencia dominante de general y piloto, Dudáiev parecía encarnar el propósito de eternidad de los chechenos. “Este hombre había lanzado a su nación al fuego, pero él nunca se había quemado”, escribe Anne Nivat, la corresponsal del diario Liberation; “Dzhojar Dudáiev tenía el aura de la inmortalidad. Se la había ganado”. Los periodistas y los políticos rusos se preguntaban, y alarmaban a la opinión pública rusa, por qué el FSB (el servicio de inteligencia) y los múltiples comandos no habían conseguido asesinar a Dudáiev. El enemigo público número uno conseguía dar entrevistas a la televisión rusa, debatir con los comentaristas, argumentar contra las tropas asesinas rusas y sus crímenes en Grozny. El intento de los rangers estadunidenses de capturar al señor de la guerra somalí Mohammed Farra Aidid en Mogadiscio se transformó en un sangriento fracaso porque los helicópteros de alta tecnología y los comandos cayeron en la red defensiva de Aidid. Al cercar a Dudáiev los rusos entraban en territorio rebelde, donde cualquier hombre, mujer o niño podía ser un guerrillero o un informante.

La FSB planeó entonces un atentado de alta tecnología digital. El diputado Constantin Voronoi, un eficaz mediador en el conflicto checheno, logró establecer comunicación con Dudáiev por medio de su teléfono celular vía satélite y un cohete aire-tierra guiado por la emisión del teléfono pulverizó al general en los bosques del sur de Chechenia. Su muerte correspondió, como escribe Juan Goytisolo, “a la lógica gangsteril del entorno de Yeltsin recientemente depurado y se añade a la ya larga lista de jefes y guías político-religiosos chechenos, ajusticiados o muertos en cárceles rusas antes y después de la revolución”.

Los de Abajo de Mariano Azuela – Tercera y Última Parte

septiembre 4, 2008 Deja un comentario

Los de Abajo

Mariano Azuela

TERCERA PARTE

I

“El Paso, Tex., mayo 16 de 1915.

Muy estimado Venancio:

Hasta ahora puedo contestar su grata de enero del corriente año debido a que mis atenciones profesiona­les absorben todo mi tiempo. Me recibí en diciembre pasado, como usted lo sabe. Lamento la suerte de Pan­cracio y del Manteca; pero no me extraña que después de una partida de naipes se hayan apuñalado. ¡Lásti­ma: eran unos valientes! Siento en el alma no poder comunicarme con el güero Margarito para hacerle presente mi felicitación más calurosa, pues el acto más noble y más hermoso de su vida fue ése… ¡el de suici­darse!

Me parece difícil, amigo Venancio, que pueda usted obtener el título de médico que ambiciona tanto aquí en los Estados Unidos, por más que haya reunido su­ficiente oro y plata para comprarlo. Yo le tengo estima­ción, Venancio, y creo que es muy digno de mejor suer­te. Ahora bien, me ocurre una idea que podría favorecer nuestros mutuos intereses y las ambiciones justas que usted tiene por cambiar de posición social. Si usted y yo nos asociáramos, podríamos hacer un negocio muy bonito. Cierto que por el momento yo no tengo fon

dos de reserva, porque todo lo he agotado en mis es­tudios y en mi recepción; pero cuento con algo que vale mucho más que el dinero: mi conocimiento perfecto de esta plaza, de sus necesidades y de los negocios se­guros que pueden emprenderse. Podríamos establecer un restaurante netamente mexicano, apareciendo usted como el propietario y repartiéndonos las utilidades a fin de cada mes. Además, algo relativo a lo que tanto nos interesa: su cambio de esfera social. Yo me acuerdo que usted toca bastante bien la guitarra, y creo fácil, por medio de mis recomendaciones y de los conoci­mientos musicales de usted, conseguirle el ser admitido como miembro de la Salvation Army, sociedad respeta­bilísima que le daría a usted mucho carácter.

No vacile, querido Venancio; véngase con los fon­dos y podemos hacernos ricos en muy poco tiempo. Sírvase dar mis recuerdos afectuosos al general, a Anastasio y demás amigos.

Su amigo que lo aprecia, Luis Cervantes.”

Venancio acabó de leer la carta por centésima vez, y, suspirando, repitió su comentario:

—¡Este curro de veras que la supo hacer!

—Porque lo que yo no podré hacerme entrar en la cabeza —observó Anastasio Montañés— es eso de que tengamos que seguir peleando… ¿Pos no acabamos ya con la federación?

Ni el general ni Venancio contestaron; pero aquellas palabras siguieron golpeando en sus rudos cerebros como un martillo sobre el yunque.

Ascendían la cuesta, al tranco largo de sus mulas, pensativos y cabizbajos. Anastasio, inquieto y terco, fue

con la misma observación a otros grupos de soldados, que reían de su candidez. Porque si uno trae un fusil en las manos y las cartucheras llenas de tiros, seguramente que es para pelear. ¿Contra quién? ¿En favor de quiénes? ¡Eso nunca le ha importado a nadie!

La polvareda ondulosa e interminable se prolongaba por las opuestas direcciones de la vereda, en un hormiguero de sombreros de palma, viejos kakis mugrientos, frazadas musgas y el negrear movedizo de las caballerías.

La gente ardía de sed. Ni un charco, ni un pozo, ni un arroyo con agua por todo el camino. Un vaho de fuego se alzaba de los blancos eriales de una cañada, palpitaba sobre las crespas cabezas de los huizaches y las glaucas pencas de los nopales. Y como una mofa, las flores de los cactos se abrían frescas, carnosas y encen­didas las unas, aceradas y diáfanas las otras.

Tropezaron al mediodía con una choza prendida a los riscos de la sierra; luego, con tres casucas regadas sobre las márgenes de un río de arena calcinada; pero todo estaba silencioso y abandonado. A la proximidad de la tropa, las gentes se escurrían a ocultarse en las barrancas.

Demetrio se indignó:

A cuantos descubran escondidos o huyendo, có­janlos y me los traen ordenó a sus soldados con voz desafinada.

¡Cómo!… ¿Qué dice? —exclamó Valderrama sorprendido—. ¿A los serranos? ¿A estos valerosos que no han imitado a las gallinas que ahora anidan en Zacate­cas y Aguascalientes? ¿A los hermanos nuestros que desafían las tempestades adheridas a sus rocas como la madrepeña? ¡Protesto!… ¡Protesto!…

Hincó las espuelas en los ijares de su mísero rocín y fue a alcanzar al general.

—Los serranos —le dijo con énfasis y solemnidad—son carne de nuestra carne y huesos de nuestros hue­sos… “Os ex osibus meis et caro de carne mea”… Los serranos están hechos de nuestra madera… De esta madera firme con la que se fabrican los héroes…

Y con una confianza tan intempestiva como valien­te, dio un golpe con su puño cerrado sobre el pecho del general, que sonrió con benevolencia.

¿Valderrama, vagabundo, loco y un poco poeta, sabía lo que decía?

Cuando los soldados llegaron a una ranchería y se arremolinaron con desesperación en torno de casas y jacales vacíos, sin encontrar una tortilla dura, ni un chile podrido, ni unos granos de sal para ponerle a la tan aborrecida carne fresca de res, ellos, los hermanos pacíficos, desde sus escondites, impasibles los unos con la impasibilidad pétrea de los ídolos aztecas, más hu­manos los otros, con una sórdida sonrisa en sus labios untados y ayunos de barba, veían cómo aquellos hom­bres feroces, que un mes antes hicieran retemblar de espanto sus míseros y apartados solares, ahora salían de sus chozas, donde las hornillas estaban apagadas y las tinajas secas, abatidos, con la cabeza caída y humi­llados como perros a quienes se arroja de su propia casa a puntapiés.

Pero el general no dio contraorden y unos soldados le llevaron a cuatro fugitivos bien trincados.

II

—¿Por qué se esconden ustedes? —interrogó Deme­trio a los prisioneros.

—No nos escondemos, mi jefe; seguimos nuestra vereda.

¿Adónde?

A nuestra tierra… Nombre de Dios, Durango.

¿Es éste el camino de Durango?

Por los caminos no puede transitar gente pacífica ahora. Usted lo sabe, mi jefe.

Ustedes no son pacíficos; ustedes son desertores. ¿De dónde vienen? —prosiguió Demetrio observándo­los con ojo penetrante.

Los prisioneros se turbaron, mirándose perplejos sin encontrar pronta respuesta.

¡Son carranclanes! —notó uno de los soldados.

Aquello devolvió instantáneamente la entereza a los prisioneros. No existía más para ellos el terrible enig­ma que desde el principio se les había formulado con aquella tropa desconocida.

—¿Carrancistas nosotros? —contestó uno de ellos con altivez—. ¡Mejor puercos!…

La verdad, sí, somos desertores —dijo otro—; nos le cortamos a mi general Villa de este lado de Celaya, después de la cuereada que nos dieron.

—¿Derrotado el general Villa?… ja!, ija!, ¡jal… Los soldados rieron a carcajadas.

Pero a Demetrio se le contrajo la frente como si algo muy negro hubiera pasado por sus ojos.

¡No nace todavía el hijo de la… que tenga que derrotar a mi general Villa! —clamó con insolencia un veterano de cara cobriza con una cicatriz de la frente a la barba.

Sin inmutarse, uno de los desertores se quedó mi­rándolo fijamente, y dijo:

—Yo lo conozco a usted. Cuando tomamos Torreón, usted andaba con mi general Urbina. En Zacatecas venía ya con Natera y allí se juntó con los de Jalisco… ¿Miento?

El efecto fue brusco y definitivo. Los prisioneros pudieron entonces dar una detallada relación de la tre­menda derrota de Villa en Celaya.

Se les escuchó en un silencio de estupefacción.

Antes de reanudar la marcha se encendieron lumbres donde asar carne de toro. Anastasio Montañés, que buscaba leños entre los huizaches, descubrió a lo lejos y entre las rocas la cabeza tusada del caballuco de Valderrama.

—¡Vente ya, loco, que al fin no hubo pozole!… —comenzó a gritar.

Porque Valderrama, poeta romántico, siempre que de fusilar se hablaba, sabía perderse lejos y durante todo el día.

Valderrama oyó la voz de Anastasio y debió haberse convencido de que los prisioneros habían quedado en libertad, porque momentos después estaba cerca de Venancio y de Demetrio.

¿Ya sabe usted las nuevas? —le dijo Venancio con mucha gravedad.

No sé nada.

¡Muy serias! ¡Un desastre! Villa derrotado en Celaya por Obregón. Carranza triunfando por todas partes. ¡Nosotros arruinados!

El gesto de Valderrama fue desdeñoso y solemne como de emperador:

—¿Villa?… ¿Obregón?… ¿Carranza?… ¡X… Y… Z…! ¿Qué se me da a mí?… ¡Amo la revolución como amo al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es vol­cán; a la revolución porque es revolución!… Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cata­clismo, ¿qué me importan a mí?…

Y como al brillo del sol de mediodía reluciera sobre su frente el reflejo de una blanca botella de tequila, volvió grupas y con el alma henchida de regocijo se lanzó hacia el portador de tamaña maravilla.

—Le tengo voluntá a ese loco —dijo Demetrio sonriendo—, porque a veces dice unas cosas que lo ponen a uno a pensar.

Se reanudó la marcha, y la desazón se tradujo en un silencio lúgubre. La otra catástrofe venía realizándose callada, pero indefectiblemente. Villa derrotado era un dios caído. Y los dioses caídos ni son dioses ni son nada.

Cuando la Codorniz habló, sus palabras fueron fiel trasunto del sentir común:

—¡Pos hora sí, muchachos… cada araña por su hebral…

III

Aquel pueblecillo, a igual que congregaciones, hacien­das y rancherías, se había vaciado en Zacatecas y Aguascalientes.

Por tanto, el hallazgo de un barril de tequila por uno de los oficiales fue acontecimiento de la magnitud

del milagro. Se guardó profunda reserva, se hizo mu­cho misterio para que la tropa saliera otro día, a la ma­drugada, al mando de Anastasio Montañés y de Venan­cio; y cuando Demetrio despertó al son de la música, su Estado Mayor, ahora integrado en su mayor parte por jóvenes ex federales, le dio la noticia del descubri­miento, y la Codorniz, interpretando los pensamientos de sus colegas, dijo axiomáticamente:

—Los tiempos son malos y hay que aprovechar, porque “si hay días que nada el pato, hay días que ni agua bebe”.

La música de cuerda tocó todo el día y se le hicie­ron honores solemnes al barril; pero Demetrio estuvo muy triste, “sin saber por qué, ni por qué sé yo”, repi­tiendo entre clientes y a cada instante su estribillo.

Por la tarde hubo peleas de gallos. Demetrio y sus principales jefes se sentaron bajo el cobertizo del por­talillo municipal, frente a una plazuela inmensa, pobla­da de yerbas, un quiosco vetusto y podrido y las casas de adobe solitarias.

—¡Valderrama! —llamó Demetrio, apartando con fastidio los ojos de la pista—. Venga a cantarme El enterrador.

Pero Valderrama no le oyó, porque en vez de aten­der a la pelea monologaba extravagante, mirando po­nerse el sol tras de los cerros, diciendo con voz enfáti­ca y solemne gesto:

—`;Señor, Señor, bueno es que nos estemos aquí!… Levantaré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.”

—¡Valderrama! —volvió a gritar Demetrio. Cán­tame El enterrador.

—Loco, te habla mi general —lo llamó más cerca uno de los oficiales.

Y Valderrama, con su eterna sonrisa de complacen­cia en los labios, acudió entonces y pidió a los músicos una guitarra.

—¡Silencio! —gritaron los jugadores.

Valderrama dejó de afinar. La Codorniz y el Meco soltaban ya en la arena un par de gallos amarrados de largas y afiladísimas navajas. Uno era retinto, con her­mosos reflejos de obsidiana; el otro, giro, de plumas como escamas de cobre irisado a fuego.

La huelga fue brevísima y de una ferocidad casi hu­mana. Como movidos por un resorte, los gallos se lan­zaron al encuentro. Sus cuellos crespos y encorvados, los ojos como corales, erectas las crestas, crispadas las patas, un instante se mantuvieron sin tocar el suelo siquiera, confundidos sus plumajes, picos y garras en uno solo; el retinto se desprendió y fue lanzado patas arriba más allá de la raya. Sus ojos cíe cinabrio se apa­garon, cerráronse lentamente sus párpados coriáceos, y sus plumas esponjadas se estremecieron convulsas en un charco de sangre.

Valderrama, que no había reprimido un gesto de violenta indignación, comenzó a templar. Con los pri­meros acentos graves se disipó su cólera. Brillaron sus ojos como esos ojos donde resplandece el brillo de la locura. Vagando su mirada por la plazoleta, por el rui­noso quiosco, por el viejo caserío, con la sierra al fondo y el cielo incendiado como lecho, comenzó a cantar.

Supo darle tanta alma a su voz y tanta expresión a las cuerdas de su vihuela, que, al terminar, Demetrio había vuelto la cara para que no le vieran los ojos.

Pero Valderrama se echó en sus brazos, lo estrechó fuertemente y, con aquella confianza súbita que a todo el mundo sabía tener en un momento dado, le dijo al oído:

¡Cómaselas! … ¡Esas lágrimas son muy bellas!

Demetrio pidió la botella y se la tendió a Valderrama.

Valderrama apuró con avidez la mitad, casi de un sorbo; luego se volvió a los concurrentes y, tomando una actitud dramática y su entonación declamatoria, exclamó con los ojos rasos:

¡Y de ahí cómo los grandes placeres de la revolu­ción se resolvían en una lágrimal…

Después siguió hablando loco, pero loco del todo, con las yerbas empolvadas, con el quiosco podrido, con las casas grises, con el cerro altivo y con el cielo incon­mensurable.

IV

Asomó Juchipila a lo lejos, blanca y bañada de sol, en medio del frondaje, al pie de un cerro elevado y soberbio, plegado como turbante.

Algunos soldados, mirando las torrecillas de Juchi­pila, suspiraron con tristeza. Su marcha por los caño­nes era ahora la marcha de un ciego sin lazarillo; se sentía ya la amargura del éxodo.

¿Ese pueblo es Juchipila? —preguntó Valderrama.

Valderrama, en el primer periodo de la primera bo­rrachera del día, había venido contando las cruces diseminadas por caminos y veredas, en las escarpaduras de las rocas, en los vericuetos de los arroyos, en las márge­nes del río. Cruces de madera negra recién barnizada,

cruces forjadas con dos leños, cruces de piedras en mon­tón, cruces pintadas con cal en las paredes derruidas, humildísimas cruces trazadas con carbón sobre el canto de las peñas. El rastro de sangre de los primeros revolucionarios de 1910, asesinados por el gobierno.

Ya a la vista de Juchipila, Valderrama echa pie a tierra, se inclina, dobla la rodilla y gravemente besa el suelo.

Los soldados pasan sin detenerse. Unos ríen del loco y otros le dicen alguna cuchufleta.

Valderrama, sin oír a nadie, reza su oración solem­nemente:

—juchipila, cuna de la revolución de 1910, tierra bendita, tierra regada con sangre de mártires, con san­gre de soñadores… de los únicos buenos! …

—Porque no tuvieron tiempo de ser malos —com­pleta la frase brutalmente un oficial ex federa! le va pasando.

Valderrama se interrumpe, reflexiona, frunce el ce­ño, lanza una sonora carcajada que resuena por las peñas, monta y corre tras el oficial a pedirle un trago de tequila.

Soldados mancos, cojos, reumáticos y tosigosos di­cen mal de Demetrio. Advenedizos de banqueta causan alta con barras de latón en el sombrero, antes de saber siquiera cómo se coge un fusil, mientras que el veterano fogueado en cien combates, inútil ya para el tra­bajo, el veterano que comenzó de soldado raso, soldado raso es todavía.

Y los pocos jefes que quedan, camaradas viejos de Macías, se indignan también porque se cubren las bajas del Estado Mayor con señoritines de capital, perfumados y peripuestos.

Pero lo peor de todo —dice Venancio— es que nos estamos llenando de ex federales.

El mismo Anastasio, que de ordinario encuentra muy bien hecho todo lo que su compadre Demetrio hace, ahora, en causa común con los descontentos, exclama:

Miren, compañeros, yo soy muy claridoso… y yo le digo a mi compadre que si vamos a tener aquí a los federales siempre, malamente andamos… ¡De veras! ¿A que no me lo creen?… Pero yo no tengo pelos en la lengua, y por vida de la madre que me parió, que se lo digo a mi compadre Demetrio.

Y se lo dijo. Demetrio lo escuchó con mucha bene­volencia, y luego que acabó de hablar, le contestó:

—Compadre, es cierto lo que usted dice. Malamen­te andamos: los soldados hablan mal de las clases, las clases de los oficiales y los oficiales cle nosotros… Y nosotros estamos ya pa despachar a Villa y a Carranza a la… a que se diviertan solos… Pero se me figura que nos está sucediendo lo que a aquel peón de Tepati­tlán. ¿Se acuerda, compadre? No paraba de rezongar de su patrón, pero no paraba de trabajar tampoco. Y así estamos nosotros: a reniega y reniega y a mátenos y mátenos… Pero eso no hay que decirlo, compadre…

—¿Por qué, compadre Demetrio?…

Por yo no sé… Porque no… ¿ya me entiende? Lo que ha de hacer es dármele ánimo a la gente. He recibido órdenes de regresar a detener una partida que viene por Cuquío. Dentro de muy poquitos días tene­mos que darnos un encontronazo con los carrancla­nes, y es bueno pegarles ahora hasta por debajo de la lengua.

Valderrama, el vagabundo de los caminos reales,

que se incorporó a la tropa un día, sin que nadie supie­ra a punto fijo cuándo ni en dónde, pescó algo de las palabras de Demetrio, y como no hay loco que coma lumbre, ese mismo día desapareció como había llegado.

V

Entraron a las calles de juchipila cuando las campanas de la iglesia repicaban alegres, ruidosas, y con aquel su timbre peculiar que hacía palpitar de emoción a toda la gente de los cañones.

—Se me figura, compadre, que estamos allá en aque­llos tiempos cuando apenas iba comenzando la revolución, cuando llegábamos a un pueblito y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban —dijo Anastasio Montañés.

Ahora ya no nos quieren —repuso Demetrio. —¡Sí, como vamos ya de “rota batida”! —observó la Codorniz.

—No es por eso… A los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.

Pero ¿cómo nos han de querer, compadre? Yno dijeron más.

Desembocaban en una plaza, frente a la iglesia oc­togonal, burda y maciza, reminiscencia de tiempos coloniales.

La plaza debía haber sido jardín, a juzgar por sus naranjos escuetos y roñosos, entreverados entre restos de bancas de hierro y madera.

Volvió a escucharse el sonoro y regocijante repique.

Luego, con melancólica solemnidad, se escaparon del interior del templo las voces melifluas de un coro femenino. A los acordes de un guitarrón, las doncellas del pueblo cantaban los “Misterios”.

—¿Qué fiesta tienen ahora, señora? —preguntó Venancio a una vejarruca que a todo correr se encami­naba hacia la iglesia.

—¡Sagrado Corazón de Jesús! —repuso la beata medio ahogándose.

Se acordaron de que hacía un año ya de la toma de Zacatecas. Y todos se pusieron más tristes todavía.

Igual a los otros pueblos que venían recorriendo desde Tepic, pasando por Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas, Juchipila era una ruina. La huella negra de los incendios se veía en las casas destechadas, en los preti­les ardidos. Casas cerradas; y una que otra tienda que permanecía abierta era como por sarcasmo, para mos­trar sus desnudos armazones, que recordaban los blan­cos esqueletos de los caballos diseminados por todos los caminos. La mueca pavorosa del hambre estaba ya en las caras terrosas de la gente, en llama luminosa de sus ojos que, cuando se detenían sobre un soldado, que­maban con el fuego de la maldición.

Los soldados recorren en vano las calles en busca de comida y se muerden la lengua ardiendo de rabia. Un solo fonducho está abierto y en seguida se aprieta. No hay frijoles, no hay tortillas: puro chile picado y sal corriente. En vano los jefes muestran sus bolsillos reven­tando de billetes o quieren ponerse amenazadores.

—¡Papeles, sí!… ¡Eso nos han traído ustedes!… ¡Pos eso coman!… —dice la fondera, una viejota insolente, con una enorme cicatriz en la cara, quien cuenta que

“ya durmió en el petate del muerto para no morirse de un susto”.

Y en la tristeza y desolación del pueblo, mientras cantan las mujeres en el templo, los pajarillos no cesan de piar en las arboledas, ni el canto de las currucas deja de oírse en las ramas secas de los naranjos.

VI

La mujer de Demetrio Macías, loca de alegría, salió a encontrarlo por la vereda de la sierra, llevando de la mano al niño.

¡Casi dos años de ausencia!

Se abrazaron y permanecieron mudos; ella embar­gada por los sollozos y las lágrimas.

Demetrio, pasmado, veía a su mujer envejecida, como si diez o veinte años hubieran transcurrido ya. Luego miró al niño, que clavaba en él sus ojos con azoro. Ysu corazón dio un vuelco cuando reparó en la reproducción de las mismas líneas de acero de su rostro y en el brillo flamante de sus ojos. Y quiso atraerlo y abrazarlo; pero el chiquillo, muy asustado, se refugió en el regazo de la madre.

—¡Es tu padre, hijo!… ¡Es tu padre!…

El muchacho metía la cabeza entre los pliegues de la falda y se mantenía huraño.

Demetrio, que había dado su caballo al asistente, caminaba a pie y poco a poco con su mujer y su hijo por la abrupta vereda de la sierra.

—¡Hora sí, bendito sea Dios que ya veniste!… ¡Ya nunca nos dejarás! ¿Verdad? ¿Verdad que ya te vas a quedar con nosotros?…

La faz de Demetrio se ensombreció.

Y los dos estuvieron silenciosos, angustiados.

Una nube negra se levantaba tras la sierra, y se oyó un trueno sordo. Demetrio ahogó un suspiro. Los recuerdos afluían a su memoria como una colmena.

La lluvia comenzó a caer en gruesas gotas y tuvieron que refugiarse en una rocallosa covacha.

El aguacero se desató con estruendo y sacudió las blancas flores de San Juan, manojos de estrellas pren­didos en los árboles, en las peñas, entre la maleza, en los pitahayos y en toda la serranía.

Abajo, en el fondo del cañón y a través de la gasa de la lluvia, se miraban las palmas rectas y cimbradoras; lentamente se mecían sus cabezas angulosas y al soplo del viento se desplegaban en abanicos. Y todo era se­rranía: ondulaciones de cerros que suceden a cerros, más cerros circundados de montañas y éstas encerra­das en una muralla de sierra de cumbres tan altas que su azul se perdía en el zafir.

—¡Demetrio, por Dios!… ¡Ya no te vayas!… ¡El co­razón me avisa que ahora te va a suceder algo!… Y se deja sacudir de nuevo por el llanto.

El niño, asustado, llora a gritos, y ella tiene que refrenar su tremenda pena para contentarlo.

La lluvia va cesando; una golondrina de plateado vientre y alas angulosas cruza oblicuamente los hilos de cristal, de repente iluminados por el sol vespertino.

—¿Por qué pelean ya, Demetrio?

Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero, y dice:

—Mira esa piedra cómo ya no se para…

VI

Fue una verdadera mañana de nupcias. Había llovido la víspera toda la noche y el cielo amanecía entoldado de blancas nubes. Por la cima de la sierra trotaban potrillos brutos de crines alzadas y colas tensas, gallar­dos con la gallardía de los picachos que levantan su cabeza hasta besar las nubes.

Los soldados caminan por el abrupto peñascal con­tagiado de la alegría de la mañana. Nadie piensa en la artera bala que puede estarlo esperando más adelan­te. La gran alegría de la partida estriba cabalmente en lo imprevisto. Y por eso los soldados cantan, ríen y charlan locamente. En su alma rebulle el alma de las viejas tribus nómadas. Nada importa saber adónde van y de dónde vienen; lo necesario es caminar, cami­nar siempre, no estacionarse jamás; ser dueños del va­lle, de las planicies, de la sierra y de todo lo que la vista abarca.

Arboles, cactus y helechos, todo aparece acabado de lavar. Las rocas, que muestran su ocre como el orín las viejas armaduras, vierten gruesas gotas de agua trans­parente.

Los hombres de Macías hacen silencio un momento. Parece que han escuchado un ruido conocido: el estallar lejano de un cohete; pero pasan algunos minutos y nada se vuelve a oír.

—En esta misma sierra —dice Demetrio—, yo, sólo con veinte hombres, les hice más de quinientas bajas a los federales.

Y cuando Demetrio comienza a referir aquel famoso hecho de armas, la gente se da cuenta del grave peligro que va corriendo. ¿Conque si el enemigo, en vez de estar a dos días de camino todavía, les fuera resultando escondido entre las malezas de aquel formidable ba­rranco, por cuyo fondo se han aventurado? Pero ¿quién sería capaz de revelar su miedo? ¿Cuándo los hombres de Demetrio dijeron: “Por aquí no caminamos”?

Y cuando comienza un tiroteo lejano, donde va la vanguardia, ni siquiera se sorprenden ya. Los reclutas vuelven grupas en desenfrenada fuga buscando la sali­da del cañón.

Una maldición se escapa de la garganta seca de Demetrio:

—¡Fuego!… ¡Fuego sobre los que corran!… ¡A qui­tarles las alturas! —ruge después como una fiera.

Pero el enemigo, escondido a millaradas, desgrana sus ametralladoras, y los hombres de Demetrio caen como espigas cortadas por la hoz.

Demetrio derrama lágrimas de rabia y de dolor cuando Anastasio resbala lentamente de su caballo sin exha­lar una queja, y se queda tendido, inmóvil. Venancio cae a su lado, con el pecho horriblemente abierto por la ametralladora y el Meco se desbarranca y rueda al fondo del abismo. De repente Demetrio se encuentra solo. Las balas zumban en sus oídos como una granizada. Desmonta, arrástrase por las rocas hasta encontrar un parapeto, coloca una piedra que le defienda la ca­beza y, pecho a tierra, comienza a disparar.

El enemigo se disemina, persiguiendo a los raros fugitivos que quedan ocultos entre los chaparros.

Demetrio apunta y no yerra un solo tiro… ¡Paf!… ¡Pan… ¡Pan…

Su puntería famosa lo llena de regocijo; donde pone

el ojo pone la bala. Se acaba un cargador y mete otro nuevo. Y apunta…

El humo de la fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas.

La sierra está de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia.

Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa, como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el ca­ñón de su fusil…

Los de Abajo de Mariano Azuela – Segunda Parte

septiembre 3, 2008 Deja un comentario

Los de Abajo

Mariano Azuela

SEGUNDA PARTE

I

Al champaña que ebulle en burbujas donde se descom­pone la luz de los candiles, Demetrio Macías prefiere el límpido tequila de jalisco.

Hombres manchados de tierra, de humo y de sudor, de barbas crespas y alborotadas cabelleras, cubiertos de andrajos mugrientos, se agrupan en torno de las mesas de un restaurante.

—Yo maté dos coroneles —clama con voz ríspida y gutural un sujeto pequeño y gordo, de sombrero galo­neado, cotona de gamuza y mascada solferina al cue­llo—. ¡No podían correr de tan tripones: se tropezaban con las piedras, y para subir al cerro, se ponían como jitomates y echaban tamaña lengual… “No corran tan­to, mochitos —les grité—; párense, no me gustan las gallinas asustadas… ¡Párense, pelones, que no les voy a hacer nacíal… ¡Están dados!” da!, ¡ja!, ¡ja’… La co­mieron los muy… ¡Paf, paf! ¡Uno para cada uno… y de veras descansaron!

—A mí se me jue uno de los meros copetones —ha­bló un soldado de rostro renegrido, sentado en un án­gulo del salón, entre el muro y el mostrador, con las piernas alargadas y el fusil entre ellas—. ¡Ah, cómo traiba oro el condenado! Nomás le hacían visos los ga­lones en las charreteras y en la mantilla. ¿Yyo?… ¡El

muy burro lo dejé pasar! Sacó el paño y me hizo la contraseña, y yo me quedé nomás abriendo la boca. ¡Pero apenas me dio campo de hacerme de la esquina, cuando aistá a bala y halal… Lo dejé que acabara un cargador… ¡Hora voy yo!… ¡Madre mía de pipa, que no le fierre a este jijo de… la mala palabra! ¡Nada, nomás dio el estampido!… ¡Traiba muy buen cuaco! Me pasó por los ojos como un relámpago… Otro prohe que venía por la misma calle me la pagó… ¡Qué maro­ma lo he hecho dar!

Se arrebatan las palabras de la boca, y mientras ellos refieren con mucho calor sus aventuras, mujeres de tez aceitunada, ojos blanquecinos y dientes de marfil, con revólveres a la cintura, cananas apretadas de tiros cruzados sobre el pecho, grandes sombreros de palma a la cabeza, van y vienen como perros callejeros entre los grupos.

Una muchacha de carrillos teñidos de carmín, de cuello y brazos muy trigueños y de burdísimo conti­nente, da un salto y se pone sobre el mostrador de la cantina, cerca de la mesa de Demetrio.

Este vuelve la cara hacia ella y choca con unos ojos lascivos, bajo una frente pequeña y entre dos bandos de pelo hirsuto.

La puerta se abre de par en par y, boquiabiertos y deslumbrados, uno tras otro, penetran Anastasio Mon­tañés, Pancracio, la Codorniz y el Meco.

Anastasio da un grito de sorpresa y se adelanta a saludar al charro pequeño y gordo, de sombrero galo­neado y mascada solferina.

Son viejos amigos que ahora se reconocen. Yse abra­zan tan fuerte que la cara se les pone negra.

—Compadre Demetrio, tengo el gusto de presen­tarle al güero Margarito… ¡Un amigo de veras!… ¡Ah, cómo quiero yo a este güero! Ya lo conocerá, compa­dre… ¡Es reteacahao!… ¿Te acuerdas, güero, de la penitenciaría de Escobedo, allá en jalisco?… ¡Un año juntos!

Demetrio, que permanecía silencioso y huraño en medio de la alharaca general, sin quitarse el puro de entre los labios rumoreó tendiéndole la mano:

Servidor…

¿Usted se llama, pues, Demetrio Macías? —pre­guntó intempestivamente la muchacha que sobre el mostrador estaba meneando las piernas y tocaba con sus zapatos de vaqueta la espalda de Demetrio.

A la orden —le contestó éste, volviendo apenas la cara.

Ella, indiferente, siguió moviendo las piernas descu­biertas, haciendo ostentación de sus medias azules.

¡Eh, Pintadal… ¿Tú por acá?… Anda, baja, ven a tomar una copa —le dijo el güero Margarito.

La muchacha aceptó en seguida la invitación y con mucho desparpajo se abrió lugar, sentándose enfrente de Demetrio.

¿Conque usté es el famoso Demetrio Macías que tanto se lució en Zacatecas? —preguntó la Pintada.

Demetrio inclinó la cabeza asintiendo, en tantoque el güero Margarito lanzaba una alegre carcajada y decía:

¡Diablo de Pintada tan listal… ¡Ya quieres estre­nar general!…

Demetrio, sin comprender, levantó los ojos hacia ella; se miraron cara a cara como dos perros descono­cidos que se olfatean con desconfianza. Demetrio no

pudo sostener la mirada furiosamente provocativa de la muchacha y bajó los ojos.

Oficiales de Natera, desde sus sitios, comenzaron a bromear a la Pintada con dicharachos obscenos. Pero ella, sin inmutarse, dijo:

—Mi general Natera le va a dar a usté su aguilita… ¡Andele, chóquelal…

Y tendió su mano hacia Demetrio y lo estrechó con fuerza varonil.

Demetrio, envanecido por las felicitaciones que co­menzaron a lloverle, mandó que sirvieran champaña.

—No, yo no quiero vino ahora, ando malo —dijo el güero Margarito al mesero—; tráeme sólo agua con hielo.

Yo quiero cle cenar con tal de que no sea chile ni frijol, lo que jaiga —pidió Pancracio.

Siguieron entrando oficiales y poco a poco se llenó el restaurante. Menudearon las estrellas y las barras en sombreros de todas formas y matices; grandes pañue­los de seda al cuello, anillos de gruesos brillantes y pesadas leopoldinas de oro.

Oye, mozo —gritó el güero Margarito—, te he pedido agua con hielo… Entiende que no te pido li­mosna… Mira este fajo de billetes: te compro a ti y… a la más vieja de tu casa, ¿entiendes?… No me importa saber si se acabó, ni por qué se acabó… Tú sabrás de dónde me la traes… ¡Mira que soy muy corajudo!… Te digo que no quiero explicaciones, sino agua con hie­lo… ¿Me la traes o no me la traes?… ¡Ah, no?… Pues toma…

El mesero cae al golpe cle una sonora bofetada.

Así soy yo, mi general Macías; mire cómo ya no me queda pelo de barba en la cara. ¿Sabe por qué? Pues porque soy muy corajudo, y cuando no tengo en quen descansar, me arranco los pelos hasta que me baja el coraje. ¡Palabra de honor, mi general; si no lo hiciera así, me moriría del puro berrinche!

Es muy malo eso de comerse uno solo sus corajes —afirma, muy serio, uno de sombrero de petate como cobertizo de jacal—. Yo, en Torreón, maté a una vieja que no quiso venderme un plato de enchiladas. Es­taban de pleito. No cumplí mi antojo, pero siquiera descansé.

—Yo maté a un tendajonero en el Parral porque me metió en un cambio dos billetes de Huerta —dijo otro de estrellita, mostrando, en sus dedos negros y callo­sos, piedras de luces refulgentes.

Yo, en Chihuahua, maté a un tío porque me lo topaba siempre en la mesma mesa y a la mesma hora, cuando yo iba a almorzar… ¡Me chocaba mucho!… ¡Qué queren ustedes!…

¡Hum!… Yo maté…

El tema es inagotable.

A la madrugada, cuando el restaurante está lleno de alegría y de escupitajos, cuando con las hembras norteñas cle caras oscuras y cenicientas se revuelven jovencitas pintarrajeadas de los suburbios de la ciudad, Demetrio saca su repetición de oro incrustado de piedras y pide la hora a Anastasio Montañés.

Anastasio ve la carátula, luego saca la cabeza por una ventanilla y, mirando al cielo estrellado, dice:

Ya van muy colgadas las cabrillas, compadre; no dilata en amanecer.

Fuera del restaurante no cesan los gritos, las carcajadas y las canciones de los ebrios. Pasan soldados a caba­llo desbocado, azotando las aceras. Por todos los rum­bos de la ciudad se oyen disparos de fusiles y pistolas.

Y por en medio de la calle caminan, rumbo al hotel, Demetrio y la Pintada, abrazados y dando tumbos.

II

—¡Qué brutos! —exclamó la Pintada riendo a carcajadas—. ¿Pos de dónde son ustedes? Si eso de que los soldados vayan a parar a los mesones es cosa que ya no se usa. ¿De dónde vienen? Llega uno a cualquier parte y no tiene más que escoger la casa que le cuadre y ésa agarra sin pedirle licencia a naiden. Entonces ¿pa quén jue la revolución? ¿Pa los catrines? Si ahora nosotros vamos a ser los meros catrines… A ver, Pancracio, pres­ta acá tu marrazo… ¡Ricos… tales!… Todo lo han de guardar debajo de siete llaves.

Hundió la punta de acero en la hendidura de un cajón y, haciendo palanca con el mango rompió la chapa y levantó astillada la cubierta del escritorio.

Las manos de Anastasio Montañés, de Pancracio y de la Pintada se hundieron en el montón de cartas, es­tampas, fotografías y papeles desparramados por la al­fombra.

Pancracio manifestó su enojo de no encontrar algo que le complaciera, lanzando al aire con la punta del guarache un retrato encuadradó, cuyo cristal se estrelló en el candelabro del centro.

Sacaron las manos vacías de entre los papeles, profi­riendo insolencias.

Pero la Pintada, incansable, siguió descerrajando cajón por cajón, hasta no dejar hueco sin escudriñar.

No advirtieron el rodar silencioso de una pequeña caja forrada de terciopelo gris, que fue a parar a los pies de Luis Cervantes.

Este, que veía todo con aire de profunda indiferen­cia, mientras Demetrio, despatarrado sobre la alfom­bra, parecía dormir, atrajo con la punta del pie la cajita, se inclinó, rascóse un tobillo y con ligereza la levantó.

Se quedó deslumbrado: dos diamantes de aguas pu­rísimas en una montadura de filigrana. Con prontitud la ocultó en el bolsillo.

Cuando Demetrio despertó, Luis Cervantes le dijo:

Mi general, vea usted qué diabluras han hecho los muchachos. ¿No sería conveniente evitarles esto?

—No, curro… ¡Pobres!… Es el único gusto que les queda después de ponerle la barriga a las balas.

Sí, mi general, pero siquiera que no lo hagan aquí… Mire usted, eso nos desprestigia, y lo que es peor, desprestigia nuestra causa…

Demetrio clavó sus ojos de aguilucho en Luis Cer­vantes. Se golpeó los dientes con las uñas de dos dedos y dijo:

No se ponga colorado… ¡Mire, a mí no me cuen­te!… Ya sabemos que lo tuyo, tuyo, y lo mío, mío. A us­ted le tocó la cajita, bueno; a mí el reloj de repetición.

Y ya los dos en muy buena armonía, se mostraron sus “avances”.

La Pintada y sus compañeros, entretanto, registra­ban el resto de la casa.

La Codorniz entró en la sala con una chiquilla de doce años, ya marcada con manchas cobrizas en la

frente y en los brazos. Sorprendidos los dos, se mantu­vieron atónitos, contemplando los montones de libros sobre la alfombra, mesas y sillas, los espejos descolga­dos con sus vidrios rotos, grandes marcos de estampas y retratos destrozados, muebles y hibelots hechos pe­dazos. Con ojos ávidos, la Codorniz buscaba su presa, suspendiendo la respiración.

Afuera, en un ángulo del patio y entre el humo so­focante, el Manteca cocía elotes, atizando las brasas con libros y papeles que alzaban vivas llamaradas.

¡Ah —gritó de pronto la Codorniz—, mira lo que me fallé!… ¡Qué sudaderos pa mi yegual…

Y de un tirón arrancó una cortina de peluche, que se vino al suelo con todo y galería sobre el copete finamente tallado de un sillón.

¡Mira, tú… cuánta vieja encuerada! —clamó la chiquilla de la Codorniz, divertidísima con las láminas de un lujoso ejemplar de la Divina Comedia—. Esta me cuadra y me la llevo.

Y comenzó a arrancar los grabados que más llama­ban su atención. Demetrio se incorporó y tomó asiento al lado de Luis Cervantes. Pidió cerveza, alargó una bo­tella a su secretario, y de un solo trago apuró la suya. Luego, amodorrado, entrecerró los ojos y volvió a dormir.

Oiga —habló un hombre a Pancracio en el za­guán—, ¿a qué hora se le puede hablar al general?

No se le puede hablar a ninguna; amaneció crudo —respondió Pancracio—. ¿Qué quiere?

Que me venda uno de esos libros que están quemando.

Yo mesmo se los puedo vender.

¿A cómo los da?

Pancracio, perplejo, frunció las cejas:

Pos los que tengan monitos, a cinco centavos, y los otros… se los doy de pilón si me merca todos.

El interesado volvió por los libros con una canasta pizcadora.

—¡Demetrio, hombre, Demetrio, despierta ya —gri­tó la Pintada—, ya no duermas como puerco gordo! ¡Mira quién está aquí!… ¡El güero Margarito! ¡No sa­bes tú todo lo que vale este güero!

—Yo lo aprecio a usted mucho, mi general Macías, y vengo a decirle que tengo mucha voluntad y me gus­tan mucho sus modales. Así es que, si no lo tiene a mal, yo me paso a su brigada.

¿Qué grado tiene? —inquirió Demetrio.

Capitán primero, mi general.

—Véngase, pues… Aquí lo hago mayor.

El güero Margarito era un hombrecillo redondo, de bigotes retorcidos, ojos azules muy malignos que se le perdían entre los carrillos y la frente cuando se reía. Ex mesero del Delmónico de Chihuahua, ostentaba aho­ra tres barras de latón amarillo, insignias de su grado en la División del Norte.

El güero colmó de elogios a Demetrio y a sus hom­bres, y con esto bastó para que una caja de cervezas se vaciara en un santiamén.

La Pintada apareció de pronto en medio de la sala, luciendo un espléndido traje de seda de riquísimos encajes.

¡Nomás las medias se te olvidaron! —exclamó el güero Margarito desternillándose de risa.

La muchacha de la Codorniz prorrumpió también en carcajadas.

Pero a la Pintada nada se le dio; hizo una mueca de indiferencia, se tiró en la alfombra y con los propios pies hizo saltar las zapatillas de raso blanco, moviendo muy a gusto los dedos desnudos, entumecidos por la opresión del calzado, y dijo:

¡Epa, tú, Pancracio!… Anda a traerme unas me­dias azules de mis “avances”.

La sala se iba llenando de nuevos amigos y viejos compañeros de campaña. Demetrio, animándose, co­menzaba a referir menudamente algunos de sus más notables hechos de armas.

Pero ¿qué ruido es ése? —preguntó sorprendido por el afinar de cuerdas y latones en el patio de la casa.

—Mi general —dijo solemnemente Luis Cervan­tes—, es un banquete que le ofrecemos sus viejos ami­gos y compañeros para celebrar el hecho de armas de Zacatecas y el merecido ascenso de usted a general.

III

—Le presento a usted, mi general Macías, a mi futura —pronunció enfático Luis Cervantes, haciendo entrar al comedor a una muchacha de rara belleza.

Todos se volvieron hacia ella, que abría sus grandes ojos azules con azoro.

Tendría apenas catorce años; su piel era fresca y suave como un pétalo de rosa; sus cabellos rubios, y la expresión de sus ojos con algo de maligna curiosidad y mucho de vago temor infantil.

Luis Cervantes reparó en que Demetrio clavaba su mirada de ave de rapiña en ella y se sintió satisfecho.

Se le abrió sitio entre el güero Margarito y Luis Cer­vantes, enfrente de Demetrio.

Entre los cristales, porcelanas y búcaros de flores, abundaban las botellas de tequila.

El Meco entró sudoroso y renegando, con una caja de cervezas a cuestas.

Ustedes no conocen todavía a este güero —dijo la Pintada reparando en que él no quitaba los ojos de la novia de Luis Cervantes—. Tiene mucha sal, y en el mundo no he visto gente más acabada que él.

Le lanzó una mirada lúbrica y añadió:

¡Por eso no lo puedo ver ni pintado!

Rompió la orquesta una rumbosa marcha taurina. Los soldados bramaron de alegría.

¡Qué menudo, mi general!… Le juro que en mi vida he comido otro más bien guisado —dijo el güero Margarito, e hizo reminiscencias del Delmónico de Chihuahua.

—¿Le gusta de veras, güero? —repuso Demetrio—. Pos que le sirvan hasta que llene.

Ese es mi mero gusto —confirmó Anastasio Mon­tañés—, y eso es lo bonito; de que a mí me cuadra un guiso, como, como, hasta que lo eructo.

Siguió un ruido de bocazas y grandes tragantadas. Se bebió copiosamente.”‘

Al final, Luis Cervantes tomó una copa de champaña y se puso de pie:

—Señor general…

¡Hum! —interrumpió la Pintada—. Hora va de discurso, y eso es cosa que a mí me aburre mucho. Voy mejor al corral, al cabo ya no hay qué comer.

Luis Cervantes ofreció el escudo de paño negro con

una aguilita de latón amarillo, en un brindis que nadie entendió, pero que todos aplaudieron con estrépito.

Demetrio tomó en sus manos la insignia de su nuevo grado y, muy encendido, la mirada brillante, relucien­tes los clientes, dijo con mucha ingenuidad:

¿Y qué voy a hacer ahora yo con este zopilote?

—Compadre —pronunció trémulo y en pie Anasta­sio Montañés—, yo no tengo que decirle…

Transcurrieron minutos enteros; las malditas pala­bras no querían acudir al llamado del compadre Anas­tasio. Su cara enrojecida perlaba el sudor en su frente, costrosa de mugre. Por fin se resolvió a terminar su brindis:

—Pos yo no tengo que decirle… sino que ya sabe que soy su compadre…

Y como todos habían aplaudido a Luis Cervantes, el propio Anastasio, al acabar, dio la señal, palmoteando con mucha gravedad.

Pero todo estuvo bien y su torpeza sirvió de estímu­lo. Brindaron el Manteca y la Codorniz.

Llegaba su turno al Meco, cuando se presentó la Pintada dando fuertes voces de júbilo. Chasqueando la lengua, pretendía meter al comedor una bellísima yegua de un negro azabache.

¡Mi “avance”! ¡Mi “avance”! —clamaba palmo­teando el cuello enarcado del soberbio animal.

La yegua se resistía a franquear la puerta; pero un ti­rón del cabestro y un latigazo en el anca la hicieron entrar con brío y estrépito.

Los soldados, embebecidos, contemplaban con mal reprimida envidia la rica presa.

¡Yo no sé qué carga esta diabla de Pintada que siempre nos gana los mejores “avances”! —clamó el güero Margarito—. Así la verán desde que se nos juntó en Tierra Blanca.

—Epa, tú, Pancracio, anda a traerme un tercio de alfalfa pa mi yegua —ordenó secamente la Pintada. Luego tendió la soga a un soldado.

Una vez más llenaron los vasos y las copas. Algunos comenzaban a doblar el cuello y a entrecerrar los ojos; la mayoría gritaba jubilosa.

Y entre ellos la muchacha de Luis Cervantes, que había tirado todo el vino en un pañuelo, tornaba de una parte a la otra sus grandes ojos azules, llenos de azoro.

—Muchachos —gritó de pie el güero Margarito, dominando con su voz aguda y gutural el vocerío—, estoy cansado de vivir y me han dado ganas ahora de matarme. La Pintada ya me hartó… y este querubincito del cielo no arrienda siquiera a verme…

Luis Cervantes notó que las últimas palabras iban dirigidas a su novia, y con gran sorpresa vino a cuentas de que el pie que sentía entre los de la muchacha no era de Demetrio, sino del güero Margarito.

Y la indignación hirvió en su pecho.

¡Fíjense, muchachos —prosiguió el güero con el revólver en lo alto—; me voy a pegar un tiro en la me­rita frente!

Y apuntó al gran espejo del fondo, donde se veía de cuerpo entero.

¡No te buigas, Pintadal…

El espejo se estrelló en largos y puntiagudos frag­mentos. La bala había pasado rozando los cabellos de la Pintada, que ni pestañeó siquiera.

IV

Al atardecer despertó Luis Cervantes, se restregó los ojos y se incorporó. Se encontraba en el suelo duro, entre los tiestos del huerto. Cerca de él respiraban rui­dosamente, muy dormidos, Anastasio Montañés, Pan­cracio y la Codorniz.

Sintió los labios hinchados y la nariz dura y seca; se miró sangre en las manos y en la camisa, e instantáneamente hizo memoria de lo ocurrido. Pronto se puso de pie y se encaminó hacia una recámara; empujó la puerta rcpetidas veces, sin conseguir abrirla. Mantúvo­se indeciso algunos instantes.

Porque todo era cierto; estaba seguro de no haber soñado. De la mesa del comedor se había levantado con su compañera, la condujo a la recámara; pero an­tes de cerrar la puerta, Demetrio, tambaleándose de borracho, se precipitó tras ellos. Luego la Pintada siguió a Demetrio, y comenzaron a forcejear. Demetrio, con los ojos encendidos como una brasa y hebras cristali­nas en los burdos labios, buscaba con avidez a la mu­chacha. La Pintada, a fuertes empellones, lo hacía re­troceder.

—¡Pero tú qué!… ¿Tú qué?… —ululaba Demetrio irritado.

La Pintada metió la pierna entre las de él, hizo pa­lanca y Demetrio cayó de largo, fuera del cuarto. Se levantó furioso.

—¡Auxilio!… ¡Auxilio!… ¡Que me matal…

La Pintada cogía vigorosamente la muñeca de De­metrio y desviaba el cañón de su pistola.

La hala se incrustó en los ladrillos. La Pintada seguía

berreando. Anastasio Montañés llegó detrás de Deme­trio y lo desarmó.

Este, como toro a media plaza, volvió sus ojos extra­viados. Le rodeaban Luis Cervantes, Anastasio, el Man­teca y otros muchos.

—¡Infelices!… ¡Me han desarmado!… ¡Como si pa ustedes se necesitaran armas!

Y abriendo los brazos, en brevísimos instantes vol­teó de narices sobre el enladrillado al que alcanzó.

¿Y después? Luis Cervantes no recordaba más. Segu­ramente que allí se habían quedado bien aporreados y dormidos. Seguramente que su novia, por miedo a tanto bruto, había tomado la sabia providencia de encerrarse.

“Tal vez esa recámara comunique con la sala y por ella pueda entrar”, pensó.

A sus pasos despertó la Pintada, que dormía cerca de Demetrio, sobre la alfombra y al pie de un confidente colmado de alfalfa y maíz donde la yegua negra cenaba.

¿Qué busca? —preguntó la muchacha—. ¡Ah, sí; ya sé lo que quiere!… ¡Sinvergüenzal… Mire, encerré a su novia porque ya no podía aguantar a este condenado de Demetrio. Coja la llave, allí está sobre la mesa.

En vano Luis Cervantes buscó por todos los escon­drijos de la casa.

A ver, curro, cuénteme cómo estuvo eso de esa muchacha.

Luis Cervantes, muy nervioso, seguía buscando la llave.

—No coma ansia, hombre, allá se la voy a dar. Pero cuénteme… A mí me divierten mucho estas cosas. Esa currita es igual a usté… No es pata rajada como nosotros.

No tengo qué contar… Es mi novia y ya.

da, ja, jal… ¡Su novia y… no! Mire, curro, adonde usté va yo ya vengo. Tengo el colmillo duro. A esa po­bre la sacaron de su casa entre el Manteca y el Meco; eso ya lo sabía…; pero usté les ha de haber dado por ella… algunas mancuernillas chapeadas… alguna es­tampita milagrosa del Señor de la Villita… ¿Miento, curro?… ¡Que los hay, los hay!… ¡El trabajo es dar con ellos!… ¿Verdad?

La Pintada se levantó a darle la llave; pero tampoco la encontró y se sorprendió mucho.

Estuvo largo rato pensativa.

De repente salió a toda carrera hacia la puerta de la recámara, aplicó un ojo a la cerradura y allí se mantu­vo inmóvil hasta que su vista se hizo a la oscuridad del cuarto. De pronto, y sin quitar los ojos, murmuró:

—¡Ah, güero… jijo de un…! ¡Asómese nomás, curro!

Yse alejó, lanzando una sonora carcajada.

¡Si le digo que en mi vida he visto hombre más acabado que éste!

Otro día por la mañana, la Pintada espió el momento en que el güero salía de la recámara a darle de almor­zar a su caballo.

¡Criatura de Dios! ¡Anda, vete a tu casa! ¡Estos hombres son capaces de matarte!… ¡Anda, corre!…

Y sobre la chiquilla de grandes ojos azules y sem­blante de virgen, que sólo vestía camisón y medias, echó la frazada piojosa del Manteca; la cogió de la ma­no y la puso en la calle.

¡Bendito sea Dios! —exclamó—. Ahora sí… ¡Cómo quiero yo a este güero!

V

Como los potros que relinchan y retozan a los primeros truenos de mayo, así van por la sierra los hombres de Demetrio.

—¡A Moyahua, muchachos!

A la tierra de Demetrio Macías.

¡A la tierra de don Mónico el cacique!

El paisaje se aclara, el sol asoma en una faja escarla­ta sobre la diafanidad del cielo.

Vanse destacando las cordilleras como monstruos alagartados, de angulosa vertebradura; cerros que parecen testas de colosales ídolos aztecas, caras de gigan­tes, muecas pavorosas y grotescas, que ora hacen sonreír, ora dejan un vago terror, algo como presentimiento de misterio.

A la cabeza de la tropa va Demetrio Macías con su Estado Mayor: el coronel Anastasio Montañés, el te­niente coronel Pancracio y los mayores Luis Cervantes y el güero Margarito.

Siguen en segunda fila la Pintada y Venancio, que la galantea con muchas finezas, recitándole poéticamen­te versos desesperados de Antonio Plaza.

Cuando los rayos del sol bordearon los pretiles del caserío, de cuatro en fondo y tocando los clarines, comenzaron a entrar a Moyahua.

Cantaban los gallos a ensordecer, ladraban con alar­ma los perros; pero la gente no dio señales de vida en parte alguna.

La Pintada azuzó su yegua negra y de un salto se puso codo a codo con Demetrio. Muy ufana, lucía vestido de seda y grandes arracadas de oro; el azul pálido del

talle acentuaba el tinte aceitunado de su rostro y las manchas cobrizas de la avería. Perniabierta, su falda se remangaba hasta la rodilla y se veían sus medias desla­vadas y con muchos agujeros. Llevaba revólver al pecho y una cartuchera cruzada sobre la cabeza de la silla.

Demetrio también vestía de gala: sombrero galoneado, pantalón de gamuza con botonadura de plata y chamarra bordada de hilo de oro.

Comenzó a oírse el abrir forzado de las puertas. Los soldados, diseminados ya por el pueblo, recogían armas y monturas por todo el vecindario.

Nosotros vamos a hacer la mañana a casa de don Mónico —pronunció con gravedad Demetrio, apeándose y tendiendo las riendas de su caballo a un soldado—. Vamos a almorzar con don Mónico… un amigo que me quiere mucho…

Su Estado Mayor sonríe con risa siniestra.

Y, arrastrando ruidosamente las espuelas por las banquetas, se encaminaron hacia un caserón preten­cioso, que no podía ser sino albergue de cacique.

Está cerrada a piedra y cal —dijo Anastasio Mon­tañés empujando con toda su fuerza la puerta.

Pero yo sé abrir —repuso Pancracio abocando prontamente su fusil al pestillo.

No, no —dijo Demetrio—; toca primero.

Tres golpes con la culata del rifle, otros tres y nadie responde. Pancracio se insolenta y no se atiene a más órdenes. Dispara, salta la chapa y se abre la puerta.

Vense extremos de faldas, piernas de niños, todos en dispersión hacia el interior de la casa.

¡Quiero vino!… ¡Aquí, vino!… —pide Demetrio con voz imperiosa, dando fuertes golpes sobre la mesa.

—Siéntense, compañeros.

Una señora asoma, luego otra y otra, y entre las fal­das negras aparecen cabezas de niños asustados. Una de las mujeres, temblando, se encamina hacia un apara­dor, sacando copas y botellas y sirve vino.

—¿Qué armas tienen? —inquiere Demetrio con aspereza.

¿Armas?… —contesta la señora, la lengua hecha trapo—. ¿Pero qué armas quieren ustedes que tengan unas señoras solas y decentes?

—¡Ah, solas!… ¿Y don Mónico?…

—No está aquí, señores… Nosotras sólo rentamos la casa… Al señor don Mónico nomás de nombre lo co­nocemos.

Demetrio manda que se practique un cateo.

No, señores, por favor… Nosotras mismas va­mos a traerles lo que tenemos; pero, por el amor de Dios, no nos falten al respeto. ¡Somos niñas solas y decentes!

—¿Y los chamacos? —inquiere Pancracio brutalmente—. ¿Nacieron de la tierra?

Las señoras desaparecen con precipitación y vuel­ven momentos después con una escopeta astillada, cu­bierta de polvo y de telarañas, y una pistola de muelles enmohecidas y descompuestas.

Demetrio se sonríe:

Bueno, a ver el dinero…

—¿Dinero?… Pero ¿qué dinero quieren ustedes que tengan unas pobres niñas solas?

Yvuelven sus ojos suplicatorios hacia el más cercano de los soldados; pero luego los aprietan con horror: ¡han visto al sayón que está crucificando a Nuestro Señor

Jesucristo en el vía crucis de la parroquial… ¡Han visto a Pancracio!…

Demetrio ordena el cateo.

A un tiempo se precipitan otra vez las señoras, y al instante vuelven con una cartera apolillada, con unos cuantos billetes de los de la emisión de Huerta.

Demetrio sonríe, y ya sin más consideración, hace entrar a su gente.

Como perros hambrientos que han olfateado su pre­sa, la turba penetra, atropellando a las señoras, que pretenden defender la entrada con sus propios cuerpos. Unas caen desvanecidas, otras huyen; los chicos dan gritos.

Pancracio se dispone a romper la cerradura de un gran ropero, cuando las puertas se abren y de dentro salta un hombre con un fusil en las manos.

¡Don Mónico! —exclaman sorprendidos.

¡Hombre, Demetrio!… ¡No me haga nadal… ¡No me perjudique!… ¡Soy su amigo, don Demetrio!…

Demetrio Macías se ríe socarronamente y le pre­gunta si a los amigos se les recibe con el fusil en las manos.

Don Mónico, confuso, aturdido, se echa a sus pies, le abraza las rodillas, le besa los pies:

¡Mi mujer!… ¡Mis hijos!… ¡Amigo don Deme­trio!…

Demetrio, con mano trémula, vuelve el revólver a la cintura.

Una silueta dolorida ha pasado por su memoria. Una mujer con su hijo en los brazos, atravesando por las rocas de la sierra a medianoche y a la luz de la luna… Una casa ardiendo…

¡Vámonos!… ¡Afuera todos! —clama sombríamente.

Su Estado Mayor obedece; don Mónico y las señoras le besan las manos y lloran de agradecimiento.

En la calle la turba está esperando alegre y dicha­rachera el permiso del general para saquear la casa del cacique.

—Yo sé muy bien dónde tienen escondido el dine­ro, pero no lo digo —pronuncia un muchacho con un cesto bajo el brazo.

¡Hum, yo ya sé! —repone una vieja que lleva un costal de raspa para recoger “lo que Dios le quiera dar”—. Está en un altito; allí hay muchos triques y entre los triques una petaquilla con dibujos de concha… ¡Allí mero está lo güeno!…

No es cierto —dice un hombre—; no son tan ta­rugos para dejar así la plata. A mi modo de ver, la tie­nen enterrada en el pozo en un tanate de cuero.

Y el gentío se remueve, unos con sogas para hacer sus fardos, otros con hateas; las mujeres extienden sus delantales o el extremo de sus rebozos, calculando lo que les puede caber. Todos, dando las gracias a Su Divina Majestad, esperan su buena parte de saqueo.

Cuando Demetrio anuncia que no permitirá nada y ordena que todos se retiren, con gesto desconsolado la gente del pueblo lo obedece y se disemina luego; pero entre la soldadesca hay un sordo rumor de desaprobación y nadie se mueve de su sitio.

Demetrio, irritado, repite que se vayan.

Un mozalbete de los últimos reclutados, con algún aguardiente en la cabeza, se ríe y avanza sin zozobra hacia la puerta.

Pero antes de que pueda franquear el umbral, un

disparo instantáneo lo hace caer como los toros he­ridos por la puntilla.

Demetrio, con la pistola humeante en las manos, inmutable, espera que los soldados se retiren.

—Que se le pegue fuego a la casa —ordenó a Luis Cervantes cuando llegan al cuartel.

Y Luis Cervantes, con rara solicitud, sin transmitir la orden, se encargó de ejecutarla personalmente.

Cuando dos horas después la plazuela se ennegrecía de humo y de la casa de don Mónico se alzaban enormes lenguas de fuego, nadie comprendió el extraño proceder del general.

VI

Se habían alojado en una casona sombría, propiedad del mismo cacique de Moyahua.

Sus predecesores en aquella finca habían dejado ya su rastro vigoroso en el patio, convertido en estercolero; en los muros, desconchados hasta mostrar grandes manchones de adobe crudo; en los pisos, demolidos por las pesuñas de las bestias; en el huerto, hecho un reguero de hojas marchitas y ramajes secos. Se tropeza­ba, desde el entrar, con pies de muebles, fondos y res­paldos de sillas, todo sucio de tierra y bazofia.

A las diez de la noche, Luis Cervantes bostezó muy aburrido y dijo adiós al güero Margarito y a la Pintada, que bebían sin descanso en una banca de la plaza.

Se encaminó al cuartel. El único cuarto amueblado era la sala. Entró, y Demetrio, que estaba tendido en el suelo, los ojos claros y mirando al techo, dejó de contar las vigas y volvió la cara.

—¿Es usted, curro?… ¿Qué trae?… Ande, entre, siéntese.

Luis Cervantes fue primero a despabilar la vela, tiró luego de un sillón sin respaldo y cuyo asiento de mim­bres había sido sustituido con un áspero cotense. Chi­rriaron las patas de la silla y la yegua prieta de la Pintada bufó, se removió en la sombra describiendo con su anca redonda y tersa una gallarda curva.

Luis Cervantes se hundió en el asiento y dijo:

—Mi general, vengo a darle cuenta de la comisión… Aquí tiene…

—¡Hombre, curro… si yo no quería eso!… Moya­hua casi es mi tierra… ¡Dirán que por eso anda uno aquí!… —respondió Demetrio mirando el saco apreta­do de monedas que Luis le tendía.

Este dejó el asiento para venir a ponerse en cuclillas al lado de Demetrio. Tendió un sarape en el suelo y so­bre él vació el talego de hidalgos relucientes como ascuas de oro.

—En primer lugar, mi general, esto lo sabemos sólo usted y yo… Ypor otra parte, ya sabe que al buen sol hay que abrirle la ventana… Hoy nos está dando de cara; pero ¿mañana?… Hay que ver siempre adelante. Una bala, el reparo de un caballo, hasta un ridículo resfrío… ¡y una viuda y unos huérfanos en la miserial… ¿El gobierno? ja, ja, jal… Vaya usted con Carranza, con Villa o con cualquier otro de los jefes principales y hábleles de su familia… Si le responden con un puntapié… donde usted ya sabe, diga que le fue de perlas… Y hacen bien, mi general; nosotros no nos hemos le­vantado en armas para que un tal Carranza o un tal Vi­lla lleguen a presidentes de la República; nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pue­blo, pisoteados por el vil cacique… Y así como ni Villa, ni Carranza, ni ningún otro han de venir a pedir nues­tro consentimiento para pagarse los servicios que le están prestando a la patria, tampoco nosotros tenernos necesidad de pedirle licencia a nadie.

Demetrio se medio incorporó, tomó una botella cer­ca de su cabecera, empinó y luego, hinchando los carri­llos, lanzó una bocanada a lo lejos.

—¡Qué pico largo es usted, curro!

Luis sintió un vértigo. La cerveza regada parecía avi­var la fermentación del basurero donde reposaban: un tapiz de cáscaras de naranjas y plátanos, carnosas cortezas de sandía, hebrosos núcleos de mangos y bagazos de caña, todo revuelto con hojas enchiladas de tamales y todo húmedo de deyecciones.

Los dedos callosos de Demetrio iban y venían sobre las brillantes monedas a cuenta y cuenta.

Repuesto ya, Luis Cervantes sacó un botecito de fos­fatina Falliéres y volcó dijes, anillos, pendientes y otras muchas alhajas de valor.

—Mire, mi general; si, como parece, esta bola va a seguir, si la revolución no se acaba, nosotros tenemos ya lo suficiente para irnos a brillarla una temporada fuera del país —Demetrio meneó la cabeza negativamente—. ¿No haría usted eso?… Pues ¿a qué nos quedaríamos ya?… ¿Qué causa defenderíamos ahora?

Eso es cosa que yo no puedo explicar, curro; pero siento que no es cosa de hombres…

Escoja, mi general —dijo Luis Cervantes mostran­do las joyas puestas en fila.

Déjelo todo para usted… De veras, curro… ¡Si

viera que no le tengo amor al dinero!… ¿Quiere que le diga la verdad? Pues yo, con que no me falte el trago y con traer una chamaquita que me cuadre, soy el hom­bre más feliz del mundo.

—ja, ja, jal… ¡Qué mi general!… Bueno, ¿y por qué se aguanta a esa sierpe de la Pintada?

—Hombre, curro, me tiene harto; pero así soy. No me animo a decírselo… No tengo valor para despacharla a… Yo soy así, ése es mi genio. Mire, de que me cua­dra una mujer, soy tan boca de palo, que si ella no co­mienza…, yo no me animo a nada —y suspiró—. Ahí está Camila, la del ranchito… La muchacha es fea; pero si viera cómo me llena el ojo…

—El día que usted quiera, nos la vamos a traer, mi general.

Demetrio guiñó los ojos con malicia.

Le juro que se la hago buena, mi general…

¿De veras, curro?… Mire, si me hace esa valedura, pa usté es el reló con todo y leopoldina de oro, ya que le cuadra tanto.

Los ojos de Luis Cervantes resplandecieron. Tomó el bote de fosfatina, ya bien lleno, se puso en pie y, sonriendo, dijo:

—Hasta mañana, mi general… Que pase buena noche.

VII

—¿Yo qué sé? Lo mismo que ustedes saben. Me dijo el general: “Codorniz, ensilla tu caballo y mi yegua mora. Vas con el curro a una comisión”. Bueno, así fue: sali­mos de aquí a mediodía y, ya anocheciendo, llegamos

al ranchito. Nos dio posada la tuerta María Antonia… Que cómo estás tanto, Pancracio… En la madrugada me despertó el curro: “Codorniz, Codorniz, ensilla las bestias. Me dejas mi caballo y te vuelves con la yegua del general otra vez para Moyahua. Dentro de un rato te alcanzo”. Yya estaba el sol alto cuando llegó con Cami­la en la silla. La apeó y la montamos en la yegua mora.

Bueno, y ella, ¿qué cara venía poniendo? —pre­guntó uno.

—¡Hum, pos no le paraba la boca de tan contental…

¿Y el curro?

Callado como siempre; igual a como es él.

—Yo creo —opinó con mucha gravedad Venancio­que si Camila amaneció en la cama de Demetrio, sólo fue por una equivocación. Bebimos mucho… ¡Acuér­dense!… Se nos subieron los espíritus alcohólicos a la cabeza y todos perdimos el sentido.

¡Qué espíritus alcohólicos ni qué!… Fue cosa convenida entre el curro y el general.

—¡Claro! Pa mí el tal curro no es más que un…

A mí no me gusta hablar de los amigos en ausen­cia —dijo el güero Margarito—; pero sí sé decirles que de dos novias que le he conocido, una ha sido para… mí y la otra para el general…

Y prorrumpieron en carcajadas.

Luego que la Pintada se dio cuenta cabal de lo sucedi­do, fue muy cariñosa a consolar a Camila.

¡Pobrecita de ti, platícame cómo estuvo eso! Camila tenía los ojos hinchados de llorar.

¡Me mintió, me mintió!… Fue al rancho y me dijo: “Camila, vengo nomás por ti. ¿Te sales conmigo?”

¡Hum, dígame si yo no tendría ganas de salirme con él! De quererlo, lo quero y lo reguero… ¡Míreme tan encanijada sólo por estar pensando en él! Amanece y ni ganas del metate… Me llama mi mama al almuerzo, y la gorda se me hace trapo en la boca… ¡Y aquella pinción!… ¡Y aquella pinción! .. .

Y comenzó a llorar otra vez, y para que no se oyeran sus sollozos se tapaba la boca y la nariz con un extremo del rebozo.

Mira, yo te voy a sacar de esta apuración. No seas tonta, ya no llores. Ya no pienses en el curro… ¿Sabes lo que es ese curro?… ¡Palabral… ¡Te digo que nomás para eso lo trae el general!… ¡Qué tontal… Bueno, ¿quieres volver a tu casa?

¡La Virgen de Jalpa me ampare!… ¡Me mataría mi mama a palos!

—No te hace nada. Vamos haciendo una cosa. La tropa tiene que salir de un momento a otro; cuando De­metrio te diga que te prevengas para irnos, tú le respon­des que tienes muchas dolencias de cuerpo, y que estás como si te hubieran dado de palos, y te estiras y bostezas muy seguido. Luego te tientas la frente y dices: “Estoy ardiendo en calentura”. Entonces yo le digo a Demetrio que nos deje a las dos, que yo me quedo a curarte y que luego que estés buena nos vamos a alcanzarlo. Y lo que hacemos es que yo te pongo en tu casa buena y sana.

VIII

Ya el sol se había puesto y el caserío se envolvía en la tristeza gris de sus calles viejas y en el silencio de terror de sus moradores, recogidos a muy buena hora, cuando

Luis Cervantes llegó a la tienda de Primitivo López a interrumpir una juerga que prometía grandes sucesos. Demetrio se emborrachaba allí con sus viejos camara­das. El mostrador no podía contener más gente. De­metrio, la Pintada y el güero Margarito habían dejado afuera sus caballos; pero los demás oficiales se habían metido brutalmente con todo y cabalgaduras. Los som­breros galoneados de cóncavas y colosales faldas se en­contraban en vaivén constante; caracoleaban las ancas de las bestias, que sin cesar removían sus finas cabezas de ojazos negros, narices palpitantes y orejas pequeñas. Yen la infernal alharaca de los borrachos se oía el reso­plar de los caballos, su rudo golpe de pesuñas en el pa­vimento y, de vez en vez, un relincho breve y nervioso.

Cuando Luis Cervantes llegó, se comentaba un suceso banal. Un paisano, con un agujerito negruzco y sanguinolento en la frente, estaba tendido boca arriba en medio de la carretera. Las opiniones, divididas al principio, ahora se unificaban bajo una justísima reflexión del güero Margarito. Aquel pobre diablo que yacía bien muerto era el sacristán de la iglesia. Pero, ¡tonto!… la culpa había sido suya… ¿Pues a quién se le ocurre, señor, vestir pantalón, chaqueta y gorrita? ¡Pan­cracio no puede ver un catrín enfrente de él!

Ocho músicos “de viento”, las caras rojas y redondas como soles, desorbitados los ojos, echando los bofes por los latones desde la madrugada, suspenden su faena al mandato de Cervantes.

—Mi general —dijo éste abriéndose paso entre los montados—, acaba de llegar un propio de urgencia. Le ordenan a usted que salga inmediatamente a perseguir a los orozquistas.

Los semblantes, ensombrecidos un momento, brillaron de alegría.

—¡A Jalisco, muchachos! —gritó el güero Margarito dando un golpe seco sobre el mostrador.

¡Aprevénganse, tapatías de mi alma, que allá voy! —gritó la Codorniz arriscándose el sombrero.

Todo fue regocijo y entusiasmo. Los amigos de De­metrio, en la excitación de la borrachera, le ofrecieron incorporarse a sus filas. Demetrio no podía hablar de gusto. “¡Ah, ir a batir a los orozquistas!… ¡Habérselas al fin con hombres de veras!… ¡Dejar de matar federales como se matan liebres o guajolotes!”

Si yo pudiera coger vivo a Pascual Orozco —dijo el güero Margarito—, le arrancaba la planta de los pies y lo hacía caminar veinticuatro horas por la sierra…

¿Qué, ése fue el que mató al señor Madero? —pre­guntó el Meco.

No —repuso el güero con solemnidad—; pero a mí me dio una cachetada cuando fui mesero del Delmónico en Chihuahua.

Para Camila, la yegua mora —ordenó Demetrio a Pancracio, que estaba ya ensillando.

Camila no se puede ir —dijo la Pintada con pron­titud.

¿Quién te pide a ti tu parecer? —repuso Demetrio con aspereza.

—¿Verdá, Camila, que amaneciste con mucha do­lencia de cuerpo y te sientes acalenturada ahora?

Pos yo…, pos yo…, lo que diga don Demetrio…

—¡Ah, qué guaje!… Di que no, di que no… —pro­nunció a su oído la Pintada con gran inquietud.

Pos es que ya le voy cobrando voluntá…, ¿lo cree?… —contestó Camila también muy quedo.

La Pintada se puso negra y se le inflamaron los ca­rrillos; pero no dijo nada y se alejó a montar la yegua que le estaba ensillando el güero Margarito.

IX

El torbellino del polvo, prolongado a buen trecho a lo largo de la carretera, rompíase bruscamente en masas difusas y violentas, y se destacaban pechos hinchados, crines revueltas, narices trémulas, ojos ovoides, impe­tuosos, patas abiertas y como encogidas al impulso de la carrera. Los hombres, de rostro de bronce y dientes de marfil, ojos flameantes, blandían los rifles o los cru­zaban sobre las cabezas de las monturas.

Cerrando la retaguardia, y al paso, venían Demetrio y Camila; ella trémula aún, con los labios blancos y se­cos; él, malhumorado por lo insulso de la hazaña. Ni tales orozquistas, ni tal combate. Unos cuantos federales dispersos, un pobre diablo de cura con un centenar de ilusos, todos reunidos bajo la vetusta bandera de “Religión y Fueros”. El cura se quedaba allí bambo­leándose, pendiente de un mezquite, y en el campo, un reguero de muertos que ostentaban en el pecho un es­cudito de bayeta roja y un letrero: “¡Detente! ¡El Sagra­do Corazón de Jesús está conmigo!”

La verdá es que yo ya me pagué hasta de más mis sueldos atrasados —dijo la Codorniz mostrando los re­lojes y anillos de oro que se había extraído de la casa cural.

—Así siquiera pelea uno con gusto —exclamó el Manteca entreverando insolencias entre cada frase—. ¡Ya sabe uno por qué arriesga el cuero!

Y cogía fuertemente con la misma mano que empu­ñaba las riendas un reluciente resplandor que le había arrancado al Divino Preso de la iglesia.

Cuando la Codorniz, muy perito en la materia, exa­minó codiciosamente el “avance” del Manteca, lanzó una carcajada solemne:

¡Tu resplandor es de hoja de latal…

¿Por qué vienes cargando con esa roña? —pre­guntó Pancracio al güero Margarito, que llegaba de los últimos con un prisionero.

¿Saben por qué? Porque nunca he visto bien a bien la cara que pone un prójimo cuando se le aprieta una reata en el pescuezo.

El prisionero, muy gordo, respiraba fatigado; su ros­tro estaba encendido, sus ojos inyectados y su frente goteaba. Lo traían atado de las muñecas y a pie.

Anastasio, préstame tu reata; mi cabestro se re­vienta con este gallo… Pero, ahora que lo pienso mejor, no… Amigo federal, te voy a matar de una vez; vienes penando mucho. Mira, los mezquites están muy lejos todavía y por aquí no hay telégrafo siquiera para col­garte de algún poste.

Y el güero Margarito sacó su pistola, puso el cañón sobre la tetilla izquierda del prisionero y paulatinamente echó el gatillo atrás.

El federal palideció como cadáver, su cara se afiló y sus ojos vidriosos se quebraron. Su pecho palpitaba tumultuosamente y todo su cuerpo se sacudía como por un gran calosfrío.

El güero Margarito mantuvo así su pistola durante segundos eternos. Y sus ojos brillaron de un modo ex­traño, y su cara regordeta, de inflados carrillos, se en­cendía en una sensación de suprema voluptuosidad.

¡No, amigo federal! —dijo lentamente retirando el arma y volviéndola a su funda—, no te quiero matar todavía… Vas a seguir cono mi asistente… ¡Ya verás si soy hombre de mal corazón!

Y guiñó malignamente sus ojos a sus inmediatos.

El prisionero había embrutecido; sólo hacía movi­mientos de deglución; su boca y su garganta estaban secas.

Camila, que se había quedado atrás, picó el ijar de su yegua y alcanzó a Demetrio:

¡Ah, qué malo es el hombre ese Margarito!… ¡Si viera lo que viene haciendo con un preso!

Y refirió lo que acababa de presenciar.

Demetrio contrajo las cejas, pero nada contestó. La Pintada llamó a Camila a distancia.

—Oye, tú, ¿qué chismes le trais a Demetrio?… El güero Margarito es mi mero amor… ¡Pa que te lo se­pas!… Yya sabes… Lo que haiga con él, hay conmigo. ¡Ya te lo aviso!…

Y Camila, muy asustada, fue a reunirse con Demetrio.

X

La tropa acampó en una planicie, cerca de tres casitas alineadas que, solitarias, recortaban sus blancos muros sobre la faja púrpura del horizonte. Demetrio y Camila fueron hacia ellas.

Dentro del corral, un hombre en camisa y calzón blanco, de pie, chupaba con avidez un gran cigarro de hoja; cerca de él, sentado sobre una losa, otro desgrana­ba maíz, frotando mazorcas entre sus dos manos, mien­tras que una de sus piernas, seca y retorcida, remataba en algo como pezuña de chivo, se sacudía a cada ins­tante para espantar a las gallinas.

—Date priesa, Pifanio —dijo el que estaba parado—; ya se metió el sol y todavía no bajas al agua a las bestias.

Un caballo relinchó fuera y los dos hombres alzaron la cabeza azorados.

Demetrio y Camila asomaban tras la barda del corral.

Nomás quiero alojamiento para mí y para mi mu­jer —les dijo Demetrio tranquilizándolos.

Y como les explicara que él era el jefe de un cuerpo de ejército que iba a pernoctar en las cercanías, el hom­bre que estaba en pie, y que era el amo, con mucha solicitud los hizo entrar. Y corrió por un apaste de agua y una escoba, pronto a barrer y regar el mejor rincón de la troje para alojar decentemente a tan honorables huéspedes.

—Anda, Pifanio; desensilla los caballos de los señores.

El hombre que desgranaba se puso trabajosamente en pie. Vestía unas garras de camisa y chaleco, una pil­trafa de pantalón, abierto en dos alas, cuyos extremos, levantados, pendían de la cintura.

Anduvo, y su paso marcó un compás grotesco. —Pero ¿puedes tú trabajar, amigo? —le preguntó Demetrio sin dejarlo quitar las monturas.

¡Pobre —gritó el amo desde el interior de la tro­je—, le falta la fuerzal… ¡Pero viera qué bien desquita

el salario!… ¡Trabaja dende que Dios amanece!… ¡Qué ha que se metió el sol…, y mírelo, no para todavía!

Demetrio salió con Camila a dar una vuelta por el campamento. La planicie, de dorados barbechos, rapada hasta de arbustos, se dilataba inmensa en su deso­lación. Parecían un verdadero milagro los tres grandes fresnos enfrente de las casitas, sus cimas verdinegras, redondas y ondulosas, su follaje rico, que descendía hasta besar el suelo.

¡Yo no sé qué siento por acá que me da tanta tris­teza! —dijo Demetrio.

Sí —contestó Camila—; lo mismo a mí.

A orillas de un arroyuelo, Pifanio estaba tirando rudamente de la soga de un bimbalete. Una olla enor­me se volcaba sobre un montón de hierba fresca, y a las postreras luces de la tarde cintilaba el chorro de cristal desparramándose en la pila. Allí bebían ruidosamente una vaca flaca, un caballo matado y un burro.

Demetrio reconoció al peón cojitranco y le preguntó:

—¿Cuánto ganas diario, amigo?

—Diez y seis centavos, patrón…

Era un hombrecillo rubio, escrofuloso, de pelo lacio y ojos zarcos. Echó pestes del patrón, del rancho y de la perra suerte.

Desquitas bien el sueldo, hijo —le interrumpió Demetrio con mansedumbre—. A reniega y reniega, pero a trabaja y trabaja.

Y volviéndose a Camila.

Siempre hay otros más pencos que nosotros los de la sierra, ¿verdad?

—Sí —contestó Camila.

Y siguieron caminando.

El valle se perdió en la sombra y las estrellas se es­condieron.

Demetrio estrechó a Camila amorosamente por la cintura, y quién sabe qué palabras susurró a su oído. —Sí —contestó ella débilmente.

Porque ya le iba cobrando “voluntá”.

Demetrio durmió mal, y muy temprano se echó fuera de la casa.

“A mí me va a suceder algo”, pensó.

Era un amanecer silencioso y de discreta alegría. Un tordo piaba tímidamente en el fresno; los animales removían las basuras del rastrojo en el corral; gruñía el cerdo su somnolencia. Asomó el tinte anaranjado del sol, y la última estrellita se apagó.

Demetrio, paso a paso, iba al campamento.

Pensaba en su yunta: dos bueyes prietos, nuevecitos, de dos años de trabajo apenas, en sus dos fanegas de labor bien abonadas. La fisonomía de su joven esposa se reprodujo fielmente en su memoria: aquellas líneas dulces y de infinita mansedumbre para el marido, de indomables energías y altivez para el extraño. Pero cuando pretendió reconstruir la imagen de su hijo, fueron vanos todos sus esfuerzos; lo había olvidado.

Llegó al campamento. Tendidos entre los surcos, dormían los soldados, y revueltos con ellos, los caballos echados, caída la cabeza y cerrados los ojos.

—Están muy estragadas las remudas, compadre Anas­tasio; es bueno que nos quedemos a descansar un día siquiera.

—¡Ay, compadre Demetrio!… ¡Qué ganas ya de la sierra! Si viera…, ¿a que no me lo cree?… pero naditi

ta que me jallo por acá… ¡Una tristeza y una murrial… ¡Quién sabe qué le hará a uno faltal…

¿Cuántas horas se hacen de aquí a Limón?

No es cosa de horas: son tres jornadas muy bien hechas, compadre Demetrio.

—¡Si vieral… ¡Tengo ganas de ver a mi mujer!

No tardó mucho la Pintada en ir a buscar a Camila:

¡Újule, újule!… Sólo por eso que ya Demetrio te va a largar. A mí, a mí mero me lo dijo… Va a traer a su mujer de veras… Yes muy bonita, muy blanca… ¡Unos chapetes!… Pero si tú no te queres ir, pue que hasta te ocupen: tienen una criatura y tú la puedes cargar…

Cuando Demetrio regresó, Camila, llorando, se lo dijo todo.

No le hagas caso a esa loca… Son mentiras, son mentiras…

Y como Demetrio no fue a Limón ni se volvió a acordar de su mujer, Camila estuvo muy contenta y la Pintada se volvió un alacrán.

XI

Antes de la madrugada salieron rumbo a Tepatitlán. Diseminados por el camino real y por los barbechos, sus siluetas ondulaban vagamente al paso monótono y acompasado de las caballerías, esfumándose en el tono perla de la luna en menguante, que bañaba todo el valle.

Se oía lejanísimo ladrar de perros.

Hoy a mediodía llegamos a Tepatitlán, mañana a Cuquío, y luego…, a la sierra —dijo Demetrio.

—¿No sería bueno, mi general —observó a su oído Luis Cervantes—, llegar primero a Aguascalientes?

¿Qué vamos a hacer allá?

—Se nos están agotando los fondos…

¡Cómo!… ¿Cuarenta mil pesos en ocho días?

Sólo en esta semana hemos reclutado cerca de

quinientos hombres, y en anticipos y gratificaciones se

nos ha ido todo —repuso muy bajo Luis Cervantes.

No; vamos derecho a la sierra… Ya veremos… —¡Sí, a la sierra! —clamaron muchos.

¡A la sierral… ¡A la sierral… No hay como la sierra.

La planicie seguía oprimiendo sus pechos; hablaron de la sierra con entusiasmo y delirio, y pensaron en ella como en la deseada amante a quien se ha dejado de ver por mucho tiempo.

Clareó el día. Después, una polvareda de tierra roja se levantó hacia el oriente, en una inmensa cortina de púrpura incendiada.

Luis Cervantes templó la brida de su caballo y esperó a la Codorniz.

¿En qué quedamos, pues, Codorniz?

Ya le dije, curro: doscientos por el puro reló…

No, yo te compro a bulto: relojes, anillos y todas las alhajitas. ¿Cuánto?

La Codorniz vaciló, se puso descolorido; luego dijo con ímpetu:

—Deque dos mil papeles por todo.

Pero Luis Cervantes se dejó traicionar; sus ojos bri­llaron con tan manifiesta codicia, que la Codorniz vol­vió sobre sus pasos y exclamó pronto:

No, mentiras, no vendo nada… El puro reló, y eso porque ya debo los doscientos pesos a Pancracio, que anoche me ganó otra vez.

Luis Cervantes sacó cuatro flamantes billetes de “dos caritas” y los puso en manos de la Codorniz.

De veras —le dijo—, me intereso al lotecito… Na­die te dará más de lo que yo te dé.

Cuando comenzó a sentirse el sol, el Manteca gritó de pronto:

Güero Margarito, ya tu asistente quiere pelar ga­llo. Dice que ya no puede andar.

El prisionero se había dejado caer, exhausto, en medio del camino.

¡Calla! —clamó el güero Margarito retrocedien­do—. ¿Conque ya te cansaste, simpático? ¡Pobrecito de ti! Voy a comprar un nicho de cristal para guardarte en una rinconera de mi casa, como Niño Dios. Pero es necesa­rio llegar primero al pueblo, y para esto te voy a ayudar.

Y sacó el sable y descargó sobre el infeliz repetidos golpes.

A ver la reata, Pancracio —dijo luego, brillantes y extraños los ojos.

Pero como la Codorniz le hiciera notar que ya el federal no movía ni pie ni mano, dio una gran carcaja­da y dijo:

¡Qué bruto soy!… ¡Ahora que lo tenía enseñado a no comer!…

—Ahora sí, ya llegamos a Guadalajara chiquita —dijo Venancio descubriendo el caserío risueño de Tepati­tlán, suavemente recostado en una colina.

Entraron regocijados; a las ventanas asomaban ros­tros sonrosados y bellos ojos negros.

Las escuelas quedaron convertidas en cuarteles. Demetrio se alojó en la sacristía de una capilla aban­donada.

Después los soldados se desperdigaron, como siem­pre, en busca de “avances”, so pretexto de recoger armas y caballos.

Por la tarde, algunos de los de la escolta de Deme­trio estaban tumbados en el atrio de la iglesia rascándo­se la barriga. Venancio, con mucha gravedad, pecho y espaldas desnudos, espulgaba su camisa.

Un hombre se acercó a la barda, pidiendo la venia de hablar al jefe.

Los soldados levantaron la cabeza, pero ninguno le respondió.

Soy viudo, señores; tengo nueve criaturas y no vivo más que de mi trabajo… ¡No sean ingratos con los pobres!…

—Por mujer no te apures, tío —dijo el Meco, que con un cabo de vela se embadurnaba los pies—; ai trai­mos a la Pintada, y te la pasamos al costo.

El hombre sonrió amargamente.

—Nomás que tiene una maña —observó Pancracio, boca arriba y mirando el azul del cielo—: apenas mira un hombre, y luego luego se prepara.

Rieron a carcajadas; pero Venancio, muy grave, in­dicó la puerta de la sacristía al paisano.

Este, tímidamente, entró y expuso a Demetrio su queja. Los soldados acababan de “limpiarlo”. Ni un grano de maíz le habían dejado.

Pos pa qué se dejan —le respondió Demetrio con indolencia.

Luego el hombre insistió con lamentos y lloriqueos, y Luis Cervantes se dispuso a echarlo fuera insolentemente. Pero Camila intervino:

¡Ande, don Demetrio, no sea usté también mal alma; déle una orden pa que le devuelvan su maíz!…

Luis Cervantes tuvo que obedecer; escribió unos ren­glones, y Demetrio, al calce, puso un garabato.

¡Dios se lo pague, niñal… Dios se lo ha de dar de su santísima gloria… Diez fanegas de maíz, apenas pa comer este año —clamó el hombre, llorando de agra­decimiento. Y tomó el papel y a todos les besó las manos.

Iban llegando ya a Cuquío, cuando Anastasio Monta­ñés se acercó a Demetrio y le dijo:

—Ande, compadre, ni le he contado… ¡Qué travieso es de veras el güero Margarito! ¿Sabe lo que hizo ayer con ese hombre que vino a darle la queja de que le ha­bíamos sacado su maíz para nuestros caballos? Bueno, pos con la orden que usté le dio fue al cuartel. “Sí, amigo, le dijo el güero; entra para acá; es muy justo devolverte lo tuyo. Entra, entra… ¿Cuántas fanegas te robamos?… ¿Diez? ¿Pero estás seguro de que no son más que diez?… Sí, eso es; como quince, poco más o menos… ¿No serían veinte?… Acuérdate bien… Eres muy pobre, tienes muchos hijos que mantener. Sí, es lo que digo, como veinte; ésas deben haber sido… Pasa por acá; no te voy a dar quince, ni veinte. Tú nomás vas contando… Una, dos, tres… Y luego que ya no quie­ras, me dices: ya.” Y saca el sable y le ha dado una cin­tareada que lo hizo pedir misericordia.

La Pintada se caía de risa.

Y Camila, sin poderse contener, dijo:

—¡Viejo condenado, tan mala entrañal… ¡Con ra­zón no lo puedo ver!

Instantáneamente se demudó el rostro de la Pintada. —¿Y a ti te da tos por eso?

Camila tuvo miedo y adelantó su yegua.

La Pintada disparó la suya y rapidísima, al pasar atro­pellando a Camila, la cogió de la cabeza y le deshizo la trenza.

Al empellón, la yegua de Camila se encabritó y la muchacha abandonó las riendas por quitarse los cabe­llos de la cara; vaciló, perdió el equilibrio y cayó en un pedregal, rompiéndose la frente.

Desmorecida de risa, la Pintada, con mucha habili­dad, galopó a detener la yegua desbocada.

—¡Ándale, curro, ya te cayó trabajo! —dijo Pancracio luego que vio a Camila en la misma silla de Demetrio, con la cara mojada de sangre.

Luis Cervantes, presuntuoso, acudió con sus mate­riales de curación; pero Camila, dejando de sollozar, se limpió los ojos y dijo con voz apagada:

—¿De usté?… ¡Aunque me estuviera muriendo! ¡Ni agual…

En Cuquío recibió Demetrio un propio.

—Otra vez a Tepatitlán, mi general —dijo Luis Cer­vantes pasando rápidamente sus ojos por el oficio—. Tendrá que dejar allí la gente, y usted a Lagos, a tomar el tren de Aguascalientes.

Hubo protestas calurosas; algunos serranos juraron que ellos no seguirían ya en la columna, entre gruñi­dos, quejas y rezongos.

Camila lloró toda la noche, y otro día, por la maña­na, dijo a Demetrio que ya le diera licencia de volverse a su casa.

¡Si le falta voluntá!… —contestó Demetrio hosco.

—No es eso, don Demetrio; voluntá se la tengo y mucha…, pero ya lo ha estado viendo… ¡Esa mujer!…

—No se apure, hoy mismo la despacho a… Ya lo tengo bien pensado.

Camila dejó de llorar.

Todos estaban ensillando ya. Demetrio se acercó a la Pintada y le dijo en voz muy baja:

Tú ya no te vas con nosotros.

¿Qué dices? —inquirió ella sin comprender.

Que te quedas aquí o te largas adonde te dé la gana, pero no con nosotros.

¿Qué estás diciendo? —exclamó ella con asom­bro—. ¿Es decir, que tú me corres? ja, ja, jal… ¿Pues qué… tal serás tú si te andas creyendo de los chismes de ésa…!

Y la Pintada insultó a Camila, a Demetrio, a Luis Cervantes y a cuantos le vinieron a las mientes, con tal energía y novedad, que la tropa oyó injurias e insolen­cias que no había sospechado siquiera.

Demetrio esperó largo rato con paciencia; pero como ella no diera trazas de acabar, con mucha calma dijo a un soldado:

Echa fuera esa borracha.

¡Güero Margarito! ¡Güero de mi vida! ¡Ven a de­fenderme de éstos…! ¡Anda, güerito de mi corazón!… ¡Ven a enseñarles que tú eres hombre de veras y ellos no son más que unos hijos de…!

Y gesticulaba, pateaba y daba de gritos.

El güero Margarito apareció. Acababa de levantarse; sus ojos azules se perdían bajo unos párpados hin­chados y su voz estaba ronca. Se infi)rmó del sucedido y, acercándose a la Pintada, le dijo con mucha gravedad:

—Sí, me parece muy bien que ya te largues mucho a la… ¡A todos nos tienes hartos!

El rostro de la Pintada se granitificó. Quiso hablar, pero sus músculos estaban rígidos.

Los soldados reían divertidísimos; Camila, muy asus­tada, contenía la respiración.

La Pintada paseó sus ojos en torno. Y todo fue en un abrir y cerrar de ojos; se inclinó, sacó una hoja aguda y brillante de entre la media y la pierna y se lanzó so­bre Camila.

Un grito estridente y un cuerpo que se desploma arrojando sangre a borbotones.

Mátenla —gritó Demetrio fuera de sí.

Dos soldados se arrojaron sobre la Pintada que, es­grimiendo el puñal, no les permitió tocarla.

¡Ustedes no, infelices!… Mátame tú, Demetrio —se adelantó, entregó su arma, irguió el pecho y dejó caer los brazos.

Demetrio puso en alto el puñal tinto en sangre; pero sus ojos se nublaron, vaciló, dio un paso atrás. Luego, con voz apagada y ronca, gritó:

¡Lárgate!… ¡Pero luego!…

Nadie se atrevió a detenerla.

Se alejó muda y sombría, paso a paso.

Y el silencio y la estupefacción lo rompió la voz agu­da y gutural del güero Margarito:

—¡Ah, qué bueno!… ¡Hasta que se me despegó esta chinche!…

XIII

En la medianía del cuerpo

una daga me metió,

sin saber por qué

ni por qué sé yo…

El sí lo sabía, pero yo no…

Y de aquella herida mortal

mucha sangre me salió,

sin saber por qué

ni por qué sé yo…

El sí lo sabía, pero yo no…

Caída la cabeza, las manos cruzadas sobre la montu­ra, Demetrio tarareaba con melancólico acento la to­nadilla obsesionante.

Luego callaba; largos minutos se mantenía en silen­cio y pesaroso.

Ya verá cómo llegando a Lagos le quito esa murria, mi general. Allí hay muchachas bonitas para darnos gusto —dijo el güero Margarito.

—Ahora sólo tengo ganas de ponerme una borra­chera —contestó Demetrio.

Y se alejó otra vez de ellos, espoleando su caballo, como si quisiera abandonarse todo a su tristeza.

Después de muchas horas de caminar, hizo venir a Luis Cervantes:

¿Oiga, curro, ahora que lo estoy pensando, yo qué pitos voy a tocar a Aguascalientes?

—A dar su voto, mi general, para presidente provi­sional de la República.

—¿Presidente provisional?… Pos entonces, ¿qué… tal es, pues, Carranza?… La verdad, yo no entiendo estas políticas…

Llegaron a Lagos. El güero apostó a que esa noche haría reír a Demetrio a carcajadas.

Arrastrando las espuelas, las chivarras caídas abajo de la cintura, entró Demetrio a “El Cosmopolita”, con Luis Cervantes, el güero Margarito y sus asistentes.

¿Por qué corren, curros?… ¡No sabemos comer gente! —exclamó el güero.

Los paisanos, sorprendidos en el mismo momento de escapar, se detuvieron; unos, con disimulo, regresaron a sus mesas a seguir bebiendo y charlando, y otros, vacilantes, se adelantaron a ofrecer sus respetos a los jefes.

¡Mi general!… ¡Mucho gusto!… ¡Señor mayor!…

¡Eso es!… Así me gustan los amigos, finos y de­centes —dijo el güero Margarito.

Vamos, muchachos —agregó sacando su pistola jovialmente—; ahí les va un buscapiés para que lo toreen.

Una bala rebotó en el cemento, pasando entre las patas de las mesas y las piernas de los señoritos, que saltaron asustados como dama a quien se le ha metido un ratón bajo la falda.

Pálidos, sonríen para festejar debidamente al señor mayor. Demetrio despliega apenas sus labios, mientras que el acompañamiento lanza carcajadas a pierna ten­dida.

Güero —observa la Codorniz—, a ése que va sa­liendo le prendió la avispa; mira cómo cojea

El güero, sin parar mientes ni volver siquiera la cara hacia el herido, afirma con entusiasmo que a treinta pasos de distancia y al descubrir le pega a un cartucho de tequila.

A ver, amigo, párese —dice al mozo de la canti­na. Luego, de la mano lo lleva a la cabecera del patio del hotel y le pone un cartucho lleno cle tequila en la cabeza.

El pobre diablo resiste, quiere huir, espantado, pero el güero prepara su pistola y apunta.

—¡A tu lugar… tasajo! O de veras te meto una ca­lientita.

El güero se vuelve a la pared opuesta, levanta su arma y hace puntería.

El cartucho se estrella en pedazos, bañando de tequi­la la cara del muchacho, descolorido como un muerto.

¡Ahora va de veras! —clama, corriendo a la canti­na por un nuevo cartucho, que vuelve a colocar sobre la cabeza del mancebo.

Torna a su sitio, da una vuelta vertiginosa sobre los pies, y al descubrir, dispara.

Sólo que ahora se ha llevado una oreja en vez del cartucho.

Y apretándose el estómago de tanto reír, dice al mu­chacho:

Toma, chico, esos billetes. ¡Es cualquier cosa! Eso se quita con tantita árnica y aguardiente…

Después de beber mucho alcohol y cerveza, habla Demetrio:

Pague, güero… Ya me voy…

No traigo ya nada, mi general; pero no hay cuidado por eso… ¿Qué tanto se te debe, amigo?

—Ciento ochenta pesos, mi jefe —responde ama­blemente el cantinero.

El güero salta prontamente el mostrador, y en dos ma­notadas derriba todos los frascos, botellas y cristalería.

—Ai le pasas la cuenta a tu padre Villa, ¿sabes?

Oiga, amigo, ¿dónde queda el barrio de las mu­chachas? —pregunta tambaleándose de borracho, a un sujeto pequeño, correctamente vestido, que está cerran­do la puerta de una sastrería.

El interpelado se baja de la banqueta atentamente para dejar libre el paso. El güero se detiene y lo mira con impertinencia y curiosidad:

Oiga, amigo, ¡qué chiquito y qué bonito es us­ted!… ¿Cómo que no?… ¿Entonces yo soy mentiro­so?… Bueno, así me gusta… ¿Usted sabe bailar los enanos?… ¿Qué no sabe?… ¡Resabe!… ¡Yo lo conocí a usted en un circo! ¡Le juro que sí sabe y muy rebién!… ¡Ahora lo verá!…

El güero saca su pistola y comienza a disparar hacia los pies del sastre, que, muy gordo y muy pequeño, a cada tiro da un saltito.

¿Ya ve cómo sí sabe bailar los enanos?

Y echando los brazos a espaldas de sus amigos, se hace conducir hacia el arrabal de gente alegre, mar­cando su paso a balazos en los focos de las esquinas, en las puertas y en las casas del poblado. Demetrio lo deja y regresa al hotel, tarareando entre los dientes:

En la medianía del cuerpo una daga me metió,

sin saber por qué

ni por qué sé yo…

129

129Humo de cigarro, olor penetrante de ropas sudadas, emanaciones alcohólicas y el respirar de una multitud; hacinamiento peor que el de un carro de cerdos. Pre­dominaban los de sombrero tejano, toquilla de galón y vestidos de kaki.

Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca en la estación de Silao… Los ahorros de toda mi vida de trabajo. No tengo para darle de comer a mi niño.

La voz era aguda, chillona y plañidera; pero se ex­tinguía a corta distancia en el vocerío que llenaba el carro.

—¿Qué dice esa vieja? —preguntó el güero Margarito entrando en busca de un asiento.

Que una petaca… que un niño decente… —res­pondió Pancracio, que ya había encontrado las rodi­llas de unos paisanos para sentarse.

Demetrio y los demás se abrían paso a fuerza de codos. Y como los que soportaban a Pancracio prefirie­ran abandonar los asientos y seguir de pie, Demetrio y Luis Cervantes los aprovecharon gustosos.

Una señora que venía parada desde Irapuato con un niño en brazos sufrió un desmayo. Un paisano se apron­tó a tomar en sus manos a la criatura. El resto no se dio por entendido: las hembras de tropa ocupaban dos o tres asientos cada una con maletas, perros, gatos y cotorras. Al contrario, los de sombrero tejano rieron mucho de la robustez de muslos y laxitud de pechos de la desmayada.

—Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca en la estación de Silao… Los ahorros de toda

mi vida de trabajo… No tengo ahora ni para darle de comer ami niño…

La vieja habla de prisa y automáticamente suspira y solloza. Sus ojos, muy vivos, se vuelven de todos lados. Y aquí recoge un billete, y más allá otro. Le llueven en abundancia. Acaba una colecta y adelanta unos cuantos asientos:

Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca en la estación de Silao…

El efecto de sus palabras es seguro e inmediato.

¡Un señor decente! ¡Un señor decente que se roba una petaca! ¡Eso es incalificable! Eso despierta un sen­timiento de indignación general. ¡Oh, es lástima que ese señor decente no esté a la mano para que lo fusi­len siquiera cada uno de los generales que van allí!

—Porque a mí no hay cosa que me dé tanto coraje como un curro ratero —dice uno, reventando de dig­nidad.

—¡Robar a una pobre señora!

¡Robar a una infeliz mujer que no puede defen­derse!

Y todos manifiestan el enternecimiento de su cora­zón de palabras y de obra: una insolencia para el ladrón y un bilimbique de cinco pesos para la víctima.

Yo, la verdad les digo, no creo que sea malo ma­tar, porque cuando uno mata lo hace siempre con co­raje; ¿pero robar?… —clama el güero Margarito.

Todos parecen asentir ante tan graves razones; pero, tras breve silencio y momentos de reflexión, un coronel aventura su parecer:

La verdá es que todo tiene sus “asigunes”. ¿Para qué es más que la verdá? La purita verdá es que yo he

robao… y si digo que todos los que venemos aquí hemos hecho lo mesmo, se me afigura que no echo mentiras…

—¡Hum, pa las máquinas de coser que yo me robé en México! —exclamó con ánimo un mayor—. Junté más de quinientos pesos, con ser que vendí hasta a cin­cuenta centavos máquina.

—Yo me robé en Zacatecas unos caballos tan finos, que dije acá para mí: “Lo que es de este hecho ya te armaste, Pascual Mata; no te vuelves a apurar por nada en los días que de vida te quedan” —dijo un capitán desmolado y ya blanco de canas—. Lo malo fue que mis caballos le cuadraron a mi general Limón y él me los robó a mí.

—¡Bueno! ¡A qué negarlo, pues! Yo también he ro­bado —asintió el güero Margarito—; pero aquí están mis compañeros que digan cuánto he hecho de capi­tal.Eso sí, mi gusto es gastarlo todo con las amistades. Para mí es más contento ponerme una papalina con todos los amigos que mandarles un centavo a las viejas de mi casa…

El tema del “yo robé”, aunque parece inagotable, se va extinguiendo cuando en cada banca aparecen ten­didos de naipes, que atraen a jefes y oficiales como la luz a los mosquitos.

Las peripecias del juego pronto lo absorben todo y caldean el ambiente más y más; se respira el cuartel, la cárcel, el lupanar y hasta la zahúrda.

Y dominando el barullo general, se escucha, allá en el otro carro:

—Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca…

Las calles de Aguascalientes se habían convertido en basureros. La gente de kaki se removía, como las abe­jas a la boca de una colmena, en las puertas de los restaurantes, fonduchos y mesones, en las mesas de comistrajos y puestos al aire libre, donde al lado de una hatea de chicharrones rancios se alzaba un montón de quesos mugrientos.

El olor de las frituras abrió el apetito de Demetrio y sus acompañantes. Penetraron a fuerza de empellones a una fonda, y una vieja desgreñada y asquerosa les sirvió en platos de barro huesos de cerdos nadando en un cal­dillo claro de chile y tres tortillas correosas y quemadas. Pagaron dos pesos por cada uno, y al salir Pancracio ase­guró que tenía más hambre que antes de haber entrado.

—Ahora sí —dijo Demetrio—: vamos a tomar con­sejo de mi general Natera.

Y siguieron una calle hacia la casa que ocupaba el jefe norteño.

Un revuelto y agitado grupo de gentes les detuvo el paso en una bocacalle. Un hombre que se perdía entre la multitud clamaba en sonsonete y con acento uncio­so algo que parecía un rezo. Se acercaron hasta descu­brirlo. El hombre, de camisa y calzón blanco, repetía: “Todos los buenos católicos que recen con devoción esta oración a Cristo Crucificado se verán libres de tempestades, de pestes, de guerras y de hambres…”

—Este sí que la acertó —dijo Demetrio sonriendo.

El hombre agitaba en alto un puñado de impresos y decía:

—Cincuenta centavos la oración a Cristo Crucificado, cincuenta centavos…

Luego desaparecía un instante para levantarse de nuevo con un colmillo de víbora, una estrella de mar,

un esqueleto de pescado. Y con el mismo acento re­zandero, ponderaba las propiedades medicinales y raras virtudes de cada cosa.

La Codorniz, que no le tenía fe a Venancio, pidió al vendedor que le extrajera una muela; el güero Margarito compró un núcleo negro de cierto fruto que tiene la propiedad de librar a su poseedor tan bien del rayo como de cualquier “malhora”, y Anastasio Montañés una oración a Cristo Crucificado, que cuidadosamente dobló y con gran piedad guardó en el pecho.

—¡Cierto como hay Dios, compañero; sigue la bola! ¡Ahora Villa contra Carranza! —dijo Natera.

Y Demetrio, sin responderle, con los ojos muy abier­tos, pedía más explicaciones.

—Es decir —insistió Natera—, que la Convención desconoce a Carranza como primer jefe y va a elegir un presidente provisional de la República… ¿Entiende, compañero?

Demetrio inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

¿Qué dice de eso, compañero? —interrogó Natera. Demetrio se alzó de hombros.

Se trata, a lo que parece, de seguir peleando. Bue­no, pos a darle; ya sabe, mi general, que por mi lado no hay portillo.

Bien, ¿y de parte de quién se va a poner? Demetrio, muy perplejo, se llevó las manos a los cabellos y se rascó breves instantes.

Mire, a mí no me haga preguntas, que no soy escuelante… La aguilita que traigo en el sombrero usté me la dio… Bueno, pos ya sabe que nomás me dice: “Demetrio, haces esto y esto… ¡y se acabó el cuento!”

Libro Los de Abajo de Mariano Azuela – Primera Parte

septiembre 2, 2008 Deja un comentario

Los de Abajo

Mariano Azuela

PRIMERA PARTE

I

—Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano…

La mujer fijaba sus pupilas en la oscuridad de la sierra.

— ¿Y que fueran siendo federales? —repuso un hom­bre que, en cuclillas, yantaba en un rincón, una cazue­la en la diestra y tres tortillas en taco en la otra mano.

La mujer no le contestó; sus sentidos estaban puestos fuera de la casuca.

Se oyó un ruido de pesuñas en el pedregal cercano, y el Palomo ladró con más rabia.

Sería bueno que por sí o por no te escondieras, Demetrio.

El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó un cántaro y, levantándolo a dos manos, bebió agua a borbotones. Luego se puso en pie.

Tu rifle está debajo del petate —pronunció ella en voz muy baja.

El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descansaban un yugo, un arado, un otate y otros aperos de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas dormía un niño. Demetrio ciñó la cartuchera a su cintura y levantó el fusil. Alto, robusto, de faz bermeja, sin pelo de barba, vestía camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate y guaraches.

Salió paso a paso, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche.

El Palomo, enfurecido, había saltado la cerca del co­rral. De pronto se oyó un disparo, el perro lanzó un gemido sordo y no ladró más.

Unos hombres a caballo llegaron vociferando y maldiciendo. Dos se apearon y otro quedó cuidando las bestias.

—¡Mujeres…, algo de cenar!… Blanquillos, leche, fri­joles, lo que tengan, que venimos muertos de hambre.

¡Maldita sierra! ¡Sólo el diablo no se perdería!

Se perdería, mi sargento, si viniera de borracho como tú…

Uno llevaba galones en los hombros, el otro cintas rojas en las mangas.

—¿En dónde estamos, vieja?… ¡Pero con unal… ¿Esta casa está sola?

—¿Y entonces, esa luz?… ¿Y ese chamaco?… ¡Vieja, queremos cenar, y que sea pronto! ¿Sales o te hacemos salir?

—¡Hombres malvados, me han matado mi perro!… ¿Qué les debía ni qué les comía mi pobrecito Palomo?

La mujer entró llevando a rastras el perro, muy blan­co y muy gordo, con los ojos claros ya y el cuerpo suelto.

¡Mira nomás qué chapetes, sargento!… Mi alma, no te enojes, yo te juro volverte tu casa un palomar; pero, ¡por Dios!…

No me mires airada…

No más enojos…

Mírame cariñosa, luz de mis ojos, acabó cantando el oficial con voz aguardentosa.

Señora, ¿cómo se llama este ranchito? —pregun­tó el sargento.

—Limón —contestó hosca la mujer, ya soplando las brasas del fogón y arrimando leña.

¿Conque aquí es Limón?… ¡La tierra del famoso Demetrio Macías!… ¿Lo oye, mi teniente? Estamos en Limón.

¿En Limón?… Bueno, para mí… ¡plin!… Ya sa­bes, sargento, si he de irme al infierno, nunca mejor que ahora…, que voy en buen caballo. ¡Mira nomás qué cachetitos de morenal… ¡Un perón para morderlo!…

Usted ha de conocer al bandido ese, señora… Yo estuve junto con él en la Penitenciaría de Escobedo.

Sargento, tráeme una botella de tequila; he deci­dido pasar la noche en amable compañía con esta morenita… ¿El coronel?… ¿Qué me hablas tú del coronel a estas horas?… ¡Que vaya mucho a…! Y si se enoja, pa mí… ¡plin!… Anda, sargento, dile al cabo que desen­sille y eche de cenar. Yo aquí me quedo… Oye, chatita, deja a mi sargento que fría los blanquillos y caliente las gordas; tú ven acá conmigo. Mira, esta carterita apretada de billetes es sólo para ti. Es mi gusto. ¡Figúrate! Ando un poco borrachito por eso, y por eso también ha­blo un poco ronco… ¡Como que en Guadalajara dejé la mitad de la campanilla y por el camino vengo escupiendo la otra mitad!… ¿Y qué le hace…? Es mi gusto. Sargento, mi botella, mi botella de tequila. Chata, es­tás muy lejos; arrímate a echar un trago. ¿Cómo que no?… ¿Le tienes miedo a tu… marido… o lo que sea?… Si está metido en algún agujero dile que salga…, pa mí ¡plin!… Te aseguro que las ratas no me estorban.

Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta.

—¡Demetrio Macías! —exclamó el sargento despa­vorido, dando unos pasos atrás.

El teniente se puso de pie y enmudeció, quedóse frío e inmóvil como una estatua.

¡Mátalos! —exclamó la mujer con la garganta seca.

¡Ah, dispense, amigo!… Yo no sabía… Pero yo respeto a los valientes de veras.

Demetrio se quedó mirándolos y una sonrisa inso­lente y despreciativa plegó sus líneas.

Y no sólo los respeto, sino que también los quie­ro… Aquí tiene la mano de un amigo… Está bueno, Demetrio Macías, usted me desaira… Es porque no me conoce, es porque me ve en este perro y maldito oficio… ¡Qué quiere, amigo!… ¡Es uno pobre, tiene fa­milia numerosa que mantener! Sargento, vámonos; yo respeto siempre la casa de un valiente, de un hombre de veras.

Luego que desaparecieron, la mujer abrazó estre­chamente a Demetrio.

¡Madre mía de jalea! ¡Qué susto! ¡Creí que a ti te habían tirado el balazo!

Vete luego a la casa de mi padre —dijo Demetrio. Ella quiso detenerlo; suplicó, lloró; pero él, apartán­dola dulcemente, repuso sombrío:

—Me late que van a venir todos juntos.

¿Por qué no los mataste?

—¡Seguro que no les tocaba todavía!

Salieron juntos; ella con el niño en los brazos.

Ya a la puerta se apartaron en opuesta dirección. La luna poblaba de sombras vagas la montaña.

En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer con su niño en los brazos.

Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañón, cerca del río, se levantaban grandes llamaradas.

Su casa ardía…

II

Todo era sombra todavía cuando Demetrio Macías co­menzó a bajar al fondo del barranco. El angosto talud de una escarpa era vereda, entre el peñascal veteado de enormes resquebrajaduras y la vertiente de centenares de metros, cortada como de un solo tajo.

Descendiendo con agilidad y rapidez, pensaba:

“Seguramente ahora sí van a dar con nuestro rastro los federales, y se nos vienen encima como perros. La fortuna es que no saben veredas, entradas ni salidas. Sólo que alguno de Moyahua anduviera con ellos de guía, porque los de Limón, Santa Rosa y demás ranchitos de la sierra son gente segura y nunca nos entregarían… En Moyahua está el cacique que me trae co­rriendo por los cerros, y éste tendría mucho gusto en verme colgado de un poste del telégrafo y con tamaña lengua de fuera…”

Y llegó al fondo del barranco cuando comenzaba a clarear el alba. Se tiró entre las piedras y se quedó dormido.

El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas; los pajarillos piaban escondidos en los pitahayos, y las chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la sole­dad de la montaña.

Demetrio despertó sobresaltado, vadeó el río y tomó la vertiente opuesta del cañón. Como hormiga arriera ascendió la crestería, crispadas las manos en las peñas y ramazones, crispadas las plantas sobre las guijas de la vereda.

Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplani­cie en un lago de oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fan­tásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de coloso; árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Yen la aridez de las peñas y de las ramas secas, albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.

Demetrio se detuvo en la cumbre; echó su diestra hacia atrás; tiró del cuerno que pendía a su espalda, lo llevó a sus labios gruesos, y por tres veces, inflando los carrillos, sopló en él. Tres silbidos contestaron la señal, más allá de la crestería frontera.

En la lejanía, de entre un cónico hacinamiento de cañas y paja podrida, salieron, unos tras otros, muchos hombres de pechos y piernas desnudos, oscuros y repulidos como viejos bronces.

Vinieron presurosos al encuentro de Demetrio. —¡Me quemaron mi casa! —respondió a las miradas interrogadoras.

Hubo imprecaciones, amenazas, insolencias. Demetrio los dejó desahogar; luego sacó de su camisa una botella, bebió un tanto, limpióla con el dorso de su mano y la pasó a su inmediato. La botella, en una vuelta de boca en boca, se quedó vacía. Los hombres se relamieron.

Si Dios nos da licencia —dijo Demetrio—, maña­na o esta misma noche les hemos de mirar la cara otra vez a los federales. ¿Qué dicen, muchachos, los deja­mos conocer estas veredas?

Los hombres semidesnudos saltaron dando grandes alaridos de alegría. Y luego redoblaron las injurias, las maldiciones y las amenazas.

—No sabemos cuántos serán ellos —observó Deme­trio, escudriñando los semblantes—. Julián Medina, en Hostotipaquillo, con media docena de pelados y con cuchillos afilados en el metate, les hizo frente a todos los cuicos y federales del pueblo, y se los echó…

—¿Qué tendrán algo los de Medina que a nosotros nos falte? —dijo uno de barba y cejas espesas y muy negras, de mirada dulzona; hombre macizo y robusto.

—Yo sólo les sé decir —agregó— que dejo de lla­marme Anastasio Montañés si mañana no soy dueño de un máuser, cartuchera, pantalones y zapatos. ¡De veras!… Mira, Codorniz, ¿voy que no me lo crees? Yo traigo media docena de plomos adentro de mi cuerpo… Ai que diga mi compadre Demetrio si no es cierto… Pero a mí me dan tanto miedo las balas, como una bo­lita de caramelo. ¿A que no me lo crees?

—¡Que viva Anastasio Montañés! —gritó el Manteca.

No —repuso aquél—; que viva Demetrio Macías, que es nuestro jefe, y que vivan Dios del cielo y María Santísima.

¡Viva Demetrio Macías! —gritaron todos.

Encendieron lumbre con zacate y leños secos, y so­bre los carbones encendidos tendieron trozos de carne fresca. Se rodearon en torno de las llamas, sentados en cuclillas, olfateando con apetito la carne que se retorcía y crepitaba en las brasas.

Cerca de ellos estaba, en montón, la piel dorada de una res, sobre la tierra húmeda de sangre. De un cor­del, entre dos huizaches, pendía la carne hecha cecina, oreándose al sol y al aire.

Bueno —dijo Demetrio—; ya ven que aparte de mi treinta-treinta, no contamos más que con veinte armas. Si son pocos, les damos hasta no dejar uno; si son mu­chos aunque sea un buen susto les hemos de sacar.

Aflojó el ceñidor de su cintura y desató un nudo, ofreciendo del contenido a sus compañeros.

¡Sal! —exclamaron con alborozo, tomando cada uno con la punta de los dedos algunos granos.

Comieron con avidez, y cuando quedaron satisfe­chos, se tiraron de barriga al sol y cantaron canciones monótonas y tristes, lanzando gritos estridentes después de cada estrofa.

III

Entre las malezas de la sierra durmieron los veinticin­co hombres de Demetrio Macías, hasta que la señal del cuerno los hizo despertar. Pancracio la daba de lo alto de un risco de la montaña.

¡Hora sí, muchachos, pónganse changos! —dijo Anastasio Montañés, reconociendo los muelles de su rifle.

Pero transcurrió una hora sin que se oyera más que el canto de las cigarras en el herbazal y el croar de las ranas en los baches.

Cuando los albores de la luna se esfumaron en la faja débilmente rosada de la aurora, se destacó la pri­mera silueta de un soldado en el filo más alto de la ve­reda. Y tras él aparecieron otros, y otros diez, y otros cien; pero todos en breve se perdían en las sombras. Asomaron los fulgores del sol, y hasta entonces pudo verse el despeñadero cubierto de gente: hombres diminutos en caballos de miniatura.

—¡Mírenlos qué bonitos! —exclamó Pancracio—. ¡Anden, muchachos, vamos a jugar con ellos!

Aquellas figuritas movedizas, ora se perdían en la espesura del chaparral, ora negreaban más abajo sobre el ocre de las peñas.

Distintamente se oían las voces de jefes y soldados. Demetrio hizo una señal: crujieron los muelles y los resortes de los fusiles.

¡Hora! —ordenó con voz apagada.

Veintiún hombres dispararon a un tiempo, y otros tantos federales cayeron de sus caballos. Los demás, sorprendidos, permanecían inmóviles, como bajorre­lieves de las peñas.

Una nueva descarga, y otros veintiún hombres rodaron de roca en roca, con el cráneo abierto.

¡Salgan, bandidos!… ¡Muertos de hambre! —¡Mueran los ladrones nixtamaleros!…

—¡Mueran los comevacas!…

Los federales gritaban a los enemigos, que, ocultos, quietos y callados, se contentaban con seguir haciendo gala de una puntería que ya los había hecho famosos.

—¡Mira, Pancracio —dijo el Meco, un individuo que

sólo en los ojos y en los dientes tenía algo de blanco—; ésta es para el que va a pasar detrás de aquel pitayo!… ¡Hijo de…! ¡Tomal… ¡En la pura calabaza! ¿Viste?… Hora pal que viene en el caballo tordillo… ¡Abajo, pelón!…

—Yo voy a darle una bañada al que va horita por el filo de la vereda… Si no llegas al río, mocho infeliz, no quedas lejos… ¿Qué tal?… ¿Lo viste?…

¡Hombre, Anastasio, no seas malo!… Emprésta­me tu carabina… ¡Ándale, un tiro nomás!…

El Manteca, la Codorniz y los demás que no tenían armas las solicitaban, pedían como una gracia supre­ma que les dejaran hacer un tiro siquiera.

—¡Asómense si son tan hombres!

—Saquen la cabeza… ¡hilachos piojosos!

De montaña a montaña los gritos se oían tan claros como de una acera a la del frente.

La Codorniz surgió de improviso, en cueros, con los calzones tendidos en actitud de torear a los federales. Entonces comenzó la lluvia de proyectiles sobre la gente de Demetrio.

¡Huy! ¡Huy! Parece que me echaron un panal de moscos en la cabeza —dijo Anastasio Montañés, ya tendido entre las rocas y sin atreverse a levantar los ojos.

—¡Codorniz, fijo de un…! ¡Hora adonde les dije! —rugió Demetrio.

Y, arrastrándose, tomaron nuevas posiciones.

Los federales comenzaron a gritar su triunfo y hacían cesar el fuego, cuando una nueva granizada de balas los desconcertó.

¡Ya llegaron más! —clamaban los soldados. Y presa de pánico, muchos volvieron grupas resueltamente, otros abandonaron las caballerías y se enca­ramaron, buscando refugio, entre las peñas. Fue preci­so que los jefes hicieran fuego sobre los fugitivos para restablecer el orden.

—A los de abajo… A los de abajo —exclamó Deme­trio, tendiendo su treinta-treinta hacia el hilo cristalino del río.

Un federal cayó en las mismas aguas, e indefectiblemente siguieron cayendo uno a uno a cada nuevo dis­paro. Pero sólo él tiraba hacia el río, y por cada uno de los que mataba, ascendían intactos diez o veinte a la otra vertiente.

—A los de abajo… A los de abajo —siguió gritando encolerizado.

Los compañeros se prestaban ahora sus armas, y haciendo blancos cruzaban sendas apuestas.

Mi cinturón de cuero si no le pego en la cabeza al del caballo prieto. Préstame tu rifle, Meco…

Veinte tiros de máuser y media vara de chorizo por que me dejes tumbar al de la potranca mora… Bueno… ¡Ahoral… ¿Viste qué salto dio?… ¡Como venado!…

¡No corran, mochos!… Vengan a conocer a su padre Demetrio Macías…

Ahora de éstos partían las injurias. Gritaba Pancra­cio, alargando su cara lampiña, inmutable como pie­dra, y gritaba el Manteca, contrayendo las cuerdas de su cuello y estirando las líneas de su rostro de ojos tor­vos de asesino.

Demetrio siguió tirando y advirtiendo del grave pe­ligro a los otros, pero éstos no repararon en su voz desesperada sino hasta que sintieron el chicoteo de las balas por uno de los flancos.

¡Ya me quemaron! —gritó Demetrio, y rechinó los dientes—. ¡Hijos de…! Y con prontitud se dejó resbalar hacia un barranco.

IV

Faltaron dos: Serapio el charamusquero y Antonio el que tocaba los platillos en la Banda de Juchipila.

A ver si se nos juntan más adelante —dijo De­metrio.

Volvían desazonados. Sólo Anastasio Montañés con­servaba la expresión dulzona de sus ojos adormilados y su rostro barbado, y Pancracio la inmutabilidad re­pulsiva de su duro perfil de prognato.

Los federales habían regresado, y Demetrio recupe­raba todos sus caballos, escondidos en la sierra.

De pronto, la Codorniz, que marchaba adelante, dio un grito: acababa de ver a los compañeros perdidos, pendientes de los brazos de un mezquite.

Eran ellos Serapio y Antonio. Los reconocieron, y Anastasio Montañés rezó entre dientes:

Padre nuestro que estás en los cielos…

Amén —rumorearon los demás, con la cabeza inclinada y el sombrero sobre el pecho.

Y apresurados tomaron el cañón de Juchipila, rumbo al norte, sin descansar hasta ya muy entrada la noche. La Codorniz no se apartaba un instante de Anastasio. Las siluetas de los ahorcados, con el cuello flácido, los brazos pendientes, rígidas las piernas, suavemente mecidos por el viento, no se borraban de su memoria. Otro día Demetrio se quejó mucho de la herida. Ya no pudo montar su caballo. Fue preciso conducirlo desde allí en una camilla improvisada con ramas de robles y haces de yerbas.

Sigue desangrándose mucho, compadre Deme­trio —dijo Anastasio Montañés. Y de un tirón arrancóse una manga de la camisa y la anudó fuertemente al muslo, arriba del balazo.

Bueno —dijo Venancio—; eso le para la sangre y le quita la dolencia.

Venancio era barbero; en su pueblo sacaba muelas y ponía cáusticos y sanguijuelas. Gozaba de cierto ascendiente porque había leído El judío errante y El sol de mayo. Le llamaban el Dotor, y él, muy pagado de su sabi­duría, era hombre de pocas palabras.

Turnándose de cuatro en cuatro, condujeron la camilla por mesetas calvas y pedregosas y por cuestas empinadísimas.

Al mediodía, cuando la calina sofocaba y se obnubi­laba la vista, con el canto incesante de las cigarras se oía el quejido acompasado y monocorde del herido.

En cada jacalito escondido entre las rocas abruptas, se detenían y descansaban.

¡Gracias a Dios! ¡Un alma compasiva y una gorda topeteada de chile y frijoles nunca faltan! —decía Anas­tasio Montañés eructando.

Y los serranos, después de estrecharles fuertemente las manos encallecidas, exclamaban:

¡Dios los bendiga! ¡Dios los ayude y los lleve por buen camino!… Ahora van ustedes; mañana correre­mos también nosotros, huyendo de la leva, persegui­dos por estos condenados del gobierno, que nos han declarado guerra a muerte a todos los pobres; que nos

roban nuestros puercos, nuestras gallinas y hasta el maicito que tenemos para comer; que queman nues­tras casas y se llevan nuestras mujeres, y que, por fin, donde dan con uno, allí lo acaban como si fuera perro del mal.

Cuando atardeció en llamaradas que tiñeron el cie­lo en vivísimos colores, pardearon unas casucas en una explanada, entre las montañas azules. Demetrio hizo que lo llevaran allí.

Eran unos cuantos pobrísimos jacales de zacate, diseminados a la orilla del río, entre pequeñas sementeras de maíz y frijol recién nacidos.

Pusieron la camilla en el suelo, y Demetrio, con dé­bil voz, pidió un trago de agua.

En las bocas oscuras de las chozas se aglomeraron chomites incoloros, pechos huesudos, cabezas desgreñadas y, detrás, ojos brillantes y carrillos frescos.

Un chico gordinflón, de piel morena y reluciente, se acercó a ver al hombre de la camilla; luego una vieja, y después todos los demás vinieron a hacerle ruedo.

Una moza muy amable trajo una jícara de agua azul. Demetrio cogió la vasija entre sus manos trémulas y bebió con avidez.

¿No quere más?

Alzó los ojos: la muchacha era de rostro muy vulgar, pero en su voz había mucha dulzura.

Se limpió con el dorso del puño el sudor que perla­ba su frente, y volviéndose de un lado, pronunció con fatiga:

¡Dios se lo pague!

Y comenzó a tiritar con tal fuerza, que sacudía las yerbas y los pies de la camilla. La fiebre lo aletargó.

—Está haciendo sereno y eso es malo pa la calentura —dijo señá Remigia, una vieja enchomitada, descalza y con una garra de manta al pecho a modo de camisa.

Y los invitó a que metieran a Demetrio en su jacal.

Pancracio, Anastasio Montañés y la Codorniz se echaron a los pies de la camilla como perros fieles, pendien­tes de la voluntad del jefe.

Los demás se dispersaron en busca de comida. Señá Remigia ofreció lo que tuvo: chile y tortillas. —Afigúrense…, tenía güevos, gallinas y hasta una chiva parida; pero estos malditos federales me limpiaron. Luego, puestas las manos en bocina, se acercó al oído de Anastasio y le dijo:

¡Afigúrense…, cargaron hasta con la muchachilla de señá Nieves!…

V

La Codorniz, sobresaltado, abrió los ojos y se incorporó. —¿Montañés, oíste?… ¡Un balazo!… Montañés… Despierta…

Le dio fuertes empellones, hasta conseguir que se removiera y dejara de roncar.

¡Con un…! ¡Ya estás moliendo!… Te digo que los muertos no se aparecen… —balbució Anastasio des­pertando a medias.

—¡Un balazo, Montañés!…

Te duermes, Codorniz, o te meto una trompada…

No, Anastasio; te digo que no es pesadilla… Ya no me he vuelto a acordar de los ahorcados. Es de veras un balazo; lo oí clarito…

¿Dices que un balazo?… A ver, daca mi máuser…

Anastasio Montañés se restregó los ojos, estiró los brazos y las piernas con mucha flojera, y se puso en pie.

Salieron del jacal. El cielo estaba cuajado de estre­llas y la luna ascendía como una fina hoz. De las casu­cas salió rumor confuso de mujeres asustadas, y se oyó el ruido de armas de los hombres que dormían afuera y despertaban también.

¡Estúpido!… ¡Me has destrozado un pie!

La voz se oyó clara y distinta en las inmediaciones.

¿Quién vive?…

El grito resonó de peña en peña, por crestones y hondonadas, hasta perderse en la lejanía y en el silen­cio de la noche.

¿Quién vive? —repitió con voz más fuerte Anasta­sio, haciendo ya correr el cerrojo de su máuser.

¡Demetrio Macías! —respondieron cerca.

¡Es Pancracio! —dijo la Codorniz regocijado. Y ya sin zozobras dejó reposar en tierra la culata de su fusil.

Pancracio conducía a un mozalbete cubierto de pol­vo, desde el fieltro americano hasta los toscos zapato­nes. Llevaba una mancha de sangre fresca en su pantalón, cerca de un pie.

¿Quién es este curro? —preguntó Anastasio.

Yo estoy de centinela, oí ruido entre las yerbas y grité: “¿Quién vive?” “Carranzo”, me respondió este vale… “¿Carranzo…? No conozco yo a ese gallo…” Y toma tu Carranzo: le metí un plomazo en una pata…

Sonriendo, Pancracio volvió su cara lampiña en soli­citud de aplausos.

Entonces habló el desconocido.

¿Quién es aquí el jefe?

Anastasio levantó la cabeza con altivez, enfrentán­dosele.

El tono del mozo bajó un tanto.

Pues yo también soy revolucionario. Los federales me cogieron de leva y entré a filas; pero en el combate de anteayer conseguí desertarme, y he venido, cami­nando a pie, en busca de ustedes.

¡Ah, es federal!… —interrumpieron muchos, mi­rándolo con pasmo.

—¡Ah, es mocho! —dijo Anastasio Montañés—. ¿Y por qué no le metiste el plomo mejor en la mera chapa?

—¡Quién sabe qué mitote trai! ¡Quesque quere ha­blar con Demetrio, que tiene que icirle quén sabe cuán­to!… Pero eso no le hace, pa todo hay tiempo como no arrebaten —respondió Pancracio, preparando su fusil.

Pero ¿qué clase de brutos son ustedes? —profirió el desconocido.

Y no pudo decir más, porque un revés de Anastasio lo volteó con la cara bañada en sangre.

—¡Fusilen a ese mocho!…

—¡Hórquenlo!…

¡Quémenlo…, es federal!…

Exaltados, gritaban, aullaban preparando ya sus i rifles.

¡Chist…, chist…, cállense!… Parece que Demetrio habla —dijo Anastasio, sosegándolos.

En efecto, Demetrio quiso informarse de lo que ocurría e hizo que le llevaran al prisionero.

¡Una infamia, mi jefe, mire usted…, mire usted! —pronunció Luis Cervantes, mostrando las manchas de sangre en su pantalón y su boca y su nariz abotagadas.

Por eso, pues, ¿quién jijos de un… es usté? —inte­rrogó Demetrio.

Me llamo Luis Cervantes, soy estudiante de medi­cina y periodista. Por haber dicho algo en favor de los revolucionarios, me persiguieron, me atraparon y fui a dar a un cuartel…

La relación que de su aventura siguió detallando en tono declamatorio causó gran hilaridad a Pancracio y al Manteca.

Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero correligionario…

¿Corre… qué? —inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.

Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que us­tedes defienden.

Demetrio sonrió:

¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Luis Cervantes, desconcertado, no encontró qué contestar.

¡Mi’ qué cara pone!… ¿Pa qué son tantos brin­cos?… ¿Lo tronamos ya, Demeterio? —preguntó Pan­cracio, ansioso.

Demetrio llevó su mano al mechón de pelo que le cubría una oreja, se rascó largo rato, meditabundo; luego, no encontrando la solución, dijo:

Sálganse… que ya me está doliendo otra vez… Anastasio, apaga la mecha. Encierren a ése en el corral y me lo cuidan Pancracio y Manteca. Mañana veremos.

VI

Luis Cervantes no aprendía aún a discernir la forma precisa de los objetos a la vaga tonalidad de las noches estrelladas, y buscando el mejor sitio para descansar, dio con sus huesos quebrantados sobre un montón de estiércol húmedo, al pie de la masa difusa de un huiza­che. Más por agotamiento que por resignación, se ten­dió cuan largo era y cerró los ojos resueltamente, dis­puesto a dormir hasta que sus feroces vigilantes le despertaran o el sol de la mañana le quemara las ore­jas. Algo como un vago calor a su lado, luego un respi­rar rudo y fatigoso, le hicieron estremecerse; abrió los brazos en torno, y su mano trémula dio con los pelos rí­gidos de un cerdo, que, incomodado seguramente por la vecindad, gruñó.

Inútiles fueron ya todos sus esfuerzos para atraer el sueño; no por el dolor del miembro lesionado, ni por el de sus carnes magulladas, sino por la instantánea y precisa representación de su fracaso.

Sí; él no había sabido apreciar a su debido tiempo la distancia que hay de manejar el escalpelo, fulminar latrofacciosos desde las columnas de un diario provin­ciano, a venir a buscarlos con el fusil en las manos a sus propias guaridas. Sospechó su equivocación, ya dado de alta como subteniente de caballería, al rendir la primera jornada. Brutal jornada de catorce leguas, que lo dejaba con las caderas y las rodillas de una pieza, cual si todos sus huesos se hubieran soldado en uno. Aca­bólo de comprender ocho días después, al primer encuentro con los rebeldes. Juraría, la mano puesta sobre un Santo Cristo, que cuando los soldados se echaron los máuseres a la cara, alguien con estentórea voz ha­bía clamado a sus espaldas: “¡Sálvese el que pueda!” Ello tan claro así, que su mismo brioso y noble corcel, avezado a los combates, había vuelto grupas y de es­tampida no había querido detenerse sino a distancia donde ni el rumor de las balas se escuchaba. Y era ca­balmente a la puesta del sol, cuando la montaña co­menzaba a poblarse de sombras vagarosas e inquietantes, cuando las tinieblas ascendían a toda prisa de la hondonada. ¿Qué cosa más lógica podría ocurrír­sele si no la de buscar abrigo entre las rocas, darles reposo al cuerpo y al espíritu y procurarse el sueño? Pero la lógica del soldado es la lógica del absurdo. Así, por ejemplo, a la mañana siguiente su coronel lo despierta a broncos puntapiés y le saca de su escondite con la cara gruesa a mojicones. Más todavía: aquello determi­na la hilaridad de los oficiales, a tal punto que, llorando de risa, imploran a una voz el perdón para el fugitivo. Yel coronel, en vez de fusilarlo, le larga un recio puntapié en las posaderas y le envía a la impedimenta como ayudante de cocina.

La injuria gravísima habría de dar sus frutos vene­nosos. Luis Cervantes cambia de chaqueta desde luego, aunque sólo in mente por el instante. Los dolores y las miserias de los desheredados alcanzan a conmoverlo; su causa es la causa sublime del pueblo subyugado que clama justicia, sólo justicia. Intima con el humilde soldado y, ¡qué más!, una acémila muerta de fatiga en una tormentosa jornada le hace derramar lágrimas de compasión.

Luis Cervantes, pues, se hizo acreedor a la confianza de la tropa. Hubo soldados que le hicieron confidencias temerarias. Uno, muy serio, y que se distinguía por su temperancia y retraimiento, le dijo: “Yo soy car­pintero; tenía mi madre, una viejita clavada en su si­lla por el reumatismo desde hacía diez años. A medianoche me sacaron de mi casa tres gendarmes; amanecí en el cuartel y anochecí a doce leguas de mi pueblo… Hace un mes pasé por allí con la tropa… ¡Mi madre estaba ya debajo de la tierral… No tenía más consuelo en esta vida… Ahora no le hago falta a nadie. Pero, por mi Dios que está en los cielos, estos cartuchos que aquí me cargan no han de ser para los enemigos… Y si se me hace el milagro (mi Madre Santísima de Guada­lupe me lo ha de conceder), si me le junto a Villa…, juro por la sagrada alma de mi madre que me la han de pagar estos federales”.

Otro, joven, muy inteligente, pero charlatán hasta por los codos, dipsómano y fumador de marihuana, lo llamó aparte y, mirándolo a la cara fijamente con sus ojos vagos y vidriosos, le sopló al oído: “Compadre…, aquéllos…, los de allá del otro lado…, ¿comprendes?…, aquéllos cabalgan lo más granado de las caba­llerizas del Norte y del interior, las guarniciones de sus caballos pesan de pura plata… Nosotros, ¡pst!…, en sardinas buenas para alzar cubos de noria…, ¿com­prendes, compadre? Aquéllos reciben relucientes pe­sos fuertes; nosotros, billetes de celuloide de la fábrica del asesino… Dije…”

Y así todos, hasta un sargento segundo contó inge­nuamente: “Yo soy voluntario, pero me he tirado una plancha. Lo que en tiempos de paz no se hace en toda una vida de trabajar como una mula, hoy se puede hacer en unos cuantos meses de correr la sierra con un fusil a la espalda. Pero no con éstos `mano’…, no con éstos…”

Y Luis Cervantes, que compartía ya con la tropa aquel odio solapado, implacable y mortal a las clases, oficiales y a todos los superiores, sintió que de sus ojos caía hasta la última telaraña y vio claro el resultado fi­nal de la lucha.

—¡Mas he aquí que hoy, al llegar apenas con sus correligionarios, en vez de recibirle con los brazos abier­tos lo encapillan en una zahúrda!

Fue de día: los gallos cantaron en los jacales; las galli­nas trepadas en las ramas del huizache del corral se removieron, abrían las alas y esponjaban las plumas y en un solo salto se ponían en el suelo.

Contempló a sus centinelas tirados en el estiércol y roncando. En su imaginación revivieron las fisonomías de los dos hombres de la víspera. Uno, Pancracio, agüe­rado, pecoso, su cara lampiña, su barba saltona, la fren­te roma y oblicua, untadas las orejas al cráneo y todo de un aspecto bestial. Yel otro, el Manteca, una piltrafa humana: ojos escondidos, mirada torva, cabellos muy lacios cayéndole a la nuca, sobre la frente y las orejas; sus labios de escrofuloso entreabiertos eternamente.

Y sintió una vez más que su carne se achinaba.

VII

Adormilado aún, Demetrio paseó la mano sobre los crespos mechones que cubrían su frente húmeda, apar­tados hacia una oreja, y abrió los ojos.

Distinta oyó la voz femenina y melodiosa que en sueños había escuchado ya, y se volvió a la puerta.

Era de día: los rayos del sol dardeaban entre los po­potes del jacal. La misma moza que la víspera le había ofrecido un apastito de agua deliciosamente fría (sus sueños de toda la noche), ahora, igual de dulce y cari­ñosa, entraba con una olla de leche desparramándose de espuma.

—Es de cabra, pero está regüena… Andele, nomás aprébela…

Agradecido, sonrió Demetrio, se incorporó y, tomando la vasija de barro, comenzó a dar pequeños sorbos, sin quitar los ojos de la muchacha.

Ella, inquieta, bajó los suyos.

—¿Cómo te llamas?

Camila.

—Me cuadra el nombre, pero más la tonadita…

Camila se cubrió de rubor, y como él intentara asirla por un puño, asustada, tomó la vasija vacía y se esca­pó más que de prisa.

No, compadre Demetrio —observó gravemente Anastasio Montañés—; hay que amansarlas primero… ¡Hui”, pa las lepras que me han dejado en el cuerpo las mujeres!… Yo tengo mucha experencia en eso…

Me siento bien, compadre —dijo Demetrio ha­ciéndose el sordo—; parece que me dieron fríos; sudé mucho y amanecí muy refrescado. Lo que me está fre­gando todavía es la maldita herida. Llame a Venancio para que me cure.

¿Y qué hacemos, pues, con el curro que agarré anoche? —preguntó Pancracio.

—¡Cabal, hombre!… ¡No me había vuelto a acor­dar!…

Demetrio, como siempre, pensó y vaciló mucho antes de tomar una decisión.

—A ver, Codorniz, ven acá. Mira, pregunta por una capilla que hay como a tres leguas de aquí. Anda y ró­bale la sotana al cura.

Pero ¿qué va a hacer, compadre? —preguntó Anastasio pasmado.

Si este curro viene a asesinarme, es muy fácil sa­carle la verdad. Yo le digo que lo voy a fusilar. La Codorniz se viste de padre y lo confiesa. Si tiene pecado, lo trueno: si no, lo dejo libre.

¡Hum, cuánto requisito!… Yo lo quemaba y ya —exclamó Pancracio despectivo.

Por la noche regresó la Codorniz con la sotana del cura. Demetrio hizo que le llevaran el prisionero.

Luis Cervantes, sin dormir ni comer en dos días, entraba con el rostro demacrado y ojeroso, los labios descoloridos y secos.

Habló con lentitud y torpeza.

—Hagan de mí lo que quieran… Seguramente que me equivoqué con ustedes…

Hubo un prolongado silencio. Después:

—Creí que ustedes aceptarían con gusto al que vie­ne a ofrecerles ayuda, pobre ayuda la mía, pero que sólo a ustedes mismos beneficia… ¿Yo qué me gano con que la revolución triunfe o no?

Poco a poco iba animándose, y la languidez de su mirada desaparecía por instantes.

—La revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convier­te en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los po­bres…

—¡Bah!…, ¿y eso es como a modo de qué?… ¡Cuando ni a mí me cuadran los sermones! —interrumpió Pancracio.

Yo he querido pelear por la causa santa de los desventurados… Pero ustedes no me entienden…, us­tedes me rechazan… ¡Hagan conmigo, pues, lo que gusten!

Por lo pronto nomás te pongo esta reata en el gaznate… ¡Mi’ qué rechonchito y qué blanco lo tienes!

—Sí, ya sé a lo que viene usted —repuso Demetrio con desabrimiento, rascándose la cabeza—. Lo voy a fusilar, ¿eh?…

Luego, volviéndose a Anastasio:

Llévenselo…, y si quiere confesarse, tráiganle un padre…

Anastasio, impasible como siempre, tomó con suavi­dad el brazo de Cervantes.

—Véngase pa acá, curro…

Cuando después de algunos minutos vino la Codor­niz ensotanado, todos rieron a echar las tripas.

¡Hum, este curro es repicolargo! —exclamó—. Hasta se me figura que se rió de mí cuando comencé a hacerle preguntas.

—Pero ¿no cantó nada?

No dijo más que lo de anoche…

Me late que no viene a eso que usté teme, compa­dre —notó Anastasio.

Bueno, pues denle de comer y ténganlo a una vista.

VIII

Luis Cervantes, otro día, apenas pudo levantarse. Arras­trando el miembro lesionado vagó de casa en casa bus­cando un poco de alcohol, agua hervida y pedazos de ropa usada. Camila, con su amabilidad incansable, se lo proporcionó todo.

Luego que comenzó a lavarse, ella se sentó a su lado, a ver curar la herida, con curiosidad de serrana.

—¡Oiga, ¿y quién lo insirió a curar?… ¿Y pa qué jir­vió la agua?… ¿Y los trapos, pa qué los coció?… ¡Mire, mire, cuánta curiosidá pa todo!… ¿Yeso que se echó en las manos?… ¡Pior!… ¿Aguardiente de veras?… ¡Ande, pos si yo creiba que el aguardiente nomás pal cólico era güeno!… ¡Ah!… ¿De moo es que usté iba a ser dotor?… Ja, ja, jal… ¡Cosa de morirse uno de ri­sal… ¿Y por qué no le regüelve mejor agua fría?… ¡Mi’ qué cuentos!… ¡Quesque animales en la agua sin jer­vir!… ¡Fuchi!… ¡Pos cuando ni yo miro nadal…

Camila siguió interrogándole, y con tanta familiari­dad, que de buenas a primeras comenzó a tutearlo.

Retraído a su propio pensamiento, Luis Cervantes no la escuchaba más.

“¿En dónde están esos hombres admirablemente armados y montados, que reciben sus haberes en puros pesos duros de los que Villa está acuñando en Chihuahua? ¡Bah! Una veintena de encuerados y piojosos, habiendo quien cabalgara en una yegua decrépita, matadura de la cruz a la cola. ¿Sería verdad lo que la prensa del gobierno y él mismo habían asegurado, que los llamados revolucionarios no eran sino bandidos agrupados ahora con un magnífico pretexto para saciar su sed de oro y de sangre? ¿Sería, pues, todo men­tira lo que de ellos contaban los simpatizadores de la revolución? Pero si los periódicos gritaban todavía en todos los tonos triunfos y más triunfos de la federa­ción, un pagador recién llegado de Guadalajara había dejado escapar la especie de que los parientes y favo­ritos de Huerta abandonaban la capital rumbo a los puertos, por más que éste seguía aúlla que aúlla: `Haré la paz cueste lo que cueste’. Por tanto, revolucionarios, bandidos o como quisiera llamárseles, ellos iban a de­rrocar al gobierno; el mañana les pertenecía; había que estar, pues, con ellos, sólo con ellos.”

—No, lo que es ahora no me he equivocado —se dijo para sí, casi en voz alta.

¿Qué estás diciendo? —preguntó Camila—; pos si yo creiba ya que los ratones te habían comido la lengua.

Luis Cervantes plegó las cejas y miró con aire hostil aquella especie de mono enchomitado, de tez broncí­nea, dientes de marfil, pies anchos y chatos.

—¿Oye, curro, y tú has de saber contar cuentos? Luis hizo un gesto de aspereza y se alejó sin contes­tarla.

Ella, embelesada, le siguió con los ojos hasta que su silueta desapareció por la vereda del arroyo.

Tan abstraída así, que se estremeció vivamente a la voz de su vecina, la tuerta María Antonia, que, fisgoneando desde su jacal, le gritó:

—¡Epa, tú!… dale los polvos de amor… A ver si ansina cal…

¡Pior!… Ésa será usté…

¡Si yo quijieral… Pero, ¡fuche!, les tengo asco a los curros…

—Señá Remigia, emprésteme unos blanquillos, mi ga­llina amaneció echada. Allí tengo unos siñores que queren almorzar.

Por el cambio de la viva luz del sol a la penumbra del jacalucho, más turbia todavía por la densa huma­reda que se alzaba del fogón, los ojos de la vecina se ensancharon. Pero al cabo de breves segundos comen­zó a percibir distintamente el contorno de los objetos y la camilla del herido en un rincón, tocando por su ca­becera el cobertizo tiznado y brilloso.

Se acurrucó en cuclillas al lado de señá Remigia y echando miradas furtivas adonde reposaba Demetrio, preguntó en voz baja:

¿Cómo va el hombre?… ¿Aliviado?… ¡Qué güe­no!… ¡Mire, y tan muchacho!… Pero en toavía está retedescolorido… ¡Ah!… ¿De moo es que no le cierra el balazo?… Oiga, señá Remigia, ¿no quere que le hagamos alguna lucha?

Señá Remigia, desnuda arriba de la cintura, tiende sus brazos tendinosos y enjutos sobre la mano del metate y pasa y repasa su nixtamal.

—Pos quién sabe si no les cuadre —responde sin in­terrumpir la ruda tarea y casi sofocada—; ellos train su dotor y por eso…

Señá Remigia —entra otra vecina doblando su flaco espinazo para franquear la puerta—, ¿no tiene unas hojitas de laurel que me dé pa hacerle un coci­miento a María Antonia?… Amaneció con el cólico…

Y como, a la verdad, sólo lleva pretexto para curio­sear y chismorrear, vuelve los ojos hacia el rincón

donde está el enfermo y con un guiño inquiere por su salud.

Señá Remigia baja los ojos para indicar que Deme­trio está durmiendo…

Ande, pos si aquí está usté también, señá Pachi­ta…, no la había visto…

Güenos días le dé Dios, ña Fortunata… ¿Cómo amanecieron?

—Pos María Antonia con su “superior”… y, como siempre, con el cólico…

En cuclillas, pónese cuadril a cuadril con señá Pachita.

—No tengo hojas de laurel, mi alma —responde señá Remigia suspendiendo un instante la molienda; aparta de su rostro goteante algunos cabellos que caen sobre sus ojos y hunde luego las dos manos en un apaste, sacando un gran puñado de maíz cocido que chorrea una agua amarillenta y turbia—. Yo no tengo; pero vaya con señá Dolores: a ella no le faltan nunca yerbitas.

—Na Dolores dende anoche se jue pa la cofradía. A sigún razón vinieron por ella pa que juera a sacar de su cuidado a la muchachilla de tía Matías.

¡Ande, señá Pachita, no me lo digal…

Las tres viejas forman animado corro y, hablando en voz muy baja, se ponen a chismorrear con vivísima animación.

¡Cierto como haber Dios en los cielos!…

¡Ah, pos si yo jui la primera que lo dije: “Marceli­na está gorda y está gorda”! Pero naiden me lo quería creer…

Pos pobre criatura… ¡Y pior si va resultando con que es de su tío Nazario!…

—¡Dios la favorezcal…

—¡No, qué tío Nazario ni qué ojo de hachal… ¡Mal ajo pa los federales condenados!…

¡Bah, pos aistá otra enfelizada más!…

El barullo de las comadres acabó por despenar a Derríetrio.

Asilenciáronse un momento, y a poco dijo señá Pachita, sacando del seno un palomo tierno que abría el pico casi sofocado ya:

Pos la mera verdá, yo le traiba al siñor estas sustancias…, pero sigún razón está en manos de mé­dico…

Eso no le hace, señá Pachita…; es cosa que va por juera…

—Siñor, dispense la parvedá…; aquí le traigo este presente —dijo la vejarruca acercándose a Demetrio—. Pa las morragias de sangre no hay como estas sustan­cias…

Demetrio aprobó vivamente. Ya le habían puesto en el estómago unas piezas de pan mojado en aguardien­te, y aunque cuando se las despegaron le vaporizó mu­cho el ombligo, sentía que aún le quedaba mucho ca­lor encerrado.

Ande, usté que sabe bien, señá Remigia —excla­maron las vecinas.

De un otate desensartó señá Remigia una larga y encorvada cuchilla que servía para apear tunas; tomó el pichón en una sola mano y, volviéndolo por el vientre, con habilidad de cirujano lo partió por la mitad de un solo tajo.

—¡En el nombre de Jesús, María y José! —dijo señá Remigia echando una bendición. Luego, con rapidez,

aplicó calientes y chorreando los dos pedazos del palo­mo sobre el abdomen de Demetrio.

—Ya verá cómo va a sentir mucho consuelo…

Obedeciendo las instrucciones de señá Remigia, De­metrio se inmovilizó encogiéndose sobre un costado.

Entonces señá Fortunata contó su cuita. Ella le te­nía muy buena voluntad a los señores de la revolución. Hacía tres meses que los federales le robaron su única hija, y eso la tenía inconsolable y fuera de sí.

Al principio de la relación, la Codorniz y Anastasio Montañés, atejonados al pie de la camilla, levantaban la cabeza y, entreabierta la boca, escuchaban el relato; pero en tantas minucias se metió señá Fortunata, que a la mitad la Codorniz se aburrió y salió a rascarse al sol, y cuando terminaba solemnemente: “Espero de Dios y María Santísima que ustedes no han de dejar vivo a uno de estos federales del infierno”, Demetrio, vuelta la cara a la pared, sintiendo mucho consuelo con las sustancias en el estómago, repasaba un itinerario para internarse en Durango, y Anastasio Montañés roncaba como un trombón.

X

—¿Por qué no llama al curro pa que lo cure, compa­dre Demetrio? —dijo Anastasio Montañés al jefe, que a diario sufría grandes calosfríos y calenturas—. Si vie­ra, él se cura solo y anda ya tan aliviado que ni cojea siquiera.

Pero Venancio, que tenía dispuestos los botes de manteca y las planchuelas de hilas mugrientas, protestó:

Si alguien le pone mano, yo no respondo de las resultas.

Oye, compa, ¡pero qué dotor ni qué naa eres tú!… ¿Voy que ya hasta se te olvidó por qué viniste a dar aquí? —dijo la Codorniz.

Sí, ya me acuerdo, Codorniz, de que andas con nosotros porque te robaste un reloj y unos anillos de brillantes —repuso muy exaltado Venancio.

La Codorniz lanzó una carcajada.

¡Siquieral… Pior que tú corriste de tu pueblo porque envenenaste a tu novia.

¡Mientes!…

Sí; le diste cantáridas pa…

Los gritos de protesta de Venancio se ahogaron en­tre las carcajadas estrepitosas de los demás.

Demetrio, avinagrado el semblante, les hizo callar; luego comenzó a quejarse, y dijo:

—A ver, traigan, pues, al estudiante.

Vino Luis Cervantes, descubrió la pierna, examinó detenidamente la herida y meneó la cabeza. La ligadu­ra de manta se hundía en un surco de piel; la pierna, abotagada, parecía reventar. A cada movimiento, De­metrio ahogaba un gemido. Luis Cervantes cortó la ligadura, lavó abundantemente la herida, cubrió el muslo con grandes lienzos húmedos y lo vendó.

Demetrio pudo dormir toda la tarde y toda la noche. Otro día despertó muy contento.

—Tiene la mano muy liviana el curro —dijo. Venancio, pronto, observó:

Está bueno; pero hay que saber que los curros son como la humedad, por dondequiera se filtran. Por los curros se ha perdido el fruto de las revoluciones.

Y como Demetrio creía a ojo cerrado en la ciencia del barbero, otro día, a la hora que Luis Cervantes lo fue a curar, le dijo:

—Oiga, hágalo bien pa que cuando me deje bueno y sano se largue ya a su casa o adonde le dé su gana.

Luis Cervantes, discreto, no respondió una palabra.

Pasó una semana, quince días; los federales no daban señales de vida. Por otra parte, el fijol y el maíz abunda­ban en los ranchos inmediatos; la gente tal odio tenía a los federales, que de buen grado proporcionaban auxi­lio a los rebeldes. Los de Demetrio, pues, esperaron sin impaciencia el completo restablecimiento de su jefe.

Durante muchos días, Luis Cervantes continuó mus­tio y silencioso.

—¡Qué se me hace que usté está enamorado, curro! —le dijo Demetrio, bromista, un día, después de la curación y comenzando a encariñarse con él.

Poco a poco fue tomando interés por sus comodida­des. Le preguntó si los soldados le daban su ración de carne y leche. Luis Cervantes tuvo que decir que se ali­mentaba sólo con lo que las buenas viejas del rancho querían darle y que la gente le seguía mirando como a un desconocido o a un intruso.

—Todos son buenos muchachos, curro —repuso Demetrio—; todo está en saberles el modo. Desde ma­ñana no le faltará nada. Ya verá.

En efecto, esa misma tarde las cosas comenzaron a cambiar. Tirados en el pedregal, mirando las nubes crepusculares como gigantescos cuajarones de sangre, escuchaban algunos de los hombres de Macías la rela­ción que hacía Venancio de amenos episodios de El judío errante. Muchos, arrullados por la meliflua voz del barbero comenzaron a roncar; pero Luis Cervantes, muy atento, luego que acabó su plática con extraños comen­tarios anticlericales, le dijo enfático:

¡Admirable! ¡Tiene usted un bellísimo talento!

No lo tengo malo —repuso Venancio convenci­do—; pero mis padres murieron y yo no pude hacer carrera.

Es lo de menos. Al triunfo de nuestra causa, usted obtendrá fácilmente un título. Dos o tres semanas de concurrir a los hospitales, una buena recomendación de nuestro jefe Macías…, y usted, doctor… ¡Tiene tal facilidad, que todo sería un juego!

Desde esa noche, Venancio se distinguió de los demás dejando de llamarle curro. Luisito por aquí y Lui­sito por allí.

XI

—Oye, curro, yo quería icirte una cosa… —dijo Camila una mañana, a la hora que Luis Cervantes iba por agua hervida al jacal para curar su pie.

La muchacha andaba inquieta de días atrás, y sus melindres y reticencias habían acabado por fastidiar al mozo, que, suspendiendo de pronto su tarea, se puso en pie y, mirándola cara a cara, le respondió:

Bueno… ¿Qué cosa quieres decirme?

Camila sintió entonces la lengua hecha un trapo y nada pudo pronunciar; su rostro se encendió como un madroño, alzó los hombros y encogió la cabeza hasta tocarse el desnudo pecho. Después, sin moverse y fijando, con obstinación de idiota, sus ojos en la herida, pronunció con debilísima voz:

—¡Mira qué bonito viene encarnando yal… Parece botón de rosa de Castilla.

Luis Cervantes plegó el ceño con enojo manifiesto y se puso de nuevo a curarse sin hacer más caso de ella.

Cuando terminó, Camila había desaparecido.

Durante tres días no resultó la muchacha en parte alguna. Señá Agapita, su madre, era la que acudía ál llamado de Luis Cervantes y era la que le hervía el agua y los lienzos. El buen cuidado tuvo de no preguntar más. Pero a los tres días ahí estaba de nuevo Camila con más rodeos y melindres que antes.

Luis Cervantes, distraído, con su indiferencia enva­lentonó a Camila, que habló al fin:

—Oye, curro… Yo quería icirte una cosa… Oye, curro; yo quiero que me repases La Adelita… pa… ¿A que no me adivinas pa qué?… Pos pa cantarla mu­cho, mucho, cuando ustedes se vayan, cuando ya no estés tú aquí…, cuando andes ya tan lejos, lejos…, que ni más te acuerdes de mí…

Sus palabras hacían en Luis Cervantes el efecto de una punta de acero resbalando por las paredes de una redoma.

Ella no lo advertía, y prosiguió tan ingenua como antes:

i —¡Anda, curro, ni te cuento!… Si vieras qué malo es el viejo que los manda a ustedes… Ai tienes nomás lo que me sucedió con él… Ya sabes que no quere el tal Demetrio que naiden le haga la comida más que mi mamá y que naiden se la lleve más que yo… Güeno; pos Potro día entré con el champurrao, y ¿qué te parece que hizo el viejo e porra? Pos que me pepena de la mano y me la agarra juerte, fuerte; luego comienza a

d

dpellizcarme las corvas… ¡Ah, pero qué pliegue tan güeno le he echao!… “¡Epa, pior!… ¡Estése quieto!… ¡Pior, viejo malcriado!… ¡Suélteme…, suélteme, viejo sinvergüenza!” Y que me doy el reculón y me le zafo, y que ai voy pa juera a toa carrera… ¿Qué te parece nomás, curro?

Jamás había visto reír con tanto regocijo Camila a Luis Cervantes.

Pero ¿de veras es cierto todo lo que me estás con­tando?

Profundamente desconcertada, Camila no podía responderle. Él volvió a reír estrepitosamente y a repe­tir su pregunta. Y ella, sintiendo la inquietud y la zozo­bra más grandes, le respondió con voz quebrantada:

Sí, es cierto… Y eso es lo que yo te quería icir… ¿Qué no te ha dao coraje por eso, curro?

Una vez más Camila contempló con embeleso el fresco y radioso rostro de Luis Cervantes, aquellos ojos glaucos de tierna expresión, sus carrillos frescos y rosados como los de un muñeco de porcelana, la tersura de una piel blanca y delicada que asomaba abajo del cue­llo, y más arriba de las mangas de una tosca camiseta de lana, el rubio tierno de sus cabellos, rizados ligeramente.

Pero ¿qué diablos estás esperando, pues, boba? Si el jefe te quiere, ¿tú qué más pretendes?…

Camila sintió que de su pecho algo se levantaba, algo que llegaba hasta su garganta y en su garganta se anudaba. Apretó fuertemente sus párpados para expri­mir sus ojos rasos; luego limpió con el dorso de su ma­no la humedad de los carrillos y, como hacía tres días, con la ligereza del cervatillo, escapó.

XII

La herida de Demetrio había cicatrizado ya. Comenza­ban a discutir los proyectos para acercarse al Norte, donde se decía que los revolucionarios habían triun­fado en toda línea de los federales. Un acontecimiento vino a precipitar las cosas. Una vez Luis Cervantes, sen­tado en un picacho de la sierra, al fresco de la tarde, la mirada perdida a lo lejos, soñando, mataba el fastidio. Al pie del angosto crestón, alagartados entre los jarales y a orillas del río, Pancracio y el Manteca jugaban bara­ja. Anastasio Montañés, que veía el juego con indife­rencia, volvió de pronto su rostro de negra barba y dul­ces ojos hacia Luis Cervantes y le dijo:

¿Por qué está triste, curro? ¿Qué piensa tanto? Venga, arrímese a platicar…

Luis Cervantes no se movió; pero Anastasio fue a sentarse amistosamente a su lado.

A usté le falta la bulla de su tierra. Bien se echa de ver que es de zapato pintado y moñito en la cami­sa… Mire, curro: ai donde me ve aquí, todo mugriento y desgarrado, no soy lo que parezco… ¿A que no me lo cree?… Yo no tengo necesidad; soy dueño de diez yun­tas de bueyes… ¡De veras!… Ai que lo diga mi compa­dre Demetrio… Tengo mis diez fanegas de siembra… ¿A que no me lo cree?… Mire, curro; a mí me cuadra mucho hacer repelar a los federales, y por eso me tie­nen mala voluntad. La última vez, hace ocho meses ya (los mismos que tengo de andar aquí), le metí un na­vajazo a un capitancito faceto (Dios me guarde), aquí, merito del ombligo… Pero, de veras, yo no tengo ne­cesidad… Ando aquí por eso… y por darle la mano a mi compadre Demetrio.

¡Moza de mi vida! —gritó el Manteca entusiasmado con un albur. Sobre la sota de espadas puso una mo­neda de veinte centavos de plata.

¡Cómo cree que a mí nadita que me cuadra el juego, curro!… ¿Quiere usté apostar?… ¡ándele, mire; esta viborita de cuero suena todavía! —dijo Anastasio sacudiendo el cinturón y haciendo oír el choque de los pesos duros.

En éstas corrió Pancracio la baraja, vino la sota y se armó un altercado. Jácara, gritos, luego injurias. Pan­cracio enfrentaba su rostro de piedra ante el del Man­teca, que lo veía con ojos de culebra, convulso como un epiléptico. De un momento a otro llegaban a las ma­nos. A falta de insolencias suficientemente incisivas, acudían a nombrar padres y madres en el bordado más rico de indecencias.

Pero nada ocurrió; luego que se agotaron los insul­tos, suspendióse el juego, se echaron tranquilamente un brazo a la espalda y paso a paso se alejaron en busca de un trago de aguardiente.

—Tampoco a mí me gusta pelear con la lengua. Eso es feo, ¿verdad, curro?… De veras, mire, a mí nadien me ha mentao a mi familia… Me gusta darme mi lu­gar. Por eso me verá que nunca ando chacoteando… Oiga, curro —prosiguió Anastasio, cambiando el acen­to de su voz, poniéndose una mano sobre la frente y de pie—, ¿qué polvareda se levanta allá, detrás de aquel cerrito? ¡Caramba! ¡A poco son los mochos!… ¡Y uno tan desprevenido!… Véngase, curro; vamos a darles parte a los muchachos.

Fue motivo de gran regocijo:

¡Vamos a toparlos! —dijo Pancracio el primero.

—Sí, vamos a toparlos. ¡Qué pueden traer que no lleven!…

Pero el enemigo se redujo a un hatajo de burros y dos arrieros.

Párenlos. Son arribeños y han de traer algunas novedades —dijo Demetrio.

Y las tuvieron de sensación. Los federales tenían fortificados los cerros de El Grillo y La Bufa de Zacate­cas. Decíase que era el último reducto de Huerta, y todo el mundo auguraba la caída de la plaza.. Las familias salían con precipitación rumbo al sur; los trenes iban colmados de gente; faltaban carruajes y carretones, y por los caminos reales, muchos, sobrecogidos de páni­co, marchaban a pie y con sus equipajes a cuestas. Pán­filo Natera reunía su gente en Fresnillo, y a los federales “ya les venían muy anchos los pantalones”.

La caída de Zacatecas es el Requiescat in pace de Huerta —aseguró Luis Cervantes con extraordinaria vehemencia—. Necesitamos llegar antes del ataque a juntarnos con el general Natera.

Y reparando en el extrañamiento que sus palabras causaban en los semblantes de Demetrio y sus compañeros, se dio cuenta de que aún era un don nadie allí.

Pero otro día, cuando la gente salió en busca de buenas bestias para emprender de nuevo la marcha, Demetrio llamó a Luis Cervantes y le dijo:

—¿De veras quiere irse con nosotros, curro?… Usté es de otra madera, y la verdá, no entiendo cómo pueda gustarle esta vida. ¿Qué cree que uno anda aquí por su puro gusto?… Cierto, ¿a qué negarlo?, a uno le cuadra el ruido; pero no sólo es eso… Siéntese, curro, siéntese, para contarle. ¿Sabe por qué me levanté?… Mire, antes

de la revolución tenía yo hasta mi tierra volteada para sembrar, y si no hubiera sido por el choque con don Mónico, el cacique de Moyahua, a estas horas andaría yo con mucha priesa, preparando la yunta para las siembras… Pancracio, apéate dos botellas de cerveza, una para mí y otra para el curro… Por la señal de la Santa Cruz… ¿Ya no hace daño, verdad?…

XIII

—Yo soy de Limón, allí, muy cerca de Moyahua, del puro cañón de Juchipila. Tenía mi casa, mis vacas y un pedazo de tierra para sembrar; es decir, que nada me faltaba. Pues, señor, nosotros los rancheros tenemos la costumbre de bajar al lugar cada ocho días. Oye uno su misa, oye el sermón, luego va a la plaza, compra sus cebollas, sus jitomates y todas las encomiendas. Después entra uno con los amigos a la tienda de Primitivo López a hacer las once. Se toma la copita; a veces es uno condescendiente y se deja cargar la mano, y se le sube el trago, y le da mucho gusto, y ríe uno, grita y canta, si le da su mucha gana. Todo está bueno, porque no se ofende a nadie. Pero que comienzan a meterse con usté; que el policía pasa y pasa, arrima la oreja a la puerta; que al comisario o a los auxiliares se les ocurre quitarle a usté su gusto… ¡Claro, hombre, usté no tie­ne la sangre de horchata, usté lleva el alma en el cuer­po, a usté le da coraje, y se levanta y les dice su justo precio! Si entendieron, santo y bueno; a uno lo dejan en paz, y en eso paró todo. Pero hay veces que quieren hablar ronco y golpeado… y uno es lebroncito de por sí… y no le cuadra que nadie le pele los ojos… Y, sí señor; sale la daga, sale la pistola… ¡Y luego vamos a correr la sierra hasta que se les olvida el difuntito!

“Bueno. ¿Qué pasó con don Mónico? ¡Faceto! Mu­chísimo menos que con los otros. ¡Ni siquiera vio correr el gallo!… Una escupida en las barbas por entrome­tido, y pare usté de contar… Pues con eso ha habido para que me eche encima a la federación. Usté ha de saber del chisme ése de México, donde mataron al señor Madero y a otro, a un tal Félix o Felipe Díaz, ¡qué sé yo!… Bueno: pues el dicho don Mónico fue en perso­na a Zacatecas a traer escolta para que me agarraran. Que diz que yo era maderista y que me iba a levantar. Pero como no faltan amigos, hubo quien me lo avisara a tiempo, y cuando los federales vinieron a Limón, yo ya me había pelado. Después vino mi compadre Anastasio, que hizo una muerte, y luego Pancracio, la Codorniz y muchos amigos y conocidos. Después se nos han ido jun­tando más, y ya ve: hacemos la lucha como podemos.”

—Mi jefe —dijo Luis Cervantes después de algunos minutos de silencio y meditación—, usted sabe ya que aquí cerca, en Juchipila, tenemos gente de Natera; nos conviene ir a juntarnos con ellos antes de que tomen Zacatecas. Nos presentamos con el general…

—No tengo genio para eso… A mí no me cuadra rendirle a nadie.

—Pero usted, sólo con unos cuantos hombres por acá, no dejará de pasar por un cabecilla sin importan­cia. La revolución gana indefectiblemente; luego que se acabe le dicen, como les dijo Madero a los que le ayu­daron: “Amigos, muchas gracias; ahora vuélvanse a sus casas…”

No quiero yo otra cosa, sino que me dejen en paz para volver a mi casa.

Allá voy… No he terminado: “Ustedes, que me levantaron hasta la Presidencia de la República, arries­gando su vida, con peligro inminente de dejar viudas y huérfanos en la miseria, ahora que he conseguido mi objeto, váyanse a coger el azadón y la pala, a medio vi­vir, siempre con hambre y sin vestir, como estaban an­tes, mientras que nosotros, los de arriba, hacemos unos cuantos millones de pesos.”

Demetrio meneó la cabeza y sonriendo se rascó:

¡Luisito ha dicho una verdad como un templo! —exclamó con entusiasmo el barbero Venancio.

Como decía —prosiguió Luis Cervantes—, se acaba la revolución, y se acabó todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre ver­tida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes. Us­ted es desprendido, y dice: “Yo no ambiciono más que volver a mi tierra”. Pero ¿es de justicia privar a su mujer y a sus hijos de la fortuna que la Divina Providencia le pone ahora en sus manos? ¿Será justo abandonar a la pa­tria en estos momentos solemnes en que va a necesitar de toda la abnegación de sus hijos los humildes para que la salven, para que no la dejen caer de nuevo en manos de sus eternos detentadores y verdugos, los caciques?… ¡No hay que olvidarse de lo más sagrado que existe en el mundo para el hombre: la familia y la patrial…

Macías sonrió y sus ojos brillaron.

¿Qué, será bueno ir con Natera, curro?

No sólo bueno —pronunció insinuante Venan­cio—, sino indispensable, Demetrio.

—Mi jefe —continuó Cervantes—, usted me ha sim­patizado desde que lo conocí, y lo quiero cada vez más, porque sé todo lo que vale. Permítame que sea ente­ramente franco. Usted no comprende todavía su verdadera, su alta y nobilísima misión. Usted, hombre modesto y sin ambiciones, no quiere ver el importan­tísimo papel que le toca en esta revolución. Mentira que usted ande por aquí por don Mónico, el cacique; usted se ha levantado contra el caciquismo que asola toda la nación. Somos elementos de un gran movimien­to social que tiene que concluir por el engrandeci­miento de nuestra patria. Somos instrumentos del des-tino para la reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un asesino mise­rable, sino contra la tiranía misma. Eso es lo que se lla­ma luchar por principios, tener ideales. Por ellos luchan Villa, Natera, Carranza; por ellos estamos luchando nosotros.

Sí, sí; cabalmente lo que yo he pensado —dijo Venancio entusiasmadísimo.

Pancracio, apéate otras dos cervezas…

XIV

—Si vieras qué bien explica las cosas el curro, compa­dre Anastasio —dijo Demetrio, preocupado por lo que esa mañana había podido sacar en claro de las pala­bras de Luis Cervantes.

Ya lo estuve oyendo —respondió Anastasio—. La verdad, es gente que, como sabe leer y escribir, entien­de bien las cosas. Pero lo que a mí no se me alcanza, compadre, es eso de que usted vaya a presentarse con el señor Natera con tan poquitos que semos.

—¡Hum, es lo de menos! Desde hoy vamos a hacerlo ya de otro modo. He oído decir que Crispín Robles lle­ga a todos los pueblos sacando cuantas armas y caba­llos encuentra; echa fuera de la cárcel a los presos, y en dos por tres tiene gente de sobra. Ya verá. La verdad, compadre Anastasio, hemos tonteado mucho. Parece a manera de mentira que este curro haya venido a ense­ñarnos la cartilla.

—¡Lo que es eso de saber leer y escribir!…

Los dos suspiraron con tristeza.

Luis Cervantes y muchos otros entraron a informarse de la fecha de salida.

—Mañana mismo nos vamos —dijo Demetrio sin vacilación.

Luego la Codorniz propuso traer música del puebli­to inmediato y despedirse con un baile. Y su idea fue acogida con frenesí.

Pos nos iremos —exclamó Pancracio y dio un au­llido—; pero lo que es yo ya no me voy solo… Tengo mi amor y me lo llevo.

Demetrio dijo que él de muy buena gana se llevaría también a una mozuela que traía entre ojos, pero que deseaba mucho que ninguno de ellos dejara recuerdos negros, como los federales.

—No hay que esperar mucho; a la vuelta se arregla todo —pronunció en voz baja Luis Cervantes.

¡Cómo! —dijo Demetrio—. ¿Pues no dicen que usté y Camila…?

No es cierto, mi jefe; ella lo quiere a usted… pero le tiene miedo…

—¿De veras, curro?

Sí; pero me parece muy acertado lo que usted dice: no hay que dejar malas impresiones… Cuando regresemos en triunfo, todo será diferente; hasta se lo agradecerán.

¡Ah, curro!… ¡Es usté muy lanza! —contestó De­metrio, sonriendo y palmeándole la espalda.

Al declinar la tarde, como de costumbre, Camila ba­jaba por agua al río. Por la misma vereda y a su en­cuentro venía Luis Cervantes.

Camila sintió que el corazón se le quería salir.

Quizá sin reparar en ella, Luis Cervantes, bruscamente, desapareció en un recodo de peñascos.

A esa hora, como todos los días, la penumbra apa­gaba en un tono mate las rocas calcinadas, los ramajes quemados por el sol y los musgos resecos. Soplaba un viento tibio en débil rumor, meciendo las hojas lanceo­ladas de la tierna milpa. Todo era igual; pero en las piedras, en las ramas secas, en el aire embalsamado y en la hojarasca, Camila encontraba ahora algo muy extra­ño: como si todas aquellas cosas tuvieran mucha tristeza.

Dobló una peña gigantesca y carcomida, y dio brus­camente con Luis Cervantes, encaramado en una roca, las piernas pendientes y descubierta la cabeza.

Oye, curro, ven a decirme adiós siquiera.

Luis Cervantes fue bastante dócil. Bajó y vino a ella.

—¡Orgulloso!… ¿Tan mal te serví que hasta el habla me niegas?…

¿Por qué me dices eso, Camila? Tú has sido muy buena conmigo… mejor que una amiga; me has cuidado como una hermana. Yo me voy muy agradecido de ti y siempre lo recordaré.

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r—¡Mentiroso! —dijo Camila transfigurada de ale­gría—. ¿Y si yo no te he hablado?

Yo iba a darte las gracias esta noche en el baile.

¿Cuál baile?… Si hay baile, no iré yo…

¿Por qué no irás?

—Porque no puedo ver al viejo ese… al Demetrio.

¡Qué tontal… Mira, él te quiere mucho; no pier­das esta ocasión que no volverás a encontrar en toda tu vida. Tonta, Demetrio va a llegar a general, va a ser muy rico… Muchos caballos, muchas alhajas, vestidos muy lu­josos, casas elegantes y mucho dinero para gastar… ¡Imagínate lo que serías al lado de él!

Para que no le viera los ojos, Camila los levantó ha­cia el azul del cielo. Una hoja seca se desprendió de las alturas del tajo y, balanceándose en el aire lentamente, cayó como mariposita muerta a sus pies. Se inclinó y la tomó en sus dedos. Luego, sin mirarlo a la cara, susurró:

—¡Ay, curro… si vieras qué feo siento que tú me digas eso!… Si yo a ti es al que quero… pero a ti nomás… Vete, curro; vete, que no sé por qué me da tanta vergüenza… ¡Vete, vete!…

Y tiró la hoja desmenuzada entre sus dedos angus­tiosos y se cubrió la cara con la punta de su delantal.

Cuando abrió de nuevo los ojos, Luis Cervantes ha­bía desaparecido.

Ella siguió la vereda del arroyo. El agua parecía espolvoreada de finísimo carmín; en sus ondas se remo­vían un cielo de colores y los picachos mitad luz y mitad sombra. Miríadas de insectos luminosos parpadeaban en un remanso. Yen el fondo de guijas lavadas se reprodujo con su blusa amarilla de cintas verdes, sus ena­guas blancas sin almidonar, lamida la cabeza y estiradas

las cejas y la frente; tal como se había ataviado para gustar a Luis.

Y rompió a llorar.

Entre los jarales las ranas cantaban la implacable melancolía de la hora.

Meciéndose en una rama seca, una torcaz lloró tam­bién.

XV

En el baile hubo mucha alegría y se bebió muy buen mezcal.

—Extraño a Camila —pronunció en voz alta Deme­trio.

Y todo el mundo buscó con los ojos a Camila.

Está mala, tiene jaqueca —respondió con aspere­za señá Agapita, amoscada por las miradas de malicia que todos tenían puestas en ella.

Ya al acabarse el fandango, Demetrio, bamboleán­dose un poco, dio las gracias a los buenos vecinos que tan bien los habían acogido y prometió que al triunfo de la revolución a todos los tendría presentes, que “en la cama y en la cárcel se conoce a los amigos”.

Dios los tenga de su santa mano —dijo una vieja.

—Dios los bendiga y los lleve por buen camino —di­jeron otras.

Y María Antonia, muy borracha:

—¡Que güelvan pronto… pero repronto!…

Otro día María Antonia, que aunque cacariza y con una nube en un ojo tenía muy mala fama, tan mala que se aseguraba que no había varón que no la hubiese conocido entre los jarales del río, le gritó así a Camila:

¡Epa, tú!… ¿Qué es eso?… ¿Qué haces en el rincón con el rebozo liado a la cabeza?… ¡Huy!… ¿Llorando?… ¡Mira qué ojos! ¡Ya pareces hechicera! ¡Vaya… no te apures!… No hay dolor que al alma llegue, que a los tres días no se acabe.

Señá Agapita juntó las cejas, y quién sabe qué gruñó para sus adentros.

En verdad, las comadres estaban desazonadas por la partida de la gente, y los mismos hombres, no obstante díceres y chismes un tanto ofensivos, lamentaban que no hubiera ya quien surtiera el rancho de carneros y ter­neras para comer carne a diario. ¡Tan a gusto que se pasa uno la vida comiendo y bebiendo, durmiendo a pierna tirante a la sombra de las peñas, mientras que las nubes se hacen y deshacen en el cielo!

¡Mírenlos otra vez! Allá van —gritó María Anto­nia—; parecen juguetes de rinconera.

A lo lejos, allá donde la breña y el chaparral comen­zaban a fundirse en un solo plano aterciopelado y azu­loso, se perfilaron en la claridad zafirina del cielo y so­bre el filo de una cima los hombres de Macías en sus escuetos jamelgos. Una ráfaga de aire cálido llevó hasta los jacales los acentos vagos y entrecortados de La Adelita.

Camila, que a la voz de María Antonia había salido a verlos por última vez, no pudo contenerse, y regresó ahogándose en sollozos.

María Antonia lanzó una carcajada y se alejó.

“A mi hija le han hecho mal de ojo”, rumoreó señá Agapita, perpleja.

Meditó mucho tiempo, y cuando lo hubo reflexio­nado bien, tomó una decisión: de una estaca clavada en un poste del jacal, entre el Divino Rostro y la Vir­gen de Jalpa, descolgó un barzón de cuero crudo que servía a su marido para uncir la yunta y, doblándolo, propinó a Camila una soberbia golpiza para sacarle todo el daño.

En su caballo zaino, Demetrio se sentía rejuvenecido; sus ojos recuperaban su brillo metálico peculiar, y en sus mejillas cobrizas de indígena de pura raza corría de nue­vo la sangre roja y caliente.

Todos ensanchaban sus pulmones como para respi­rar los horizontes dilatados, la inmensidad del cielo, el azul de las montañas y el aire fresco, embalsamado de los aromas de la sierra. Y hacían galopar sus caballos, como si en aquel correr desenfrenado pretendieran posesionarse de toda la tierra. ¿Quién se acordaba ya del severo comandante de la policía, del gendarme gruñón y del cacique enfatuado? ¿Quién del mísero jacal, donde se vive como esclavo, siempre bajo la vigilan­cia del amo o del hosco y sañudo mayordomo, con la obligación imprescindible de estar de pie antes de salir el sol, con la pala y la canasta, o la mancera y el otate, para ganarse la olla de atole y el plato de frijoles del día?

Cantaban, reían y ululaban, ebrios de sol, de aire y de vida.

El Meco, haciendo cabriolas, mostraba su blanca den­tadura, bromeaba y hacía payasadas.

Oye, Pancracio —preguntó muy serio—; en carta que me pone mi mujer me notifica que izque ya tene­mos otro hijo. ¿Cómo es eso? ¡Yo no la veo dende tiem­pos del siñor Madero!

No, no es nada… ¡La dejaste enhuevada!

Todos ríen estrepitosamente. Sólo el Meco, con mu­cha gravedad e indiferencia, canta en horrible falsete:

Yo le daba un centavo y ella me dijo que no… Yo le daba medio y no lo quiso agarrar.

Tanto me estuvo rogando hasta que me sacó un rial. ¡Ay, qué mujeres ingratas, no saben considerar!

La algarabía cesó cuando el sol los fue aturdiendo.

Todo el día caminaron por el cañón, subiendo y ba­jando cerros redondos, rapados y sucios como cabezas tiñosas, cerros que se sucedían interminablemente.

Al atardecer, en la lejanía, en medio de un lomerío azul, se esfumaron unas torrecillas acanteradas; luego la carretera polvorienta en blancos remolinos y los postes grises del telégrafo.

Avanzaron hacia el camino real y, a lo lejos, descu­brieron el bulto de un hombre en cuclillas, a la vera. Llegaron hasta allí. Era un viejo haraposo y mal encarado. Con una navaja sin filo remendaba trabajosamente un guarache. Cerca de él pacía un borrico cargado de yerba.

Demetrio interrogó:

¿Qué haces aquí, abuelito?

Voy al pueblo a llevar alfalfa para mi vaca. —¿Cuántos son los federales?

—Sí…, unos cuantos; creo que no llegan a la docena. El viejo soltó la lengua. Dijo que había rumores muy graves: que Obregón estaba ya sitiando a Guadalajara;

Carrera Torres, dueño de San Luis Potosí, y Pánfilo Na­tera, en Fresnillo.

Bueno —habló Demetrio—, puedes irte a tu pue­blo; pero cuidado con ir a decir a nadie una palabra de lo que has visto, porque te trueno. Daría contigo aunque te escondieras en el centro de la tierra.

—¿Qué dicen, muchachos? —interrogó Demetrio cuando el viejo se había alejado.

—¡A darles!… ¡A no dejar un mocho vivo! —excla­maron todos a una.

Contaron los cartuchos y las granadas de mano que el Tecolote había fabricado con fragmentos de tubo de hierro y perillas de latón.

Son pocos —observó Anastasio—; pero los vamos a cambiar por carabinas.

Y, ansiosos, se apresuraban a seguir delante, hincando las espuelas en los ijares enjutados de sus agotadas recuas.

La voz imperiosa de Demetrio los detuvo.

Acamparon a la falda de una loma, protegidos por espeso huizachal. Sin desensillar, cada uno fue buscando una piedra para cabecera.

XVI

A medianoche, Demetrio Macías dio la orden de marcha. El pueblo distaba una o dos leguas, y había que dar un albazo a los federales.

El cielo estaba nublado, brillaban una que otra es­trella y, de vez en vez, en el parpadeo rojizo de un re­lámpago, se iluminaba vivamente la lejanía.

Luis Cervantes preguntó a Demetrio si no sería con­veniente, para el mejor éxito del ataque, tomar un guía o cuando menos procurarse los datos topográficos del pueblo y la situación precisa del cuartel.

—No, curro —respondió Demetrio sonriendo y con un gesto desdeñoso—; nosotros caemos cuando ellos menos se lo esperen, y ya. Así lo hemos hecho muchas veces. ¿Ha visto cómo sacan la cabeza las ardillas por la boca del tusero cuando uno se los llena de agua? Pues igual de aturdidos van a salir estos mochitos infelices luego que oigan los primeros disparos. No salen más que a servirnos de blanco.

¿Y si el viejo que ayer nos informó nos hubiera mentido? ¿Si en vez de veinte hombres resultaran cin­cuenta? ¿Si fuese un espía apostado por los federales?

—¡Este curro ya tuvo miedo! —dijo Anastasio Mon­tañés.

¡Como que no es igual poner cataplasmas y lavati­vas a manejar un fusil! —observó Pancracio.

¡Hum! —repuso el Meco—. Es ya mucha pláti­ca…! Pa una docena de ratas aturdidas!

No va a ser hora cuando nuestras madres sepan si parieron hombres o qué —agregó el Manteca.

Cuando llegaron a orillas del pueblito, Venancio se adelantó y llamó a la puerta de una choza.

—¿Dónde está el cuartel? —interrogó al hombre que salió, descalzo y con una garra de jorongo abrigando su pecho desnudo.

El cuartel está abajito de la plaza, amo —contestó.

Mas como nadie sabía dónde era abajito de la plaza, Venancio lo obligó a que caminara a la cabeza de la co­lumna y les enseñara el camino.

Temblando de espanto el pobre diablo, exclamó que era una barbaridad lo que hacían con él.

—Soy un pobre jornalero, siñor; tengo mujer y mu­chos hijos chiquitos.

—¿Y los que yo tengo serán perros? —repuso Deme­trio.

Luego ordenó:

—Mucho silencio, y uno a uno por la tierra suelta a media calle.

Dominando el caserío, se alzaba la ancha cúpula cuadrangular de la iglesia.

Miren, siñores, al frente de la iglesia está la plaza, caminan nomás otro tantito pa abajo, y allí mero queda el cuartel.

Luego se arrodilló, pidiendo que ya le dejaran re­gresar; pero Pancracio, sin responderle, le dio un cu­latazo sobre el pecho y lo hizo seguir delante.

¿Cuántos soldados están aquí? —inquirió Luis Cervantes.

Amo, no quiero mentirle a su mercé; pero la ver­dá, la mera verdá, que son un titipuchal…

Luis Cervantes se volvió hacia Demetrio que fingía no haber escuchado.

De pronto desembocaron en una plazoleta. Una es­truendosa descarga de fusilería los ensordeció. Estremeciéndose, el caballo zaino de Demetrio vaciló sobre las piernas, dobló las rodillas y cayó pataleando. El Tecolote lanzó un grito agudo y rodó del caballo, que fue a dar a media plaza, desbocado.

Una nueva descarga, y el hombre guía abrió los bra­zos y cayó de espaldas, sin exhalar una queja. Anastasio Montañés levantó rápidamente a Deme

trio y se lo puso en ancas. Los demás habían retrocedi­do ya y se amparaban en las paredes de las casas.

Señores, señores —habló un hombre del pueblo, sacando la cabeza de un zaguán grande—, lléguenles por la espalda de la capilla… allí están todos. Devuél­vanse por esta misma calle, tuerzan sobre su mano zur­da, luego darán con un callejoncito, y sigan otra vez adelante a caer en la mera espalda de la capilla.

En ese momento comenzaron a recibir una nutrida lluvia de tiros de pistola. Venían de las azoteas cercanas.

¡Hum —dijo el hombre—, ésas no son arañas que pican!… Son los curros… Métanse aquí mientras se van… Esos le tienen miedo hasta a su sombra.

¿Qué tantos son los mochos? —preguntó De­metrio.

No estaban aquí más que doce; pero anoche trai­ban mucho miedo y por telégrafo llamaron a los de delantito. ¡Quién sabe los que serán!… Pero no le hace que sean muchos. Los más han de ser de leva, y todo es que uno haga por voltearse y dejan a los jefes solos. A mi hermano le tocó la leva condenada y aquí lo train. Yo me voy con ustedes, le hago una señal y verán cómo todos se vienen de este lado. Y acabamos nomás con los puros oficiales. Si el siñor quisiera darme una armita…

—Rifle no queda, hermano; pero esto de algo te ha de servir —dijo Anastasio Montañés tendiéndole al hombre dos granadas de mano.

El jefe de los federales era un joven de pelo rubio y bigotes retorcidos, muy presuntuoso. Mientras no supo a ciencia cierta el número de los asaltantes, se había mantenido callado y prudente en extremo; pero ahora

que los acababan de rechazar con tal éxito que no les habían dado tiempo para contestar un tiro siquiera, hacía gala de valor y temeridad inauditos. Cuando todos los soldados apenas se atrevían a asomar sus cabezas detrás de los pretiles del pórtico, él, a la pálida claridad del amanecer, destacaba airosamente su esbelta silueta y su capa dragona, que el aire hinchaba de vez en vez.

—¡Ah, me acuerdo del cuartelazo!…

Como su vida militar se reducía a la aventura en que se vio envuelto como alumno de la Escuela de Aspi­rantes al verificarse la traición al presidente Madero, siempre que un motivo propicio se presentaba, traía a colación la hazaña de la Ciudadela.

—Teniente Campos —ordenó enfático—, baje us­ted con diez hombres a chicotearme a esos bandidos que se esconden… ¡Canallas!… ¡Sólo son bravos para comer vacas y robar gallinas!

En la puertecilla del caracol apareció un paisano. Llevaba el aviso de que los asaltantes estaban en un corral, donde era facilísimo cogerlos inmediatamente.

Eso informaban los vecinos prominentes del pueblo, apostados en las azoteas y listos para no dejar escapar al enemigo.

—Yo mismo voy a acabar con ellos —dijo con impe­i tuosidad el oficial. Pero pronto cambió de opinión. De la puerta misma del caracol retrocedió:

—Es posible que esperen refuerzos, y no será pru­dente que yo desampare mi puesto. Teniente Campos, va usted y me los coge vivos a todos, para fusilarlos hoy mismo al mediodía, a la hora que la gente esté saliendo de la misa mayor. ¡Ya verán los bandidos qué ejempla­res sé poner!… Pero si no es posible, teniente Campos,

acabe con todos. No me deje uno solo vivo. ¿Me ha entendido?

Y, satisfecho, comenzó a dar vueltas, meditando la redacción del parte oficial que rendiría: “Señor minis­tro de la Guerra, general don Aureliano Blanquet.—México.—Hónrome, mi general, en poner en el supe­rior conocimiento de usted que en la madrugada del día… una partida de quinientos hombres al mando del cabecilla H… osó atacar esta plaza. Con la violen­cia que el caso demandaba, me fortifiqué en las alturas de la población. El ataque comenzó al amanecer, du­rando más de dos horas un nutrido fuego. No obstante la superioridad numérica del enemigo, logré castigarlo severamente, infligiéndole completa derrota. El nú­mero de muertos fue el de veinte y mayor el de heri­dos, a juzgar por las huellas de sangre que dejaron en su precipitada fuga. En nuestras filas tuvimos la fortu­na de no contar una sola baja.—Me honro en felicitar a usted, señor ministro, por el triunfo de las armas del gobierno. ¡Viva el señor general don Victoriano Huer­ta! ¡Viva México!”

“Y luego —siguió pensando— mi ascenso seguro a `mayor’.” Y se apretó las manos con regocijo, en el mis­mo momento en que un estallido lo dejó con los oídos zumbando.

XVII

—¿De modo es que si por este corral pudiéramos atra­vesar saldríamos derecho al callejón? —preguntó Demetrio.

—Sí; sólo que del corral sigue una casa, luego otro corral y una tienda más adelante —respondió el paisano.

Demetrio, pensativo, se rascó la cabeza. Pero su decisión fue pronta.

—¿Puedes conseguir un barretón, una pica, algo así como para agujerear la pared?

—Sí, hay de todo…; pero…

—¿Pero qué?… ¿En dónde están?

—Cabal que al están los avíos; pero todas esas casas son del patrón, y…

Demetrio, sin acabar de escucharlo, se encaminó hacia el cuarto señalado como depósito de la herra­mienta.

Todo fue obra de breves minutos.

Luego que estuvieron en el callejón, uno tras otro, arrimados a las paredes, corrieron hasta ponerse de­trás del templo.

Había que saltar primero una tapia, en seguida el muro posterior de la capilla.

“Obra de Dios”, pensó Demetrio. Y fue el primero que la escaló.

Cual monos, siguieron tras él los otros, llegando arriba con las manos estriadas de tierra y de sangre. El resto fue más fácil: escalones ahuecados en la mampos­tería les permitieron salvar con ligereza el muro de la capilla; luego la cúpula misma los ocultaba de la vista de los soldados.

—Párense tantito —dijo el paisano—; voy a ver dón­de anda mi hermano. Yo les hago la señal…, después sobre las clases, ¿eh?

Sólo que no había en aquel momento quien repara­ra ya en él.

Demetrio contempló un instante el negrear de los capotes a lo largo del pretil, en todo el frente y por los lados, en las torres apretadas de gente, tras la baranda de hierro.

Se sonrió con satisfacción, y volviendo la cara a los suyos, exclamó:

¡Horal…

Veinte bombas estallaron a un tiempo en medio de los federales, que, llenos de espanto, se irguieron con los ojos desmesuradamente abiertos. Mas antes de que pudieran darse cuenta cabal del trance, otras veinte bom­bas reventaban con fragor, dejando un reguero de muer­tos y heridos.

—¡Tovía no!… ¡Tovía no!… Tovía no veo a mi her­mano… —imploraba angustiado el paisano.

En vano un viejo sargento increpa a los soldados y los injuria, con la esperanza de una reorganización sal­vadora. Aquello no es más que una correría de ratas dentro de la trampa. Unos van a tomar la puertecilla de la escalera y allí caen acribillados a tiros por De­metrio; otros se echan a los pies de aquella veintena de espectros de cabeza y pechos oscuros como de hierro, de largos calzones blancos desgarrados, que les bajan hasta los guaraches. En el campanario algunos luchan por salir, de entre los muertos que han caído sobre ellos.

¡Mi jefe! —exclama Luis Cervantes alarmadísi­mo—. ¡Se acabaron las bombas y los rifles están en el corral! ¡Qué barbaridad!…

Demetrio sonríe, saca un puñal de larga hoja relu­ciente. Instantáneamente brillan los aceros en las ma­nos de sus veinte soldados; unos largos y puntiagudos,

otros anchos como la palma de la mano, y muchos pe­sados como marrazos.

—¡El espía! —clama en son de triunfo Luis Cer­vantes—. ¡No se los dije!

¡No me mates, padrecito! —implora el viejo sar­gento a los pies de Demetrio, que tiene su mano armada en alto.

El viejo levanta su cara indígena llena de arrugas y sin una cana. Demetrio reconoce al que la víspera los engañó.

En un gesto de pavor, Luis Cervantes vuelve bruscamente el rostro. La lámina de acero tropieza con las costillas, que hacen crac, crac, y el viejo cae de espaldas con los brazos abiertos y los ojos espantados.

¡A mi hermano, no!… ¡No lo maten, es mi her­mano! —grita loco de terror el paisano que ve a Pan­cracio arrojarse sobre un federal.

Es tarde. Pancracio, de un tajo, le ha rebanado el cuello, y como de una fuente borbotan dos chorros escarlata.

¡Mueran los juanes!… ¡Mueran los mochos!…

Se distinguen en la carnicería Pancracio y el Mante­ca, rematando a los heridos. Montañés deja caer su mano, rendido ya; en su semblante persiste su mirada dulzona, en su impasible rostro brillan la ingenuidad del niño y la amoralidad del chacal.

—Acá queda uno vivo —grita la Codorniz.

Pancracio corre hacia él. Es el capitancito rubio de bigote borgoñón, blanco como la cera, que, arrimado a un rincón cerca de la entrada al caracol, se ha dete­nido por falta de fuerzas para descender.

Pancracio lo lleva a empellones al pretil. Un rodilla

zo en las caderas y algo como un saco de piedras que cae de veinte metros de altura sobre el atrio de la iglesia.

—¡Qué bruto eres! —exclama la Codorniz—, si la malicio, no te digo nada. ¡Tan buenos zapatos que le iba yo a avanzar!

Los hombres, inclinados ahora, se dedican a desnu­dar a los que traen mejores ropas. Y con los despojos se visten, y bromean y ríen muy divertidos.

Demetrio, echando a un lado los largos mechones que le han caído sobre la frente, cubriéndole los ojos, empapados en sudor, dice:

¡Ahora a los curros!

XVIII

Demetrio llegó con cien hombres a Fresnillo el mismo día que Pánfilo Natera iniciaba el avance de sus fuerzas sobre la plaza de Zacatecas.

El jefe zacatecano lo acogió cordialmente.

—¡Ya sé quién es usted y qué gente trae! ¡Ya tengo noticia de la cuereada que han dado a los federales desde Tepic hasta Durango!

Natera estrechó efusivamente la mano de Macías, en tanto que Luis Cervantes peroraba:

—Con hombres como mi general Natera y mi coro­nel Macías, nuestra patria se verá llena de gloria.

Demetrio entendió la intención de aquellas pala­bras cuando oyó repetidas veces a Natera llamarle “mi coronel”.

Hubo vino y cervezas. Demetrio chocó muchas veces su vaso con el de Natera. Luis Cervantes brindó “por el triunfo de nuestra causa, que es el triunfo sublime

de la justicia; porque pronto veamos realizados los ideales de redención de este nuestro pueblo sufrido y noble, y sean ahora los mismos hombres que han rega­do con su propia sangre la tierra los que cosechen los frutos que legítimamente les pertenecen”.

Natera volvió un instante su cara adusta hacia el parlanchín, y dándole luego la espalda, se puso a plati­car con Demetrio.

Poco a poco, uno de los oficiales de Natera se había acercado fijándose con insistencia en Luis Cervantes. Era joven, de semblante abierto y cordial.

¿Luis Cervantes?…

¿El señor Solís?

Desde que entraron ustedes creí conocerlo… Y, ¡vamos!, ahora lo veo y aún me parece mentira.

Y no lo es…

—¿De modo que…? Pero vamos a tomar una copa; venga usted…

¡Bah! —prosiguió Solís ofreciendo asiento a Luis Cervantes—. ¿Pues desde cuándo se ha vuelto usted re­volucionario?

Dos meses corridos.

¡Ah, con razón habla todavía con ese entusiasmo y esa fe con que todos venimos aquí al principio!

- ¿Usted los ha perdido ya?

—Mire, compañero, no le extrañen confidencias de buenas a primeras. Da tanta gana de hablar con gente de sentido común, por acá, que cuando uno suele en­contrarla se le quiere con esa misma ansiedad con que se quiere un jarro de agua fría después de caminar con la boca seca horas y más horas bajo los rayos del sol… Pero, francamente, necesito ante todo que usted me explique… No comprendo cómo el corresponsal de El País en tiempo de Madero, el que escribía furibun­dos artículos en El Regional, el que usaba con tanta pro­digalidad del epíteto de bandidos para nosotros, milite en nuestras propias filas ahora.

—¡La verdad de la verdad, me han convencido! —repuso enfático Cervantes.

¿Convencido?…

Solís dejó escapar un suspiro; llenó los vasos y be­bieron.

—¿Se ha cansado, pues, de la revolución? —pregun­tó Luis Cervantes esquivo.

¿Cansado?… Tengo veinticinco años y, usted lo ve, me sobra salud… ¿Desilusionado? Puede ser.

Debe tener sus razones…

“Yo pensé una florida pradera al remate de un camino… Y me encontré un pantano.” Amigo mío: hay hechos y hay hombres que no son sino pura hiel… Y esa hiel va cayendo gota a gota en el alma, y todo lo amarga, todo lo envenena. Entusiasmo, esperanzas, ideales, alegrías…, ¡nada! Luego no le queda más: o se convierte usted en un bandido igual a ellos, o desapa­rece de la escena, escondiéndose tras las murallas de un egoísmo impenetrable y feroz.

A Luis Cervantes le torturaba la conversación; era para él un sacrificio oír frases tan fuera de lugar y tiem­po. Para eximirse, pues, de tomar parte activa en ella, invitó a Solís a que menudamente refiriera los hechos que le habían conducido a tal estado de desencanto.

¿Hechos?… Insignificancias, naderías: gestos inadvertidos para los más; la vida instantánea de una lí­nea que se contrae, de unos ojos que brillan, de unos labios que se pliegan; el significado fugaz de una fiase que se pierde. Pero hechos, gestos y expresiones que, agrupados en su lógica y natural expresión, constitu­yen e integran una mueca pavorosa y grotesca a la vez de una raza… ¡De una raza irredental… —Apuró un nuevo vaso de vino, hizo una larga pausa y prosiguió—: Me preguntará que por qué sigo entonces en la revolu­ción. La revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval…

Interrumpió a Solís la presencia de Demetrio Ma­cías, que se acercó.

Nos vamos, curro…

Alberto Solís, con fácil palabra y acento de sinceri­dad profunda, lo felicitó efusivamente por sus hechos de armas, por sus aventuras, que lo habían hecho fa­moso, siendo conocidas hasta por los mismos hombres de la poderosa División del Norte.

Y Demetrio, encantado, oía el relato de sus hazañas, compuestas y aderezadas de tal suerte, que él mismo no las conociera. Por lo demás, aquello tan bien sona­ba a sus oídos, que acabó por contarlas más tarde en el mismo tono y aun por creer que así habíanse realizado.

¡Qué hombre tan simpático es el general Natera! —observó Luis Cervantes cuando regresaba al me­són—. En cambio, el capitancillo Solís… ¡qué latal…

Demetrio Macías, sin escucharlo, muy contento, le oprimió un brazo y le dijo en voz baja:

—Ya soy coronel de veras, curro… Y usted, mi secre­tario…

Los hombres de Macías también hicieron muchas amistades nuevas esa noche, y “por el gusto de habernos conocido”, se bebió harto mezcal y aguardiente. Como no todo el mundo congenia y a veces el alcohol es mal consejero, naturalmente hubo sus diferencias; pero todo se arregló en buena forma y fuera de la cantina, de la fonda o del lupanar, sin molestar a los amigos.

A la mañana siguiente amanecieron algunos muer­tos: una vieja prostituta con un balazo en el ombligo y dos reclutas del coronel Macías con el cráneo aguje­reado. Anastasio Montañés le dio cuenta a su jefe, y éste, alzando los hombros, dijo:

¡Psch!… Pos que los entierren…

XIX

—Allí vienen ya los gorrudos —clamaron con azoro los vecinos de Fresnillo cuando supieron que el asalto de los revolucionarios a la plaza de Zacatecas había sido un fracaso.

Volvía la turba desenfrenada de hombres requema. dos, mugrientos y casi desnudos, cubierta la cabeza con sombreros de palma de alta copa cónica y de inmensa falda que les ocultaba medio rostro.

Les llamaban los gorrudos. Y los gorrudos regresa­ban tan alegremente como habían marchado días an­tes a los combates, saqueando cada pueblo, cada ha­cienda, cada ranchería y hasta el jacal más miserable que encontraban a su paso.

¿Quién me merca esta maquinaria? —pregonaba uno, enrojecido y fatigado de llevar la carga de su “avance”.

Era una máquina de escribir nueva, que a todos atrajo con los deslumbrantes reflejos del niquelado.

La “Oliver”, en una sola mañana, había tenido cinco propietarios, comenzando por valer diez pesos, depreciándose uno o dos a cada cambio de dueño. La verdad era que pesaba demasiado y nadie podía soportarla más de media hora.

Doy peseta por ella —ofreció la Codorniz.

Es tuya —respondió el dueño dándosela prontamente y con temores ostensibles de que aquél se arrepintiera.

La Codorniz, por veinticinco centavos, tuvo el gusto de tomarla en sus manos y de arrojarla luego contra las piedras, donde se rompió ruidosamente.

Fue como una señal: todos los que llevaban objetos pesados o molestos comenzaran a deshacerse de ellos, estrellándolos contra las rocas. Volaron los aparatos de cristal y porcelana; gruesos espejos, candelabros de latón, finas estatuillas, tibores y todo lo redundante del “avance” de la jornada quedó hecho añicos por el camino.

Demetrio, que no participaba de aquella alegría, ajena del todo al resultado de las operaciones militares, llamó aparte a Montañés y a Pancracio y les dijo:

—A éstos les falta nervio. No es tan trabajoso tomar una plaza. Miren, primero se abre uno así…, luego se va juntando, se va juntando…, hasta que ¡zas!… ¡Y ya!

Y, en un gesto amplio, abría sus brazos nervudos y fuertes; luego los aproximaba poco a poco, acompa­ñando el gesto a la palabra, hasta estrecharlos contra su pecho.

Anastasio y Pancracio encontraban tan sencilla y tan clara la explicación, que contestaron convencidos:

¡Esa es la mera verdá!… ¡A éstos les falta ñervo!…

La gente de Demetrio se alojó en un corral.

—¿Se acuerda de Camila, compadre Anastasio? —exclamó suspirando Demetrio, tirado boca arriba en el estiércol, donde todos, acostados ya, bostezaban de sueño.

¿Quién es esa Camila, compadre?

La que me hacía de comer allá, en el ranchito… Anastasio hizo un gesto que quería decir: “Esas co­sas de mujeres no me interesan a mí”.

No se me olvida —prosiguió Demetrio hablando y con el cigarro en la boca—. Iba yo muy retemalo. Acababa de beberme un jarro de agua azul muy fres­quecita. “¿No quere más?”, me preguntó la prietilla… Bueno, pos me quedé rendido del calenturón, y too fue estar viendo una jícara de agua azul y oír la voce­cita: “¿No quere más?”… Pero una voz, compadre, que me sonaba en las orejas como organillo de plata… Pancracio, tú ¿qué dices? ¿Nos vamos al ranchito?

Mire, compadre Demetrio, ¿a que no me lo cree? Yo tengo mucha experiencia en eso de las viejas… ¡Las mujeres!… Pa un rato… ¡Y mi’ qué rato!… ¡Pa las le­pras y rasguños con que me han marcao el pellejo! ¡Mal ajo pa ellas! Son el enemigo malo. De veras, compadre, ¿voy que no me lo cree?… Por eso verá que ni… Pero yo tengo mucha experiencia en eso.

¿Qué día vamos al ranchito, Pancracio? —insistió Demetrio, echando una bocanada de humo gris.

Usté nomás dice… Ya sabe que allí dejé a mi amor…

—Tuyo… y no —pronunció la Codorniz amodo­rrado.

Tuya… y mía también. Güeno es que seas compadecido y nos la vayas a trair de veras —rumoreó el Manteca.

Hombre, sí, Pancracio; traite a la tuerta María Antonia, que por acá hace mucho frío —gritó a lo le­jos el Meco.

Y muchos prorrumpieron en carcajadas, mientras el Manteca y Pancracio iniciaban su torneo de insolencias y obscenidades.

XX

—¡Que viene Villa!

La noticia se propagó con la velocidad del relámpago.

—¡Ah, Villal… La palabra mágica. El gran hombre que se esboza; el guerrero invicto que ejerce a distan­cia ya su gran fascinación de boa.

¡Nuestro Napoleón mexicano! —exclama Luis Cervantes.

Sí, “el Aguila azteca, que ha clavado su pico de ace­ro sobre la cabeza de la víbora Victoriano Huerta”… Así dije en un discurso en Ciudad Juárez —habló en tono un tanto irónico Alberto Solís, el ayudante de Natera.

Los dos, sentados en el mostrador de una cantina, apuraban sendos vasos de cerveza.

Y los gorrudos de bufandas al cuello, de gruesos zapatones de vaqueta y encallecidas manos de vaquero, comiendo y bebiendo sin cesar, sólo hablaban de Villa y sus tropas.

Los de Natera hacían abrir tamaña boca de admira­ción a los de Macías.

¡Oh, Villal… ¡Los combates de Ciudad Juárez, Tierra Blanca, Chihuahua, Torreón!

Pero los hechos vistos y vividos no valían nada. Ha­bía que oír la narración de sus proezas portentosas, donde, a renglón seguido de un acto de sorprendente magnanimidad, venía la hazaña más bestial. Villa es el indomable señor de la sierra, la eterna víctima de to­dos los gobiernos, que lo persiguen como una fiera; Villa es la reencarnación de la vieja leyenda: el bandi­do providencia, que pasa por el mundo con la antorcha luminosa de un ideal: ¡robar a los ricos para hacer ri­cos a los pobres! Ylos pobres le forjan una leyenda que el tiempo se encargará de embellecer para que viva de generación en generación.

Pero sí sé decirle, amigo Montañés —dijo uno de los de Natera—, que si usted le cae bien a mi general Villa, le regala una hacienda; pero si le choca…, ¡nomás lo manda fusilar!…

¡Ah, las tropas de Villa! Puros hombres norteños, muy bien puestos, de sombrero tejano, traje de kaki nuevecito y calzado de los Estados Unidos de a cuatro dólares.

Y cuando esto decían los hombres de Natera, se mi­raban entre sí desconsolados, dándose cuenta cabal de sus sombrerazos de soyate podridos por el sol y la hu­medad y de las garras de calzones y camisas que medio cubrían sus cuerpos sucios y empiojados.

Porque ahí no hay hambre… Traen sus carros apretados de bueyes, carneros, vacas. Furgones de ropa; trenes enteros de parque y armamentos, y comestibles para que reviente el que quiera.

Luego se hablaba de los aeroplanos de Villa.

¡Ah, los airoplanos! Abajo, así de cerquita, no sabe usted qué son; parecen canoas, parecen chalupas; pero

que comienzan a subir, amigo, y es un ruidazo que lo aturde. Luego algo como un automóvil que va muy re­cio. Y haga usté de cuenta un pájaro grande, muy grande, que parece de repente que ni se bulle siquiera. Y aquí va lo mero bueno: adentro de ese pájaro, un grin­go lleva miles de granadas. ¡Afigúrese lo que será eso! Llega la hora de pelear, y como quien les riega maíz a las gallinas, allí van puños y puños de plomo pa’1 enemigo… Y aquello se vuelve un camposanto: muertos por aquí, muertos por allí, y ¡muertos por todas partes!

Y como Anastasio Montañés preguntara a su inter­locutor si la gente de Natera había peleado ya junto con la de Villa, se vino a cuenta de que todo lo que con tanto entusiasmo estaban platicando sólo de oídas lo sabían, pues que nadie de ellos le había visto jamás la cara a Villa.

¡Hum…, pos se me hace que de hombre a hom­bre todos semos iguales!… Lo que es pa mí naiden es más hombre que otro. Pa peliar, lo que uno necesita es nomás tantita vergüenza. ¡Yo, qué soldado ni qué nada había de ser! Pero, oiga, al donde me mira tan desgarrao… ¿Voy que no me lo cree? Pero, de veras, yo no tengo necesidá…

¡Tengo mis diez yuntas de bueyes!… ¿A que no me lo cree? —dijo la Codorniz a espaldas de Anastasio, remedándolo y dando grandes risotadas.

XXI

El atronar de la fusilería aminoró y fue alejándose. Luis Cervantes se animó a sacar la cabeza de su escondrijo,

en medio de los escombros de unas fortificaciones, en lo más alto del cerro.

Apenas se daba cuenta de cómo había llegado hasta allí. No supo cuándo desaparecieron Demetrio y sus hombres de su lacto. Se encontró solo de pronto, y lue­go, arrebatado por una avalancha de infantería, lo derri­baron de la montura, y cuando, todo pisoteado, se en­derezó, uno de a caballo lo puso a grupas. Pero, a poco, caballo y montados dieron en tierra, y él sin saber de su fusil, ni del revólver, ni de nada, se encontró en medio de la blanca humareda y del silbar de los proyec­tiles. Y aquel hoyanco y aquellos pedazos de adobes amontonados se le habían ofrecido como abrigo segu­rísimo.

¡Compañero!…

¡Compañero!…

Me tiró el caballo; se me echaron encima; me han creído muerto y me despojaron de mis armas… ¿Qué podía yo hacer? —explicó apenado Luis Cervantes.

A mí nadie me tiró… Estoy aquí por precau­ción…, ¿sabe?…

El tono festivo de Alberto Solís ruborizó a Luis Cer­vantes.

¡Caramba! —exclamó aquél—. ¡Qué machito es su jefe! ¡Qué temeridad y qué serenidad! No sólo a mí, sino a muchos bien quemados nos dejó con tamaña boca abierta.

Luis Cervantes, confuso, no sabía qué decir.

¡Ah! ¿No estaba usted allí? ¡Bravo! ¡Buscó lugar seguro a muy buena horal… Mire, compañero; venga para explicarle. Vamos allí, detrás de aquel picacho. Note que de aquella laderita, al pie del cerro, no hay más vía accesible que lo que tenemos delante; a la de­recha la vertiente está cortada a plomo y toda manio­bra es imposible por ese lado; punto menos por la izquierda: el ascenso es tan peligroso, que dar un solo paso en falso es rodar y hacerse añicos por las vivas aristas de las rocas. Pues bien; una parte de la brigada Moya nos tendimos en la ladera, pecho a tierra, resuel­tos a avanzar sobre la primera trinchera de los fede­rales. Los proyectiles pasaban zumbando sobre nuestras cabezas; el combate era ya general; hubo un momento en que dejaron de foguearnos. Nos supusimos que se les atacaba vigorosamente por la espalda. Entonces nosotros nos arrojamos sobre la trinchera. ¡Ah, compa­ñero, fíjese!… De media ladera abajo es un verdadero tapiz de cadáveres. Las ametralladoras lo hicieron todo; nos barrieron materialmente; unos cuantos pudimos escapar. Los generales estaban lívidos y vacilaban en ordenar una nueva carga con el refuerzo inmediato que nos vino. Entonces fue cuando Demetrio Macías, sin esperar ni pedir órdenes a nadie, gritó:

—¡Arriba, muchachos!…

—¡Qué bárbaro! —clamé asombrado.

“Los jefes, sorprendidos, no chistaron. El caballo de Macías, cual si en vez de pesuñas hubiese tenido garras de águila, trepó sobre estos peñascos. ‘¡Arriba, arriba!’, gritaron sus hombres, siguiendo tras él, como venados, sobre las rocas, hombres y bestias hechos uno. Sólo un muchacho perdió pisada y rodó al abismo; los demás aparecieron en brevísimos instantes en la cumbre, derri­bando trincheras y acuchillando soldados. Demetrio lazaba las ametralladoras, tirando de ellas cual si fue­sen toros bravos. Aquello no podía durar. La desigual

dad numérica los habría aniquilado en menos tiempo del que gastaron en llegar allí. Pero nosotros nos apro­vechamos del momentáneo desconcierto, y con rapidez vertiginosa nos echamos sobre las posiciones y los arro­jamos de ellas con la mayor facilidad. ¡Ah, qué bonito soldado es su jefe!”

De lo alto del cerro se veía un costado de la Bufa, con su crestón, como testa empenachada de altivo rey azte­ca. La vertiente, de seiscientos metros, estaba cubierta de muertos, con los cabellos enmarañados, manchadas las ropas de tierra y de sangre, y en aquel hacinamiento de cadáveres calientes, mujeres haraposas iban y ve­nían como famélicos coyotes esculcando y despojando.

En medio de la humareda blanca de la fusilería y los negros borbotones de los edificios incendiados, refulgían al claro sol casas de grandes puertas y múltiples ventanas, todas cerradas; calles en amontonamiento, sobrepuestas y revueltas en vericuetos pintorescos, tre­pando a los cerros circunvecinos. Y sobre el caserío ri­sueño se alzaba una alquería de esbeltas columnas y las torres y cúpulas de las iglesias.

—¡Qué hermosa es la revolución, aun en su misma barbarie! —pronunció Solís conmovido. Luego, en voz baja y con vaga melancolía:

—Lástima que lo que falta no sea igual. Hay que es­perar un poco. A que no haya combatientes, a que no se oigan más disparos que los de las turbas entregadas a las delicias del saqueo; a que resplandezca diáfana, como una gota de agua, la psicología de nuestra raza, conden­sada en dos palabras: ¡robar, matar!… ¡Qué chasco, amigo mío, si los que venimos a ofrecer todo nuestro entusiasmo, nuestra misma vida por derribar a un miserable asesino, resultásemos los obreros de un enorme pedestal donde pudieran levantarse cien o doscientos mil monstruos de la misma especie!… ¡Pueblo sin ideales, pueblo de tiranos!… ¡Lástima de sangre!

Muchos federales fugitivos subían huyendo de soldados de grandes sombreros de palma y anchos calzones blancos.

Pasó silbando una bala.

Alberto Solís, que, cruzados los brazas, permanecía absorto después de sus últimas palabras, tuvo un sobresalto repentino y dijo:

—Compañero, maldito lo que me simpatizan estos mosquitos zumbadores. ¿Quiere que nos alejemos un poco de aquí?

Fue la sonrisa de Luis Cervantes tan despectiva, que Solís, amoscado, se sentó tranquilamente en una peña.

Su sonrisa volvió a vagar siguiendo las espirales de humo de los rifles y la polvareda de cada casa derribada y cada techo que se hundía. Y creyó haber descubierto un símbolo de la revolución en aquellas nubes de hu­mo y en aquellas nubes de polvo que fraternalmente ascendían, se abrazaban, se confundían y se borraban en la nada.

—¡Ah —clamó de pronto—, ahora sí!…

Y su mano tendida señaló la estación de los ferrocarriles. Los trenes resoplando furiosos, arrojando espesas columnas de humo, los carros colmados de gente que escapaba a todo vapor.

Sintió un golpecito seco en el vientre, y como si las piernas se le hubiesen vuelto de trapo, resbaló de la pie­dra. Luego le zumbaron los oídos… Después, oscuridad y silencio eternos…

París es una Fiesta – Ernest Heminway

octubre 2, 2007 Deja un comentario

Titulo original:

A MOVEABLE FEAST

 

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.

De una carta de Ernest Hemingway a un amigo (1950).

 

NOTA

Ernest empezó a escribir este libro en Cuba en el otoño de 1957, lo trabajó en Ketchum (Idaho) en el invierno de 1958-59, se lo llevó a España en nuestro viaje de 1959, y siguió con el libro de vuelta a Cuba y luego a Ketchum, a fines de otoño. Lo terminó en la primavera de 1960 en Cuba, después de una interrupción para escribir otro libro, El verano peligroso, que trataba de la violenta rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín por las plazas de toros españolas en 1959. Retocó el libro en el otoño de 1960 en Ketchum. El libro trata de los años que van de 1921 a 1926, en París.

Mary Hemingway

 

PREFACIO

Por razones que al autor le bastan, a muchos lugares, personas, observaciones e impresiones no se les ha dado cabida en este libro. Hay secretos, y hay cosas que todo el mundo sabe y de que todo el mundo ha escrito y sin duda volverá a escribir.

No se encontrará mención del Stade Anastasie, donde los boxeadores servían de camareros a las mesas entre árboles, y el ring estaba en el jardín. Ni de los entrenamientos con Larry Gains, ni de los grandes combates a veinte asaltos en el Cirque d’Hiver. Ni de buenos amigos como fueron Charlie Sweeney, Bill Bird y Mike Strater, ni de André Masson ni de Miró. No se dice palabra de nuestros viajes a la Selva Negra, ni de las exploraciones de un día por los bosques que tanto nos gustaban, alrededor de París. Sería estupendo que todo hubiera cabido en el libro, pero por ahora nos quedamos con las ganas.

Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz. sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.

ERNEST HEMINGWAY

 

San Francisco de Paula, Cuba, 1960.

I

UN BUEN CAFÉ EN LA PLACE SAINT-MICHEL

 

Para colmo, el mal tiempo. Se nos echaba encima en un solo día, al acabarse el otoño. Teníamos que cerrar las ventanas de noche por la lluvia, y el viento frío arrancaba las hojas a los árboles de la place Contrescarpe. Las hojas se pudrían de lluvia por el suelo, y el viento arrojaba lluvias al gran autobús verde en la parada de término, y el Café des Amateurs se llenaba y el calor y el humo de dentro empañaban los cristales. Era un café tristón y mala sombra, y allí se agolpaban los borrachos del barrio y yo me guardaba de entrar porque olía a cuerpo sucio y la borrachera olía a acre. Los hombres y mujeres que frecuentaban el Amateurs andaban bebidos casi siempre, o sea siempre que el dinero les alcanzaba; generalmente pedían vino, litros o medios litros. Había anuncios de aperitivos con nombres raros, pero casi nadie era bastante rico, o en todo caso echaban un cimiento de aperitivo para luego edificar su trompa de vino. A las borrachas las llamaban poivrottes, que quiere decir alcohólico, pero en mujer.

El Café des Amateurs era la sentina de la rué Mouffetard, aquel encanto de callejuela con tiendas y puestos de mercado que iba a la place Contrescarpe. En las viejas casas de vecindad, los retretes en cuclillas, uno en cada piso dando a la escalera, con las dos eminencias en forma de zapato a cada lado del agujero, de cemento y con una cuadrícula para que el locataire no resbalara, se vaciaban en sentinas a las que vaciaban de noche con una bomba y volcaban en la cuba de un carro de caballos. En verano, con todas las ventanas abiertas, oíamos la bomba y el olor era fuerte. Los carros con las cubas iban pintados en marrón y azafran, y rué Cardinal-Lemoine arriba, a la luz de la luna, los cilindros con ruedas tras sus caballos parecían cuadros de Braque. Pero nadie vaciaba el Café des Amateurs, y el amarillo aviso en la pared que daba los horarios y las penas de ordenanza para la embriaguez pública se veía cagado de moscas y desdeñado en la medida misma en que los clientes eran permanentes y malolientes.

Toda la tristeza de la ciudad se nos echó encima de pronto con las primeras lluvias frías de invierno, y al pasear no se les veía remate a los caserones blancos, sólo el negro húmedo de la calle y las puertas cerradas de los tenduchos, los herbolarios, las tiendas de papelería y periódicos, la comadrona (de segunda clase), y el hotel donde Verlaine murió y yo tenía alquilado un cuarto en el último piso y allí trabajaba.

Calculé que eran seis u ocho tramos hasta el último piso y que hacía mucho frío, y me sabía cuánto valían unas cuantas ramitas de pino, más tres haces de teas atadas con alambre y largas como medio lápiz, y cuando el fuego de las ramitas prende en las teas hay que tener uno de aquellos haces de leña medio húmeda, y con menos no se enciende a la chimenea como para calentar el cuarto. De modo que pasé a la otra acera y miré al tejado aguantando lluvia, para ver si había chimeneas con humo y qué tal salía el humo. Pero no se veía ningún humo y pensé que la chimenea estaría fría y el tiro iba a ser un problema, y a lo mejor el cuarto se me llenaba de humo y desperdiciaba la leña y el dinero se me iba en nada, y eché a andar bajo la lluvia. Pasé ante el Lycée Henri-Quatre y aquella iglesia antigua de Saint-Etienne-du-Mont y por la place du Panthéon que el viento barría, y doblé a la derecha para guarecerme y al fin alcancé el lado de sotavento del boulevard Saint-Michel, y aguanté caminando más allá del Cluny en la esquina del boulevard Saint-Germain, hasta que llegué a un buen café que ya conocía, en la Place Saint-Michel.

Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche. El camarero me lo trajo, me saqué del bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir. Estaba escribiendo un cuento que pasaba allá en Michigan, y como el día era crudo y frío y resoplante, un día así hizo en mi cuento. Por entonces, ya los fines de otoño se me habían echado encima de niño y de muchacho y de joven, y, puestos a describirlos, en unos lugares salía mejor que en otros. A eso se le llama trasplantarse, pensé, y a lo mejor les conviene tanto a las personas como a otras especies cuando crecen. Pero en mi cuento los amigos bebían unas copas y me entró sed y pedí un ron Saint James. Sabía a maravilla con aquel frío y seguí escribiendo, sintiéndome muy bien y sintiendo que el buen ron de la Martinica me corría, cálido, por el cuerpo y por el espíritu.

Una chica entró en el café y se sentó sola a una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.

La miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.

El cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían rizándose en el platillo de mi copa.

Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz.

Luego otra vez a escribir, y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya lo escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la hora ni guardé noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba harto de ron Saint James sin darme cuenta de que estaba harto. Al fin el cuento quedó listo y yo cansado. Leí el último párrafo y luego levanté los ojos y busqué a la chica y se había marchado. Por lo menos que esté con un hombre que valga la pena, pensé. Pero me dio tristeza.

Cerré la libreta con el cuento dentro y me la metí en el bolsillo de la cartera, y pedí al camarero una docena de portuguesas y media jarra del blanco seco que allí servían. Al terminar un cuento me sentía siempre vaciado y a la vez triste y contento, como si hubiera hecho el amor, y aquella vez estaba seguro de que era un buen cuento, aunque para saber hasta dónde era bueno había que esperar a releerlo al día siguiente.

Comiendo las ostras con su fuerte sabor a mar y su deje metálico que el vino blanco fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el frío líquido de cada concha y perdiéndolo en el neto sabor del vino, dejé atrás la sensación de vacío y empecé a ser feliz y a hacer planes.

Ya que el mal tiempo había llegado, nos convenía cambiar un poco París por un lugar donde aquella lluvia fuera nieve cayendo entre pinos y cubriendo la carretera y las laderas empinadas, a una altura bastante para que la nieve nos crujiera al andar de vuelta a casa por la noche. Al pie de Les Avants había un chalet con una pensión estupenda, donde estaríamos juntos y con los libros y calientes en la cama juntos por la noche con las ventanas abiertas y las estrellas brillando. Era el lugar que nos convenía. Viajar en tercera no es caro. La pensión cuesta poco más de lo que gastamos en París.

Dejando el cuarto de hotel donde escribía quedaba sólo el alquiler de 74 rué Cardinal-Lemoine que era nominal. Tenía trabajo hecho para periódicos de Toronto que todavía no había cobrado. Cosas para periódicos las podía escribir en cualquier lugar y de cualquier humor, y el dinero del viaje lo teníamos.

Tal vez, lejos de París, podría escribir sobre París tal como en París era capaz de escribir sobre Michigan. Pero no me daba cuenta de que eso era prematuro, porque todavía no conocía París bastante bien. Aunque llegó un día en que fue verdad. En todo caso, la cosa entonces era marcharnos si mi mujer quería, y terminé las ostras y el vino y pagué la cuenta, y tomé el camino más corto para subir a la Montagne Sainte-Geneviève atravesando la lluvia, que por entonces, era ya un fenómeno climático local mientras que antes nos transformaba la vida, y llegué al piso en la cumbre de la loma.

—Me parece muy buen idea, Tatie —dijo mi mujer. Tenía una cara de modelado suave y los ojos y la sonrisa se le iluminaban ante cada decisión ofrecida, como si fuera un regalo de valor—. ¿Cuándo nos marchamos?

—Cuando quieras.

—Yo quiero en seguida. ¿No lo sabes ya?

—A lo mejor se pone estupendo y claro cuando volvamos. Muchas veces es una maravilla cuando se pone claro y frío.

—Sí que se pondrá de maravilla —dijo ella—. Me hace mucha ilusión. Has tenido una buena idea.

 

II

MISS STEIN DA ENSEÑANZAS

Cuando volvimos a París los días eran claros y fríos y de maravilla. La ciudad se había puesto en armonía con el invierno, vendían leña buena en la carbonería de enfrente, y muchos cafés buenos habían puesto braseros fuera, de modo que podíamos sentarnos al calor de las terrazas. Teníamos el piso caliente y alegre. En la chimenea quemábamos boulets, que eran polvo de carbón comprimido en forma de huevo, y por las calles era hermosa la luz de invierno. Ya nos habíamos acostumbrado a los árboles desnudos rayando el cielo, y paseábamos por la gravilla rociada de las sendas del Luxemburgo bajo el viento vivo y claro. Si nos conformábamos con los árboles sin hojas podíamos mirarlos como esculturas, y los vientos de invierno se veían soplar en los estanques y estaba su soplo en los surtidores a la luz límpida. Todas las distancias se nos hacían cortas, ahora que volvíamos de las sierras.

Gracias al cambio de altura, si alguna vez notaba las pendientes de las lomas era con agrado, y era un gusto subir hasta el último piso del hotel donde me encerraba a trabajar, en un cuarto con vistas a todos los tejados y chimeneas de aquel barrio en pendiente. La chimenea del cuarto tenía buen tiro y se estaba caliente y se trabajaba a gusto. Me subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel, y comía las mandarinas menudas y arrojaba mondas y escupía las pipas al fuego, y cuando tenía hambre comía también castañas tostadas. Siempre tenía hambre, de tanto andar y frío y trabajar. En el cuarto guardaba una botella de kirsch que trajimos de la montaña, y echaba un trago de kirsch cuando se acercaba el fin de un cuento o el fin de una jornada de trabajo. Cuando daba por concluido el trabajo de un día, guardaba el cuaderno o los papeles en el cajón de la mesa y si quedaban mandarinas me las metía en el bolsillo. Se hubieran helado por la noche en aquel cuarto.

Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.» De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tome la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.

En aquel cuarto aprendí también a no pensar en lo que tenía a medio escribir, desde el momento en que me interrumpía hasta que volvía a empezar al día siguiente. Así mi subconsciente haría su parte de trabajo y entretanto yo escucharía lo que se decía y me fijaría en todo, con suerte; y aprendería, con suerte, y leería para no pensar en mi trabajo y volverme impotente para rematarlo. Bajar la escalera cuando el trabajo se me daba bien, en lo cual entraba suerte tanto como disciplina, era una sensación maravillosa y luego estaba libre para pasear por todo París.

Podía elegir entre varias calles para bajar por la tarde hasta el jardín del Luxemburgo, y paseaba por el jardín y entraba en el museo del Luxemburgo, donde estaban las grandes pinturas que luego trasladaron al Louvre y al Jeu de Paume. Iba casi cada día por los Cézanne, y por ver los cuadros de Manet y Monet y los demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a nadie. Además era un secreto. Pero en cuanto me faltaba luz en el Luxemburgo, cruzaba los jardines y subía al apartamento en forma de estudio donde vivía Gertrude Stein, en el 27 de la rué de Fleurus.

Mi mujer y yo visitamos a Miss Stein, y tanto ella como la amiga con quien vivía estuvieron muy cordiales y amistosas, y nos gustó mucho aquel gran estudio con sus cuadros de primera. Era como una de las mejores salas de un museo admirable, con la diferencia de que allí había una gran chimenea y se estaba caliente y cómodo, y nos daban bien de comer y té y holandas naturales de ciruelas rojas o amarillas o de moras silvestres. Eran aguardientes aromáticos e incoloros, que traían en jarras de cristal tallado y servían en copitas minúsculas, y tanto el quetsche como la mirabelle o la framboise sabían a los frutos de que provenían, un sabor transformado en fuego discreto y reservado que al ponerlo en la lengua se soltaba y nos confortaba con su calidez.

Miss Stein era muy voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana, pero hubieran podido muy bien ser friulanas, y yo tenía la impresión de ver a una campesina del norte de Italia cuando la miraba con sus ropas y su cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante, peinado en un moño alto que seguramente no había cambiado desde que era una muchacha. Miss Stein hablaba sin parar y al principio de nuestra amistad no hablaba más que de personas y de lugares.

Su compañera tenía una voz muy agradable, era pequeña y muy morena, peinada como Juana de Arco en los dibujos de Boutet de Monvel, y de nariz muy ganchuda. Estaba haciendo un bordado cuando nuestra primera visita, y siguió con su labor mientras atendía a la comida y la bebida y daba conversación a mi mujer. Su costumbre era sostener un diálogo y escuchar otros dos e intervenir a menudo en un diálogo que no era el suyo. Más adelante me explicó que ella estaba encargada de dar conversación a las esposas. Mi mujer y yo nos dimos cuenta de que a las esposas sólo se las toleraba. Pero Miss Stein y su amiga nos eran simpáticas, aunque la amiga asustaba un poco. Los cuadros y los pasteles y los aguardientes eran de verdadera maravilla. Al parecer también a ellas les éramos simpáticos y nos trataban como si fuéramos niños muy buenos y bien educados y precoces, y tuve la impresión de que nos perdonaban el estar enamorados y casados (con el tiempo, ya nos enmendaríamos), y cuando mi mujer las invitó para el té, aceptaron.

Cuando vinieron a casa pareció que todavía nos cogían más cariño, pero tal vez fuera porque el piso era tan pequeño y nos acercaba mucho más unos a otros. Miss Stein se sentó en la cama que era un somier en el suelo y quiso ver los cuentos que tenía escritos y le gustaron salvo uno que se titulaba «Allá en el Michigan ».

—Es bueno —dijo—, eso no se discute. Pero es inaccrochable, no se puede colgar. Quiero decir que es como un pintor que pinta un cuadro y luego cuando hace una exposición no puede colgarlo en público y nadie se lo va a comprar porque tampoco pueden colgarlo en una habitación.

—¿Pero no piensa usted que tal vez no sea indecente, que uno pretende sólo emplear las palabras que los personajes emplearían en la realidad? ¿Que hacen falta esas palabras para que el cuento suene a verdadero, y no hay más remedio que emplearlas? Son necesarias.

—Es que no se trata de eso —dijo ella—. Uno no debe escribir nada que sea inaccrochable. No se saca nada con hacer eso. Es una acción mala y tonta.

Ella por su parte quería que la publicaran en el Atlantic Monthly, según me dijo, y estaba segura de conseguirlo. Dijo que yo no era bastante buen escritor para aquella revista o para el Saturday Evening Post aunque tal vez tuviera un estilo nuevo de escribir a mi manera, pero lo primero que tenía que meterme en la cabeza era no escribir cuentos que fueran inaccrochables. No se lo discutí ni intenté volver a explicar la intención de mis diálogos. Era asunto mío y me interesaba más escuchar que hablar. Aquella tarde nos enseñó también el modo de comprar cuadros.

—Uno puede comprarse vestidos o cuadros —dijo—. Eso es todo. Hay que ser riquísimo para permitirse ambas cosas a la vez. Dele poca importancia al vestir y no le dé ninguna a la moda, cómprese vestidos cómodos y que duren, y con lo ahorrado en vestir podrá comprar cuadros.

—Pero es que aunque no me compre otro traje en mi vida —dije—, nunca tendré dinero para comprar los Picassos que quisiera.

—No, claro. No está a su alcance. Usted tiene que comprar a pintores de su edad, a chicos de su quinta. Ya les conocerá. Se encontrarán por el barrio. Siempre salen nuevos pintores serios y buenos. Pero lo que importa no son los trajes que usted pueda comprarse. Se tratará siempre de su esposa. Vestir a una mujer es lo que sale caro.

Vi que mi mujer procuraba no mirar a las extrañas ropas de batalla con que Miss Stein se cubría, y que lo lograba. Las dos señoritas nos dejaron sin retirarnos su favor a lo que me pareció, y fuimos invitados a volver al 27 de la rué de Fleurus.

Algún tiempo después yo fui invitado a pasar por el estudio a cualquier hora después de las cinco, todo el invierno. Encontré a Miss Stein en el Luxemburgo. No logro recordar si estaba paseando a su perro, ni siquiera si tenía un perro entonces. Yo me estaba paseando a mí mismo, porque entonces no podíamos mantener ni perro ni gato, y mis únicos gatos conocidos eran los de los cafés o restaurantillos, o los grandes gatos que se hacían admirar en las ventanas de las porterías. Más adelante, a menudo encontré a Miss Stein con su perro en los jardines del Luxemburgo, pero me parece que por entonces todavía no lo tenía.

En todo caso, con perro o sin perro acepté su invitación, y me acostumbré a dejarme caer por el estudio, y ella me servía siempre el eau-de-vie natural, y ponía puntillo en servirme otra copa, y yo miraba los cuadros y charlábamos. Los cuadros me entusiasmaban y la charla era muy buena. Ella hacía el gasto y me hablaba de pintura moderna y de los pintores, más como personas que como pintores, y me hablaba de su propia obra. Me enseñó los muchos tomos que tenía manuscritos y que su compañera iba pasando a máquina. Dedicar cada día cierto tiempo a escribir la hacía feliz, pero a medida que la fui conociendo mejor me di cuenta de que para sostener su felicidad hacía falta que aquella producción diaria, incesante pero variable según su energía, se publicara y tuviera éxito.

La crisis no era todavía aguda cuando la conocí, gracias a que tenía publicados tres relatos perfectamente inteligibles para todo el mundo. Uno de ellos, «Melanctha», era muy bueno, y unas muestras buenas de sus experimentos de estilo se habían publicado en un volumen y las habían elogiado los críticos que eran amigos o conocidos suyos. Ella tenía tanta personalidad que cuando quería ganarse a alguien no había modo de resistirse, y muchos críticos que la visitaron y vieron sus cuadros dieron por buenos escritos suyos que no alcanzaban a comprender, simplemente porque ella les entusiasmaba como persona y porque tenían confianza en su sentido crítico. Por otra parte en cuestiones de ritmo y de emplear palabras en repetición ella había descubierto verdades válidas y valiosas, y sabía comentarlas.

Pero le repugnaba el trabajo peonero de retocar y corregir, y contra la obligación de hacerse entender se sublevó, por mucha que fuera su necesidad de que la publicaran y la aceptaran oficialmente, sobre todo en el libro increíblemente largo que tituló The Making of Americans.

El libro empezaba espléndidamente, marchaba muy bien por un largo trecho con pasajes de brillantez majestuosa, y luego se prolongaba interminablemente con repeticiones que un escritor más concienzudo y menos gandul hubiera tirado a la papelera. Llegué a conocerme la obra muy bien cuando convencí (o la verdad, tal vez obligué) a Ford Madox Ford a publicarla por entregas en The Transatlantic Review, sabiendo que duraría más que la revista. Tuve que corregir en vez de Miss Stein todas las galeradas de la revista, porque ése era trabajo que no la hacía feliz.

Todo eso se escondía todavía en años por venir, una tarde de frío en que pasé frente a la portería y crucé el viejo patio para alcanzar el calor del estudio. Aquella tarde, Miss Stein me dio enseñanza sexual. Habíamos llegado ya a querernos mucho y yo a aprender la lección de que cada cosa que yo no entendiera tenía probablemente su miga. Miss Stein pensaba que en materia sexual yo era un ser primitivo, y debo admitir que me quedaban prejuicios contra la homosexualidad ya que conocía sus aspectos más toscos. La conocía como la razón para que un muchacho tuviera que llevar un cuchillo y estar dispuesto a usarlo cuando se encontraba en compañía de vagabundos, en los días en que la palabra de «lobo» ya tenía un sentido obsceno en América, pero no designaba precisamente, como ahora, a un obseso por las mujeres. Desde mis días en Kansas City, me sabía muchos términos y frases inaccrochables, y sabía lo que ocurre en muchos lugares de aquella ciudad y de Chicago y en los barcos que cruzan los grandes lagos de la frontera. Sometido a interrogatorio por Miss Stein, probé de explicarle que cuando uno era un muchacho y andaba en compañía de hombres, uno tenía que estar dispuesto a matar un hombre, y saber cómo se hace y realmente sentirse capaz de hacerlo, si no quería verse molestado por decirlo con un término accrochable. Si uno se sentía capaz de matar, los demás se daban cuenta pronto y le dejaban a uno en paz, pero siempre había ciertas situaciones a las que uno no debía dejarse llevar ni por la fuerza ni por la trampa. Hubiera podido expresarme con mayor vividez usando un dicho inaccrochable que oí a lobos en los barcos de los lagos: «Que cosan las rajas, yo entro por los ojos.» Pero siempre cuide mi lenguaje ante Miss Stein, aunque un dicho verdadero hubiera podido aclarar o expresar mejor mi prejuicio.

—Sí, Hemingway, sí —decía ella—. Pero usted vivía en un medio de delincuentes y de pervertidos.

No me puse a discutírselo, aunque mi opinión era que yo había vivido en un mundo como los que se dan por ahí, y en el había gentes de toda clase y yo procuré entenderles, aunque a algunos no pude tomarles cariño y por algunos todavía me quedaba odio.

—¿Y qué me dice usted del viejo de modales exquisitos y apellido ilustre, que en Italia me visitaba en el hospital y me traía botellas de Marsala o de Campari y se portaba perfectamente hasta que un buen día tuve que decirle a la enfermera que nunca más le dejara entrar en mi cuarto? —pregunté.

—Ésos son enfermos que no pueden retenerse, y usted debiera compadecerles.

—¿Debo compadecer a Fulano? —pregunté, y dije el nombre, pero le da tanto gusto decirlo él mismo que me parece que no hay necesidad de que lo diga yo por él.

—No. Es un vicioso. Es un corruptor y de verdad vicioso.

—Pero dicen que es buen escritor.

—No lo es —dijo ella—. Es un charlatán que corrompe por el placer de corromper, y arrastra a los demás a otras prácticas viciosas. A las drogas, por ejemplo.

—¿Y el sujeto de Milán a quien debo compadecer no estaba acaso queriendo corromperme?

—Vaya, no diga tonterías. ¿Quién va a corromperle a usted? ¿Quién corrompe a un joven como usted, que bebe alcohol de quemar, con una botella de Marsala? No, hombre, era un viejo desgraciado que no podía gobernarse. Estaba enfermo y no podía retenerse y usted debería compadecerle.

—Ya lo compadecí —dije—. Pero me decepcionó porque sus modales exquisitos me habían impresionado.

Tomé otro sorbo del aguardiente y compadecí al viejo y miré al Picasso que era un desnudo de una chica con una cesta de flores. No era yo quien había iniciado aquella conversación, y me pareció que se ponía peligrosa. Casi nunca había ninguna pausa en una conversación con Miss Stein, pero estábamos en una pausa y ella quería decirme algo y llené mi copa.

—La verdad, Hemingway, en esta cuestión es usted un ignorante —dijo ella—. Sólo ha conocido a delincuentes convictos y a enfermos y viciosos. El punto decisivo es el que el acto que cometen los homosexuales masculinos es feo y repelente, y luego se dan asco a sí mismos. Se emborrachan y se drogan para apagar el asco, pero su acto les repugna y siempre están cambiando de partenaires y nunca logran ser verdaderamente felices.

—Ya veo.

—Entre mujeres es lo contrario. No hacen nada que les dé asco ni nada repulsivo; y luego son felices y pueden pasar juntas una vida feliz.

—Ya veo —dije—. ¿Pero qué me dice de Fulana?

—Es una viciosa —sentó Miss Stein—. Es viciosa de verdad, y claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora.

—Ya comprendo.

—¿Está seguro de que lo comprende?

Se presentaban tantas cosas que comprender en aquellos días, y me sentí aliviado cuando cambiamos de conversación. El parque estaba ya cerrado de modo que tuve que andar por la rué de Vaugirard y dar la vuelta a todo el parque. Daba una sensación de tristeza ver el parque cerrado y cercado y me ponía triste darle la vuelta en vez de atravesarle y tenía prisa por llegar a la rué Cardinal-Lemoine y meterme en casa. Y un d.ía que había empezado tan claro. Al día siguiente habría que trabajar como una bestia. El trabajo lo cura casi todo, pensaba yo entonces y lo pienso ahora. Luego caí en la cuenta de que para dar gusto a Miss Stein yo no tenía que curarme más que de ser joven y querer a mi mujer. No me sentía triste en absoluto cuando llegué a casa, y comuniqué mi reciente sabiduría a mi mujer. Por la noche nos sentimos felices con la sabiduría que ya teníamos y con otras nuevas sabidurías que habíamos adquirido en las montañas.

 

III

«UNE GÉNÉRATION PERDUE»

Nada más fácil de adquirir que e! hábito de pasar por  el 27 de la rué de Fleurus al caer la tarde, por amor a la lumbre y los cuadros magníficos y la conversación. Muchas veces yo era el único visitante, y Miss Stein estuvo siempre muy amable y por un tiempo estuvo cariñosa. Cuando yo volvía de un corto viaje a una conferencia política o al próximo Oriente o a Alemania, enviado por el periódico canadiense o por la agencia de noticias para la que trabajaba, ella me hacía contar todas las anécdotas divertidas. Siempre había incidentes chuscos que le gustaban, y le encantaban también los cuentos de un cómico macabro, lo que los alemanes llaman humor de horca. Miss Stein quería estar al tanto de la parte alegre de lo que ocurría por el mundo; nunca las partes reales, nunca las partes malas.

Yo era joven y no melancólico, y en los peores momentos ocurrían siempre cosas extravagantes y cómicas, y a Miss Stein le gustaba oírlas contar. De otras cosas yo no hablaba, pero las escribía por mi cuenta.

Cuando no había viaje reciente que contar, pero me dejaba caer por la rué de Fleurus al terminar mi trabajo, a veces procuraba que Miss Stein hablara de libros. Mientras estaba trabajando en algo mío, me resultaba necesario leer al acabar de escribir. Si uno sigue pensando en lo que escribe, pierde el hilo y al día siguiente no hay modo de continuar. Yo necesitaba hacer ejercicio, cansarme el cuerpo, y además era buena cosa hacer el amor con la persona que uno amaba. No había nada mejor que eso. Pero luego, vacío, era una necesidad leer para no pensar en el trabajo ni preocuparse hasta el momento de reemprenderlo. Por entonces ya me había adiestrado a no secar nunca el pozo de lo que escribo, y a pararme siempre cuando todavía queda algo en lo hondo del pozo, y a dejar que por la noche lo volvieran a llenar las fuentes de que se nutre.

Para no pensar en lo que estaba escribiendo, muchas veces después del trabajo leía cosas de escritores de aquel momento, tales como Aldous Huxley o D. H. Lawrence o cualquier libro nuevo que encontraba en la librería de Sylvia Beach o en un puesto de los quais.

—Huxley es un cadáver —me dijo una vez Miss Stein—. ¿Por qué va usted a leer a un cadáver? ¿No se da cuenta de que es un cadáver?

Yo no sabía entonces darme cuenta de que era un cadáver, y dije que sus libros me divertían y me distraían de pensar.

—Debería usted leer sólo lo verdaderamente bueno o lo francamente malo.

—Me he pasado todo este invierno y el otro invierno leyendo libros verdaderamente buenos y el próximo invierno lo pasaré igual, y los libros francamente malos no me gustan.

—¿A qué leer esa basura? Es basura puesta en conserva, créame, Hemingway. Obra de un cadáver.

—Me gusta estar al tanto de lo que escriben por ahí —dije—. Y me distrae de lo que yo escribo.

—¿Qué otras cosas está leyendo?

—A D. H. Lawrence —dije—. Tiene cuentos muy buenos, uno que se llama «El oficial prusiano».

—Intenté leer sus novelas. No hay modo. Es sentimental e insensato y risible. Tiene un estilo de enfermo.

Hijos y amantes y El pavo blanco me gustaron —dije—. Bueno, el segundo tal vez no tanto. Lo que no pude terminar son las Mujeres enamoradas.

—Ya que no le gusta leer lo malo, le recomendaré una cosa que le absorberá y que es una maravilla en su género. Tiene que leer a Marie Belloc Lowndes.

Nunca había oído hablar de ella, pero Miss Stein me prestó The Lodger, esa maravilla de relato basado en Jack el Destripador, y además otro libro de un crimen en un pueblo cerca de París que estoy seguro que es Enghien-les-Bains. Eran dos libros espléndidos para después del trabajo, con personajes verosímiles y con una acción y un terror que nunca suenan a hueco. Eran perfectos para leer cuando uno había pasado el día trabajando, y me leí todos los Belloc Lowndes que existían. Pero un buen día se me acabaron, y además ninguno estaba a la altura de aquellos dos primeros, y no encontré nada tan bueno para llenar los vacíos del día o de la noche hasta que salieron las primeras buenas cosechas de Simenon.

Me parece que a Miss Stein le hubiera gustado el buen Simenon (el primero que yo leí fue o L’écluse numéro 1 o La maison du canal), pero no estoy seguro porque en la época en que frecuenté a Miss Stein no le gustaba leer en francés aunque le encantaba hablarlo. Fue Janet Flanner quien me pasó los dos primeros Simenon que leí. Ella tenía afición a leer francés y había descubierto a Simenon cuando el hombre aún hacía reportajes de crímenes.

En los tres o cuatro años en que fuimos buenos amigos no logro recordar que Gertrude Stein hablara bien de ningún escritor a no ser que hubiera escrito en favor de ella o hecho algo en beneficio de su carrera, salvo en el caso de Ronald Firbank y más tarde de Scott Fitzgerald. Cuando empecé a tratarla no decía nada de Sherwood Anderson como escritor, pero hablaba con fervor de su persona y de sus grandes ojos de italiano hermosos y cálidos, y de su bondad y su encanto. A mí me importaban un bledo sus grandes ojos de italiano hermosos y cálidos, pero me gustaban mucho algunos cuentos suyos. Eran sencillos de estilo y a veces muy hermosos de estilo, y conocía muy bien a las gentes sobre las que escribía y sentía por ellas una honda cordialidad. Miss Stein no quería hablar de sus cuentos y siempre volvía a su persona.

—¿Y qué me dice de sus novelas? —le pregunté. Pero ella no quería hablar de las obras de Anderson, de la misma manera que no quería hablar de Joyce. Si alguien mencionaba dos veces a Joyce en su casa, no se le invitaba nunca más. Era como si uno está hablando con un general y le habla bien de otro general. Es un error que después de haberlo cometido una sola vez uno aprende a no repetir. Claro que a un general siempre se le puede hablar bien de otro general que ha sido derrotado por el general a quien uno habla. El general con quien uno habla hará elogios magníficos del general derrotado y luego se le caerá la baba contando con todo detalle cómo le derrotó.

Los cuentos de Anderson eran demasiado buenos para que resultara un acierto tomarlos como tema de conversación. Yo estaba dispuesto a hablar a Miss Stein de cómo me desconcertaba la maldad de las novelas de Anderson, pero sería otra metedura de pata porque significaría criticar a uno de los más leales defensores de Miss Stein. Cuando al fin él se descolgó con una novela llamada Dark laughter, tan atrozmente mala y boba y afectada que no pude contenerme y la parodié en Torrentes de Primavera, Miss Stein se enfadó de verdad. Yo había atacado a alguien que formaba parte de su escenografía. Pero antes hubo un largo período en que por esa parte no vinieron enfados. Ella misma se puso a elogiar a Anderson con prodigalidad en cuanto se vio que era un escritor acabado.

Miss Stein estaba furiosa contra Ezra Pound porque se había sentado con demasiado abandono en una silla pequeña y frágil, y sin duda incómoda y que es muy posible le ofrecieran adrede, y la torció o la rompió. El hecho de que él fuera un gran poeta y un hombre cordial y generoso, y que cabía perfectamente en una silla de tamaño normal, no se le tenía en cuenta. Las razones de su antipatía a Ezra, según ella las expone con destreza y malicia, se las inventó años más tarde.

Estábamos de vuelta del Canadá y vivíamos en la rué Notre-Dame-des-Champs y Miss Stein y yo éramos todavía buenos amigos, cuando ella lanzó el comentario ése de la generación perdida. Tuvo pegas con el contacto del viejo Ford T que entonces guiaba, y un empleado del garaje, un joven que había servido en el último año de la guerra, no puso demasiado empeño en reparar el Ford de Miss Stein, o tal vez simplemente le hizo esperar su turno después de otros vehículos. El caso es que se decidió que el joven no era sérieux, y que el patron del garaje le había reñido severamente de resultas de la queja de Miss Stein. Una cosa que el patron dijo fue: «Todos vosotros sois une génération perdue

—Eso es lo que son ustedes. Todos ustedes son eso —dijo Miss Stein—. Todos los jóvenes que sirvieron en la guerra. Son una generación perdida.

—¿De veras? —dije.

—Lo son —insistió—. No le tienen respeto a nada. Se emborrachan hasta matarse…

—¿Estaba borracho ese joven mecánico? —pregunté.

—Claro que no.

—¿Usted me ha visto alguna vez borracho?

—No. Pero sus amigos son unos borrachos.

—A veces me he emborrachado —dije—. Pero no la visito a usted cuando estoy borracho.

—Desde luego que no. No dije eso.

—El patron de ese muchacho estaba probablemente borracho a las once de la mañana —dije—. Así le salen de hermosas las frases.

—No me discuta, Hemingway —dijo Miss Stein—. No le hace ningún favor. Todos ustedes son una generación perdida, exactamente como dijo el del garaje.

Cuando, luego, puse las palabras del garajista referidas por Miss Stein como epígrafe de mi primera novela, procuré equilibrarías con una cita del Eclesiastés. Pero aquella noche, mientras caminaba de vuelta a casa, pensé en el muchacho del garaje y me pregunté si alguna vez le habrían transportado en uno de aquellos vehículos que reparaba, precisamente en un Ford T cuando los tenían convertidos en ambulancia. Me acordé de cómo se quemaban sus frenos bajando por las carreteras de montañas con toda una carga de heridos hasta que para frenar había que poner la primera y finalmente la marcha atrás, y de cómo los últimos ejemplares que quedaban fueron despeñados por una pendiente, vacíos, para que tuvieran que remplazarlos por grandes Fiat con buenos cambios en H y con frenos metálicos. Pensé en Miss Stein y en Sherwood Anderson y en lo que significan el egoísmo y la pereza mental frente a la disciplina, y me dije: ¿quién trata a quién de generación perdida? Y cuando llegué a la altura de la Closerie des Lilas y la luz daba en mi viejo amigo, la estatua del mariscal Ney blandiendo su espada con las sombras de los árboles en su bronce, y allí estaba él bien sólito y nadie seguía su avance y en menudo fregado se metió en Waterloo, pensé que todas las generaciones se pierden por algo y siempre se han perdido y siempre se perderán, y me senté en la Closerie para hacer compañía a la estatua y me tomé una cerveza muy fría antes de volver a casa, al piso de encima de la serrería. Pero mientras me estaba allí sentado frente a mi cerveza, mirando la estatua y pensando en los muchos días que Ney pasó peleando en retaguardia en la retirada de Moscú, cuando Napoleón ya había tomado la delantera en el coche con Caulaincourt, me acordé de que Miss Stein había sido una amiga buena y cariñosa y qué hermosas cosas decía de Apollinaire y contando su muerte en el día del armisticio en 1918 cuando la multitud chillaba por la calle «À bas Guillaume», y Apollinaire en su delirio creía que iba por él, y me dije, voy a hacer cuanto esté en mi mano por serle útil y para que se den cuenta de que ha escrito cosas muy buenas, y lo haré siempre que pueda con la ayuda de Dios y de Mike Ney. Pero al cuerno con sus sermones de generación perdida y con toda la porquería de etiquetas que cualquiera puede ir por ahí pegando. Cuando llegué a casa y crucé el patio y subí las escaleras y me encontré a mi mujer y a mi hijo y a F. Puss que era el gato de mi hijo, todos contentos y con un fuego en la chimenea, le dije a mi mujer:

—Sabes, Gertrude es una buena mujer, al fin y al cabo.

—Claro que lo es, Tatie.

—Pero a veces dice la mar de disparates.

—Nunca la he oído hablar —dijo mi mujer—. Yo soy una esposa. A mí me da conversación su amiga.

 

IV

SHAKESPEARE AND COMPANY

En aquellos días no había dinero para comprar libros. Yo los tomaba prestados de Shakespeare and Company, que era la biblioteca circulante y librería de Sylvia Beach, en el 12 de la rué de 1’Odéon. En una calle que el viento frío barría, era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida. Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chistes. Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella.

La primera vez que entré en la librería estaba muy intimidado y no llevaba encima bastante dinero para suscribirme a la biblioteca circulante. Ella me dijo que ya le daría el depósito cualquier día en que me fuera cómodo y me extendió una tarjeta de suscriptor y me dijo que podía llevarme los libros que quisiera.

No había razón para que ella confiara en mí. No me conocía, y la dirección que le di, en el 74 de la rué Cardinal-Lemoine, no era como para inspirar optimismo. Pero Sylvia estuvo encantadora, sonriente y cordial, y a sus espaldas, subiendo hasta el techo y entrando en la trastienda que daba al patio, se desplegaban, estante tras estante, las riquezas de la librería.

Empece por Turguéniev y me llevé los dos tomos de los Apuntes de un cazador más uno de los primeros libros de D. H. Lawrence, creo que era Hijos y amantes, y Sylvia me dijo que me llevara más libros si lo deseaba. Escogí la traducción de Constance Garnett de La guerra y la paz, y El jugador y otras narraciones, de Dostoievski.

—Tardará usted en volver si tiene que leerse todo eso —dijo Sylvia.

—Volveré a pagarle —dije—. Tengo dinero en casa.

—No, si no es por eso —dijo—. Me paga cuando le vaya bien.

—¿Cuándo viene por aquí Joyce? —pregunté.

—Si viene, acostumbra a ser a última hora de la tarde —dijo—. ¿No le conoce usted?

—De vista, en Michaud, cuando comía con su familia —dije—. Pero no le he visto bien porque no se debe mirar a la gente cuando comen, y además Michaud es caro.

—¿Come usted en casa?

—Ahora sí, la mayoría de las veces —dije—. Tenemos una buena cocinera.

—No hay ningún restaurante cerca de donde vive usted, ¿verdad?

—No. ¿Cómo lo sabe usted?

—Larbaud vivía por allí —dijo—. Le gustaba mucho el barrio salvo por eso.

—Para encontrar un restaurante bueno y barato hay que ir más allá del Panteón.

—Yo conozco poco aquel barrio. Nosotros comemos en casa. Tiene usted que venir alguna vez con su esposa.

—Antes de invitarme, espere a que le pague —dije—. Pero se lo agradezco mucho.

—No lea con prisas —dijo.

El piso de la rué Cardinal-Lemoine tenía dos habitaciones sin agua caliente y sin más dispositivo higiénico que un recipiente con antiséptico, que de todos modos no era molesto para una persona acostumbrada a las letrinas de los patios del Michigan. Con su buena vista, y con su buen colchón y somier que armaban una cama cómoda aunque baja, y cuadros que nos gustaban en las paredes, era un piso alegre y simpático. Al llegar con mis libros le conté a mi mujer mi maravilla de hallazgo.

—Pero Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde —dijo ella.

—Claro que voy a ir —dije—. Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los muelles.

—Iremos por la rué de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos los escaparates.

—Estupendo. Podemos ir a cualquier parte y nos metemos en un café nuevo donde nadie nos conozca y tomaremos una copa.

—Podemos tomar dos copas.

—Entonces también podemos cenar en alguna parte.

—Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.

—Bueno, volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de Beaune de ese de la cooperativa de enfrente que marca el precio en el escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor.

—Y vo te querré siempre a ti y tú siempre a mí.

—Siempre. Y a nadie más.

—Seremos felices toda la tarde y toda la noche. Y ahora vamos a almorzar.

—Estoy muerto de hambre —dije—. He estado trabajando en el café y no he tomado más que un cortado.

—¿Qué tal el trabajo?

—Me parece que bien. Veremos. ¿Qué hay para comer?

—Unos rábanos, y un buen foie de veau con puré de patatas y escarola. Y tarta de manzana.

—Y tendremos para leer todos los libros del mundo y cuando nos marchemos de viaje nos los podremos llevar.

—¿Hay derecho a hacer eso?

—Claro que sí.

—¿Tiene también a Henry James?

—Claro que sí.

—Hombre —dijo ella—. Qué suerte encontrar eso.

—Siempre estamos de suerte —dije, y como un necio no toqué madera. Y en un piso que tenía madera por todas partes.

 

V

GENTE DEL SENA

Se podían seguir varios caminos para bajar hasta el río desde lo alto de la rué Cardinal-Lemoine. El más corto consistía en seguir calle abajo, pero era una pendiente empinada, y después de dar en el llano y atravesar el tráfico denso al comienzo del boulevard Saint-Germain uno desembarcaba en un barrio aburrido, asomando al río por un muelle sórdido y ventoso que tenía a la derecha la Halle aux Vins. La tal Halle no era un mercado como cualquier otro de París sino una especie de almacén de puerto franco donde se guardaba vino mediante el pago de cierto impuesto, y de fuera era tan deprimente como un cuartel o un campo de concentración.

Atravesando un brazo del Sena se llegaba a la Île Saint-Louis, con sus calles estrechas y sus viejas casas altas y hermosas, pero en vez de cruzar el río uno podía doblar a la izquierda y caminar a lo largo de los muelles, viendo al otro lado toda la longitud de la Île Saint-Louis y luego la Cité con Notre-Dame.

En los puestos de libros que hay en el pretil de los muelles uno encontraba a veces libros americanos recién publicados, y los vendían muy baratos. Entonces el restaurante de la Tour d’Argent tenía encima unas cuantas habitaciones y las alquilaban ofreciendo un descuento en el restaurante, y si los inquilinos al marcharse dejaban algún libro en la habitación, el valet de chambre los vendía a un puesto cercano y la dueña del puesto los daba por muy poco dinero. No tenía ninguna confianza en los libros escritos en inglés, apenas pagaba nada por ellos, y los revendía por un beneficio mínimo, pero rápido.

—¿Son buenos? —me preguntó una vez cuando nos habíamos hecho amigos.

—A veces se encuentra uno bueno.

—¿Y cómo hay modo de distinguirlo?

—Yo los distingo leyéndolos.

—Bueno, pero es un juego de azar. ¿Y cuánta gente hay que sepa inglés?

—Guárdemelos y yo les daré una ojeada.

—No. No puedo guardarlos. Usted no pasa con regularidad. Está demasiado tiempo sin venir. Tengo que venderlos en cuanto puedo. Nadie me garantiza que tengan algún valor. Si resulta que no valen nada, me quedo sin venderlos.

—¿Y cómo distingue usted si un libro francés vale algo?

—Primero, depende de si tiene ilustraciones. Luego, según que las ilustraciones sean buenas o malas. Luego está la encuadernación. Si un libro es bueno, el que lo compra se lo hace encuadernar bien. Los libros ingleses vienen todos encuadernados, pero mal. No hay modo de formarse un juicio.

Pasado aquel puesto cerca de La Tour d’Argent, para encontrar otro que vendiera libros americanos e ingleses había que llegar al Quai des Grands-Augustins. Allí se encontraban varios, hasta más allá del Quai Voltaire, que tenían libros comprados al personal de los hoteles de la Rive Gauche, sobre todo al hotel Voltaire que tenía una clientela más rica que los otros. Un día, a otra dueña de puesto que también era amiga mía le pregunté si alguna vez los mismos propietarios iban a vender sus libros.

—Nunca —me dijo—. Los tiran. Por eso sabemos que no tienen valor.

—Es que muchas veces se los regaló algún amigo para leer en el barco.

—No lo dudo —dijo—. Y muchos deben olvidarlos en el barco.

—Sí —dije—. Y la compañía los recoge y los hace encuadernar y forman las bibliotecas de los barcos.

—Bueno, algo es algo —dijo—. Por lo menos así están bien encuadernados. Un libro bien encuadernado sí que tiene valor.

Yo paseaba por los muelles al terminar mi trabajo o cuando intentaba reflexionar y organizarme las ideas. Me resultaba más fácil reflexionar mientras andaba y hacía algo o mientras miraba a la gente hacer algún trabajo que supieran hacer bien. En el extremo de la isla de la Cité, debajo del Pont-Neuf, donde está la estatua de Henri-Quatre y la isla termina en punta afilada como una proa de barco, había un jardincillo al borde del agua con unos hermosos castaños, robustos y de copa ancha, y con las corrientes y remolinos que el Sena forma al fluir se encuentran excelentes puntos de pesca. Uno baja al jardín por una escalera, y puede observar a los pescadores que están allí mismo o debajo del gran puente. Los puntos buenos para la pesca cambian según el nivel del río, y me acuerdo de que los pescadores usaban cañas muy largas con varias secciones enchufadas, pero pescaban con hilo muy fino y anzuelo ligero, con flotadores de plumas, y exploraban con mucha pericia la parte de agua que les correspondía. Siempre pescaban algo, y a veces hacían muy buena pesca de gobios, un pescado que es una delicia en fritura, y yo era capaz de comerme sartenes enteras. Eran pescados gordos y de pulpa suave, de sabor incluso mejor que la sardina fresca, y nos los comíamos con espinas y todo.

Uno de los mejores lugares para comerlos era un restaurante al aire libre, río arriba, en Bas-Meudon, adonde íbamos cuando teníamos dinero para hacer una excursión lejos de nuestro barrio. Se llamaba Le Pêche Miraculeuse y tenían un espléndido vino blanco por el estilo del muscadet. Era un lugar salido de un cuento de Maupassant, con un panorama de río de cuadro de Sisley. Pero no había necesidad de llegar tan lejos para comer el goujon. Se comían muy buenas frituras en la Île Saint-Louis.

Yo conocía a varios pescadores de los que se ponían en los puntos buenos del Sena entre la Île Saint-Louis y la place du Vert-Galant, y a veces cuando hacia un día hermoso me compraba un litro de vino y un pan y salchichón y me sentaba al sol a leer algún libro recién comprado también, y a mirar cómo pescaban.

Los viajeros que escriben libros sobre París hablan de los pescadores del Sena como si fueran unos chalados que nunca sacan nada, pero la verdad es que se trata de una pesca seria y fructífera. La mayoría de los pescadores eran jubilados con pequeñas pensiones que entonces todavía no sabían si iban a parar en nada con la inflación, o fanáticos de la pesca que aprovechaban la primera jornada o media jornada libre. Había mejor pesca en Charenton, donde el Marne desemboca en el Sena, o río arriba o abajo de París, pero también se encontraba muy buena pesca en París mismo. Yo no pescaba porque no tenía aparejo y prefería ahorrar para irme de pesca a España. Además, entonces no sabía nunca cuándo iba a tener un día libre o cuándo tendría que salir de viaje por cuenta del periódico, y no quería enredarme en una pesca que a veces se daba bien y a veces se daba mal. Pero la observaba con atención y era interesante y provechoso conocer la técnica, y siempre me alegraba que hubiera pescadores en la ciudad, dedicados a una pesca sensata y metódica, que llevaban buenas frituras a sus casas.

Con los pescadores y toda la vida del río mismo, las hermosas gabarras con su vida a bordo, los trenes de gabarras de los que tiraba un remolcador con chimeneas que se plegaban para pasar bajo los puentes, los grandes olmos en los muelles de piedra y los plátanos y en algunos puntos los álamos, y nunca me sentía solo paseando por el río. Con tanto árbol en la ciudad, uno veía acercarse la primavera de un día a otro, hasta que después de una noche de viento cálido venía una mañana en que ya la teníamos allí. A veces, las espesas lluvias frías la echaban otra vez y parecía que nunca iba a volver, y que uno perdía una estación de la vida. Eran los únicos períodos de verdadera tristeza en París, porque eran contra naturaleza. Ya se sabía que el otoño tenía que ser triste. Cada año se le iba a uno parte de sí mismo con las hojas que caían de los árboles, a medida que las ramas se quedaban desnudas frente al viento y a la luz fría del invierno. Pero siempre pensaba uno que la primavera volvería, igual que sabía uno que fluiría otra vez el río aunque se helara. En cambio, cuando las lluvias frías persistían y mataban la primavera, era como si una persona joven muriera sin razón.

En aquellos días, de todos modos, al fin volvía siempre la primavera, pero era aterrador que por poco nos fallaba.

 

VI

UNA FALSA PRIMAVERA

Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser feliz. Si estábamos solos, ningún día podía estropeársenos, y bastaba esquivar toda cita para que cada día se abriera sin límite. Sólo la gente ponía límites a la felicidad, salvo las poquísimas personas que eran tan buenas como la misma primavera.

En las mañanas de primavera, yo me ponía a trabajar temprano, mientras mi mujer dormía todavía. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el empedrado de la calle iba secándose tras la lluvia. El sol arrancaba la humedad a las fachadas de enfrente. Las tiendas estaban todavía encerradas en sus postigos. El cabrero subía por la calle al son de su flauta, y la mujer que vivía en el piso encima del nuestro bajaba a la calle con un gran jarro. El cabrero escogía una de sus cabras negras, de ubres pesadas, y la ordeñaba en el jarro, mientras el perro arrimaba las demás cabras a la acera. Las cabras miraban a su alrededor, torciendo el cuello como turistas en un panorama nuevo. El cabrero cobraba y daba las gracias a la mujer, y subía calle arriba tocando la flauta, y el perro guiaba a las cabras que meneaban los cuernos a cabezadas. Yo volvía a concentrarme en mi trabajo, mientras la mujer subía las escaleras con su jarro de leche de cabra. Iba calzada con las zapatillas de suela de fieltro, como cuando hacía la limpieza del piso, y no se oían sus pasos, pero sí su jadeo cuando se paraba en el rellano junto a nuestra puerta, y luego la puerta de su piso al cerrarse. En todo el edificio, era la única vecina que compraba la leche de cabra.

Una mañana bajé a comprar un periódico de hípica. Incluso en el barrio más pobre se podía comprar el periódico especializado en las carreras de caballos, pero en días hermosos como aquél había que comprarlo temprano, antes de que se agotara. Lo encontré en la rué Descartes, en la esquina de la place Contrescarpe. El rebaño de cabras bajaba por la rué Descartes, y yo respiraba hondo mientras volvía de prisa a casa y a mi trabajo, resistiendo la tentación de la aurora y de seguir a las cabras calle abajo. Pero antes de ponerme a trabajar di una ojeada al periódico. Había carreras en Enghien, el pequeño y bonito y deshonesto hipódromo que frecuentábamos los no profesionales.

Aquel día, pues, cuando concluí mi trabajo, nos fuimos a las carreras. Teníamos algún dinero, recién recibido del periódico de Toronto que me empleaba, y queríamos apostar si se presentaba la ocasión de una apuesta arriesgada, por un caballo no favorito. Una vez en Auteuil, mi mujer había escogido un caballo que se llamaba Chèvre d’Or y que podía dar ciento veinte por uno, y el caballo llegó a tomar veinte largos de ventaja hasta que se cayó en el último salto, dando en el suelo con nuestros ahorros de los que hubiéramos vivido seis meses. Desde entonces, nuestro empeño era olvidar aquel salto. Fue una temporada en que Íbamos ganando en las apuestas, hasta que se nos cayó Chèvre d’Or.

—¿Tenemos bastante dinero para una apuesta seria, Tatíe? —me preguntó mi mujer.

—No. No hagamos cá!culos. Vamos a las carreras y gastemos el dinero que tengo en el bolsillo, y luego olvidémoslo. ¿Te gustaría más gastarlo de otro modo?

—Hombre —dijo ella.

—Bueno, claro. Ya me doy cuenta de que andamos apurados y de que a veces soy quisquilloso y mezquino con el dinero.

—No —dijo ella—. Pero…

Desde luego, yo no había hecho nada por darle un poco de comodidad, y tenía que reconocer que los apuros no eran cosa de broma. A la persona que trabaja y que encuentra satisfacción en su trabajo, la pobreza no le preocupa. Los que sufren son los otros. Para mí, las bañeras y las duchas y los retretes eran cosas sin valor porque cualquier necio las tiene y además nosotros las teníamos también cuando salíamos de viaje, lo cual ocurría a menudo. Para el uso ordinario, siempre había los baños públicos al cabo de la calle, junto al río. Mi mujer no se quejaba nunca por cosas así, como tampoco lloriqueaba porque Chèvre d’Or se cayera. Sí lloró, me acuerdo, pero por el caballo y no por el dinero. Yo me comporté como un estúpido cuando ella deseaba una chaqueta de piel de cordero gris, que luego me gustó mucho cuando al fin pudo comprársela. Y en muchas otras ocasiones fui un estúpido. Lo malo de la lucha contra la pobreza es que el único modo de ganarla es no gastar. Y los que menos pueden olvidar esto son los que piensan ahorrar en trajes para comprar cuadros. Claro que nosotros no nos veíamos clasificados en la categoría de los pobres. No queríamos aceptar la clasificación. Nos creíamos superiores, y en la clase de los ricos contábamos sólo a ciertas personas que despreciábamos y mirábamos con justa desconfianza. Para mí era la cosa más natural llevar chandail de boxeador para calentarme. Las cuestiones de elegancia eran memeces de ricos. Nosotros comíamos bien y barato, y bebíamos bien y barato, y juntos dormíamos bien y con calor, y nos queríamos.

—No es mala idea ir a las carreras —dijo mi mujer—. Hace tanto tiempo que no vamos. Nos llevaremos de comer y una botella de vino. Voy a hacer unos buenos sándwiches.

—Iremos en tren, que es lo más barato. Pero si lo prefieres vamos a otra parte. De todos modos, hoy lo pasaremos bien en cualquier parte. Hace un día maravilloso.

—No, lo mejor es ir a las carreras.

—Si prefieres emplear ese dinero en otra cosa…

—No —cortó con arrogancia; sus hermosos altos pómulos eran una máscara de arrogancia—. Con tanto vacilar, nos estamos dando importancia.

De modo que tomamos el tren en la Gare du Nord, atravesamos la parte más sucia y más triste de la ciudad, y anduvimos desde el apeadero hasta el oasis del hipódromo. Llegamos temprano. Nos sentamos en mi gabardina, extendida encima del césped recién cortado, y comimos y bebimos la botella de vino, mirando la vieja tribuna, las taquillas de apuestas que eran de madera pintada marrón, el verde de la pista, el verde más oscuro de las vallas, el espejeo sombrío de los fosos de agua con los muros bajos de piedra encalada y los postes y barreras también blancos, el recinto de los establos con sus árboles de hojas nuevas, y los primeros caballos que guiaban al pesaje. Terminamos el vino y estudiamos el programa de carreras que traía el periódico, y luego mi mujer se tendió en la gabardina y se durmió, con el sol en la cara. Yo di una vuelta y encontré a un conocido, uno que años atrás encontraba en el San Siro de Milán. Me recomendó dos caballos.

—Bueno, no es que sean una inversión segura —dijo—. Pero tampoco te van a salir muy caros.

Por el primer caballo apostamos la mitad del dinero que teníamos, y ganamos doce por uno: saltó con hermoso estilo, tomó el mando de la carrera corriendo por el borde exterior de la pista, y ganó por cuatro cuerpos de ventaja. Guardamos la mitad del dinero, y la otra mitad la apostamos por el segundo caballo, que arrancó muy rápido, estuvo en cabeza en todo el trecho de obstáculos, y en la recta final fue perdiendo terreno a cada salto, y las dos fustas vibraban y el favorito daba alcance a nuestro caballo, pero éste resistió y todavía cruzó en cabeza la línea de meta.

Pedimos unas copas de champaña en el bar, mientras esperábamos que anunciaran la cotización de las apuestas.

—Eso de las carreras le deja a uno agotado —dijo mi mujer—. ¿Viste cómo se le echaba encima ese otro caballo?

—Todavía me lo siento aquí en la barriga.

—¿Cuánto nos darán?

—Lo cotizaban a dieciocho por uno. Pero a lo mejor en el último momento han apostado otros.

Pasaron los caballos, y el nuestro estaba empapado y dilataba las narices para resollar, mientras el jockey le daba palmadas.

—Pobrecillo —dijo mi mujer—. A nosotros nos bastó con apostar.

Los caballos se alejaron, y bebimos otra copa de champaña, y al fin salió la cifra de nuestra ganancia: 85. Quería decir que daban ochenta y cinco francos por cada diez.

—Tienen que haber apostado una enormidad de dinero por ese caballo, a última hora —dije.

Pero el caso es que también nosotros ganábamos dinero, y era una suma grande para nosotros, y resultaba que además de la primavera había llegado el dinero. Me pareció que no podíamos desear más. Dividiendo aquel dinero en cuatro partes, podíamos repartirnos la mitad entre los dos y dejar la otra mitad para capital de carreras. Yo siempre guardaba el capital de carreras secreto y separado de todo otro capital.

Otro día del mismo año, en que llegamos de vuelta de un viaje y nos fuimos a no sé qué hipódromo y volvimos a ganar, a la vuelta nos paramos en Prunier y nos sentamos a una mesa en el bar, habiendo estudiado los precios de todas las maravillas que anunciaban en la ventana. Comimos ostras y crabe à la mexicaine, con unas copas de Sancerre. Ya de noche, atravesamos andando las Tullerías, y nos paramos a mirar el Arc du Caroussel tras la negrura de los jardines, y al fondo de toda aquella severa tiniebla se veían los faroles de la place de la Concorde y la larga hilera de luces alejándose hacia el Arco de Triunfo. Luego miramos la masa negra del Louvre, y dije:

—¿Crees que es verdad eso de que los tres arcos están en línea recta? ¿Estos dos y el Sermione de Milán?

—Yo qué sé, Tatie. Si lo dicen, ellos lo sabrán. ¿Te acuerdas de cuando nos asomamos al lado italiano del San Bernardo, y después de aquella subida por la nieve nos encontramos en plena primavera, y tú y Chink y yo caminamos todo el día de bajada hasta Aosta, y estábamos en plena primavera?

—Chink lo tituló «la expedición al San Bernardo en zapatos de calle». ¿Te acuerdas de los zapatos que llevabas?

—Pobrecillos zapatos. ¿Te acuerdas de la copa de frutas que tomamos en el caté Biffi, en la Galleria? ¿Aquel vino de Capri con melocotones y fresas silvestres, con hielo, en un jarro alto de cristal?

—Entonces se me ocurrió por primera vez que es muy raro eso de los tres arcos.

—Me acuerdo del Sermione. Se parece mucho a este arco.

—¿Te acuerdas de aquella posada en Aigle, aquel día en que tú y Chink os sentasteis en el jardín a leer, mientras yo pescaba?

—Claro que me acuerdo.

Yo recordé el Ródano, estrecho y gris y lleno de agua de nieve, que tenía a cada lado un curso de agua buena para las truchas: el Stockalper y el canal del Ródano. Aquel día, el Stockalper estaba muy límpido ya, pero el canal del Ródano seguía turbio.

—¿Te acuerdas de que los castaños estaban en flor, y de cuando yo quise contaros un chiste que a mí me parece me contó Jim Gamble, un chiste que trata de una parra, y resultó que no pude acordarme?

—Sí. Y tú y Chink no parabais de hablar sobre el modo de dar realidad a las cosas al escribir, y de captarlas con todo lo que decíais. A veces tenía razón él y a veces la tenías tú. Me acuerdo de todos los matices de luz que observabais, y de todas las calidades de la materia y de todas las formas, y de lo que discutíais.

Seguimos andando y salimos del jardín por la puerta que da al Louvre y cruzamos la calle y seguimos por el puente, y luego nos paramos para acodarnos en el pretil de piedra y mirar abajo, al río.

—Los tres discutíamos a propósito de cualquier cosa, siempre de cosas concretas, y siempre nos tomábamos el pelo unos a otros —dijo Hadley—. Me acuerdo de todo lo que hicimos y de todo lo que dijimos en todos los días de aquel viaje. Te lo juro. De todo. En una conversación entre tú y Chink, yo tomaba parte. No era como ser una esposa invitada en casa de Miss Stein

—Lo que yo quisiera recordar es el chiste de la parra.

—No vale la pena. Las parras tienen importancia, pero no los chistes.

—¿Te acuerdas de que compre vino en Aigle y lo llevamos al chalet? Nos lo vendieron en la posada. Dijeron que era un vino bueno con las truchas. Nos lo llevamos envuelto en hojas de La gazette de Lucerne, me parece.

—El vino de Sion era mejor. ¿Te acuerdas de que Madame Gangeswisch nos preparó las truchas au bleu, en el chalet? Las truchas que pescaste eran estupendas, y bebimos vino de Sion, y comimos en la terraza mirando a la pendiente de la ladera. Al otro lado del lago se veía el Dent du Midi con nieve hasta media ladera, y los árboles en la boca del Ródano, donde el río se mete en el lago.

—En invierno y en primavera, siempre echamos de menos a Chink.

—Siempre. Yo le echo mucho de menos, ahora que está tan lejos.

Chink era un oficial de carrera, que al salir de Sandhurst fue enviado a Mons. Yo le conocí en Italia, y durante muchos años fue nuestro mejor amigo, mío primero y luego de los dos. Cuando tenía un permiso, se reunía con nosotros.

—Procurará conseguir un permiso esta primavera. La semana pasada escribió de Colonia.

—Ya lo sé. Tenemos que vivir en el presente, no perdernos ni un minuto sin gozarlo.

—En el momento presente, sólo vemos el agua que da en los sillares del puente. Levantemos la mirada, a ver qué encontramos.

Miramos, y allí estaba todo: nuestro río y nuestra ciudad y la isla de nuestra ciudad.

—Tenemos demasiada suerte —dijo ella—. Me da miedo. Me gustará que venga Chink. Él es nuestro protector.

—Si se lo dices, se enfadará.

—Claro.

—É1 piensa que es nuestro compañero de exploración.

—Lo es. Pero no todos exploramos lo mismo. Dejamos el puente y alcanzamos nuestra ribera.

—¿Tienes hambre otra vez? —dije—. Tanto hablar y tanto andar.

—Desde luego que tengo hambre. ¿Tú no?

—Vamos a un restaurante de primera, y cenemos bien de verdad.

—Escoge.

—¿Michaud?

—Sí que es de primera, y está a un paso.

Tomamos, pues, por la rué des Saints-Pères hasta la esquina de la rué Jacob, parándonos a mirar los escaparates de cuadros y de muebles. Antes de entrar en Michaud, leímos la carta enmarcada junto a la puerta. Estaba lleno de gente, y nos quedamos fuera en espera de que alguien se marchara, acechando las mesas donde ya tomaban el café.

El paseo nos había puesto hambrientos, y para nosotros comer en un sitio caro como Michaud era una aventura llena de alegría. Allí estaba Joyce cenando con su familia. Él y su esposa se sentaban de espaldas a la pared, y Joyce examinaba la carta a través de sus gruesos lentes, acercándosela a la cara; a su lado se sentaba Nora, que comía con apetito, pero sólo platos finos; Giorgio era delgado, cuidaba mucho su aspecto, y su nuca se veía muy bien peinada; Lucía tenía una gran belleza rizada, y era una muchacha no del todo desarrollada todavía. Hablaban en italiano.

Mientras esperábamos de pie, me pregunté si lo que habíamos sentido en el puente era sólo hambre. Le planteé la duda a mi mujer y me contestó:

—Yo que sé, Tatie. Hay tantas clases de hambre. En primavera hay todavía más. Pero ahora ya ha pasado. Ponerse a recordar, eso sí que es una especie de hambre.

Yo me estaba poniendo tonto, pero me salvé al mirar adentro y ver dos tournedos que un camarero servía y darme cuenta de que tenía un hambre de la especie más natural.

—Hoy dijiste que tenemos suerte. Claro que la tenemos. Pero no olvides que un experto nos aconsejó.

Ella se echó a reír.

—No pensaba en las carreras. Qué muchacho, que lo toma todo al pie de la letra. Pensaba en otra clase de suerte.

—Me parece que a Chink no le interesan los caballos —dije, elevando mi estupidez al cubo.

—No. Le interesarían si los montara él.

—¿Querrás volver alguna vez a las carreras?

—Claro que sí. Pero ahora podemos ir adonde nos dé la gana.

—¿De verdad te gustará volver?

—Claro. ¿No te gusta a ti?

Cuando al fin conseguimos entrar en Michaud, cenamos estupendamente. Pero al terminar y quedarnos vacíos de hambre, aquella sensación que en el puente nos había parecido era hambre seguía acuciándonos, y la sentíamos todavía cuando tomamos el autobús de vuelta a casa. La sentíamos al entrar en el cuarto, y después de meternos en la cama y hacer el amor a oscuras, la sensación estaba allí. Cuando me desperté y miré la ventana abierta y vi la luz de la luna en los tejados de las altas casas, allí estaba la sensación. Escondí la cara entre las sombras rehuyendo la luna, pero no pude dormirme y seguí dándole vueltas a aquella emoción. Los dos nos despertamos dos veces aquella noche, pero al fin mi mujer durmió con dulzura, con la luz de la luna en su cara. Yo quería pensar en todo aquello, pero estaba atontado. Tan sencilla que me había parecido la vida aquella mañana, cuando me desperté y vi la falsa primavera, y oí la flauta del hombre de las cabras, y salí a comprar el periódico de caballos.

Pero París era una muy vieja ciudad y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era sencillo, ni siquiera el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de la luna, ni el bien ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi lado bajo la luz de la luna.

 

VII

EL FIN DE UNA AFICIÓN

Muchas otras veces, aquel año y otros años, nos fuimos a las carreras cuando yo había estado trabajando a primera hora de la mañana, y en las carreras Hadley se divertía y a veces se entusiasmaba. Pero no era como subir por un prado de alta montaña, más arriba del último bosque, ni como el andar de noche de vuelta al chalet, ni como subir con Chink, nuestro mejor amigo, hasta un puerto tras el cual se abría un nuevo país. Y en realidad, aquello no era siquiera afición a las carreras de caballos. No era más que apostar por algún caballo. Pero nosotros lo llamábamos ir a las carreras.

La afición a las carreras nunca se interpuso entre nosotros. Sólo una persona era capaz de tanto. Pero, durante mucho tiempo, la afición nos acompañó como un amigo exigente. Eso, claro, juzgándola con benevolencia. Yo, que juzgaba con tanta ferocidad a las personas y su capacidad destructiva, toleraba aquel amigo que, como podía hacernos favores, era el más mentiroso, el más hermoso, el más seductor, perverso y absorbente. Para extraer su beneficio y obtener provecho, había que dedicarle todo el tiempo, y a mí tiempo no me sobraba. Pero encontré una excusa para tratarle en el hecho de que a veces escribía sobre él. De todos modos, al final, cuando perdí mis manuscritos, sólo quedó un cuento tratando de las carreras de caballos, gracias a que el día antes lo mandé por correo.

Fui acostumbrándome a ir solo a las carreras, y cada vez me obsesionaban más y me hacían perder más tiempo. Aquella temporada, en cuanto podía me dedicaba a seguir las carreras en dos hipódromos, el de Auteuil y el de Enghien. Para apostar sobre la base del historial y la calidad real de cada caballo, había que trabajar todo el día y al fin resultaba que el procedimiento no daba dinero. Tanto cálculo no casaba más que en teoría. Por otra parte, no había más que comprar un periódico y allí estaban los cálculos hechos.

Para tener posibilidad de ganar había que mirar todas las carreras desde lo más alto de las tribunas de Auteuil, corriendo para llegar allí antes de que dieran la salida, y luego fijarse en lo que hacía cada caballo, y observar con atención el caballo que tal vez hubiera podido ganar, pero no ganaba, y descubrir por qué y cómo diablos el caballo no había hecho lo que debiera. Uno tenía que seguir el juego de las apuestas y todos los movimientos de la cotización cada vez que iba a tomar la salida un caballo por el que uno se interesaba, y luego aprender a la perfección el modo de correr del caballo, y finalmente distinguir los síntomas de que su propietario iba a exigirle el máximo rendimiento. Siempre podía ocurrir que un caballo perdiera incluso dando su máximo; pero por lo menos uno sabía entonces el limite de sus posibilidades. Todo aquello no era un trabajo fácil, pero en Auteuil era hermoso ver las carreras día tras día, a condición de no perderse ninguna carrera sin tongo con buenos caballos, hasta que al fin uno conocía a la perfección el hipódromo y todos sus aspectos. Y lo que ocurría al fin, era que uno se enredaba con demasiadas gentes, con jockeys y con entrenadores y con propietarios y con demasiados caballos y demasiados objetos.

En principio, yo sólo apostaba por un caballo en el que tenía fe, y el caso es que a veces encontré caballos en los que nadie creía salvo los hombres que los entrenaban y los montaban, y aposté por ellos y me ganaron carrera tras carrera. Al fin lo dejé porque me robaba demasiado tiempo y demasiada energía, y vi que tenía la cabeza llena de las cosas que ocurrían en Enghien, sin contar los hipódromos de carreras sin obstáculos.

Cuando dejé de tomar las carreras como un trabajo serio, me quedé satisfecho, pero con una sensación de vacío. Por entonces, ya había descubierto que todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor. Incorporé el capital de apuestas al fondo de gastos generales, y me sentí descansado y virtuoso.

El día en que dejé las carreras pasé a la otra ribera y encontré a mi amigo Mike Ward trabajando en la oficina de viajes del Guaranty Trust, que estaba entonces en la esquina de la rué des Italiens con el boulevard des Italiens. Ingresé en el banco el capital de apuestas, pero no lo dije a nadie. Ni siquiera lo añadí al saldo de mi cuenta en el talonario, pero lo guardé en la memoria.

—¿Quieres que comamos juntos? —pregunté a Mike.

—Claro que sí, niño. Claro que quiero. ¿Pero qué le pasa hoy al niño? ¿No vas hoy a las carreras?

—No.

Comimos en el square Louvois, en un bistró sencillo muy bueno, y nos dieron un vino blanco de maravilla. Al otro lado del square estaba la Bibliothèque Nationale.

—Tú nunca fuiste muy aficionado a las carreras —dije a Mike.

—No. Hace mucho tiempo que no voy.

—¿Por qué lo dejaste?

—No sé —contestó Mike—. Bueno, sí que lo sé. Desde luego que lo sé. Una cosa en la que tienes que apostar para divertirte no merece la pena.

—¿No vas nunca?

—A veces, para una carrera grande. Una con caballos de primera.

Íbamos comiendo rebanadas del buen pan del bistró, con pâté encima, y bebiendo el vinillo blanco.

—¿Tuviste mucha afición? —pregunté.

—Mucha.

—¿Has descubierto algo más divertido?

—Las carreras de bicicletas.

—No me digas.

—Uno se divierte sin necesidad de apostar. Ya verás.

—Los caballos llevan demasiado tiempo.

—Demasiado. Se comen todo el tiempo. Y no me gusta la gente que anda alrededor.

—A mí llegó a interesarme mucho.

—Lo comprendo. ¿Saldas con ganancia?

—Gané bastante.

—Buen momento para pararte, pues.

—Es lo que he hecho.

—Se hace difícil parar. Oye, niño, lo que vamos a hacer algún día es ir a las carreras de bicicletas.

El ciclismo resultó una cosa nueva y muy divertida, y como no sabía nada de aquello la novedad me fascinaba. Pero no tomamos en seguida la afición. Llegó más tarde, y al fin ocupó un puesto importante en nuestra vida, algún tiempo después, cuando todo lo del primer período en París se nos vino al suelo.

Pero, por un tiempo, nos bastó con quedarnos en nuestro barrio y no tener que atravesar París para ir a los hipódromos, y apostar sólo por nuestra vida y nuestro trabajo y por los pintores amigos, y no basar la vida en un juego de azar disfrazado con otros nombres. He empezado muchas veces a escribir un cuento sobre carreras de bicicletas, pero nunca me ha salido ninguno que fuera tan bueno como son las carreras, las de velódromo cubierto o al aire libre tanto como las de carretera. Pero algún día lograré meter en unas páginas el Vélodrome d’Hiver con su luz que atravesaba capas y capas de humo, con la pista de madera y sus empinados virajes, y el zumbido de los tubulares sobre la madera cuando pasaban los ciclistas, y el esfuerzo y las tácticas y los corredores desviándose arriba o abajo en la pista, convertidos en una parte de sus máquinas. Lograré meter la impresión fantástica del medio fondo, el ruido de las motos de los entrenadores con sus rodillos, y los entrenadores con sus pesados cascos y sus teatrales trajes de cuero, que se inclinaban hacia atrás para proteger a los ciclistas de la resistencia del aire, y los ciclistas con sus cascos ligeros que se pegaban a los manillares, sus piernas que hacían girar a gran velocidad los pedales, y las pequeñas ruedas delanteras se pegaban al rodillo de la moto tras la cual se abrigaba el ciclista, y los duelos en que se alcanzaba el colmo de la excitación, con el petardeo de las motos y con los ciclistas corriendo codo a codo y rueda a rueda, arriba por el peralte y lanzándose abajo y dando vueltas a una velocidad como para matarse, y de pronto un hombre que no podía sostener la velocidad y se descomponía, y se le veía chocar brutalmente contra la sólida muralla de aire de la que hasta entonces había estado separado.

Había tantas clases de carreras. Los sprints por eliminatorias hasta llegar a la carrera final, en los que los dos corredores retenían durante largos segundos su velocidad, cada cual esperando que el otro guiara el sprint y así obtener un abrigo inicial, y luego las vueltas a medio paso hasta la zambullida final en la fascinadora pureza de la velocidad. Había los programas de carreras a la americana, con sus series de sprints que llenaban la tarde. Había las hazañas de velocidad absoluta, cuando un hombre corría solitario durante una hora contra el reloj, y había las terriblemente peligrosas y hermosas carreras de cien kilómetros en los grandes peraltes de madera de la pista de quinientos metros del Stade Buffalo, el velódromo al aire libre en Montrouge donde se hacían las carreras tras moto. Estaba Linart, el gran campeón belga a quien llamaban el Sioux por su perfil.que agachaba la cabeza para sorber aguardiente caliente por un tubo de caucho unido a un termo que llevaba debajo del jersey, y así cobraba fuerzas para el terrible arranque de velocidad de sus fines de carrera. Había los campeonatos de Francia tras moto, en la pista de cemento de seiscientos sesenta metros del Parc des Princes, en Auteuil, cerca del hipódromo, que era la pista más peligrosa de todas, y allí vimos un día caer al gran corredor Ganay, y oímos cómo se le aplastaba el cráneo dentro del casco, tal como uno aplasta un huevo duro contra una piedra, en una merienda en el campo, para quitar la cáscara. Tengo que escribir sobre el extraño mundo de las carreras de seis días y las maravillas de las carreras por carretera en la alta montaña. El francés es la única lengua en que se ha escrito bien sobre esto y los términos son todos franceses, y por eso es difícil escribir en otra lengua. Mike tenía toda la razón, uno no necesita apostar. Pero todo eso pertenece a otra época de nuestra vida en París.

 

VIII

EL HAMBRE ERA UNA BUENA DISCIPLINA

Si uno vive en París y no come bastante, les aseguro que el hambre pega fuerte, ya que todas las panaderías presentan cosas tan buenas en los escaparates, y la gente come al aire libre, en mesas puestas en la acera frente a los restaurantes, y uno ve y huele la buena comida. Y si uno había renunciado al periodismo, y estaba escribiendo cosas por las que nadie en América daba un real, y si al salir de casa uno decía que le habían invitado a comer pero no era verdad, el mejor sitio para matar las horas de la comida era en el jardín del Luxemburgo, porque uno no veía ni olía nada de comer en todo el trayecto desde la plaza de l’Observatoire hasta la rué de Vaugirard. Y siempre podía uno entrar en el museo del Luxemburgo, y los cuadros se afilaban y aclaraban y se volvían más hermosos cuando uno los miraba con el vientre vacío y con la ligereza que da el hambre. Teniendo hambre, llegué a entender mucho mejor a Cézanne y su modo de componer paisajes. Muchas veces me pregunté si él tendría también hambre cuando pintaba, pero me dije que si la tenía era seguramente porque se le había olvidado la hora de la comida. Una de esas ideas indocumentadas pero sugestivas que a uno se le ocurren cuando tiene sueño o hambre. Más tarde, pense que Cézanne debía estar hambriento, pero de otra clase de hambre.

Al salir del Luxemburgo, uno podía bajar la estrecha rué Férou hasta la place Saint-Sulpice, y tampoco se encontraba ningún restaurante, y estaba tranquila la plaza, con sus árboles y sus bancos. Había una fuente con leones, y las palomas andaban por el empedrado y se posaban en las estatuas de los obispos. Estaba la iglesia, y en el lado norte de la plaza había tiendas que vendían objetos de arte religioso y vestimentas sacerdotales.

A partir de aquella plaza, era imposible seguir andando hasta el río sin pasar frente a tiendas que ofrecían frutas o legumbres o vinos, y frente a panaderías y confiterías. Pero, meditando cuidadosamente el itinerario, se podía dar la vuelta a mano derecha de la iglesia de piedra gris y blanca hasta llegar a la rué de l’Odéon, y doblar también a la derecha hacia la librería de Sylvia Beach, y eran pocas las tiendas de comestibles que había en el camino. En la rué de l’Odéon no había ningún lugar donde comer, a no ser que uno siguiera hasta la plaza, donde había tres restaurantes.

Cuando al fin alcanzaba el número 12 de la rué de l’Odéon, mi hambre estaba reprimida, pero mis sentidos se habían puesto de nuevo en receptividad exacerbada. Las fotos de la librería parecían diferentes, y me fijaba en libros que siempre me habían pasado desapercibidos.

—¡Oh, Hemingway, qué delgado está usted! —decía Sylvia—. ¿Come usted lo suficiente?

—Claro que sí.

—¿Qué almorzó usted hoy?

Se me revolvía el estómago, y contestaba:

—Ahora voy a casa, a almorzar.

—¿A las tres de la tarde?

—¿Son ya las tres? Se me pasó el tiempo sin darme cuenta.

—Adrienne decía el otro día que quiere invitarles a cenar a usted y a Hadley. Invitaremos también a Fargue. A usted le es simpático Fargue, ¿verdad? O a Larbaud. Usted le tiene simpatía, estoy segura. O a cualquiera por quien usted sienta verdadera simpatía. ¿No olvidará decírselo a Hadley?

—Ella tendrá mucho gusto en ir.

—Les mandaré un pneu. No trabaje usted tanto como para olvidarse de las comidas.

—No lo haré.

—Y ahora vaya a su casa, que se quedará sin comer.

—Me guardarán la comida.

—No tiene que comer frío. Le conviene una buena comida caliente.

—¿Ha recibido correo para mí?

—Me parece que no. Pero voy a mirar.

Miró, y encontró un papel con una nota y puso cara de satisfacción, y abrió con llave un cajón de su mesa.

—Llegó esto cuando yo no estaba —dijo.

Era una carta y tenía todo el aspecto de contener dinero.

—Wedderkop —añadió Sylvia.

—Debe ser del Querschnitt. ¿Vio usted a Wedderkop?

—No. Pero vino cuando estaba George, y dejó esto. Ya hablará con usted, no se preocupe. Debió pensar que lo mejor era pagar primero.

—Aquí hay seiscientos francos. Dice que seguirán otros pagos.

—Qué suerte que usted me hiciera mirar si había algo. Mi querido señor Buena Suerte.

—Lo que menos comprendo es eso de que Alemania sea el único país donde consigo colocar mis cosas. En el Querschnitt y en la Frankfurter Zeitung.

—Sí que es curioso. Pero no se preocupe. Además no es verdad. Siempre le puede colocar un cuento a Ford, para la Transatlantic Review —bromeó Sylvia.

—A treinta francos por página. Pongamos que coloque un cuento cada tres meses en la Transatlanlic. Un cuento de cinco páginas, resulta a ciento cincuenta francos cada trimestre. Seiscientos francos al año.

—Pero hombre, Hemingway, no piense en lo que sus cuentos rinden ahora. Lo importante es que usted es capaz de escribirlos.

—Ya sé. Desde luego que soy capaz de escribirlos. Pero nadie quiere comprarlos. No he ganado ningún dinero desde que dejé el periodismo.

—Sus cuentos se venderán. Ya ve que ahora mismo ha recibido dinero por uno.

—Perdóneme, Sylvia. Perdone que hable de estas cosas.

—¿Qué hay que perdonar? Usted puede siempre hablarme, de esto o de cua.quier otra cosa. ¿No sabe usted que los escritores nunca hablan más que de sus propios apuros? Pero prométame que no se preocupará, y que comerá lo suficiente.

—Se lo prometo.

—Bueno, vaya a su casa, pues, y almuerce.

Salí a la rué de l’Odéon descontento conmigo mismo, por haberme quejado de mis apuros. Hacía lo que hacía por mi propia voluntad, y luego lo hacía de un modo estúpido. Aquel día hubiera debido comprarme un pan, y comerlo en vez de quedarme sin almuerzo. Al pensarlo, sentía en la boca el sabor de la corteza tostada. Pero la boca se queda seca, con pan y sin nada que beber. Maldito quejicoso. Sucio farsante de santo y mártir, me dije a mí mismo. Dejas el periodismo porque lo has decidido. Tienes crédito, y sabes que Sylvia te prestaría dinero. Y además ya te lo ha prestado, y muchas veces. Y después de los sablazos irás aflojando en otras cosas. Puedes ir diciendo que el hambre es una maravilla, y que los cuadros parecen mejores cuando uno está hambriento. Pero comer es otra maravilla. ¿Y sabes dónde vas a comer ahora?

Vas a comel en Lipp. Comer y beber.

Caminé aprisa hasta Lipp, y todos los objetos que mi estómago percibía con tanta rapidez como mis ojos o mi nariz hacían más agradable el corto paseo. Había poca gente en la brasserie, y cuando estuve sentado en la banqueta, con el espejo a mi espalda y una mesa ante mí, el camarero me preguntó si quería cerveza. Pedí un distingué, que era una gran jarra de cristal con un litro de cerveza, y una ensalada de patatas.

La cerveza estaba muy fría, y era un gusto beberla. Las pommes à 1’huile eran de pulpa firme, marinadas en un delicioso aceite de oliva. Las sazoné con pimienta, y las comí con pan mojado en el aceite. Después de beber el primer largo trago de cerveza, seguí bebiendo y comiendo muy despacio. Terminadas las pommes à 1’huile, pedí otra ración y un cervelas, o sea una salchicha parecida a las de Frankfurt, pero muy grande, cortada en dos mitades y cubierta con una salsa especial, a base de mostaza.

Rebañé con pan todo el aceite y toda la salsa y bebí la cerveza despacio hasta que empezó a entibiarse. Cuando la terminé pedí un demi, y observé cómo llenaban el vaso de la espita del barril. Me pareció más frío todavía que el distingué, y bebí la mitad del vaso.

No podía decirse que yo estuviera preocupándome, pensé. Yo sabía que mis cuentos eran buenos, y al fin iban a publicarlos en América. Cuando dejé de trabajar para periódicos, tenía la plena seguridad de que mis cuentos iban a publicarse. Pero todos los editores a quienes los mandé me devolvieron el manuscrito. Mi confianza había surgido cuando Edward O’Brien me tomó el cuento «My Old Man» para su antología anual de relatos cortos, y además me dedicó el volumen de aquel año. Recordándolo, me reí y bebí otro sorbo de cerveza. Mi cuento no había aparecido en revista, y O’Brien tuvo que violar todas sus normas para incluirlo en su tomo. Volví a reír, y el camarero me miró de reojo. Lo divertido del caso es que, al fin, O’Brien había escrito mal mi nombre. El cuento que escogió era uno de los dos que me quedaron cuando todos mis manuscritos se perdieron. A Hadley le robaron la maleta en la Gare de Lyon, cuando iba a Lausanne y se llevaba todos mis manuscritos por darme una buena sorpresa, para que yo pudiera trabajar en mis cosas en las montañas donde íbamos a pasar unas vacaciones. Hadley se llevó los manuscritos originales y los puestos en limpio a máquina y las copias al papel carbón, todo muy bien ordenado en carpetas de cartulina. Uno de los dos cuentos se salvó porque Lincoln Steffens lo había mandado al director de un periódico, y lo devolvieron. Viajaba en el correo cuando me robaron lo demás. El otro cuento salvado era el que se titulaba «Up in Michigan», que acababa de escribir el día en que Miss Stein nos visitó. Como ella dijo que el relato era inaccrochable, nunca llegué a pasarlo a máquina. Se quedó en un cajón a trasmano.

Después de la estancia en Lausanne, pues, pasamos a Italia, y un d;’a mostré el cuento que trataba de las carreras de caballos a O’Brien, un hombre amable y tímido, pálido, con ojos azul claro y un pelo liso y lacio que se cortaba él mismo, que entonces estaba en pensión en un monaslerio cerca de Rapallo. Yo pasaba por una mala época y creía que nunca más volvería a ser capaz de escribir, y le mostré el cuento a O’Brien como una curiosidad, en un impulso como el que uno tiene cuando enseña, neciamente, la bitácora de un barco que ha perdido en un inverosímil naufragio, o cuando exhibe la bota y hace un chiste sobre el pie que tuvieron que amputarle de resultas de un accidente. Luego, cuando O’Brien leyó el cuento, vi que le dolía más que a mí. Yo nunca había visto que nadie sufriera por nada que no fuera una muerte o un dolor físico insoportable, excepto a Hadley cuando me dijo que le habían robado los manuscritos. Mi mujer lloraba y lloraba sin parar, y no se atrevía a decirme lo ocurrido. Yo le dije que por muy grave que fuera el desastre, no podría valer la pena de tanto llanto, y que dejara de preocuparse, que fuera lo que fuera ya se arreglaría. Entre los dos lo arreglaríamos. Al fin me lo dijo. Aunque me lo aseguró no pude creer que se hubiera llevado también las copias al papel carbón. Entonces yo ganaba buen dinero de los periódicos. Pagué a un compañero para que hiciera mi reportaje, y tomé el tren para París. Sí que era verdad, y me acuerdo demasiado bien de lo que hice en la noche después de mi llegada al piso y de comprobar que era verdad. Pero cuando estábamos en Italia, todo aquello había quedado atrás, según Chink me había enseñado a no hacer nunca comentarios sobre las bajas de un combate; de modo que le dije a O’Brien que no se lo tomara tan a pecho. Probablemente me iba a resultar beneficiosa la pérdida de mis trabajos de aprendiz, y en fin, le serví la clase de majaderías con que se levanta el ánimo de una tropa. Dije que iba a ponerme en seguida a escribir otros cuentos. Y en el momento en que lo dije creyendo que era sólo una mentira para que se animara, me di cuenta de que iba a ser verdad.

Sentado allí en Lipp, seguí pensando y recordé el primer cuento que logré escribir después de la pérdida de mis manuscritos. Fue en Cortina d’Ampezzo, adonde había vuelto a reunirme con Hadley, después de una temporada de esquí en primavera, interrumpida para ir a hacer un reportaje a Renania y al Ruhr. Era un cuento muy sencillo titulado «Out of Season», en el cual omití el verdadero final, que era que el viejo protagonista se ahorcaba. Lo omití basándome en mi recién estrenada teoría de que uno puede omitir cualquier parte de un relato a condición de saber muy bien lo que uno omite, y de que la parte omitida comunica más fuerza al relato, y le da al lector la sensación de que hay más de lo que se le ha dicho.

Bueno, pensé, así me salen los cuentos ahora, que nadie los entiende. Si algo hay seguro, es esto. El hecho cierto es que no hay ninguna demanda por mis cuentos. Pero un día llegarán a entenderlos, como pasa siempre con la pintura. Sólo hace falta tiempo, y sólo hace falta confianza.

Hay que tomar un cuidado muy particular de uno mismo en las épocas en que uno tiene que reducir la comida, para que el pensamiento no sea sólo un pensamiento de hambriento. El hambre es una buena disciplina, y enseña mucho. Y mientras la gente no entiende lo que uno escribe, uno está más adelantado que ellos. Lo que ocurre es eso, pensé, que estoy tan adelantado que no me alcanza el dinero para comer con regularidad. No sería mala cosa si esos que van detrás se acercaran un poco.

Me di cuenta de que tenía que escribir una novela. Pero parecía imposible conseguirlo, precisamente cuando, esforzándome con gran dificultad, había aspirado a meter en un solo párrafo el destilado de todo lo que sale en una novela. Tenía que ponerme a escribir cuentos más extensos, y a entrenarme para una carrera de larga distancia. Cuando escribí mi única novela anterior, perdida también con la maleta que me robaron en la Gare de Lyon, yo tenía todavía la facultad lírica de la adolescencia, tan perecedera y engañosa como la propia juventud. Yo sabía que probablemente era una suerte haber perdido aquella novela, pero sabía también que tenía que escribir otra. De todos modos, iba a retrasarlo tanto como pudiera, hasta que no hubiera otro remedio. Y antes matarme que escribir una novela porque era un medio de comer con regularidad. Cuando tuviera que escribirla, sería porque no podía hacer otra cosa ni me quedaba otra elección. De momento había que dejar que subiera la presión en la caldera. Entretanto, escribiría un cuento largo sobre un asunto que conociera bien.

Al llegar a este punto, ya había pagado la nota y dejado la cervecería, y tomé por la derecha y crucé la rué de Rennes, para no entrar en los Deux Magots a tomar café. Andando por la rué Bonaparte, me fui a casa por el camino más corto.

¿Cuál era el tema que yo conocía mejor, y que no había tratado todavía en alguno de los manuscritos perdidos? ¿Qué conocía yo mejor, y qué tenía para mí más importancia? Sobre este punto, no cabía la duda. La única duda que cabía, era la del camino que había que escoger para llegar lo más pronto posible al lugar de trabajo. Aquel día, el camino más corto llevaba de la rué Bonaparte a la rué Guynemer, y luego a la rué d’Assas, y finalmente subía por la rué Notre-Dame-des-Champs hasta la Closerie des Lilas.

Me senté en una esquina mientras la luz del atardecer entraba pasando por encima de mi hombro, y me puse a escribir en mi libreta. El camarero me trajo un café crème, del que bebí la mitad cuando estuvo frío, y olvidé el resto en la mesa. Cuando terminé de escribir, no quería alejarme de mi río, dejar de mirar las truchas en el remanso y la superficie del agua henchida y lisa, que presionaba contra la resistencia del puente de madera. El tema del cuento era la vuelta de la guerra, pero a la guerra no se la mencionaba nunca.

Sin embargo, a la mañana siguiente el río volvería a estar ante mí, y yo tendría que construir el río y los campos y todo lo que tenía que ocurrir en el relato. Se abría una serie de días que aquel trabajo llenaría enteramente. Era lo único que importaba. En mi bolsillo estaba el dinero recibido de Alemania, de modo que no había apuro. Cuando aquel dinero se terminara, llegaría otro.

Lo único que yo tenía que hacer era conservar mi cabeza en buena forma, hasta que a la mañana siguiente me pusiera otra vez a trabajar.

 

IX

FORD MADOX FORD Y EL DISCÍPULO DEL DIABLO

La Closerie des Lilas era el único buen café que había cerca  de casa, cuando vivíamos en el piso encima de la serrería, en el número 113 de la rué Notre-Dame-des-Champs. Y era uno de los mejores cafés de París. En invierno se estaba caliente dentro, y en primavera y otoño se estaba muy bien fuera, cuando ponían mesitas a la sombra de los árboles junto a la estatua del mariscal Ney, y las grandes mesas cuadradas bajo los toldos, en la acera del boulevard. Nos hicimos buenos amigos de dos camareros del café. La gente del Dôme y de la Rotonde nunca iban a la Closerie. No hubieran encontrado allí a nadie que les conociera, y nadie les hubiera mirado con la boca abierta cuando entraban. Por entonces, muchos iban a aquellos dos cafés en la esquina del boulevard Montparnasse con el boulevard Raspail para ofrecerse como espectáculo público, y puede decirse que aquellos cafés equivalían a las crónicas de sociedad, como sustitutivos cotidianos de la inmortalidad.

En tiempos anteriores, la Closerie des Lilas fue un café donde se reunían poetas más o menos regularmente, y su último gran poeta era Paul Fort, a quien yo nunca leí. El único poeta que yo vi allí es Blaise Cendrars, con su rota nariz de boxeador y su manga vacía sujeta con un imperdible, que liaba los pitillos con la mano que le quedaba. Era un buen compañero hasta que estaba demasiado borracho, e incluso entonces, las mentiras que soltaba le hacían más interesante que a otros sus relatos verídicos. Pero nunca vi a otro poeta en la Closerie, y además a Cendrars sólo le encontré allí una vez. La mayoría de los clientes eran señores viejos y barbudos, de ropas gastadas, que iban allí con sus esposas o sus queridas, y algunos, pero no todos, llevaban en la solapa la cintila roja de la Legión de Honor. Con optimismo, les clasificábamos a todos como hombres de ciencia, como savants, y el tiempo que mataban con un aperitivo era casi tan largo como el que mataban ante un café con leche otros señores de trajes más gastados todavía, que iban allí con sus esposas o sus queridas y mostraban la cintita violeta de las Palmas Académicas, lo cual no tenía nada que ver con la Academia Francesa, y nosotros suponíamos que significaba eran profesores o maestros.

En conjunto, aquellas gentes componían un café agradable, ya que sólo se observaban entre sí, y lo que les interesaba eran sus copas o sus tazas de café o sus infusiones, sin contar los periódicos que estaban sujetos a sus varillas de madera, y en aquel ambiente nadie se exhibía.

Había también otros tipos de hombres, vecinos del barrio, que frecuentaban la Closerie. Algunos llevaban en la solapa la cinta de la Croix de Guerre, y otros la cinta amarilla y verde de la Médaille Militaire, y yo me fijaba en lo bien que superaban las dificultades debidas a los brazos o las piernas que les faltaban, y en la excelente calidad de sus ojos artificiales, y en lo muy hábilmente que les habían rehecho la cara. En una cara cuyo porcentaje de reconstrucción era alto, se veía siempre un brillo casi iridiscente, que recordaba el de un esquí bien engrasado, y nosotros respetábamos a estos clientes más que a los savants y los profesores, aunque bien podían estos últimos haber servido también en la guerra sin sufrir mutilación.

En aquellos días, no teníamos confianza en nadie que no hubiera estado en la guerra, pero además no teníamos plena confianza en nadie, y a menudo imperaba la opinión de que Cendrars no tenía por qué ponerse tan truculento a propósito de su desvanecido brazo. El día en que le encontré allí, me alivió que la cosa ocurriera a primera hora de la tarde, antes de que llegaran los clientes fijos de la Closerie.

Otra tarde, estaba yo sentado a una de las mesas de fuera, mirando cómo iba cambiando el color de la luz que daba en los árboles y los edificios, y cómo pasaban los grandes y lentos caballos que a menudo se veían por los boulevards exteriores. La puerta del café se abrió a mi espalda, y un hombre salió y se plantó a mi derecha, junto a mi mesa.

—De modo que aquí está usted —dijo.

Era Ford Madox Ford, según se hacía llamar entonces, porque desde la guerra había repudiado su apellido alemán de Hueffer. Jadeaba a través de su hirsuto mostacho manchado, y se erguía con rigidez, como si fuera un embudo ambulante, puesto con la punta hacia abajo y bien trajeado.

—¿Permite que me siente? —preguntó sentándose.

Miró al boulevard con sus ojos de un azul desvaído. Las cejas y las pestañas eran incoloras.

—Desperdicié buenos años de mi vida por lograr que la matanza de estas bestias se hiciera en forma humana —declaró.

—Ya me lo ha dicho —repuse.

—No creo habérselo dicho.

—Estoy seguro.

—Muy raro. Nunca se lo he dicho a nadie en mi vida.

—¿Quiere usted beber algo?

El camarero esperaba ante nosotros, y Ford pidió un Chambéry-cassis. El camarero, que era alto y delgado y se peinaba con brillantina para cubrir su coronilla calva, y ostentaba un gran mostacho en el viejo estilo del cuerpo de dragones, repitió el pedido.

—No. En vez de eso, tráigame una fine à l’eau —dijo Ford.

—Una fine à l’eau para el señor —transmitió el camarero al mozo del mostrador.

Yo evitaba siempre mirar a Ford en la medida de lo posible, y siempre retenía mi aliento cuando me encontraba cerca de él en una estancia cerrada, pero aquella tarde estábamos al aire libre, y además las hojas caídas volaban sobre la acera, llegando por mi lado de la mesa y alejándose por el suyo, de modo que le miré francamente. Me arrepentí, y miré a la acera de enfrente. La luz estaba cambiando otra vez, y me había perdido el instante del cambio. Bebí un sorbo de mi copa para comprobar si la proximidad de Ford le había dado mal sabor, pero todavía estaba pura.

—Está usted deprimido —dijo él.

—No.

—Sí lo está. Le conviene salir más de casa. Vine a invitarle a las reunioncillas que tenemos en ese divertido Bal Musette que hay cerca de la place Contrescarpe, en la rué du Cardinal-Lemoine.

—Viví dos años encima del baile ése, antes de que usted volviera a París.

—Qué cosa más rara. ¿Está seguro?

—Sí —afirmé—. Estoy seguro. El propietario de la sala del baile tenía también un taxi, y cuando yo tenía que tomar un avión él me llevaba siempre al aeródromo, y cada vez, antes de salir, entrábamos en la sala que estaba a oscuras, y bebíamos una copa de vino blanco en el mostrador de cinc.

—Nunca me ha interesado la aviación —dijo Ford—. Usted y su esposa, arréglense para ir al Bal Musette el sábado por la noche. Es un lugar muy alegre. Le dibujaré un plano para que pueda encontrarlo. Yo lo descubrí por pura casualidad.

—Está en la planta baja del número 74 de la rué Cardinal-Lemoine —dije—. Yo vivía en el tercer piso.

—Es una casa sin número —dijo Ford—. Pero la encontrará sin dificultad, si consigue llegar hasta la place Contrescarpe.

Bebí otro largo sorbo. El camarero había traído ia bebida de Ford, pero Ford le rectificaba.

—No, no pedí un coñac con soda —dijo, paciente, pero severo—. Pedí un vermouth Chambéry con cassis.

—No importa, Jean —dije—. Yo me quedaré con la fine. Tráigale al señor lo que pide ahora.

—Lo que pedí antes —corrigió Ford.

En aquel momento, un hombre más bien demacrado que se cubría con una capa pasó por la acera. Iba en compañía de una mujer alta, y echó una ojeada a nuestra mesa y a las mesas vecinas, y luego siguió su camino por el boulevard.

—¿Vio usted cómo le negué el saludo? —dijo Ford—. ¿Eh? ¿Vio cómo se lo negué?

—No. ¿A quién se lo negó?

—A Belloc —dijo Ford—. ¡Ya lo creo que se lo negué! ¡ Y de qué modo !

—No me fijé —dije—. ¿Y por qué le negó el saludo?

—Por toda suerte de buenas razones —dijo Ford—. ¡Y de qué modo se lo negué!

Era feliz, perfecta y completamente feliz. Yo no conocía a Belloc, pero tuve la impresión de alguien que anda absorto en algún pensamiento, y la ojeada que dio a nuestra mesa fue casi automática. Pero me apenó que Ford hubiera estado grosero con él, ya que, siendo yo entonces un joven que iniciaba su educación, sentía muy alto respeto por los escritores de más edad. Esto parece incomprensible ahora, pero en aquellos días se daba mucho.

Pensé que hubiera sido agradable que Belloc se hubiera sentado a nuestra mesa, y que hubiera sido una buena ocasión para conocerle. El encuentro con Ford me había estropeado la tarde, pero pensé que tal vez Belloc la hubiera arreglado un poco.

—¿Por qué diablos bebe usted coñac? —me preguntó Ford—. ¿No sabe que para un escritor joven, ponerse a beber coñac es fatal?

—No bebo muy a menudo —dije.

Me esforcé por tener muy presente lo que Ezra Pound me había dicho de Ford: que no había que maltratarle nunca, que había que recordar siempre que sólo decía mentiras cuando estaba fatigado, que era un escritor bueno de verdad, y que había sufrido terribles contratiempos conyugales. Me esforcé todo lo que pude por tener presente todo aquello, aunque la pesada y resollante y abyecta vecindad del propio Ford, tan cerca que podía tocarle, lo hacía difícil. Pero me esforcé.

—Explíqueme qué razones hay para retirarle el saludo a alguien —pedí.

Hasta entoces, yo había creído que eso se hacía sólo en las novelas de marqueses que escribía Ouida. Yo nunca fui capaz de leer una novela de Ouida, ni siquiera una vez, en una estación de esquí en Suiza, cuando terminé todos mis libros al tiempo que soplaba el viento húmedo del sur, y el hotel no tenía más que novelas de Ouida abandonadas por algún cliente, en las viejas ediciones de Tauchnitz de antes de la guerra. Pero cierto sexto sentido me decía que en las novelas de aquella dama los personajes se niegan el saludo.

—Un caballero —explicó Ford— le negará siempre el saludo a un rufián.

Bebí a toda prisa un sorbo de brandy.

—¿Se lo negará a un villano? —pregunté.

—Es inconcebible que un caballero tenga relación alguna con un villano.

—¿O sea que un caballero sólo retira el saludo a sus iguales? —seguí investigando.

—Naturalmente.

—¿Y cómo entra un caballero en relación con un rufián?

—Uno puede ignorar que lo sea, y a veces ocurre que un hombre se transforma en un rufián.

—¿Que es un rufián? —pregunté—. ¿Uno de esos seres que un caballero, so pena de su honra, debe apalear hasta molerles los huesos?

—No necesariamente —dijo Ford.

—¿Es Ezra un caballero? —pregunté.

—Claro que no —dijo Ford—. Es un americano.

—¿Nunca puede un americano ser un caballero?

—Tal vez lo sea John Quinn —explicó Ford—. Algunos hay, entre los embajadores.

—¿Myron T. Herrick?

—Tal vez.

—¿Era Henry James un caballero?

—Estaba muy cerca de serlo.

—¿Es usted un caballero?

—Claro que sí. He sido oficial de Su Majestad.

—Qué complicado asunto —dije—. ¿Soy yo un caballero?

—Decididamente no —afirmó Ford.

—¿Por qué, pues, se sienta usted a mi mesa?

—Me siento a su mesa porque le considero como un escritor joven que promete mucho. Como un colega en literatura, realmente.

—Es usted muy amable —dije.                        

—En Italia, podría considerársele un caballero —concedió Ford con magnanimidad.

—¿Pero no soy un rufián?

—Claro que no, muchacho. ¿Quién dijo eso nunca?

—Pudiera convertirme en un rufián —dije con tristeza—. Con tanto beber coñac. Cosas así acabaron con Lord Harry Hotspur, en la novela de Trollope. Dígame, ¿era Trollope un caballero?

—Claro que no.

—¿Está usted seguro?

—Pudiera haber división de opiniones. Pero la mía es rotunda.

—¿Lo era Fielding? Tenía el rango de juez.

—Técnicamente, tal vez haya que contarle entre los caballeros.

—¿Y a Marlowe?

—Desde luego que no.

—¿Y a John Donne?

—Era un cura.

—Qué fascinante es esta cuestión —dije.

—Me complace su interés —dijo Ford—. Antes de irme, le acompañaré a beber otro coñac con agua.

Cuando Ford se marchó era ya de noche. Anduve hasta el quiosco y compré Paris-Sport Complet, la última edición de la tarde del diario de hípica, que traía los resultados de Auteuil, y el programa de las carreras del día siguiente en Enghien. Émile, el camarero que estaba de turno remplazando a Jean, vino a mi mesa para saber el resultado de la última carrera en Auteuil. Un gran amigo mío, al que raras veces se veía por la Closerie, se acercó entonces y se sentó a mi mesa, y precisamente cuando mi amigo le pedía a Émile su bebida, el demacrado hombre de la capa, con la mujer alta, cruzó por la acera. Su mirada resbaló por nuestra mesa y se desvió.

—Ése es Hilaire Belloc —dije a mi amigo—. Ford estuvo aquí esta tarde, y le negó el saludo.

—No digas bobadas —dijo mi amigo—. Ése es Aleister Crowley, el de las misas negras. Tiene fama de ser el hombre más malvado del universo.

—Lo siento —dije.

 

X

NACE UNA NUEVA ESCUELA

El instrumental necesario se reducía a las libretas de lomo azul, a los dos lápices y el sacapuntas (afilando el lápiz con un cortaplumas se echa a perder demasiada madera), a los veladores de mármol, y al olor a mañana temprana y a barrido y fregado y buena suerte. Para la buena suerte, había que llevar en el bolsillo derecho una castaña de Indias y una pata de conejo. Hacía tiempo que la pata de conejo había perdido su pelo, y los huesos y tendones relucían de tanto frote. Las uñas rascaban a través del forro del bolsillo, y así uno se acordaba de que allí seguía la buena suerte.

Ciertos días la cosa marchaba tan bien que uno lograba construirse el campo y pasear por el, y andando entre leña cortada salir a un claro del bosque, y subir por una cuesta hasta otear las lomas, más allá de un brazo del lago. Tal vez ocurriera que la mina del lápiz se rompía dentro del embudo del sacapuntas, y uno recurría a la hojita del cortaplumas para expulsar el pedacito de plombagina o tal vez para afilar cuidadosamente el lápiz con su buen filo, y entonces metía uno el brazo por la correa de la mochila, en su salazón de sudor, y levantaba la mochila y pasaba el otro brazo por la otra correa, y sentía el peso repartiéndose por la espalda, y sentía las agujas de pino debajo de los mocasines al echar a andar por la bajada hacia el lago.

Y en aquel momento una voz se hacía oír:

—Hola, Hem. ¿Qué diablos estás haciendo? ¿Pretendes escribir en un café?

Se acabó la buena suerte, y uno cerraba la libreta. Era lo peor que podía ocurrir. Más valía desde luego no perder los estribos, pero la conservación de estribos no era entonces mi punto fuerte, de modo que dije:

—Joder con el hijo de puta. ¿A qué vienes por aquí? ¿Te han echado de tus jodidos barrios?

—Oye, sin insultar. Me parece muy bien que te las eches de excéntrico, pero yo no voy a pagar el pato.

—Vete de aquí, tú y tu boca de mamón.

—Estamos en un establecimiento público. Tengo tanto derecho a quedarme aquí como tú.

—¿Por qué no te vuelves a hacer el marica a la Petite-Chaumière?

—Oh, por favor, no te me pongas pelma.

Siempre quedaba el recurso de marcharse, y confiar en que fuera sólo una visita accidental: que el sujeto había entrado por casualidad, y que no iba a seguirle una infestación. Claro que había otros cafés buenos para trabajar, pero estaban lejos, mientras que aquél era el café de mi casa. No quería que me echaran de la Closerie des Lilas. Ante aquella primera incursión, cabía la resistencia o la retirada. Probablemente lo más cuerdo era la retirada, pero la ira entró en crecida y dije:

—Oye. Un chulo como tú se acomoda en cualquier parte. ¿Por qué tienes que venir a emporcar un café respetable?

—Sólo entré a tomar una copa. ¿Qué tienes que objetar?

—En nuestro país, después de servirte rompían el vaso.

—Ya me olvidaba de que tenemos un país a medias. Por lo que me cuentas, parece un lugar de costumbres deliciosas.

Estaba sentado a la mesa contigua. Un joven alto y gordo con gafas. Había pedido una cerveza. Decidí no hacerle caso y probar a seguir escribiendo. De modo que no le hice caso y escribí dos frases.

—No hice más que saludarte.

Seguí adelante y escribí otra frase. No se para fácilmente, cuando realmente está en marcha y uno se encuentra bien metido.

—Te has vuelto tan grande, que ya no se puede ni saludarte.

Escribí otra frase que cerraba un párrafo, y leí el párrafo. Estaba bien todavía, y escribí la primera frase del párrafo siguiente.

—Nunca piensas en los demás, ni imaginas que también pueden tener sus problemas.

Las lamentaciones no me estorban: las he oído toda mi vida. Pude perfectamente seguir escribiendo, con aquel ruido no peor que muchos otros, y sin duda mejor que el de Ezra cuando aprendía a tocar el bajón.

—Imagina lo que representa querer ser escritor y sentir la vocación en todas las fibras del cuerpo, y, sin embargo, fracasar siempre.

Seguí escribiendo, y empecé otra vez a tener suerte además de lo otro.

—Imagínate, haberse sentido atravesar por una corriente irresistible, y luego quedar mudo y taciturno.

Mejor eso que mudo y charlatán, pensé, y seguí escribiendo. El sujeto daba ya sus notas altas, y las increíbles frases me calmaban como el chillido de un tablón violado por una sierra mecánica.

—Estuvimos en Grecia —le oí decir pasado algún tiempo.

Hacía rato que sólo le escuchaba como a un ruido. Tenía trabajo adelantado, de modo que podía dejarlo ya para proseguir al día siguiente.

—¿Qué dices de Grecia? —le pregunté—. ¿Estás de vuelta o te quedaste allí?

—No hagas indirectas vulgares —dijo—. ¿No quieres que te cuente lo demás?

—No.

Cerré la libreta y me la metí en el bolsillo.

—¿No te interesa saber cómo terminó?

—No.

—¿No te interesa la vida, ni el sufrimiento de un ser humano?

—El tuyo, no.

—Eres brutal.

—Sí.

—Pensé que tú me ayudarías, Hem.

—Lo que me gustaría es pegarte un tiro.

—¿Serías capaz de hacerlo?

—No. El código penal lo prohíbe.

—Yo haría cualquier cosa por ti.

—¿De veras lo harías?

—Claro que lo haría.

—Entonces guárdate de volver a este café. De momento es lo único que te pido.

Me levanté, y el camarero se acercó y pagué.

—¿Puedo acompañarte hasta la serrería, Hem?

—No.

—Bueno, ya nos veremos otro día.

—No aquí.

—Desde luego —dijo—. Queda prometido.

—¿Qué escribes ahora? —cometí el error de preguntar.

—Escribo lo mejor que puedo. Exactamente como haces tú. Pero es tan difícil.

—No deberías escribir, puesto que no eres capaz. ¿Por qué andas lloriqueando por ahí? Vuélvele a casa. Busca un empleo. Ahórcate. Pero no andes por ahí con tu rollo. Nunca serás capaz de escribir.

—¿Por qué me dices estas cosas?

—¿Nunca te has oído a ti mismo hablar?

—Yo hablo de escribir.

—Pues te callas.

—Eres cruel —dijo—. Todo el mundo me decía siempre que eres cruel y no tienes corazón y estás pagado de ti mismo. Pero yo siempre te he defendido. No volveré a defenderte, de ahora en adelante.

—Así me gusta.

—¿Cómo puedes ser tan cruel con un ser humano como tú?

—No sé —dije—. Ove, ya que no eres capaz de escribir, ¿por qué no te dedicas a la crítica?

—¿Te parece?

—Sería estupendo —le dije—. Siendo crítico, podrás escribir cuanto te venga en gana. No tendrás que preocuparte porque una cosa no sale, o porque te has quedado mudo y taciturno. Todo el mundo leerá lo que escribes y lo respetará.

—¿Crees que puedo ser un buen crítico?

—No sé si muy bueno. Pero puedes ser un crítico. Siempre encontrarás gentes que te harán favores, y tú podrás hacer favores a tus gentes.

—¿Qué quieres decir, con eso de mis gentes?

—Quiero decir tus amigos.

—Oh, ésos. Ésos ya tienen a sus críticos.

—No tienes que ser por fuerza crítico de libros —dije—. Están las pinturas, el teatro, el ballet, el cine…

—Me revelas grandes posibilidades, Hem. Te lo agradezco muchísimo. Se pueden hacer grandes cosas, ya lo veo. Y también es una obra de creación.

—Al crear se le da demasiada importancia. Al fin y al cabo, a Dios le bastaron seis días para crear el mundo, y al séptimo descansó.

—Y desde luego, nada me impedirá dedicarme también a la literatura de creación.

—Nada. Salvo que a lo mejor tu propia crítica te plantea un criterio de calidad excesivamente  severo e inalcanzable.

—Mis criterios serán muy altos. No te quepa duda.

—Estoy seguro.

Como era ya un crítico, le invité a una copa y aceptó.

—Hem —dijo; y me di cuenta de que era un critico de cuerpo entero, ya que empezaba sus frases poniendo en vocativo el nombre de la persona a quien se dirigía—. Con toda sinceridad, tengo que confesarte que tu estilo me parece demasiado rígido.

—Qué lástima.

—Hem: es demasiado seco, demasiado descarnado.

—Malo, malo.

—Hem: demasiado rígido, demasiado seco, demasiado descarnado, se ven demasiado los tendones.

Intimidado, palpé la pata de conejo en mi bolsillo y prometí:

—Intentaré que entre un poco en carnes.

—Fíjate que no quiero decir que me guste obeso.

—Hal —dije, para entrenarme a hablar como un crítico—. Me guardaré de la obesidad mientras pueda.

—Me alegra que estemos tan de acuerdo —dijo con magnanimidad.

—¿Te acordarás de no volver por aquí cuando yo esté trabajando?

—Naturalmente, Hem. Claro. A partir de ahora, yo tendré también mi café fijo.

—Eres muy amable.

—Procuro serlo —dijo.      

Sería muy interesante e instructivo que el joven se hubiera transformado en un crítico famoso, pero las cosas no tomaron este rumbo, aunque tuve grandes esperanzas por cierto tiempo.

No creí que volviera al día siguiente, pero no quise arriesgarme, y por un día dejé en paz a la Closerie. De modo que al día siguiente me levanté temprano, herví las tetinas de caucho y las botellas de los biberones, compuse la mezcla prescrita y la embotellé, di un biberón a Mr. Bumby y me puse a trabajar en la mesa del comedor, cuando no había todavía nadie despierto salvo Mr. Bumby, F. Puss el gato y yo. Eran dos compañeros tranquilos y agradables, y trabajé con más facilidad que nunca. En aquellos días uno no tenía necesidad de nada, ni siquiera de la pata de conejo, aunque siempre reconfortaba palparla en el bolsillo.

 

XI

CON PASCIN EN EL DÔME

Era un atardecer muy agradable, y yo había trabajado de  firme todo el día, y al fin dejé el piso encima de la serrería y salí atravesando el patio con sus pilas de madera, cerré la puerta, crucé la calle y entré por la puerta trasera de la panadería que por delante daba al boulevard Montparnasse, y salí a la calle después de pasar a través de todos los buenos aromas de pan que llenaban el horno y la tienda. En la panadería ya tenían las luces encendidas, y afuera se acababa el día, y caminé en la penumbra temprana hasta llegar al restaurante del Nègre de Toulouse, donde guardaban nuestras servilletas a cuadros blancos y rojos metidas en los servilleteros de madera y puestas en sus estanterías, esperándonos a que fuéramos a comer. Leí el menú multicopiado en tinta violeta y vi que el plato del día era cassoulet. Sólo leer el nombre ya me dio hambre.

Monsieur Lavigne, el dueño, me preguntó qué tal marchaba mi trabajo y le dije que marchaba muy bien. Dijo que me había visto trabajando en la terraza de la Closerie des Lilas a primera hora de la mañana, pero no me había hablado porque me vio muy ocupado.

—Parecía usted un hombre perdido en la jungla —dijo.

—Cuando trabajo, soy como un topo ciego.

—¿Pero no estaba usted en la jungla, monsieur?

—En la pradera —dije.

Luego paseé por la calle, contento con el atardecer primaveral y con la gente que pasaba junto a mí. En los tres cafés mayores vi a personas que conocía de vista y a otras con las que había hablado alguna vez. Pero siempre había otras personas a las que no conocía y que parecían mucho más simpáticas, y que en los atardeceres, cuando se encendían las luces, se apresuraban hacia algún lugar donde se reunirían para beber en compañía, para comer en compañía, y para luego hacer el amor. Las gentes que había en los cafés mayores acaso pensaran en lo mismo, o acaso se contentaban con estar sentados y beber y hablar y darse el gusto de que los demás las vieran. Las personas qre a mí me eran simpáticas, pero no conocía, iban a los grandes cafés porque allí podían estar solas y estar juntas. Entonces los grandes cafés eran también baratos, y todos tenían buena cerveza y los aperitivos costaban precios razonables, claramente marcados en los platillos en que los servían.

En aquel atardecer, yo meditaba estos sanos, pero escasamente originales pensamientos, y me sentía extraordinariamente virtuoso porque había trabajado bien y de firme en un día en que me moría de ganas de ir a las carreras. Pero por entonces no tenía dinero para carreras, aunque siempre se podía ganar algún dinero precisamente en las carreras, tomándoselo con empeño. No habían llegado los días de las pruebas de saliva y otros métodos para descubrir a los caballos artificialmente estimulados, y el doping se practicaba en gran escala. Pero eso de apreciar las posibilidades de un caballo al que inyectan estimulantes, y notar los síntomas en el paddock y dejarse guiar por percepciones que a veces estaban al borde de lo extrasensorial, y luego descansar en aquellas percepciones un dinero que uno no puede de ningún modo perder, no es manera para que un joven que debe dar de comer a una esposa y un hijo haga carrera mediante el trabajo de todo el día que es aprender a escribir en prosa.

De cualquier modo que se mirara, seguíamos muy pobres, y yo ahorraba todavía por medios tales como el de decir que me habían invitado a almorzar, y pasar dos horas caminando por el jardín del Luxemburgo, y volver a contarle a mi mujer el soberbio almuerzo. Cuando uno tiene veinticinco años y es un peso fuerte nato, saltarse una comida pone muy hambriento. Pero también aguza todas las percepciones, y un día me di cuenta de que entre mis personajes abundaban mucho los que tenían grandes apetitos y les gustaba mucho comer y lo deseaban mucho, y casi todos estaban pensando en beber una copa.

En el Nègre de Toulouse bebíamos el buen vino de Cahors, en cuartillos o medias jarras o jarras enteras, casi siempre diluyéndolo con algo así como un tercio de agua. En casa, encima de la serrería, teníamos un vino de Córcega que mostraba gran personalidad y un precio módico. Era un vino muy corso, y uno podía diluirlo a partes iguales en agua, y seguir recibiendo sus comunicaciones. O sea que en París se podía vivir muy bien por casi nada, y saltándose una comida de vez en cuando y no comprando nunca ropas se podía ahorrar y permitirse lujos.

Esquivé el Select porque vi allí a Harold Stearns, y sabía que él iba a querer hablar de caballos, aquellos animales en los que yo pensaba llenándome de complacencia moral y de espiritualidad, porque eran las bestias pecaminosas de las que me había librado. Pagado de mi crepuscular virtud, pasé ante los habitantes de la Rotonde y, desdeñando el vicio y el instinto gregario, atravesé el boulevard y me fui al Dôme. También el Dôme estaba lleno de gente, pero allí había algunas personas que habían trabajado.

Había chicas que aquel día habían trabajado de modelos, y había pintores que trabajaron hasta quedarse sin luz, y había escritores que bien o mal habían cumplido una jornada de trabajo, y había bebedores y personajes variados, y a unos los conocía mientras los demás eran mera decoración.

Entré y me senté a una mesa donde estaba Pascin con dos modelos que eran hermanas. Pascin me hizo una seña con la mano, cuando yo estaba parado en la acera de la rué Delambre, dudando si entrar a tomar una copa o no. Pascin era un pintor muy bueno, y estaba borracho, de una borrachera sostenida y deliberada y llena de sentido. Las dos modelos eran jóvenes y bonitas. Una era muy morena, menuda, bien formada, con una viciosidad falsamente frágil. La otra era aniñada y tonta, pero muy linda, en un estilo aniñado poco duradero. No estaba tan bien formada como su hermana, pero es que aquella primavera no lo estaba nadie.

—La hermana buena y la hermana mala —dijo Pascin—. Tengo dinero. ¿Qué quieres beber?

—Una caña de rubia —dije al camarero.

—Pide un whisky. Tengo dinero.

—Me gusta la cerveza.

—Si de verdad te gustara la cerveza irías a Lipp. Supongo que has estado trabajando.

—Sí.

—¿Marcha?

—Espero que sí.

—Bien. Así me gusta. ¿Y todo conserva su buen sabor?

—Sí.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinticinco.

—¿Quieres tirártela? —miró a la hermana morena y sonrió—. Lo necesita.

—Ya te la habrás tirado tú bastante por hoy.

Ella me sonrió con abiertos labios.

—Tiene muy mala lengua —dijo—. Pero es bueno.

—Puedes llevártela arriba al estudio.

—No seas cerdo —dijo la hermana rubia.

—¿Y a ti quién te ha dicho algo? —le preguntó Pascin.

—Nadie. Pero yo dije lo que pienso.

—Pongámonos cómodos —dijo Pascin—. El serio joven escritor y el sabio y cordial viejo pintor, y las dos hermosas muchachas, con toda la vida abierta ante ellos.

Allí estuvimos sentados, y las chicas bebían sorbitos de sus bebidas, y Pascin se tomó otra fine à l’eau y yo mi cerveza, pero nadie estaba cómodo excepto Pascin. La morena estaba nerviosa y se exhibía como en un escaparate, volviéndose de perfil y haciendo que la luz destacara las concavidades de su cara, y enseñándome los pechos ceñidos por el jersey negro. Llevaba el pelo corto, liso y negro como el de un oriental.

—Has posado todo el día —le dijo Pascin—. ¿Hay alguna razón para que ahora sigas de modelo de este jersey?

—Me gusta —dijo ella.

—Pareces una muñeca javanesa.

—No lo dirás por los ojos —dijo ella—. Mi estilo es más complicado.

—Pareces una pobrecilla muñeca pervertida.

—Tal vez —dijo ella—. Pero estoy viva. Tú no llegas a tanto.

—Ya lo veremos.

—Muy bien —dijo ella—. Pero exijo pruebas.

—¿No las tuviste hoy?

—Oh, eso —dijo la chica volviéndose para recoger en su cara la última luz del crepúsculo—. Te puso caliente lo que pintabas. Está enamorado de sus telas —me explicó—. Siempre hace con ellas alguna porquería.

—Quieres que te pinte y que te pague y que te joda para aclararme la cabeza, y que además me enamore de ti —dijo Pascin—. Pobre muñeca tonta.

—A usted le gusto, ¿verdad, monsieur? —me preguntó ella.

—Mucho.

—Pero usted es mucho mayor que yo —dijo con tristeza.

—Todos tenemos el mismo tamaño en la cama.

—No es verdad —dijo su hermana—. Y ya estoy harta de esta conversación.

—Mira —dijo Pascin—. Si piensas que estoy enamorado de las telas, mañana mismo te pinto a la acuarela.

—¿Cuándo cenamos? —preguntó la hermana—. ¿Y dónde?

—¿Cenará usted con nosotros? —preguntó la chica morena.

—No. Iré a cenar con ma légitime..

Así se decía entonces. Ahora dicen ma régulière.

—¿Tiene que ir?

—Tengo que ir y quiero ir.

—Vete, pues —dijo Pascin—. Y no te enamores de la máquina de escribir.

—Si me lo noto, escribiré a lápiz.

—Mañana a acuarelar —dijo—. De acuerdo, niñas, me tomo otra copa y luego cenamos donde queráis.

—Chez Vikings —dijo la morena.

—Yo también —insistió la hermana.

—De acuerdo —convino Pascin—. Buenas noches, jovencito. Que duermas bien.

—Lo mismo te digo.

—Éstas no me dejan dormir —dijo él—. Nunca duermo.

—Duerme esta noche.

—¿Después de los Vikings?

Hizo una mueca, y llevaba el sombrero hacia atrás, encasquetado en la nuca. Se parecía más a un personaje de revista de Broadway a fines de siglo, que a un pintor excelente como era, y luego, cuando se hubo ahorcado, me gustaba recordarle tal como estaba aquella noche en el Dôme. Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono.

 

XII

EZRA POUND Y SU BEL ESPRIT

Ezra Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no pude hacer nada por remediarlo.

Los cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa, con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no valía nada. Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han sido muchos santos.

Ezra quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico. No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el futuro.

Wyndham Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las blocaba en la palma de mi guante derecho.

Quise dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que, como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.

Nos servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo resultaba repelente.

Caminando de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.

—Hoy he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca —dije a mi mujer.

—Por favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto de comer.

Cosa de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.

—Yo le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.

De modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio de Ezra.

Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amitad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.

Ezra fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney, que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para lodo el mundo.

Yo metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.

En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mi. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.

Mi actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema le ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmenle perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.

Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho mayor que mi primera intención.

 

XIII

UN FINAL BASTANTE EXTRAÑO

El modo como acabaron las relaciones con Gertrude Stein fue bastante extraño. Nos habíamos hecho muy amigos y yo le había hecho varios favores en cosas prácticas, tales como lograr que su largo libro empezara a publicarse por entregas en la revista de Ford, y ayudar en la dactilografía del manuscrito y la corrección de las pruebas, y empezábamos a ser amigos más íntimos de lo que yo podía sensatamente desear. Nunca se saca gran cosa de que un hombre sea amigo de una mujer célebre, aunque puede ser agradable antes de que se tuerza hacia la suerte o la desgracia, y por lo regular todavía se saca menos cuando se trata de escritoras realmente ambiciosas.

Una vez me excusé por haber pasado cierto tiempo sin visitar el 27 de la rué de Fleurus, alegando que no sabía si era probable que Miss Stein se encontrara en casa, y entonces ella me dijo:

—Pero hombre, Hemingway, aquí está usted en su casa. Lo digo con toda sinceridad, créame. Entre siempre que quiera, y la doncella —la mencionó por su nombre, pero lo he olvidado— le atenderá, y usted se instala a sus anchas hasta que yo llegue.

No abusé del ofrecimiento, pero a veces me dejaba caer por allí y la doncella me servía una copa, y yo miraba los cuadros y si Miss Stein no aparecía daba las gracias a la doncella y dejaba una nota y me iba. Cuando Miss Stein y una compañera se disponían para un viaje al sur de Francia en el coche de Miss Stein, ella me pidió que la visitara cierta tarde para despedirnos. Nos había invitado a que Hadley y yo fuéramos a verla al lugar de sus vacaciones, quedándonos en un hotel, pero nosotros teníamos otros planes y otros lugares adonde queríamos ir. Naturalmente, no se dice esto con franqueza, sino que a uno le gustaría mucho ir con los amigos y hará todo lo posible, y a última hora no hay manera. Empecé a dominar el sistema para no obedecer a las invitaciones. Tuve que aprenderlo. Mucho después, Picasso me dijo que cuando los ricos le invitaban él aceptaba siempre porque así se ponían tan contentos, pero luego salía un obstáculo y no había manera. De todos modos no lo decía por Miss Stein, sino por gente muy distinta.

Hacía un hermoso tiempo de primavera cuando bajé para mis adioses desde la plaza de l’Observatoire, atravesando el Petit-Luxembourg. Los castaños de Indias estaban en flor, y había muchos niños jugando en las sendas de gravilla mientras sus niñeras se sentaban en los bancos, y vi a muchas palomas torcaces en los árboles y además oía a otras que eran invisibles.

La doncella abrió la puerta sin que yo tocara el timbre, y me dijo que entrara y esperara. Miss Stein llegaría de un momento a otro. Era antes de mediodía, pero la chica me sirvió una copa de aguardiente, la puso en mi mano y me guiñó el ojo con alegría. El incoloro alcohol me sabía bien en la lengua, y lo tenía todavía en la boca cuando oí a alguien que hablaba dirigiéndose a Miss Stein, y nunca he oído a nadie dirigirse en tal forma a otra persona. A nadie, nunca, en ninguna parte.

Luego me alcanzó la voz de Miss Stein, defendiéndose y suplicando. Decía:

—Esto no, cielo. No hagas esto. No, por favor, no hagas esto. Haré todo lo que me pidas, pero no, cielo, esto no, por favor. No lo hagas. No, cielo, por favor, no.

Tragué la bebida y dejé la copa en la mesa y salí disparado hacia la puerta. La doncella meneó el índice apuntándome y murmuró:

—No se marche. Estará con usted en seguida.

—Tengo que irme —dije.

Procuré no oír nada más mientras me alejaba, pero la cosa continuaba y el único modo de no oír era no estar allí. No era agradable oír a una, y las respuestas de la otra eran peores.

Ya en el patio, pedí a la doncella:

—Por favor, diga que nos encontramos en el patio. Que yo no pude entretenerme, porque un amigo ha caído enfermo. Desee a la señora buen viaje de mi parte. Ya escribiré.

—Entendido, monsieur. Qué lástima que tenga usted tanta prisa.

—Sí —dije—. Qué lástima.

Y así acabó todo para mí, de un modo bastante estúpido, aunque seguí haciendo pequeños recados, aparecí cuando se me requería, llevé a gentes que eran deseadas, y esperé mi despido, junto con la mayoría de los hombres amigos, cuando llegó la época en que nuevas amistades se introdujeron. Daba pena ver nuevos cuadros sin valor colgados al lado de los grandes cuadros, pero a mí ya no me importaba. No me importaba un comino. Ella se peleó con todos los que la queríamos excepto con Juan Gris, y con éste no pudo pelearse porque se había muerto. Además me parece que a él no le hubiera importado porque ya nada le importaba según se ve por sus últimos cuadros.

Finalmente, ella se peleó también con los nuevos amigos, pero nosotros ya no seguíamos las fluctuaciones de la situación. Llegó a parecerse a un emperador romano, lo cual está muy bien si a uno le gusta que las mujeres se parezcan a emperadores romanos. Pero Picasso la había retratado, y yo me acordaba muy bien de ella cuando se parecía a una mujer friulana.

Por fin, todo el mundo, o casi lodo el mundo, se reconcilió con ella para no parecer pedante o resentido. Pero yo nunca pude reconciliarme de verdad, no pude reconciliarme ni de corazón ni de cabeza. Esto, que la cabeza no sea capaz de reconciliarse, es lo peor que pueda pasar. Pero aquel caso era más complicado todavía.

 

XIV

EL HOMBRE MARCADO PARA LA MUERTE

Aquella tarde en que conocí a Ernest Walsh, el poeta, en el estudio de Ezra, al poeta le acompañaban dos chicas con largos abrigos de visón, y afuera en la calle le esperaba un largo coche reluciente, alquilado en el Claridge, con un chófer de uniforme. Las chicas eran rubias y habían atravesado el Atlántico en el mismo barco en que iba Walsh. El barco había llegado la víspera, y el poeta llevó las chicas a visitar a Ezra.

Ernest Walsh era moreno, vehemente, impecablemente irlandés, poético, y visiblemente marcado para la muerte, tal como en las películas salen personajes marcados para la muerte. Conversó con Ezra mientras yo hablaba con las chicas, que me preguntaron si había leído los poemas de Mr. Walsh. No los había leído, y una de ellas sacó un número, de verde cubierta, de la revista de Harriet Monroe, Poetry: A Magazine of Verse, y me enseñó unos poemas de Walsh que la revista traía.

—Le pagan mil doscientos dólares por poema —dijo la muchacha.

—Por cada poema —dijo la otra.

Si mi memoria no fallaba, yo recibía doce dólares por página, en el mejor de los casos, de la misma revista.

—Debe ser un gran poeta —dije.

—A Eddie Guest no le pagan tanto por sus canciones —me informó la primera chica.

—No le pagan tampoco tanto a ese otro poeta. Ése, ya sabe usted.

—Kipling —dijo su amiga.

—A nadie más le pagan tanto —dijo la chica primera.

—¿Se quedan en París mucho tiempo? —les pregunté.

—Pues no. No puede decirse que por mucho tiempo. Vinimos con un grupo de amigos.

—Llegamos en el barco ése, ya sabe usted. Pero en realidad no había nadie a bordo. Bueno, claro que estaba Mr. Walsh.

—¿No será Mr. Walsh el jugador, el célebre especialista de los naipes?

Ella me miró con mirada decepcionada, pero comprensiva.

—No. No necesita esas cosas. Pudiendo escribir poemas como los suyos…

—¿En qué barco regresan ustedes?

—Bueno, depende. Depende de los barcos y de otras muchas cosas. ¿Piensa usted regresar?

—No. Aquí me defiendo.

—Este barrio parece más bien pobre, de todos modos.

—Sí. Pero no es mal barrio. Yo trabajo en los cafés, y de vez en cuando doy una vuelta por los hipódromos.

—¿Puede ir al hipódromo vestido así?

—No. Éste es mi traje de café.

—Ah, ya entiendo el truco —dijo una de las chicas—. Me gustaría conocer un poco esa vida de cafés. ¿No te gustaría a ti, rica?

—Sí me gustaría —contestó la otra chica.

Apunté sus nombres en mi libreta de direcciones y prometí que las llamaría al Claridge. Eran buenas chicas, y les dije adiós a ellas y a Walsh y a Ezra. Walsh estaba todavía hablando a Ezra con gran vehemencia.

—No se olvide —dijo la más alta de las dos chicas.

—Imposible olvidarlo —dije, y les estrechó otra vez la mano a las dos.

La primera vez que volví a tener noticias de Walsh fue cuando Ezra me contó que para que pudiera dejar el Claridge tuvieron que pagarle la factura ciertas damas devotas de la poesía y de los poetas marcados para la muerte y lo siguiente, al cabo de algún tiempo, fue que había obtenido apoyo financiero de otra fuente y que iba a fundar una nueva revista trimestral de la que sería codirector.

Por entonces el Dial, una revista literaria americana que dirigía Scofield Thayer, daba un premio anual, me parece que de mil dólares, a un colaborador que hubiera excelido en el ejercicio de las letras. En aquellos días era una suma considerable para un escritor puro, aparte del prestigio, y el premio se había dado ya a varias personas, todas ellas muy meritorias, naturalmente. Entonces, una pareja podía vivir cómodamente y bien en Europa por cinco dólares al día, y podía viajar.

Aquella revista trimestral de la que Walsh iba a ser un director tenía en cartera, según se decía, el proyecto de premiar con una suma muy apreciable al colaborador cuya obra se considerara la mejor al cabo de cuatro números.

Si la noticia circuló a base de chismorreo y rumor, y si hubo alguna confidencia personal, no es cosa que pueda precisarse. Queremos esperar y creer siempre que se procedió en todo con la mayor honradez. Ciertamente, nunca pudo afirmarse ni imputarse nada contra la otra persona, compañera de Walsh en la dirección.

No hacía mucho que yo había oído rumores de aquel supuesto premio, cuando Walsh me invitó un día a almorzar en cierto restaurante que era el mejor y más caro de los alrededores del boulevard Saint-Michel, y después de las ostras, que fueron de las caras marennes planas y con un dejo a cobre, y no de las ordinarias y baratas portugaises redondeadas, y después de una botella de Poully-Fuissé, empezó a guiarme delicadamente hacia su terreno. Parecía como si estuviera transformándome a mí en puta y transformándose él en mi chulo, tal como se había transformado en el chulo de las putillas del barco, claro que suponiendo que fueran putillas y que él fuera su chulo, y cuando me preguntó si me gustaría comer otra docena de las ostras planas, como él las llamaba, dije que tendría muchísimo gusto. Conmigo no se esforzaba por parecer marcado para la muerte, y esto siempre era un alivio. Él sabía que yo sabía que él estaba podrido, y no quiero decir podrido como los chulos sino podrido como los tísicos que mueren de la tisis, y que yo sabía que estaba grave, y conmigo no se esforzaba por toser, y ya que estábamos en la mesa yo se lo agradecía. Me pregunté si comía las ostras planas según el mismo principio de las putas de Kansas City, que estaban marcadas para la muerte y puede decirse que para todo, y que siempre querían tragar esperma como soberano remedio contra la tisis; pero no se lo pregunté. Empecé mi segunda docena de ostras planas, levantándolas de su lecho de hielo machacado en la bandeja de plata, y observando cómo sus increíbles sutiles bordes pardos reaccionaban y se encogían cuando les caía encima el zumo de limón que yo estrujaba, y cortando el músculo que las juntaba con la concha, y llevándomelas a la boca para masticarlas con minucia.

—Ezra es un poeta grande, muy grande —dijo Walsh, mirándome con sus sombríos ojos también de poeta.

—Sí —dije—. Y muy buena persona.

—Noble —dijo Walsh—. Noble de pies a cabeza. Comimos y bebimos en silencio, como tributo a la nobleza de Ezra. Eché de menos a Ezra, y me hubiera gustado que estuviera con nosotros. El tampoco comía marennes de ordinario.

—Joyce es grande —dijo Walsh—. Grande. Grande.

—Grande —dije—. Y un buen amigo.

Nos habíamos hecho amigos en aquel maravilloso intervalo después de terminado el Ulysses y antes de que Joyce empezara aquello que durante largos años se tituló Work in Progress. Pensé en Joyce, y me acordé de muchas cosas.

—Deseo que su vista mejore —dijo Walsh.

—Él lo desea también —dije yo.

—Es la tragedia de nuestra época —me comunicó Walsh.

—Todo el mundo tiene algo estropeado —dije, procurando alegrar el banquete.

—Tú no tienes nada.

Walsh me arrojo encima todo su encanto y un poco más, y luego se marcó a sí mismo para la muerte.

—¿Quieres decir que no estoy marcado para la muerte? —pregunte, sin poder contenerme.

—No. Tú estas marcado para la Vida —declaró, pronunciando la palabra con mayúscula.

—Espera un poco —dije.

Walsh quería comer un buen steak, un steak de rara calidad, y pedí dos tournedos con salsa bearnesa. Pensé que la mantequilla le haría un efecto saludable.

—¿Qué dirías de un vino tinto? —preguntó.

Vino el sommelier y pedí un Châteauneuf-du-Pape. Luego iba a darme un paseo por los muelles para eliminarlo. Walsh podía dormir su vino o hacer con él lo que le gustara. Lo que es a mí, el vino no va a pesarme demasiado, pensé.

El asunto gordo amaneció por fin, cuando acabábamos la carne y las patatas y andábamos por los dos tercios del Cháteauneuf-du-Pape, que no es un vino de mesa.

—Es inútil andarse con rodeos —dijo Walsh—. Ya sabes que vas a tener el premio, ¿verdad?

—¿Yo? —dije—. ¿Por qué?

—Vas a recibirlo —dijo.

Se puso a hablar de mi obra y yo me puse a no escucharle. Me daban angustia las gentes que me hablaban de mi obra a la cara, y le miré y vi su expresión de marcado para la muerte, y pensé, podrido que quieres pudrirme con tu podre. He visto a batallones que caminaban por el polvo de la carretera hacia el frente, y una tercera parte de aquellos hombres iban a la muerte o algo peor, y no se veía en ellos ninguna marca particular, el polvo era el mismo para todos, y ahí estás tú con tu aspecto de marcado para la muerte. Ahora quieres pudrirme a mí. No pudras a los demás lo que no quieras que te pudran a ti. Lo único no podrido era su muerte. Estaba al llegar, sin trampa.

—No creo merecerlo, Ernest —le dije, divirtiéndome en llamarle por mi propio nombre, que aborrezco—. Además, Ernest, no sería ético, Ernest.

—Es curioso que tengamos el mismo nombre, ¿no te parece?

—Sí, Ernest —dije—. Es un nombre del que debemos responsabilizarnos sin reservas. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad, Ernest?

—Sí, Ernest —dijo.

Me miró expresándome su completa, su morriñosa, su irlandesa comprensión, y desplegando todo su encanto.

Por consiguiente, fui siempre muy amable con él y con su revista, y cuando tuvo sus hemoptisis y se fue de París, y me pidió que cuidara de la impresión de la revista ya que los tipógrafos no sabían inglés, lo hice. Asistí a una de las hemoptisis, era perfectamente auténtica, y me di cuenta de que iba a morirse sin escapatoria, y en aquel momento, que era un momento difícil de mi vida, me satisfacía ser en extremo amable con él, igual que me satisfacía llamarle Ernest. Además, por su compañera en la dirección yo sentía simpatía y admiración. Ella no me había prometido ningún premio. Ella sólo quería hacer una buena revista y pagar bien a los colaboradores.

Un día, pasado mucho tiempo, encontré a Joyce que se paseaba por el boulevard Saint-Germain, tras haber pasado la tarde, solo, en el teatro. Le gustaba escuchar a los actores, aunque no les veía. Me invitó a beber una copa con él, y nos sentamos en los Deux Magots y pedimos jerez seco, aunque todos los biógrafos escriben que él nunca bebió más que vino blanco de Suiza.

—¿Qué me dice de Walsh? —preguntó Joyce.

—De tal vivo, tal muerto —contesté.

—¿Le prometió a usted aquel premio?

—Sí.

—Me lo figuraba —dijo Joyce.

—¿Se lo prometió a usted?

—Sí —contestó Joyce, y después de un silencio preguntó—: ¿Se lo prometería a Pound, qué le parece a usted?

—No sé.

—Mejor no preguntárselo —dijo Joyce.

Así lo dejamos. Le conté a Joyce mi primer encuentro con Walsh en el estudio de Ezra, con las chicas de los largos abrigos de pieles, y la anécdota le divirtió.

 

XV

EVAN SHIPMAN EN LA CLOSERIE DES LILAS

A partir del día en que descubrí la librería de Sylvia Beach, me leí Turgéniev entero, todo lo que había salido en inglés de Gógol, las traducciones de Tolstoi por Constance Garnett, y las traducciones inglesas de Chéjov. En Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine Mansfield había escrito buenos cuentos, había incluso escrito grandes cuentos, pero cuando quise leerla después de conocer a Chéjov me parecía oír los relatos cuidadosamente artificiales de una solterona joven, comparados con lo que puede contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un escritor bueno y sencillo. La Mansfield era una especie de cuasi-cerveza. Mejor beber agua. Pero Chéjov no era agua, salvo por su claridad. Tenía algunos cuentos que parecían ser mero periodismo. Pero tenía otros maravillosos.

En Dostoievski había cosas increíbles y que no se debían creer, pero había algunas tan verdaderas que uno cambiaba a medida que las leía. La flaqueza y la locura, la malignidad y la santidad, la insania del juego, estaban allí para que uno las conociera como conocía el paisaje y los caminos en Turgéniev, y los movimientos de tropas y el terreno y los oficiales y la tropa y el combate en Tolstoi. Al lado de Tolstoi, lo que Stephen Crane escribió sobre la guerra civil parecía la brillante fantasía de un muchacho enfermo que nunca había estado en la guerra, pero había leído los relatos de batallas y las crónicas y había mirado las fotos de Brady, todo lo que yo había leído y mirado de niño en casa de los abuelos. Hasta conocer La Chartreuse de Parme, de Stendhal, nunca leí nada que presentara la guerra tal como es excepto en Tolstoi, y el maravilloso relato de Waterloo, por Stendhal, es un trozo episódico en un libro que contiene mucho aburrimiento. Llegar a todo aquel nuevo mundo de literatura, con tiempo para leer en una ciudad como París donde había modo de vivir bien y de trabajar por pobre que uno fuera, era como si a uno le regalaran un gran tesoro. Y uno podía llevarse consigo el tesoro cuando salía de viaje, y en las montañas de Suiza y de Italia donde vivíamos antes de descubrir Schruns en el alto valle del Vorarlberg en Austria, siempre estaban los libros, de modo que vivíamos en el nuevo mundo recién descubierto, entre la nieve y los bosques y los ventisqueros y los apuros del invierno y el cobijo del hotel Taube, todo esto de día, y de noche podíamos vivir en el otro mundo maravilloso que los escritores rusos nos regalaban. Al principio estaban los rusos. Luego estuvieron todos los demás. Pero por mucho tiempo sólo estuvieron los rusos.

Me acuerdo de que un día, cuando volvíamos con Ezra después de jugar al tenis en el boulevard Arago, él me invitó a subir a su estudio para una copa, y allí le pregunté qué pensaba sinceramente de Dostoievski.

—Si tengo que serte franco, Hem —dijo Ezra—, nunca leo a los rusos.

Era una contestación sin rodeos, como me las daba siempre Ezra cuando hablábamos, pero no me gustó, porque aquél era el hombre que entonces me gustaba y me convencía más como crítico, el hombre que creía en el mot juste, en la única palabra que es correcto usar, el hombre que me había enseñado a desconfiar de los adjetivos tal como más adelante yo aprendería a desconfiar de ciertas personas en ciertas situaciones. Y yo quería saber su opinión sobre un hombre que casi nunca usó el mot juste, pero que a veces daba a sus personajes una vida como casi nadie lograba dar.

—No te alejes de los franceses —dijo Ezra—. Tienes mucho que aprender de ellos.

—Ya lo sé —dije—. Tengo mucho que aprender de todo el mundo.

Más tarde, después de dejar el estudio de Ezra, caminé de vuelta a la serrería, mirando desde la alta calle hacia el hueco en que terminaba, donde se veían los árboles desnudos y detrás la lejana fachada del Café Bullier, tras el ancho del boulevard Saint-Michel. Abrí la puerta y pasé entre la leña recién aserrada, y dejé mi raqueta, guardada en su prensa, detrás de las escaleras que subían al piso alto del pavillon. Llamé por la escalera, pero no había nadie en casa.

—La señora ha salido, y también la bonne con el niño —me dijo la mujer del dueño de la serrería.

Era una mujer de mal carácter, obesa, de peinado llamativo. Le di las gracias.

—Vino un joven y preguntó por usted —dijo, usando el término de jeune homme en vez de monsieur—. Dijo que estaría en la Closerie des Lilas.

—Muchas gracias —dije—. Si mi esposa vuelve, haga el favor de decirle que estoy en la Closerie.

—Salió con unos amigos —dijo la mujer.

Ajustándose la bala roja, montada en sus altos tacones, cruzó el umbral de su propio domaine sin molestarse en cerrar la puerta.

Bajé por la calle entre las altas y manchadas y jaspeadas fachadas de las casas blancas; torcí a la derecha al llegar al abierto y soleado cabo de la calle, y me adentré en la penumbra rayada de sol de la Closerie.

No había en la sala nadie que yo conociera, pero salí a la terraza y encontré a Evan Shipman esperando. Era un buen poeta, que tenía afición y experiencia de caballos, de literatura y de pintura. Se levantó y le vi alto y pálido y delgado, con su camisa blanca sucia y de cuello raído, con su corbata cuidadosamente anudada, con su gastado y arrugado traje gris, con sus manchados dedos más oscuros que su pelo, con sus uñas ribeteadas y con su cordial y humilde sonrisa que reprimía para no mostrar sus estropeados dientes.

—Estoy muy contento de verte, Hem —dijo.

—¿Cómo estás, Evan? —pregunté.

—Un poco bajo —dijo—. Aunque me parece que aquello del Mazeppa me ha salido bien. ¿Y tú qué haces últimamente?

—Hombre, me alegro —dije—. Me fui a jugar al tenis con Ezra, por eso no me encontraste en casa.

—¿Qué tal está Ezra?

—Muy bien.

—Me alegro. Sabes, Hem, me parece que a la dueña ésa de donde tú vives no le caigo en gracia. No me dejó subir a esperarte.

—Ya le hablaré.

—No, no hace falta. Siempre puedo esperarte aquí. Es muy agradable estar al sol ahora, ¿no te parece?

—Estamos en pleno otoño. Me da la impresión de que no vas bastante abrigado para este tiempo.

—Sólo hace fresco por la noche —dijo Evan—. Un día de éstos empezaré a ponerme el abrigo.

—¿Sabes dónde lo tienes?

—No. Pero lo tengo guardado en alguna parte. No lo perderé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque guardé el poema en el bolsillo—. Rió sinceramente, pero apretando los labios para no enseñar los dientes—. Acompáñame a beber un whisky, por favor.

—Muy bien.

—Jean —se levantó Evan y llamó al camarero—. Dos whiskies, por favor.

Jean vino con la botella y los vasos y dos platillos de diez francos y el sifón. No midió con una copita y vertió whisky hasta llenar los vasos en más de tres cuartos. Jean quería mucho a Evan, que a menudo le acompañaba y le ayudaba a trabajar en su huerto de Montrouge, pasada la Porte d’0rléans, en los días libres de Jean.

—No tiene que exagerar —dijo Evan al alto y viejo camarero.

—¿Son dos whiskies o no? —preguntó el camarero.

Añadimos agua, y Evan dijo:

—Bebe el primer sorbo con mucho cuidado, Hem. Bien administrados, estos vasos nos pueden durar mucho.

—¿Y qué, te cuidas un poco? —le pregunte.

—Si, te lo juro. Pero hablemos de otra cosa, ¿no te parece?

No había nadie más sentado en la terraza, y el whisky empezó a caldearnos a los dos, aunque yo iba más preparado para el otoño que Evan, y llevaba mi chandail de boxeo y encima una camisa y encima de la camisa un jersey azul de marinero francés.

—He estado pensando en Dostoievski —dije—. No acabo de entenderlo. ¿Cómo puede escribir tan mal, tan increíblemente mal, y hacernos sentir tan hondamente?

—No creo que sea la traducción —dijo Evan—. Pasado por esa mujer, Tolstoi es muy buen escritor.

—De acuerdo. No sé cuántas veces comencé La guerra y la paz y lo dejé, hasta encontrar la traducción de Constance Garnett.

—Dicen que se la puede mejorar. No lo dudo aunque no sé ruso. Pero ya sabemos lo que son las traducciones. De todos modos, lo cierto es que la novela queda fantástica, quizá la mejor que existe, y uno puede leerla y releerla.

—De acuerdo —dije—. En cambio no puedes leer y releer a Dostoievski. Tenía Crimen y Castigo en Schruns, en una temporada en que se nos acabaron los libros, y no pude releerlo aunque no tenía nada que leer. Me dediqué a los periódicos austríacos y a estudiar alemán hasta que encontramos algo de Trollope en la edición Tauchnitz.

—Que Dios bendiga a Tauchnitz —dijo Evan. El whisky había perdido su ardor, y después de añadirle agua parecía simplemente una bebida demasiado fuerte.

—Mira, Hem, Dostoievski era una mierda —prosiguió Evan—. De lo que escribe bien es de mierda y de los santos. Sus santos son maravillosos. Lástima que no haya modo de releerle.

—Voy a probar otra vez con Los hermanos. Probablemente fue culpa mía.

—Se pueden releer trozos. Se puede releer casi todo. Pero de pronto empieza a ponerte furioso, por grande que sea.

—Bueno, en todo caso tuvimos suerte de poder leerlo por primera vez, y tal vez saldrá una traducción mejor.

—Pero no te dejes tentar por ese hombre, Hem.

—Claro que no. Yo quiero escribir de modo que haga efecto sin que el que lee se dé cuenta, y así, cuanto más lea más efecto le hará.

—Estupendo. Bebo a tu salud el wisky de Jean —dijo Evan.

—¿Qué pasa?

—El café cambia de dueño —dijo Evan—. Los nuevos propietarios quieren una clientela diferente, que gaste dinero, y van a poner un bar americano. Los camareros llevarán chaquetas blancas, figúrate tú, y les han dicho que se preparen a afeitarse los bigotes.

—No pueden hacerles eso a André y a Jean.

—No deberían poder, pero lo harán.

—Jean ha llevado bigote toda su vida. Es un bigote de dragón. Sirvió en un regimiento de Caballería.

—Tendrá que afeitárselo.

Bebí el resto del whisky.

—¿Otro whisky, monsieur? —vino Jean a preguntarme—. ¿Un whisky, monsieur Shipman?

Su gran bigote de puntas caídas formaba parte de su cara descarnada y amable, y la bola calva de su cabeza brillaba debajo de los hilos de pelo rígido que la atravesaban.

—No haga eso, Jean —le dije—. No se arriesgue.

—No hay riesgo —nos dijo en voz baja—. Lo que hay es mucha confusión. Muchos se despiden. Entendido, messieurs —dijo en voz alta.

Entró en el café y volvió a salir equipado con la botella de whisky, dos grandes vasos, dos platillos de diez francos fileteados en oro, y un sifón.

—No, Jean —dije.

Puso los vasos en los platillos y los llenó de whisky casi hasta el borde, y volvió al café con lo que quedaba de la botella. Evan y yo hicimos chorrear un poquitín de sifón en los vasos.

—Es una suerte que Dostoievski no conociera a Jean —dijo Evan—. Hubiera podido matarse bebiendo.

—¿Qué haremos con estos vasos?

—Beberlos —dijo Evan—. Son una protesta. Son acción directa.

Al lunes siguiente, cuando por la mañana fui a trabajar a la Closerie, André me sirvió un Bovril, que es una taza de extracto de buey disuelto en agua. André era bajo y rubio, y donde antes estaba su mostacho cerdoso se veía un desnudo labio de cura. Llevaba una chaqueta blanca de barman americano.

—¿Y Jean?

—No vendrá hoy.

—¿Cómo se encuentra?

—Á él le ha costado más resignarse. Sirvió toda la guerra en un regimiento de Caballería pesada. Tuvo la Croix de Guerre y la Médaille Militaire.

—Nunca me ha dicho que le hubieran herido tan gravemente.

—No. no fue pur eso. Le hirieron, claro, pero la Médaille Militaire que le dieron fue por lo otro. Por su valor.

—Dígale que pregunté por el.

—Desde luego —dijo Andre—. Espero que no tardará demasiado en resignarse.

—Dele también recuerdos de Mr. Shipman.

—Mr. Shipman está con el —dijo André—. Se fueron a trabajar al huerto.

 

XVI

UN AGENTE DEL MAL

Lo último que me dijo Ezra cuando dejó la rué Notre-Dame-des-Champs para marcharse a Rapallo fue:

—Oye, Hem, deseo que guardes este tarro de opio, y que se lo des a Dunning sólo en un caso de verdadera necesidad.

Era un gran tarro de cold-cream, y desenroscando el tapón vi que el contenido era oscuro y viscoso y olía a opio muy crudo. Ezra me dijo que lo había comprado a un príncipe indio, en la avenue de 1’Opéra cerca del boulevard des Italiens, y que le había costado muy caro. Yo supuse que procedía del viejo bar del Trou-dans-le-Mur, que durante la guerra y poco después fue un antro de desertores y de traficantes en drogas. Era un bar muy estrecho pintado de rojo por fuera, apenas más que un segmento de pasillo, en la rué des Italiens. En cierta época comunicaba por una puerta trasera con las cloacas de París, y se decía que saliendo por allí uno podía llegar hasta las catacumbas. Dunning era Ralph Cheever Dunning, un poeta que fumaba opio y que se olvidaba de comer. En las temporadas en que fumaba mucho sólo era capaz de beber leche, y entonces escribía en terza rima o tercetos encadenados, lo cual le hacía simpático para Ezra, que además encontraba otras cualidades en su poesía. Se entraba en su casa por el mismo patio a que daba el estudio de Ezra, y Ezra me llamó pidiéndome auxilio, un día en que Dunning se moría, pocas semanas antes de que Ezra dejara París. La nota de Ezra decía: «Dunning se muere. Por favor, ven en seguida.»

Dunning. tendido en la estera, parecía un esqueleto, y desde luego hubiera acabado muriéndose por falta de alimentos, pero al fin convencí a Ezra de que son pocos los que se mueren hablando en períodos bien redondeados, y de que nunca se había visto a un hombre morir mientras hablaba en tercetos encadenados, y por mi parte yo dudaba de que el propio Dante llegara a tanto. Ezra dijo que Dunning no estaba hablando en tercetos encadenados, y reconocí que posiblemente me sonaba a tercetos encadenados sólo porque yo estaba durmiendo cuando recibí la nota de Ezra. Finalmente, después de una noche pasada con Dunning que esperaba la llegaba de la muerte, dejamos el caso a cargo de un médico, y se llevaron a Dunning a una cura de desintoxicación. Ezra se hizo responsable del pago a la clínica, y movilizó en ayuda de Dunning a no sé cuántos amantes de la poesía. A mí se me confió únicamente la entrega del opio si se producía un momento de verdadera necesidad. Viniendo de Ezra, era una misión sagrada, y mi mayor ambición era la de estar a la altura de las circunstancias y reconocer el estado de verdadera urgencia. Se produjo al fin, cuando un domingo por la mañana la portera de Ezra entró en el patio de la serrería y gritó hacia la abierta ventana donde se me veía estudiando los programas de los hipódromos:

Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse catégoriquement de descendre.

Que Dunning se hubiera subido al tejado del estudio y se negara categóricamente a bajar, parecía representar un estado de notable urgencia, de modo que me proveí con el tarro de opio y subí por la calle en compañía de la portera, que era una mujer menuda y vehemente, muy agitada por la situación.

—¿Tiene monsieur lo que se necesita? —preguntó.

—Desde luego —aseguré—. No habrá ninguna dificultad.

—Monsieur Pound piensa en todo —dijo ella—. Es la amabilidad en carne y hueso.

—Sí que lo es —dije—. Y continuamente le echo de menos.

—Esperemos que monsieur Dunning será razonable.

—Tengo lo que hace falta —le aseguré.

Cuando llegamos al patio a que daban los estudios, la portera dijo:

—Ya ha bajado.

—Debe de haber intuido que yo venía —dije.

Subí por la escalera al aire libre que llevaba a la vivienda de Dunning y llamé a la puerta. Me abrió. Estaba demacrado y parecía más alto que de ordinario.

—Ezra me encargó que te diera esto —dije ofreciéndole el tarro—. Dijo que ya comprenderás lo que es.

Tomó el tarro y lo miró. Luego me lo tiró. El tarro me dio en el pecho o en el hombro y rodó escaleras abajo.

—Hijo de puta —dijo él—. Mal parido.

—Ezra dijo que tal vez lo necesitaras —dije.

Replicó disparándome una botella de leche.

—¿Estás seguro de que no te hace falta? —pregunté.

Arrojó otra botella de leche. Me batí en retirada, y me alcanzó en la espalda con otra botella de leche. Luego cerró la puerta.

Recogí el tarro, que sólo tenía una ligera raja, y me lo guardé en el bolsillo.

—No pareció que le gustara el regalo de monsieur Pound —expliqué a la portera.

—Tal vez ahora estará tranquilo.

—Tal vez ya tenga él una provisión.

—Pobre monsieur Dunning —dijo ella.

Los amantes de la poesía que Ezra había organizado acudieron al fin en auxilio de Dunning. Mi propia intervención y la de la portera no habían sido más que fracasos. El tarro de supuesto opio que se había rajado lo guardé, envuelto en papel de parafina y cuidadosamente atado, en una vieja bota de montar. Cuando, unos años después, Evan Shipman me ayudó a recoger mis cosas de aquel piso que dejaba definitivamente, encontramos el viejo par de botas de montar, pero el tarro no estaba. No sé por qué me bombardearía Dunning con botellas de leche, a no ser que se acordara de mi incredulidad en la noche en que murió por primera vez, o que fuera una innata repugnancia por mi persona. Pero me acuerdo de la intensa felicidad que la frase «Monsieur Dunning est monté sur le toit et refuse categóriquement de descendre» comunicó a Evan Shipman. Vio en ella una virtud simbólica. Yo no sé. Tai vez Dunning me tomó por un agente del mal o de policía. Yo sólo sé que Ezra procuró favorecer a Dunning como favorecía a tanta gente, y siempre deseé que Dunning fuera un poeta tan bueno como Ezra creía. Para ser poeta, disparó una botella de leche con puntería muy buena. Pero Ezra, que era un poeta muy grande, también jugaba muy bien al tenis. Evan Shipman, que era un poeta muy bueno y realmente no sentía ninguna necesidad de que sus poemas se publicaran, decidió que el caso de Dunning debía seguir envuelto en misterio.

—En nuestras vidas no hay bastante verdadero misterio, Hem —me dijo una vez—. En estos tiempos, lo que más falta nos hace son el escritor realmente desprovisto de ambición, y el poema inédito realmente bueno. Claro que está el problema de comer.

 

XVII

SCOTT FITZGERALD

Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que é1 no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo.

La primera vez en mi vida en que encontré a Scott Fitzgerald, ocurrió algo muy extraño. Muchas extrañas cosas ocurrieron con Scott, pero aquello no he podido olvidarlo nunca. Él entró en el bar Dingo de la rué Delambre, donde yo estaba sentado en compañía de algunos sujetos que eran compañías perfectamente malas, y vino y se presentó y presentó a un hombre alto y simpático que estaba con él, diciendo que era Dunc Chaplin, el famoso lanzador de béisbol. No se puede decir que los campeonatos de béisbol en la Universidad de Princeton me hubieran apasionado nunca, y nunca había oído hablar de Dunc Chaplin, pero era exactamente lo que se llama un chico decente, y además no eslaba ni preocupado ni nervioso ni agresivo, y me fue mucho más simpático que Scott.

Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho, y su cara de muchacho no se sabía si iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía un pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser hermoso, pero él lo era gracias al color del cutis, al pelo muy rubio y a la boca. Una boca como para preocupar hasta que uno conocía bien a Scott, y entonces como para preocupar todavía más.

Yo tenía mucha curiosidad por conocerle y me había pasado el día trabajando de firme, y parecía maravilloso que allí estuvieran conmigo Scott Fitzgerald y el gran Dunc Chaplin, de quien nunca había oído hablar pero que de pronto era mi amigo. Scott no paraba de hablar, y como me ponía nervioso lo que decía, ya que se trataba de mis cuentos y de lo estupendos que eran, me puse a mirarle atentamente y a observar en vez de escuchar. Entonces todavía estaba en rigurosa vigencia el código según el cual las alabanzas eran la deshonra. Scott pidió champán y lo bebimos él y Dunc Chaplin y yo, me parece que en compañía de algunas de las malas compañías. No creo que ni Dunc ni yo siguiéramos muy de cerca la marcha del discurso de Scott, porque se trataba de un discurso, y yo no dejaba de observar a Scott. Era un hombre ligero pero no parecía en muy buena forma, y se le notaba como una hinchazón en la cara. Su traje de señorito le sentaba bien y estaba claro que salía de Brooks Brothers, y llevaba una camisa blanca de cuello muy formalito, y una corbata de esas que los ingleses se ponen con los colores de la banderita de su regimiento, y aquélla era nada menos que del regimiento de los Guardias Reales. Creí conveniente decirle que, hombre, que la corbata, porque en París los ingleses no escasean que digamos, y a lo mejor uno se metía en el Dingo, y además allí al lado estaban dos, pero luego pensé que a la puñeta y seguí observándole. Mas adelante se descubrió que la corbata salía de una tienda de Roma.

Llegó un momento en que observarle ya no me proporcionaba mucha información, excepto la de que tenía manos bien formadas y que parecían hábiles, y no eran pequeñitas, y cuando se encaramó a uno de los taburetes del bar, descubrí que tenía las piernas muy cortas. Con piernas normales tal vez hubiera alcanzado cinco centímetros más. Terminada ya la primera botella de champán y empezada la segunda, el discurso daba muestras de secarse.

Dunc y yo empezábamos a sentirnos incluso más ensamblados que antes del champán, y además era una suerte que el discurso se acabara. Hasta entonces, la idea que yo tenía de mi grandeza como escritor es que era un secreto muy bien guardado entre mi mujer y yo y esas pocas personas con las que se puede hablar. Qué suerte que Scott hubiera llegado a la misma satisfactoria conclusión acerca de mi grandeza, pero también era una suerte que su discurso empezara a ratear. Pero después de la conferencia llegó el coloquio de preguntas y respuestas. Fácil observarle sin escuchar la conferencia, pero en el coloquio no había escape. Scott, según más adelante comprendí, creía que para poner en claro sus dudas técnicas a un novelista le bastaba con preguntar llanamente a sus amigos y conocidos. Sí que fue llano el interrogatorio.

—Óyeme, Ernest —dijo—. ¿No te molesta que te tutee, verdad?

—Si a Dunc no le importa.

—No digas tonterías. Hablo en serio. Dime, ¿tú y tu mujer os fuisteis a la cama antes de casaros?

—No sé.

—¿Qué quieres decir con eso de que no lo sabes?

—No me acuerdo.

—No me digas que no te acuerdas de algo tan importante.

—De veras no lo sé —dije—. Qué raro, ¿verdad?

—Es más que raro —dijo Scott—. No puede ser que no te acuerdes.

—Lo siento. Es una lástima, ¿verdad?

—No te hagas el memo como un inglés —dijo él—. Ponte serio y acuérdate.

—Al cuerno —dije—. No me acuerdo.

—Podías de verdad procurar acordarte.

Parece que la conversación se caldea, pensé. Especulé si le servía a todo el mundo aquel rollo, pero me pareció que no, porque le observé cómo sudaba al elaborarlo. El sudor apareció en minúsculas gotitas encima de su largo y perfecto e irlandés labio superior, y ésa fue la razón por la que dejé de mirarle a la cara y registré el escaso largo de sus piernas, extendidas por el taburete alto. Volví a mirarle la cara, y entonces ocurrió el extraño fenómeno.

Mientras estaba allí sentado a la barra con la copa de champán en la mano, de pronto pareció que la piel de la cara se le ponía tirante y que desaparecía su hinchazón, y luego se puso todavía más tirante hasta que la cara pareció una calavera. Los ojos se hundieron y se apagaron como muertos, los labios se adelgazaron tirantes, y el color de la cara se fue, dejando un matiz de cera de vela quemada. No fueron visiones mías. La cara se le convirtió realmente en una calavera, o en una mascarilla mortuoria, ante mis ojos.

—Scott —dije—, ¿te encuentras bien?

No contestó, y la cara se le puso todavía más tirante.

—Tenemos que llevarle a un puesto de socorro —dije a Dunc Chaplin.

—No. No le pasa nada.

—Parece que está muriéndose.

—No. Siempre que se entrompa le pilla así.

Lo metimos en un taxi, y yo estaba muy inquieto pero Dunc dijo que no ocurría nada y que no me preocupara.

—Seguro que se encuentra ya bien al llegar a casa —dijo.

Así debió ocurrir, puesto que al encontrarme con Scott unos días más tarde en la Closerie des Lilas le dije que era una lástima que la bebida le hubiera sentado mal, que probablemente hablando y sin darnos cuenta bebimos demasiado de prisa, y me contestó :

—¿Una lástima? ¿Qué lástima? ¿Que me sentó mal? No sé de qué me hablas, Ernest.

—Me refiero a la otra noche, en el Dingo.

—En el Dingo nada me sentó mal. Pero rne daban la lata aquellos pelmazos de ingleses que estaban contigo, y por eso me fui a casa.

—No había ningún inglés en el bar. Salvo el barman.

—No armes enigmas, hombre. Ya sabes de qué sujetos se trata.

Debió volver luego al bar. O tal vez volvió otro día. O no, claro, entonces me acordé de que había dos ingleses allí. Era verdad. Me acordé de quiénes eran. Estuvieron aquella noche, en efecto.

—Sí —dije—. Desde luego.

—Esa chica de título falsificado que estaba tan impertinente, y ese memo borracho que la acompañaba. Dijeron que eran amigos tuyos.

—Lo son. Y es verdad que ella se pone a veces muy impertinente.

—Ya ves. No lleva a ninguna parte armar misterios, sólo porque uno ha bebido unas copas de vino. ¿Por qué diablos se te ocurrió armar tanto misterio? Nunca hubiera creído que te diera por ese tipo de bromas.

—No sé —dije; quise cambiar de tema, pero de pronto se me ocurrió una idea y pregunté—: ¿Se pusieron impertinentes por tu corbata?

—¿Impertinentes por mi corbata? No te entiendo. Llevaba una corbata de lazo negra, con una camisa blanca de cuello blando. Nada que pudiera llamar la atención.

Entonces sí que lo dejé. Scolt me preguntó por qué me gustaba el café aquel, y yo le describí el lugar antes de que hicieran reformas, y él procuró que le gustara también, y allí nos estuvimos sentados, yo a mi gusto y él procurando estar a gusto, y él me hizo preguntas y me habló de escritores y editores y agentes y críticos y George Horace Lorimer, y de la parte anecdótica y la económica en la vida de un escritor de éxito, y estuvo cínico y divertido y muy alegre y encantador y se hacía muy simpático, incluso si uno estaba en guardia frente a los que se hacen simpáticos. Hablaba con desdén pero sin amargura de todas sus cosas publicadas, y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores. Dijo que me daría a leer el libro nuevo, The Great Gatsby, en cuanto recuperara el único ejemplar que tenía, y que había prestado a no sé quién. Oyéndole hablar del libro no imaginaba uno lo bueno que éste era, salvo precisamente porque él hablaba con la timidez que muestran todos los escritores no fatuos cuando han hecho algo que está muy bien, y al fijarme deseé que recuperara pronto el libro para poder leerlo yo.

Me dijo Scott que según Maxwell Perkins, su agente, el libro no se vendía bien pero tenía muy buena crítica. No recuerdo si fue aquel día o más tarde cuando Scott me enseñó una reseña del libro por Gilbert Seldes, y no podía ser mejor. Sólo podría ser mejor si Gilbert Seldes fuera mejor. Scott estaba sorprendido y ofendido por la poca venta del libro, pero repito que no tenía entonces ninguna amargura, y sobre la calidad del libro se le veía a la vez tímido y contento.

Aquella tarde, mientras estábamos en la terraza de la Closerie des Lilas y veíamos caer la tarde y pasar la gente por la acera y cambiar la luz gris del crepúsculo, los dos whiskies con soda que bebimos no provocaron en él ninguna transformación química. Yo la esperaba fijándome mucho, pero no soltó discursos, y obró como una persona normal e inteligente y muy simpática.

Me contó que él y Zelda, su mujer, habían tenido que abandonar en Lyon el cochecito Renault que tenían, porque se les había echado encima tanta lluvia que era incómodo guiarlo. Me pidió que le acompañara a Lyon: iríamos en tren y recogeríamos el coche y volveríamos por carretera a París. Los Fitzgerald tenían alquilado un piso amueblado en el 14 de la rué de Tilsitt, no lejos de la Étoile. Estábamos a fines de primavera, y pensé que el campo estaría entonces en su mejor forma, y que podía ser una excursión muy agradable. Scott parecía tan simpático y tan razonable, y le vi beber dos whiskies fuertes sin que ocurriera nada, y con su seducción y su apariencia de cordura parecía que la otra noche en el Dingo había sido un sueño penoso. De modo que dije que le acompañaría a Lyon cuando quisiera ir.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente, y nos encontramos y decidimos que nos marcharíamos a Lyon en el expreso de la mañana. El tren salía a una hora cómoda y era muy rápido. Si no recuerdo mal, sólo tenía una parada en Dijon. Proyectábamos llegar a Lyon, hacer revisar el coche por un mecánico, cenar bien, y a la mañana siguiente temprano salir de vuelta a París.

La excursión me ilusionaba. Viajaría en compañía de un escritor de más edad y más éxito, y el coche nos daría ocasión para largas conversaciones muy instructivas para mí. Se me hace curioso recordar que entonces yo miraba a Scott como un escritor de más edad, pero el hecho es que, no habiendo todavía leído The Great Gatsby, me parecía un escritor mucho más viejo que yo. Le veía como autor de unos cuentos que tres años antes resultaban divertidos cuando salían en el Saturday Evening Post, pero no se me ocurrió que pudiera ser un escritor serio. En nuestra conversación en la Closerie des Lilas, me contó que a veces escribía un cuento que a él le parecía bueno, aunque en realidad no era más que un cuento bueno para el Post, y que una vez escrito lo alteraba antes de mandarlo a la dirección de la revista, porque sabía exactamente las vueltas y revueltas que convertían un cuento en artículo de éxito. Me sobresalté, y le dije que aquello era putear. Reconoció que era putear, pero dijo que tenía que hacerlo porque las revistas le daban el dinero necesario para escribir libros decentes. Dije que no me parecía que nadie pudiera escribir sin esforzarse por hacerlo lo mejor posible, y a pesar de todo conservar su talento. Él dijo que, puesto que primero escribía el cuento en su forma honrada, alterarlo y estropearlo luego no le hacía ningún daño. El argumento no me convencía y hubiera querido discutírselo, pero necesitaba una novela en que apoyar mi convicción, para aducírsela y persuadirlo, y entonces yo no había escrito todavía ninguna novela. A partir del momento en que empecé a despedazar mi estilo y a desprenderme de toda facilidad y a probar de construir en vez de describir, mi trabajo se había hecho apasionante. Pero me resultaba muy difícil, y no veía modo de escribir una novela larga. A menudo necesitaba toda una mañana de trabajo intenso para escribir un párrafo.

Mi mujer, Hadley, se alegró mucho de que yo saliera de excursión con Scott, aunque no se tomaba en serio las cosas de Scott que había leído. La noción que ella tenía de un buen escritor se basaba en Henry James. Pero pensó que a mí me convenía tomarme un descanso y dar una vuelta, aunque naturalmente lo que nos hubiera gustado era tener dinero para comprarnos nosotros un coche y salir de viaje juntos. Entonces no me parecía concebible que eso se realizara nunca. Boni and Liveright me habían dado un anticipo de doscientos dólares por un libro de relatos que iban a publicar en el otoño de aquel año, y mis cuentos eran aceptados por la Frankfurter Zeitung y por Der Querschnitt de Berlín, y por This Quarter y la Transatlantic Review de París, y vivíamos con gran economía, gastando sólo lo imprescindible, y ahorrando para poder ir a la Feria de Pamplona en julio y luego a Madrid y a la Feria de Valencia.

En la mañana convenida con Scott, llegué a la Gare de Lyon con tiempo de sobras, y le esperé ante la entrada a los andenes. Él tenía que traer los billetes. Se acercó la hora de la salida y él no llegaba, y al fin compré un billete de andén y caminé a lo largo del tren buscándole. No le vi, y cuando el largo tren se puso en marcha subí de un salto y recorrí los pasillos, confiando que estaría allí. Era un largo tren, y Scott no estaba. Expliqué el caso al revisor, compré un billete de segunda ya que el tren no tenía tercera, y pregunté al revisor cuál era el mejor hotel de Lyon. La única solución parecía telegrafiar a Scott desde Dijon, y decirle que le esperaba en Lyon en tal hotel. Si ya no estaba en casa, su mujer debía saber dónde transmitirle el telegrama. Entonces yo no sabía que un hombre adulto pudiera perder un tren, pero aquella excursión iba a enseñarme muchas cosas nuevas.

Por aquellos días era yo muy irritable, pero pasado Montereau ya se me había calmado la ira y era capaz de gozar del paisaje, y a mediodía almorcé bien en el coche restaurante y bebí una botella de Saint Émilion, y pensé que aunque había sido una solemne majadería embarcarme para un viaje confiando en una invitación, y aunque la broma me estaba costando un dinero que necesitábamos para ir a España, al fin y al cabo era una buena lección. Nunca antes me habían invitado a un viaje con los gastos pagados, y al invitarme Scott me empeñé en que dividiríamos los gastos de hotel y de las comidas. Pero entonces resultaba que a lo mejor Fitzgerald ni siquiera aparecía (en mi ira, le degradé de Scott y le pasé a Fitzgerald). Unos días después me alegré de que la cólera me hubiera estallado al principio y luego se me calmara. No fue una excursión muy indicada que digamos para una persona colérica.

En Lyon supe que Scott había salido de París para Lyon, pero sin decir dónde pensaba alojarse. Confirmé mi dirección, y la sirvienta que contestó al teléfono dijo que se la comunicaría a Scott si él llamaba. Madame no se encontraba bien y todavía descansaba. Llamé a todos los buenos hoteles de Lyon pero no pude localizar a Scott, y luego fui a un café a tomar un aperitivo y leer los periódicos. En el café encontré a un hombre que se ganaba la vida comiendo fuego, y además torcía con pulgar e índice monedas que apretaba entre sus mandíbulas desdentadas. Enseñaba las encías, magulladas pero en apariencia firmes, y dijo que no era mal oficio el suyo. Le invité a una copa y tuvo mucho gusto. Tenía una hermosa cara morena que rebrillaba cuando comía el fuego. Dijo que Lyon era mal punto, tanto para comer fuego como para proezas de fuerza con dedos y mandíbulas. Los falsos tragafuegos habían estropeado el oficio, y lo seguirían estropeando mientras no les prohibieran ejercer. Dijo que él se había pasado la tarde comiendo fuego y que no tenía dinero bastante para comer otra cosa aquella noche. Le invité a beber otra copa para quitarse el sabor a petróleo del fuego que tragaba, y le dije que podíamos cenar juntos si sabía algún sitio bueno y barato. Dijo que conocía un sitio excelente.

Comimos por muy poco dinero en un restaurante argelino, y me gustaron la comida y el vino de Argelia. El tragafuegos era un buen hombre y era interesante verle comer, ya que era capaz de mascar con las encías tan bien como la mayoría de la gente hace con los dientes. Me preguntó cómo me ganaba yo la vida y dije que estaba empezando a trabajar como escritor. Me preguntó qué escribía, y le dije que cuentos. Dijo que él sabía muchos cuentos, algunos más horribles e increíbles que todo lo que se había escrito en el mundo. Podría contármelos y yo los pondría por escrito, y si ganaba algún dinero le daría a él la parte que me pareciera equitativa. O mejor aún, podíamos irnos juntos a África del Norte y él me guiaría al país del Sultán Azul, donde yo obtendría cuentos como nadie había oído nunca.

Le pregunté qué clase de cuentos eran, y me dijo que trataban de batallas, ejecuciones, torturas, violaciones, horribles costumbres, increíbles prácticas, orgías: todo lo que yo pudiera necesitar. Era ya hora de que yo volviera al hotel y probara otra vez de encontrar a Scott, de modo que pagué la cuenta y dije al argelino que seguramente volveríamos a encontrarnos algún día. Él dijo que pensaba irse acercando a Marsella trabajando por el camino, y yo le dije que tarde o temprano volveríamos a encontrarnos y que había tenido mucho gusto en cenar con él. Le dejé ocupado en enderezar monedas torcidas y apilarlas en la mesa, y me volví al hotel.

De noche, Lyon no era precisamente una ciudad alegre. Era una ciudad grande, pesada, de dinero sólido, y probablemente estaba muy bien para quien tuviera dinero y le gustara aquel tipo de ciudades. Durante años oí hablar de los maravillosos pollos que se comen en los restautantes de Lyon, pero aquella noche cenamos cordero. Estaba muy bueno.

En el hotel no se había recibido comunicación de Scott, y me fui a la cama en aquel lujo desusado y me puse a leer el primer tomo de los Apuntes de un cazador de Turgéniev, un ejemplar prestado por la librería de Sylvia Beach. Hacía tres años que no me encontraba entre el lujo de un gran hotel, y abrí de par en par las ventanas y apilé las almohadas para apoyar cabeza y hombros, y fui feliz con Turgéniev en Rusia hasta que me dormí leyendo. A la mañana siguiente me estaba afeitando para bajar a desayunar, cuando llamaron de la conserjería diciendo que un caballero preguntaba por mí.

—Díganle que suba, por favor —dije.

Seguí afeitándome y escuchando los ruidos de la ciudad, que se había despertado pesadamente al amanecer.

Scott no subió, y finalmente nos reunimos en el vestíbulo.

—Siento muchísimo que se haya producido este enredo —dijo—. Si me hubieras dicho en qué hotel pensabas alojarte, nada hubiera ocurrido.

—No tiene importancia —contesté, ya que teníamos mucho camino por recorrer y más valía hacerlo en paz—. ¿En qué tren viniste?

—Uno que salió poco después del tuyo. Era un tren muy cómodo, y no se por qué no vinimos juntos.

—¿Has desayunado?

—Todavía no. No he hecho más que dar vueltas por la ciudad buscándote.

—Qué pena —contesté—. ¿No te dijeron de tu casa que yo estaba aquí?

—No. Zelda no se encontraba bien, y probablemente no hubiera debido dejarla sola. Por ahora, este viaje es un desastre.

—Vamos a desayunar y a buscar el coche y pongámonos en marcha —di je.

—Estupendo. ¿Desayunamos aqui?

—Será más rápido ir a un café.

—Pero aquí tenemos la seguridad de desayunar bien.

—Vale.

Tuvimos un gran desayuno al modo americano, con jamón y huevos, y fue muy bueno. Pero entre pedirlo, esperar a que lo trajeran, comerlo y esperar la cuenta, se pasó cerca de una hora. Y en el momento en que el camarero llegaba con la cuenta, Scott tuvo la idea de encargar que nos prepararan un almuerzo como para picnic. Intenté convencerle de que lo dejara, diciéndole que podríamos comprar una botella de Mâcon en Mâcon , y en cualquier charcutería unos embutidos para hacer sándwiches. O si encontrábamos las tiendas cerradas al pasar por un pueblo, siempre podríamos pararnos en cualquier restaurante. Pero Scott dijo que yo le había dicho que los pollos de Lyon eran de primera, y que teníamos que llevarnos un pollo. De modo que en el hotel nos prepararon un almuerzo, y no se requirió más tiempo que cuatro o cinco veces el tiempo que nos hubiera llevado comprarlo en una tienda.

Era evidente que Scott había bebido algunas copas antes de reunirse conmigo, y como parecía que todavía necesitaba otra, le pregunté si no quería que fuéramos al bar a beberla antes de marchar. Me contestó que él nunca bebía por las mañanas, y me preguntó si yo tenía costumbre de hacerlo. Dije que dependía por completo de mi humor y de lo que tenía que hacer, y él dijo que si yo sentía necesidad de una copa, él me acompañaría para que no tuviera que beber solo. De modo que nos bebimos un whisky con Perrier en el bar mientras esperábamos el almuerzo, y los dos nos sentimos mucho más a gusto.

Pagué la cuenta de la habitación y del bar, aunque Scott quería pagarlo todo. Desde el principio de aquel viaje se me formó un complejo de emociones sobre la cuestión del dinero, y vi que en definitiva me sentía tanto más tranquilo cuanto mayor era la parte que yo pagaba. Estaba gastando el dinero que habíamos ahorrado para España, pero sabía que tenía crédito con Sylvia Beach y que podía pedirle prestado lo que entonces malgastaba, y devolvérselo más adelante.

Al llegar al garaje donde guardaban el coche de Scott, me llevé la sorpresa de que el pequeño Renault era descapotable y no tenía capota. Me parece que la capota se estropeó cuando desembarcaron el cochecito en Marsella, o en todo caso se estropeó en Marsella por una razón u otra, y Zelda mandó que la quitaran y no quiso que pusieran otra nueva. Scott me reveló que su mujer detestaba las capotas de coche, y que habían viajado descapotados hasta Lyon, donde la lluvia les detuvo. Por lo demás, el coche se encontraba en buen estado, y Scott pagó la cuenta después de regatear las partidas de lavado, de engrase y de dos litros de aceite. El mecánico del garaje me explicó que el coche necesitaba le cambiaran los aros de los pistones, y que era evidente que lo habían hecho circular sin aceite y sin agua. Me enseñó los puntos donde la pintura se había quemado al recalentarse el motor. Dijo que si yo lograba convencer a Monsieur de que encargara en París los aros, el coche, que después de todo era un buen cochecito, no marcharía mal.

—Monsieur no me permitió poner una capota —dijo.

—¿No?

—Uno está obligado a tratar bien a un vehículo.

—Claro que sí.

—¿Los señores no llevan impermeables?

—No —contesté—. Yo no sabía eso de la capota.

—Procure que Monsieur se ponga serio —me pidió—. Al menos en lo que afecta al coche.

—Ah —dije.

La lluvia nos detuvo a cosa de una hora al norte de Lyon.

A. lo largo del día, tuvimos que parar algo asi como diez veces por la lluvia. Eran chaparrones fugaces, y unos duraban más y otros menos. Teniendo impermeables, no hubiera sido desagradable conducir bajo aquella lluvia de primavera. Pero como no los teníamos, nos guarecíamos debajo de los árboles o nos parábamos en los cafés que bordeaban la carretera. Almorzamos estupendamente con lo que llevábamos del hotel de Lyon, o sea con un excelente pollo trufado y un pan delicioso y un vino blanco de Mâcon, y Scott se ponía muy contento bebiendo el maconés blanco a cada parada que hacíamos. En Mâcon compré otras cuatro botellas de excelente vino, y las iba descorchando a medida que nos hacían falta.

Mi sospecha es que Scott no había nunca bebido vino directamente de la botella, y la cosa le excitaba como una expedición a los barrios bajos, o como se excita una muchacha cuando por primera vez se arroja al mar sin traje de baño. Pero, a primera hora de la tarde, a Scott empezó a entrarle preocupación por su salud. Me contó los casos de dos personas que poco antes habían muerto de congestión pulmonar. Las dos murieron en Italia, y los dos casos le habían impresionado hondamente.

Le dije que lo de congestión pulmonar no era más que un término anticuado para decir pulmonía, y él me aseguró que yo estaba equivocado y disparataba. La congestión pulmonar era una enfermedad específicamente europea, y yo no tenía por qué enterarme de su existencia aun leyendo los libros de medicina de mi padre, ya que en ellos se estudiaban solo las enfermedades específicamente americanas.

Dije que mi padre estudió también en Europa. Pero Scolt explicó que en Europa la congestión pulmonar era un fenómeno de aparición reciente, y que era imposible que mi padre lo hubiera alcanzado. Explicó también que las enfermedades difieren mucho de unas regiones de América a otras, y que si mi padre ejerciera la medicina en Nueva York y no en el Middle West, muy otra sería la gama de enfermedades con la que estaría familiarizado. Dijo «la gama», me acuerdo muy bien.

Dije que no era desacertada la observación de que ciertas enfermedades abundan en determinadas zonas de los Estados Unidos y en cambio se ignoran en otras, y cité como ejemplo la alta cifra de la lepra en Nueva Orleans, en contraste con su baja incidencia, en aquel momento, en Chicago. Pero añadí que los médicos tienen un sistema de intercambio de conocimientos y de información, y que por cierto a propósito de aquella conversación me acordaba de haber leído en el Journal of the American Medical Association un exhaustivo estudio sobre la congestión pulmonar en Europa, que refería su historia remontándose hasta el propio Hipócrates. Esto le dio ánimos por algún tiempo, y además le animé a que bebiera otro trago del Mâcon, ya que un buen vino blanco, de cuerpo pero de moderada fuerza alcohólica, podía decirse estaba indicado específicamente para combatir la enfermedad.

Scott se alegró un poco después de aquello, pero pronto empezó a decaer de nuevo, y me preguntó si había modo de llegar a una gran ciudad antes de que se le declararan la fiebre y el delirio con que, según yo le dije, se anuncia la verdadera congestión pulmonar en su forma europea. Al decir esto, le aseguré que mis palabras eran traducción de un artículo sobre la susodicha enfermedad, que leí en una revista médica francesa una vez que me encontraba en el Hospital Americano de Neuilly, esperando a que me cauterizaran la garganta. Un término como el de «cauterizar» actuaba sobre Scott como un calmante. Pero de todos modos quería saber cuándo llegaríamos a la ciudad. Dije que apretando un poco tardaríamos de veinticinco minutos a una hora.

Scott preguntó entonces si yo le tenía miedo a la muerte, y dije que a ratos sí y a ratos menos.

Entonces se puso a llover de veras, y en la primera aldea nos refugiamos en un café. No recuerdo todos los detalles de aquella tarde, pero sé que cuando al fin recalamos en un hotel, en una ciudad que debía ser Chalon-sur-Saône, era ya tarde y las farmacias estaban cerradas. Scott se desnudó y se acostó en cuanto llegamos al hotel. Dijo que no le importaba morir de congestión pulmonar. Lo único que le angustiaba era saber quién iba a cuidar de Zelda y de la pequeña Scotty. Yo realmente no veía modo de asumir la misión, ya que bastante apuro me daba cuidar de mi mujer Hadley y del joven Bumby, pero dije que haría cuanto estuviera en mi mano y Scott me dio las gracias. Me pidió que velara por que Zelda no bebiera y por que Scotty tuviera una institutriz inglesa.

Mandamos nuestras ropas a secar y nos quedamos en pijama. Fuera seguía lloviendo, pero el ambiente del cuarto, con todas las luces encendidas, era alegre. Scott yacía en la cama para conservar sus fuerzas y entablar combate con la enfermedad. Tomé su pulso, que era de setenta y dos, y le puse la mano en la frente, que estaba fría. Le ausculté el pecho y le hice respirar hondo, y el pecho daba un buen sonido.

—Mira, Scott —le dije—, tú estás perfectamente bien. Si quieres hacer lo más sensato para no pillar un resfriado, te quedas en la cama y pido una limonada y un whisky para cada uno, y tú te tomas una aspirina con lo tuyo, y ni siquiera tendrás un resfriado de nariz.

—Remedios de vieja comadre —dijo Scott.

—No tienes temperatura. ¿Cómo diablos vas a tener una congestión pulmonar si ni siquiera tienes temperatura?

—No me chilles —dijo Scott—. ¿Cómo sabes que no tengo temperatura?

—Tienes el pulso normal y la frente fría.

—Oh, a ojo de buen cubero —dijo Scott con amargura—. Si de verdad eres un amigo, consigúeme un termómetro.

—Estoy en pijama.

—Manda a buscarlo.

Llamé al timbre. El camarero no acudió, y volví a llamar y salí al pasillo en busca de alguien. Scott yacía con los ojos cerrados, respirando despacio y con cuidado, y con su color de cera y sus facciones perfectas parecía el cadáver de un joven cruzado. Ya me estaba hartando de la vida literaria, si aquello era la vida literaria, y echaba de menos mi trabajo y sentía la soledad de muerte que llega al cabo de cada día de la vida que uno ha desperdiciado. Estaba muy harto de Scotl y de aquella necia comedia, pero busqué al camarero y le di dinero para que comprara un termómetro y un tubo de aspirina, y pedí dos citrons pressés y dos whiskies dobles. Intenté encargar una botella de whisky, pero sólo servían copas.

De vuelta al cuarto, vi que Scott seguía yaciendo como en su propia tumba, esculpido como monumento de sí mismo, con los ojos cerrados y respirando con ejemplar dignidad.

Al oírme entrar habló:

—¿Conseguiste el termómetro?

Me acerqué y le puse la mano en la frente. No estaba fría como la tumba, pero estaba fresca y sin sudor.

—No —dije.

—Pensé que lo traerías.

—Mandé a buscarlo.

—No es lo mismo.

—Claro que no lo es. ¿Cómo va a ser lo mismo?

No había modo de irritarse con Scott, como no hay modo de irritarse con un loco, pero me entraba una cólera conmigo mismo, por haberme dejado enredar en aquella memez. Sin embargo, había algo serio detrás de la farsa de Scott, y yo lo sabía muy bien. En aquellos días, casi todos los borrachos morían de pulmonía, enfermedad que ahora está casi eliminada. Pero uno no concebía que Scott fuera un verdadero borracho, ya que le hacían efecto cantidades tan pequeñas de alcohol.

En Europa tomábamos el vino como cosa tan sana y normal como la comida, y además como un gran dispensador de alegría y bienestar y felicidad. Beber vino no era un esnobismo ni signo de distinción ni un culto; era tan natural como comer, e igualmente necesario para mí, y nunca se me hubiera ocurrido pasar una comida sin beber o vino o sidra o cerveza. Me gustaban todos los vinos salvo los dulces o dulzones y los demasiados pesados, y nunca imaginé que si Scott compartía conmigo unas pocas botellas de un vino blanco de Mâcon, seco y más bien ligero, en él se iban a producir cambios químicos que le converlirían en un majadero. Claro que bebimos el whisky con Perrier por la mañana, pero, dentro de la ignorancia que yo tenía entonces sobre cuestiones de alcoholismo, no podía concebir que un whisky hiciera daño a una persona que iba en un coche descapotado bajo la lluvia. El alcohol tenía que oxidarse en muy poco tiempo.

Esperando que el camarero trajera las cosas, me senté a leer un periódico y a terminar una de las botellas de Mâcon que descorchamos en la última parada. Cuando uno vive en Francia, siempre dispone de varios crímenes estupendos cuyo curso puede seguir día tras día en los periódicos. Son como novelas por entregas y hay que haberse leído los primeros capítulos, ya que no dan resúmenes de lo que antecede como en las novelas por entregas americanas, aunque de todos modos una novela americana tampoco les sabe tan bien a los que no han leído el tan importante capítulo de apertura. Cuando uno está en Francia pero viajando los periódicos pierden interés, ya que muchas veces falla la continuidad de los variados crimes, affaires, o scandales, y además para que la cosa cobre toda su gracia hay que leerla en un café. Aquella noche yo hubiera preferido infinitamente estar en un café donde pudiera leer las ediciones de la mañana de los periódicos de París y observar a la gente, y prepararme para la cena con alguna bebida más autoritaria que el Mâcon. Pero ya que me tocaba estar de mayoral del rebaño de Scott, me divertí como pude.

Cuando entró el camarero con los dos vasos de limonada y hielo, con los whiskies y con la botella de agua Perrier, me dijo que la farmacia estaba cerrada y que no había modo de comprar un termómetro. Había conseguido que le prestaran una aspirina. Le pedí que procurara le prestaran también un termómetro. Scott abrió los ojos y dirigió al camarero una mirada irlandesa cargada de agüeros funestos.

—¿Le has hecho comprender que se trata de un caso serio? —me preguntó.

—Me parece que lo comprende.

—Por favor, precísalo.

Procuré precisarlo, y el camarero dijo:

—Haré lo que pueda.

—¿Le diste bastante propina? —quiso saber Scott—. Trabajan sólo por las propinas.

—Ah, no sabía —contesté—. Yo creía que el hotel les pagaba también un sueldo.

—No quiero decir eso. Quiero decir que no te servirán si no les das una propina fuerte. Casi todos son unos sinvergüenzas.

Me acordé de Evan Shipman y del camarero de la Closerie des Lilas que tuvo que afeitarse el bigote cuando pusieron un bar americano, y de que Evan trabajaba en el huerto del camarero en Montrouge mucho antes de que ya conociera a Scott, y de lo buenos amigos que éramos entonces los de la Closerie y de nuestra larga amistad, y de los cambios que hubo y de lo que representaban para cada uno de nosotros. Estuve a punto de hablarle a Scott de aquel problema de la Closerie, aunque probablemente ya se lo había contado, pero me di cuenta de que le importaban un comino los camareros y sus problemas y su amabilidad y sus afectos. Por entonces Scott detestaba a los franceses, y como casi lo únicos franceses con quienes tenía contacto eran camareros a los que no entendía, taxistas, empleados de garaje y de hotel y porteras, tenía frecuentes ocasiones para ofenderles e insultarles.

Todavía detestaba a los italianos más que a los franceses, y no podía hablar de ellos sin perder estribos, incluso cuando no había bebido. A los ingleses los detestaba a menudo, pero a veces los toleraba y de cuando en cuando los admiraba. No sé qué pensaría de los alemanes y de los austríacos. No sé si había conocido nunca a ninguno, o a ningún suizo.

Volviendo a la noche del hotel, mi mayor satisfacción era que Scott conservara su calma. Mezclé la limonada con el whisky y se lo ofrecí con un par de aspirinas, y se tomó las aspirinas sin protestar y con admirable serenidad, y se quedó bebiendo a sorbitos. Tenía entonces los ojos abiertos y miraba a grandes lejanías. Me quedé leyendo lo crímenes que traía el periódico y sintiéndome muy en paz, demasiado en paz al parecer.

—Eres un tío frío, ¿no te parece? —Preguntó Scott.

Al mirarle comprendí que, si no en mi diagnóstico, por lo menos en mi receta me había equivocado, y que el whisky iba a resultarnos muy pernicioso.

—¿Qué quieres decir, Scott?

—Eres capaz de sentarte tan tranquilo y leer tu porquería de periodicucho francés, sin importarte un comino que yo agonice.

—¿Quieres que llame a un médico?

—No. No quiero un mierda de medicucho de aldea francés.

—¿Qué deseas, pues?

—Quiero tomarme la temperatura. Y luego quiero que nos sequen las ropas y que tomemos un expreso para París, y llegar lo más pronto posible al Hospital Americano de Neuilly.

—Las ropas no estarán secas hasta mañana, y esta noche no hay expresos —dije—. ¿Por qué no descansas y cenas un poco en la cama?

—Quiero tomarme la temperatura.

El latazo se prolongó largo tiempo, hasta que el camarero trajo un termómetro.

—¿No pudo encontrar otro? —Pregunté al camarero.

Scott cerró los ojos en cuanto entró el hombre, y tomó un aspecto tan sin remedio como el de Camila. No he conocido nunca a una persona que se quedara tan rápidamente sin sangre en la cara, y me pregunté dónde se la metería.

—Es el único que hay en el hotel —contestó el camarero dándome el termómetro.

Era un termómetro para baño, con un armazón de madera y metal calculado para que se hundiera en el agua pero no hasta el fondo. Bebí un trago de whisky puro, y abrí un momento la ventana para mirar la lluvia. Cuando me volví, Scott me estaba observando. Sacudí el termómetro con gesto profesional y le dije:

—Tienes suerle de que no sea un termómetro rectal.

—¿Dónde se colocan los termómetros de este tipo?

—En la axila —dije, y lo demostré abrigándolo en mi sobaco.

—No trastornes lo que marca —dijo Scott.

Volví a sacudir el termómetro con un solo brusco torcimiento de muñeca, y desabroché la chaqueta del pijama de Scott y le metí el artefacto en el sobaco, y luego volví a tocarle la frente y a tornarle el pulso. Él miraba fijamente al vacío. El pulso era de setenta y dos. Le hice guardar el termómetro puesto durante cuatro minutos.

—Creí que sólo hacía falla un minuto —dijo Scott.

—Este termómetro es muy grande —explique—. Hay que multiplicar por el cuadrado de la longitud del termómetro. Además es un termómetro centígrado.

Finalmente retire el termómetro y lo acerqué a la lamparilla.

—¿Cuánto marca?

—Treinta y siete con seis décimas.

—¿Y lo normal qué es?

—Eso es lo normal.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo.

—Prueba contigo. Quiero estar seguro.

Sacudí el termómetro y me desabroché el pijama y me puse el termómetro en el sobaco, y me quedé mirando el reloj. Luego miré el termómetro.

—¿Cuánto marca? —preguntó Scolt mientras yo examinaba el instrumento.

—Exactamente lo mismo.

—¿Y tú cómo te encuentras?

—Espléndidamente —dije.

Intenté recordar si treinta y siete con seis era realmente la temperatura normal. No es que tuviera ninguna importancia, porque el termómetro, inmutable, se mantenía en treinta grados.

Scott se mostraba un poco suspicaz, de modo que le pregunté si quería que hiciéramos otra comprobación.

—No —dijo—. Es una suerte que me haya curado tan rápidamente. Siempre tuve gran capacidad de recuperación.

—Ahora estás bien —dije—. Pero me sentiré más tranquilo si te quedas en la cama y cenas ligero, y mañana saldremos temprano.

Mi plan era comprar impermeables por la mañana, pero para eso tenía que pedirle dinero a Scott, y no tenía ganas de enredarme en una discusión en aquel momento.

Pero Scott no quiso quedarse en la cama. Quería levantarse y vestirse y bajar a llamar a Zelda para tranquilizarla.

—¿Qué razón tiene para no estar tranquila?

—Es la primera noche que pasamos separados desde que nos casamos, y tengo que hablarle. ¿No eres capaz de comprender la importancia que esto tiene para los dos?

Yo era muy capaz, pero no era capaz de comprender cómo pudieron dormir juntos la noche anterior. De todos modos, no era cosa que me correspondiera discutir. Scott bebió puro el whisky que no le puse en la limonada, de un gran trago, y me dijo que pidiera otro whisky. Busqué al camarero y le devolví el termómetro, y le pregunté cómo estaban nuestras ropas. Dijo que suponía estarían secas al cabo de una hora.

—Haga que el criado las planche, y así se secarán. No importa que queden algo húmedas.

El camarero nos trajo dos whiskies para que nos libráramos del resfriado, y bebí el mío despacio y aconsejé a Scott que hiciera lo mismo. Me preocupaba en serio que pudiera pillar un resfriado, porque vi que si llegaba a tanto habría que ingresarle en una clínica. Pero la bebida le hizo sentirse maravillosamente por un tiempo, y estuvo muy feliz desarrollando las trágicas sugestiones implícitas en el hecho de que aquélla era la primera noche de separación entre él y Zelda, desde el día en que se casaron. Finalmente, no pudo esperar más tiempo a llamarla, y se puso la bata y bajó a telefonear.

Volvió porque había mucha demora para la conferencia, y a poco entró el camarero con otro par de whiskies dobles. Nunca hasta entonces le vi a Scott beber tanto, pero no le hizo ningún efecto salvo el de volverle más animado y hablador, y se puso a contarme su vida con Zelda. Dijo que la había conocido durante la guerra, y que luego la perdió y la reconquistó, y me contó cómo llegaron a casarse, y algo trágico que les había ocurrido en Saint-Raphaël, hacía más o menos un año. Aquella primera versión que entonces me contó del enamoramiento de Zelda y un aviador de la marina francesa era un relato verdaderamente triste, y me parece que era un relato verídico. Luego me contó otras varias versiones del hecho, como si lo estuviera ensayando para meterlo en una novela, pero ninguna versión era tan triste como aquella primera, y yo siempre creí aquélla, aunque la verídica podía ser cualquiera de las otras. Cada versión estaba mejor contada que la anterior, pero ninguna resultaba tan entristecedora como la primera.

Scott sabía hablar y contar un relato. Hablando no tenía problemas de ortografía ni de puntuación, y no daba la impresión de analfabetismo que daban sus cartas tal como él las escribía. Fuimos amigos durante dos años antes de que aprendiera a ortografiar mi nombre; pero después de todo es un nombre largo de ortografía difícil, y posiblemente la ortografía se hacía más difícil a medida que pasaba el tiempo, y aprecié mucho el que Scott llegara por fin a ortografiar el nombre correctamente. También aprendió a ortografiar cosas más importantes, y procuró pensar acertadamente sobre muchas más.

Aquella noche, de todos modos, lo único que quería que yo conociera y comprendiera y apreciara era lo ocurrido en Saint-Raphaël, y yo le seguí tan bien que me parecía ver el pequeño hidroavión monoplaza y oír su zumbido, y ver la palanca de saltos y el color del mar y la forma de los muelles de madera y la sombra que proyectaban, y ver el bronceado de Zelda y el bronceado de Scott y el rubio claro y el rubio oscuro de su pelo, y la tez oscura del muchacho que estaba enamorado de Zelda. Pero no me atreví a formular la pregunta que me inquietaba, a saber, que si aquello era verdad y todo había sucedido de aquel modo, ¿cómo podía ser que Scott durmiera todas las noches en una misma cama con Zelda? Pero tal vez era eso lo que daba al relato aquella calidad más triste que la de otro relato, y después de todo tal vez Scott no se acordaba, como tampoco se acordaba de la noche precedente.

Nuestras ropas llegaron antes que la conferencia telefónica, y nos vestimos y bajamos a cenar. Scott trastabillaba ya un poco, y miraba a las gentes de reojo con cierta agresividad. Comimos caracoles muy buenos con una jarra de Fleury como inicio de la cena, y cuando estábamos a la mitad del plato y del vino llegó la conferencia. Scott desapareció por una hora y terminé comiéndome sus caracoles, rebañando la salsa de mantequilla y ajo y perejil con migas de pan, y apuré la jarra del Fleury. Cuando volvió le dije que pediría para él otra ración de caracoles, pero no la quiso. Quería un plato sencillo. No le atrajo un steak, ni tampoco hígado ni jamón, ni tampoco una tortilla. Quería pollo. A mediodía habíamos comido muy buen pollo frío, pero estábamos todavía en la región famosa por sus pollos, de modo que nos hicimos servir poularde de  Bresse con una botella de Montagny, un ligero y simpático vino del país. Scott comió muy poco y apenas sorbió una copa de vino. Perdió el conocimiento allí a la mesa, con la cabeza apoyada en las manos. Fue una cosa auténtica y sin comedia, e incluso me pareció que procuraba no verter vasos ni romper nada. Entre el camarero y yo le subimos al cuarto, y le acosté en la cama y le desvestí hasta dejarle en ropa interior, colgué en la percha su traje, y le cubrí con las mantas. Abrí la ventana y vi que hacía buen tiempo, y dejé abierto.

Bajé al comedor a terminar mi cena, y reflexioné sobre el caso de Scott. Era evidente que no podía beber nada, y que yo no había velado bien por él. Cualquier cosa que bebiera parecía estimularle en exceso y luego envenenarle, y pensé que al día siguiente reduciría la bebida al mínimo. Le diría que estábamos de vuelta a París, y que yo necesitaba ponerme en forma para escribir. No era verdad. Para ponerme en forma me bastaba no beber ni después de la cena ni antes de escribir ni mientras escribía. Subí a mi cuarto y abrí todas las ventanas y me dormí en cuanto me metí en la cama.

Al día siguiente hizo un tiempo hermoso, y nos encaminamos a París atravesando la Côte-d’Or con su aire recién limpio y con las lomas y los campos y los viñedos frescos y nuevos, y Scott estaba muy alegre y feliz y rebosando salud, y me contó los argumentos de todas y cada una de las novelas de Michael Arlen. Dijo que a Michael Arlen no había que perderle de vista, y que podíamos aprender mucho de él. Yo dije que no me sentía con fuerzas para leer aquellos libros. Scott dijo que no hacía falta. Él me contaría los argumentos y me retrataría los personajes. Y me sirvió una especie de exposición oral de una tesis de doctorado sobre Michael Arlen.

Le pregunté si la víspera había tenido buena comunicación telefónica con Zelda y me contestó que no era mala, y que hablaron de muchísimas cosas. Con el almuerzo pedí una botella del vino más ligero que pude encontrar, y le dije a Scott que me haría un señalado favor si me impedía pedir otra, porque yo ya estaba en plan de vuelta al trabajo y en ningún caso debía beber más de media botella. Cooperó a las mil maravillas, y cuando me vio lanzar ojeadas nerviosas a la botella que se terminaba, me cedió lo que le tocaba a él.

Cuando le dejé en su casa y volví en taxi a la serrería, me pareció maravilloso ver de nuevo a mi mujer, y nos fuimos a tomar una copa a la Closerie des Lilas. Estábamos contentos como niños a los que han separado y que logran reunirse, y le conté el viaje.

—¿Pero nunca te divertiste ni aprendiste nada útil, Tatie?—preguntó mi mujer.

—Pude aprender mucho sobre Michael Arlen, si hubiera escuchado, y he aprendido cosas que todavía no tengo puestas en perspectiva.

—¿Es Scott feliz alguna vez?

—Acaso.

—Pobre hombre.

—Aprendí una cosa.

—¿Cuál?

—Nunca salgas de viaje con una persona que no amas.

—Estupendo.

—Sí. Y nos marchamos a España.

—Sí. Y faltan menos de seis semanas. Y este año no permitiremos que nadie nos estropee el viaje, ¿verdad?

—No. Y después de Pamplona nos iremos a Madrid y Valencia.

Ella ronroneó como un gato.

—Pobre Scott —dije.

—Pobre todo el mundo —dijo Hadley—. Ricos los gatos que no tienen dinero.

—Tenemos mucha suerte.

—Hay que ser bueno y conservarla.

Para tocar madera golpeamos los dos en la mesa, y el camarero vino a preguntar qué queríamos. Pero lo que queríamos no podía dárnoslo ni él ni nadie, ni aparecía golpeando en mesas de madera o en veladores de mármol, que es lo que aquello era en realidad. Pero no lo sabíamos entonces, y nos sentíamos muy felices.

Uno o dos días más tarde trajo Scott su libro. Tenía una sobrecubierta chillona, y recuerdo que me avergonzaron la vulgaridad, el mal gusto y el bajo reclamo de aquella presentación. Parecía la sobrecubierta para un mal libro de science-fiction. Scott me dijo que no me fijara en la sobrecubierta, que el motivo del dibujo era un anuncio que había junto a una carretera en Long Island y que tenía importancia en el relato. Dijo que al principio le gustó aquella sobrecubierta, pero que luego dejó de gustarle. Yo la retiré para leer el libro.

Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchísimos buenísimos amigos, más que nadie que yo conociera. Pero me alisté como uno más, tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo no conocía todavía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott. Pero pronto íbamos a descubrirlas.

 

XVIII

LOS GAVILANES NO COMPARTEN NADA

Scott Fitgerald nos invitó a almorzar, con su esposa Zelda y con su niña, en su piso de la rué de Tilsitt. No recuerdo gran cosa del piso, excepto que estaba mal iluminado y mal aireado, y que en él no había nada que pareciera pertenecer a los Fitzgerald, excepto la colección de los primeros libros de Scott encuadernados en piel azul celeste, con los títulos en oro. También nos mostró Scott un enorme libro de contabilidad, con la lista de todos los cuentos que había publicado, año tras año, y la indicación de lo que le habían pagado por cada cuento, más los derechos de adaptación cinematográfica, y las cifras de venta y los derechos cobrados por todos sus libros. Todo estaba anotado con tanto cuidado como el cuaderno de bitácora de un navio, y Scott nos lo enseñó con una especie de orgullo impersonal, como si fuera un conservador de museo. Scott estaba nervioso y hospitalario, y al mostrarnos la contabilidad de sus ganancias parecía nos señalara el panorama que se abría desde su finca. No se abría ningún panorama.

Zelda tenía una resaca de espanto. Habían estado en Montmartre la noche antes, y se habían peleado porque Scott no quería emborracharse. Me dijo que se había resuelto a trabajar de verdad y a no beber, y Zelda le trataba como a un aguafiestas o a un mala sombra. Ésos fueron los términos que ella empleó ante nosotros, y hubo recriminaciones, y Zelda se ponía pelma insistiendo:

—No es verdad. No hice eso. Que no es verdad, Scott. Al cabo de un momento, parecía que se acordaba de algo divertido y se echaba a reír alegremente, sin explicación.

Aquel día no estaba Zelda todo lo guapa que debiera. Su hermoso pelo rubio oscuro quedó estropeado por un tiempo a causa de una mala permanente que le hicieron en Lyon, y miraba cansadamente y tenía las facciones crispadas y ajadas.

Estuvo ceremoniosamente amable con Hadley y conmigo, pero una gran porción de su persona parecía estar ausente y encontrarse todavía en la juerga de la que había regresado aquella madrugada. Tanto ella como Scott parecían creer que Scott y yo nos lo habíamos pasado divinamente en el viaje desde Lyon y estaba celosa. «Vosotros dos os vais y os lo pasáis muy bien juntos. Lo justo sería que yo también me divirtiera con nuestros amigos, aquí, en París», le dijo a Scott. Scott se había puesto la máscara y asumido el papel de anfitrión perfecto. Comimos un almuerzo muy malo, que el vino alegró un poco, pero no mucho. La niña era rubia, gordinflona, bien formada y rebosante de salud, y hablaba inglés con el acento plebeyo de Londres. Scott explicó que le habían puesto a la niña un ama inglesa porque él quería que cuando fuera mayor hablara como Lady Diana Manners.

Zelda tenía ojos de gavilán y labios estrechos, y modales y acento de algún Estado del Sur. Observando su cara, uno veía cómo su espíritu abandonaba la mesa y escapaba a la juerga de la víspera, y luego volvía Zelda con ojos impenetrables como los de un gato, pero los ojos se llenaban de contento al cabo de un instante, y el contento recorría la línea fina de sus labios y se desvanecía. Scott seguía encarnando el buen anfitrión jovial, y Zelda le miraba, y una sonrisa feliz asomaba a sus ojos, y también a sus labios, a medida que Scott iba dándole al vino. Algún tiempo después, llegué a conocer muy bien aquella sonrisa. Significaba que Zelda se daba cuenta de que Scott no estaba ya en condiciones de escribir.

Zelda estaba celosa del trabajo de Scott, y cuando llegamos a conocerles bien nos dimos cuenta de que la situación se ajustaba a un esquema regularmente repetido. Scott tomaba la resolución de no embarcarse para las juergas de borrachera que iban a durar toda la noche, y de hacer cada día un poco de ejercicio y trabajar con regularidad. Se ponía a trabajar, y en cuanto se había calentado y el trabajo marchaba bien, allí estaba Zelda quejándose de lo mucho que se aburría, y arrastrándole a otra borrachera. Se peleaban y luego hacían las paces, y él sudaba su alcohol en largas caminatas conmigo, y resolvía que aquella vez sí que se ponía a trabajar de veras, y, en efecto, se ponía y el trabajo se le daba bien. Y vuelta a empezar.

Scott estaba muy enamorado de Zelda, y muy celoso. Muchas veces, en nuestras caminatas, me contó aquello de cuando ella se enamoró de un piloto aviador de la marina francesa. Pero desde entonces no le había dado ningún serio motivo de celos, con ningún otro hombre. En aquella primavera, le daba motivos de celos con otras mujeres, y cuando iban a una de aquellas juergas de Montmartre él estaba muerto de miedo a perder su conocimiento o a que se perdiera el de ella. Al principio, perder el conocimiento de resultas de la bebida había sido la gran defensa de ambos. Se quedaban dormidos con sólo beber una cantidad de licor o de champaña que poco efecto le hubiera hecho a un bebedor acostumbrado, y cuando se quedaban dormidos dormían como niños. Les he visto perder el conocimiento, no como si estuvieran borrachos sino como si les hubieran anestesiado, y entonces sus amigos, o a veces un chófer de taxi, les metían en la cama, y al despertarse estaban frescos y alegres, ya que no habían tomado bastante alcohol para que pudiera enfermarles antes de dormirles.

Pero en el momento de que estoy hablando, ya habían perdido aquella defensa natural. Entonces Zelda aguantaba más bebida que Scott, pero Scott temía que ella perdiera el conocimiento entre las gentes que frecuentaban aquella primavera, y en los lugares a que iban. A Scott no le gustaban ni las gentes ni los lugares, y para soportar a gentes y lugares tenía que beber más de lo que podía aguantar sin perder el dominio de sí mismo, y luego tenía que seguir bebiendo para mantenerse despierto a partir del momento en que ordinariamente se hubiera tumbado. Total, que pocos intervalos de trabajo le quedaban.

Continuamente intentaba trabajar. Cada día probaba y fracasaba. Echaba la culpa a París, la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda podrían volver a ser felices juntos. Pensaba en la Riviera, tal como era antes de que lo hubieran urbanizado todo, con las maravillosas anchuras de mar azul y las playas de arena y las anchuras de bosques de pinos y los montes del Esterel que alcanzaban el borde del mar. Recordaba la región tal como era cuando él la descubrió con Zelda, antes de que todo el mundo fuera allí de veraneo.

Scott me habló de la Riviera y me dijo que mi mujer y yo debíamos ir allí el verano siguiente, y que si íbamos él nos encontraría una casa que no fuera cara, y los dos trabajaríamos como negros todo el día, pero nos bañaríamos y tomaríamos el sol y nos pondríamos bronceados, y no íbamos a beber más que un solo aperitivo antes del almuerzo y uno solo antes de la cena. Zelda sería feliz allí, decía él. Le gustaba nadar y se zambullía como una campeona, y cuando aquel modo de vida la hacía feliz sólo deseaba que él trabajara, y todo iba a marchar como un modelo de disciplina. Él y Zelda y la niña iban a pasar el verano en la Riviera.

Yo trataba de convencerle de que escribiera sus cuentos tan bien como supiera, y de que no hiciera truquitos para acomodarlos a una fórmula, según el mismo me había explicado que hacía.

—Has escrito una buena novela —le decía yo—. Y ahora no debes escribir basura.

—La novela no se vende —contestaba—. Tengo que escribir cuentos, y tienen que ser cuentos de éxito para las revistas.

—Escribe el mejor cuento que puedas, y escríbelo tan bien como sepas.

—Ya lo haré —decía.

Pero según iban las cosas, suerte tenía si podía escribir de cualquier manera. No es que Zelda hiciera nada por atraer a las gentes que la rondaban, y no había peligro de que se liara, a lo que ella decía. Pero la divertían y Scott se ponía celoso y tenía que acompañarla a todas partes. Aquello hacía polvo su trabajo, y ella también tenía sus celos, y precisamente del trabajo de Scott más que de nada.

Por todo aquel fin de primavera y principio de verano, Scott hizo lo que pudo por trabajar, pero sólo lo logró en breves arranques. Cuando nos encontrábamos estaba siempre alegre, a veces desesperadamente alegre, y bromeaba con gracia y era un buen compañero. Cuando pasaba algún mal rato, yo escuchaba sus lamentaciones y probaba de hacerle comprender que si no se dejaba extraviar lejos de lo que él era realmente, podría escribir como él sabía, y de que sólo la muerte es irrevocable. Por entonces todavía era capaz de tomarse el pelo a sí mismo, y yo pensaba que mientras le quedara esa capacidad no corría peligro. En medio de todo aquello, escribió un cuento bueno, «The Rich Boy», y yo estaba seguro de que era capaz de escribir incluso mejor, como, en efecto, hizo años más tarde.

Nosotros pasamos el verano en España, donde empecé una novela, y terminé el borrador tras la vuelta a París, en septiembre. Scott y Zelda estuvieron en el Cap d’Antibes, y cuando en otoño volví a verle en París, él estaba muy cambiado. La Riviera no había servido para apartarle del alcohol, y entonces andaba borracho de día y no sólo de noche. Le importaba un bledo que los demás estuvieran trabajando, y se nos presentaba en el 113 de la rué Notre-Dame-des-Champs, borracho, a cualquier hora del día o de la noche. Se había acostumbrado a tratar con mucha grosería a sus inferiores o a cualquier persona que él considerara como inferior.

Un día cruzó la puerta de la serrería con su hija, porque el ama inglesa tenía fiesta y él se ocupaba de la pequeña. Al llegar al pie de la escalera, la niña dijo que quería ir al retrete. Scott empezó a desvestirla, y entonces el propietario, que vivía en la planta baja, asomó y le dijo:

—Señor, hay una cabinet de toilette frente a usted, a la izquierda de la escalera.

—Sí, y allí voy a meterle a usted de cabeza, si sigue chillando —le dijo Scott.

Fue difícil aguantarle durante todo aquel otoño, pero en los ratos en que no estaba borracho logró empezar una novela. Pocas veces le vi sin que estuviera borracho, pero en aquellas pocas veces estuvo siempre simpático, y bromeaba, y a veces incluso bromeaba sobre sí mismo. Pero cuando se emborrachaba iba casi siempre en mi busca y, dentro de su borrachera, estorbar mi trabajo le daba casi tanto placer como a Zelda le daba estorbar el suyo. La cosa se prolongó durante años pero, durante años también, no tuve ningún amigo tan leal como Scott cuando no estaba borracho.

En aquel otoño de 1925, le dolió que yo no le dejara leer el primer manuscrito de mi novela, The Sun Also Rises[1]. Le expliqué que la intención de la obra no se veía todavía, que tenía que revisarla y volver a escribirla, y que en tanto no lo hubiera hecho no quería comentarla con nadie, ni que nadie la viera. Me fui con mi mujer a Schruns, en el Vorarlberg de Austria, en cuanto cayó allí la primera nevada.

Allí volví a redactar la primera mitad de mi manuscrito, y si no recuerdo mal la terminé en enero. Me la llevé a Nueva York y se la entregué a Max Perkins, de la editorial Scribner’s, y volví a Schruns y acabé de revisar el libro. Cuando Scott lo leyó, el manuscrito definitivo, una vez hechas todas las correcciones y supresiones, había sido ya remitido a Scribner’s: esto ocurrió a fines de abril. Recuerdo que bromeamos sobre la cosa, y que él estaba preocupado y deseoso de ayudarme, como lo estaba siempre cada vez que yo terminaba algo. Pero yo no quería que me ayudara mientras todavía tenía el libro a medio hacer.

En tanto que nosotros estábamos en el Vorarlberg y mi novela se terminaba, Scott, con su mujer y su hija, dejó París y marchó a una estación balnearia del bajo Pirineo. Zelda había estado enferma, con la conocida dolencia intestinal que da el beber demasiado champán, y a la que entonces se aplicaba el diagnóstico de colitis. Scott no se emborrachaba, y empezaba a trabajar, y quería que en junio fuéramos a reunimos con ellos en San Juan de Pie de Puerto[2]. Nos encontrarían un chalet de alquiler barato, y esa vez sí que no se pondría a beber, y volvería a ser todo como en mejores tiempos, y nadaríamos y nos pondríamos fuertes y bronceados, y tomaríamos un solo aperitivo antes del almuerzo y otro antes de la cena. Zelda estaba ya buena, y los dos eran felices, y la novela marchaba bien. Scott recibía dinero de una adaptación teatral del Great Gatsby que tenía mucho éxito y un productor iba a comprar los derechos para el cine y no tenía ningún apuro. Zelda era una chica estupenda, y todo iba a funcionar como un modelo de disciplina.

En mayo estuve solo en Madrid, para trabajar, y a la vuelta hice el recorrido en tren de Bayona hasta San Juan en tercera y muerto de hambre, porque bobamente eché mal mis cuentas y se me acabó el dinero, y no pude comer nada después de Hendaya, al entrar en Francia. El chalet que nos habían alquilado estaba muy bien, y Scott tenía una casa muy hermosa no muy lejos, y me alegró mucho reunirme con mi mujer que cuidaba del chalet estupendamente, y me alegró mucho reunirme con los amigos, y el único aperitivo de antes del almuerzo estaba muy bueno, y bebimos varios más. Aquella noche nos dieron una fiesta de bienvenida en el Casino, cosa de nada, una fiesta íntima con sólo los MacLeish, los Murphy, los Fitzgerald, y nosotros los del chalet. Nadie bebió ninguna bebida más fuerte que el champán, y todo el mundo estuvo muy alegre, y evidentemente era el lugar ideal para escribir. Íbamos a disponer de todo lo que un hombre necesita para escribir, excepto de soledad.

Zelda estaba hermosísima, y su bronce tenía un encantador tono dorado y el pelo era de un bello oro oscuro, y se mostró muy cordial. Sus ojos de gavilán estaban claros y serenos. Sentí que todo andaba bien y que al fin todo iba a tomar buen cariz, y entonces ella se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su gran secreto:

—Dime, Ernest, ¿tú no piensas que Al Jolson es más grande que Jesús?

Entonces nadie le dio importancia a la cosa. No era más que el secreto de Zelda, y lo compartió conmigo, como un gavilán que compartiera algo con un hombre. Pero los gavilanes no comparten nada. Scott no escribió nada más que valiera nada, hasta que a ella la encerraron en un manicomio, y Scott supo que lo de su mujer era locura.

 

XIX

UNA CUESTIÓN DE TAMAÑO

Mucho después, cuando Zelda sufría por primera vez lo que entonces se designaba con el nombre de depresión nerviosa, Scott y yo coincidimos en París, y él me invitó a almorzar en el restaurante Michaud, en la esquina de la rué Jacob y de la rué des Saints-Pères. Dijo que quería consultarme algo muy importante, algo que para él contaba más que nada en el mundo, y me pedía le contestara la pura verdad. Le prometí hacer lo que pudiera. Siempre que él me exigía la pura verdad, cosa en todo caso difícil de alcanzar, y yo procuraba decírsela, lo que yo le decía le ponía furioso, aunque muchas veces no se ponía furioso en seguida, sino más tarde, y a veces mucho más tarde, después de cavilar sobre el asunto. Mis palabras se convertían en algo que había que destruir, y a veces, a ser posible, había que destruirme a mí de paso.

Con el almuerzo bebió vino, pero no le afectó, y no llegó ya bebido, como preparación para la entrevista. Hablamos de nuestro trabajo y de los amigos y me pidió noticias de gentes a quienes no veía desde hacía tiempo. Comprendí que estaba escribiendo algo bueno y que por varias razones el trabajo no le resultaba fácil, pero que no era ése el asunto de su consulta. Esperé a que asomara la cuestión sobre la cual yo debía pronunciar la pura verdad, pero no lo descubrió hasta el fin de la comida, como si fuera un almuerzo de negocios.

Por fin, mientras comíamos la tarta de cerezas y terminábamos la última jarra de vino, me dijo:

—Ya sabes que nunca me he acostado con ninguna mujer, salvo con Zelda.

—No, no lo sabía.

—Creía habértelo dicho.

—No. Me has dicho muchas cosas, pero no esto.

—Bueno, quiero consultarte sobre esto.

—Venga.

—Zelda me dijo que con mi conformación nunca podré dejar satisfecha a ninguna mujer, y que por esto tuvo ella su primer trauma. Dijo que es una cuestión de tamaño. Me destrozó, y quiero saber la verdad.

—Vamos al despacho.

—¿Qué despacho?

—El retrete, hombre.

Volvimos a la sala del resturante y nos sentamos otra vez a la mesa.

—No hay problema —dije—. Estás perfectamente conformado. No tienes ningún defecto. Tú te miras de arriba y te ves en escorzo. Da una vuelta por el Louvre y fíjate en las estatuas, y luego vete a casa y mírate de lado en el espejo.

—Tal vez esas estatuas no sean exactas.

—No están mal. Mucha gente se contentaría con menos.

—¿Pero por qué lo dijo?

—Por declararte en quiebra. Es el más viejo procedimiento que la humanidad ha inventado para declarar en quiebra a un hombre. Mira, Scott, me pediste la verdad, y podría decirte muchas cosas más, pero lo que te digo es la pura verdad y es cuanto necesitas saber. Podías consultar a un médico.

—No quería. Quería que tú me dijeras la verdad.

—¿Y ahora no me crees?

—No sé —dijo.

—Vamos al Louvre —le dije—. Está enfrente, sólo tenemos que cruzar el puente.

Fuimos al Louvre y miró las estatuas, pero le quedaban dudas respecto a sí mismo.

—Lo que cuenta no es el tamaño en reposo —le expliqué—. La cuestión es el tamaño que adquiere. También es una cuestión de ángulo.

Le expliqué el modo de utilizar una almohada, y unas cuantas cosas más que tal vez le resultara útil saber.

—Hay una chica —dijo— que parece sentir cariño por mí. Pero después de lo que Zelda me dijo…

—Olvídate de todo lo que Zelda te dijera —repuse—. Zelda está loca. No tienes ningún defecto. Puedes tener confianza, y le darás a la chica todo lo que te pida. Lo único que Zelda quiere es destrozarte.

—Tú no conoces a Zelda.

—Bueno —dije—. Dejémoslo. Pero me invitaste a almorzar para hacerme una pregunta, y he procurado contestarte con sinceridad.

Todavía le quedaban dudas.

—¿Quieres que vayamos a mirar algún cuadro? —propuse—. ¿Entraste alguna vez aquí a ver algo que no fuera La Gioconda?

—No estoy de humor para cuadros —dijo—. Tengo una cita en el bar del Ritz.

Muchos años después, en el bar del Ritz, mucho después de la segunda guerra mundial, Georges, que ahora es el jefe del bar y que era un botones cuando Scott vivía en París, me preguntó:

—Papa, ¿quién era ese Monsieur Fitzgerald sobre quien todo el mundo me pregunta?

—¿No le conociste?

—No. Recuerdo a toda la gente de aquel tiempo. Pero ahora sólo me preguntan sobre ese señor.

—¿Y qué les dices?

—Cualquier cosa interesante, que les guste. Lo que desean oír. Pero dígame, ¿quién era?

—Fue un escritor americano, que después de la otra guerra vivió algún tiempo en París y en el extranjero.

—¿Pero cómo es que no lo recuerdo? ¿Era un buen escritor?

—Escribió dos libros muy buenos, y dejó sin terminar otro que según los entendidos hubiera sido el mejor. También escribió algunos buenos cuentos cortos.

—¿Venía mucho por el bar?

—Me parece que sí.

—Pero usted no venía por el bar, recién terminada la otra guerra. Me han dicho que entonces era usted pobre y vivía en un barrio apartado.

—Cuando tenía dinero iba al Crillon.

—También lo sé. Me acuerdo muy bien de la vez que le conocí.

—Yo también.

—Es raro que no me acuerde de aquel señor —dijo Georges.

—Toda la gente de entonces está muerta.

—Pero uno no se olvida de una persona porque esté muerta, y todo el mundo me pregunta sobre él. Dígame usted algo de él, para ponerlo en mis memorias.

—Bueno.

—Me acuerdo de una noche en que usted vino con el barón von Blixen… ¿En qué año sería? —dijo sonriendo.

—El barón está muerto también.

—Sí. Pero uno no le olvida. ¿Me comprende?

—Su primera esposa escribía muy bien —dije—. Escribió tal vez el mejor libro sobre África que he leido. Claro que sin contar el libro de Sir Ernest Baker, el que trata de Los afluentes abisinios del Nilo. Ponlo en tus memorias, ya que ahora te interesan los escritores.

—Gracias —dijo Georges—. El barón no era de las personas que se olvidan. ¿Y cómo se llama el libro?

Memorias de África —dije—. Blickie estaba muy orgulloso de los libros de su esposa. Pero él y yo nos conocimos mucho antes de que ella escribiera ese libro.

—¿Y ese Monsieur Fitzgerald sobre quien me preguntan todos?

—Fue en los tiempos de Frank.

—Si. Pero yo era el chasseur. Ya sabe usted cómo es un chasseur.

—Hablaré de él en un libro que voy a escribir, de recuerdos sobre los primeros tiempos en París. Me prometí a mí mismo que escribiría este libro.

—Buena idea —dijo Georges.

—Le presentaré exactamente tal como le recuerdo.

—Buena idea —dijo Georges—. Y así, si venia por aquí, le recordaré. Después de todo, uno no se olvida de la gente.

—¿Ni de los turistas?

—De ésos, sí, claro. ¿Pero no dijo usted que venía mucho por aquí?

—Era un lugar que le gustaba mucho.

—Usted le describe tal como le recuerda, y cuando yo lo lea, si venía por aquí le recordaré.

—Veremos —dije.

 

XX

PARÍS NO SE ACABA NUNCA

Cuando fuimos tres en vez de vivir los dos juntos y solos, el frío y el mal tiempo terminaron por echarnos de París en invierno. Viviendo solos, no había problema, una vez acostumbrados. Yo no tenía más que irme a escribir a un café, y podía trabajar toda la mañana consumiendo un café con leche, mientras los camareros limpiaban y barrían el café y la sala iba caldeándose. Mi mujer no tenía reparo en irse a estudiar el piano a un lugar frío, y poniéndose muchos jerseys iba entrando en calor a medidas que tocaba el piano, hasta que llegaba la hora de volver a casa y cuidar de Bumby. Pero no era buena cosa lo de llevarse un bebé al café en invierno, aunque fuera un bebé que nunca lloraba y se fijaba en lo que ocurría a su alrededor y no se aburría nunca. Entonces no se podían alquilar niñeras a horas, y Bumby tenía que quedarse encerrado en su alta cama con barrotes, y se quedaba tan contento en compañía de su gran gato cariñoso, llamado F. Puss. Ciertas personas decían que era peligroso dejar a un niño con un gato. Los más ignorantes y supersticiosos decían que el gato aspiraría el aliento del bebé y le dejaría seco. Otros, que el gato se tumbaría encima del niño y que el peso le ahogaría. Pero F. Puss se acostaba al lado del niño, en la alta jaula de la cama, y acechaba la puerta con sus grandes ojos amarillos, y no dejaba que nadie se acercara al niño cuando estábamos fuera y Marie, la femme de ménage, tenía que salir. No necesitábamos niñeras. F. Puss era la niñera.

Con todo, cuando uno es pobre, y realmente éramos pobres cuando dejé el periodismo a nuestra vuelta del Canadá y cuando no lograba colocar mis cuentos, un invierno en París resultaba demasiado para un bebé. Cuando tenía tres meses, Mr. Bumby había cruzado el Atlántico Norte en un barquito de la Cunard que hacía el trayecto en doce días, saliendo de Nueva York vía Halifax, en pleno mes de enero. No lloró en todo el viaje, y reía divertido cuundo le cercábamos en una barricada para que no se cayera con la mala mar. Pero nuestro dichoso París era demasiado frío para él.

Nos fuimos a Schruns, en el Vorarlberg de Austria. Se atravesaba Suiza y se llegaba a la frontera austríaca en Feldkirch. El tren cruzaba por Liechtenstein y se detenía en Bludenz, de donde partía un ramal secundario que corría a lo largo de un río con guijarros y truchas, por un valle de cultivos y bosques, hasta llegar a Schruns, una soleada villa con mercado, que tenía serrerías y tiendas y posadas, y un buen hotel abierto todo el año, llamado el Taube, donde nos alojábamos.

Las habitaciones del Taube eran grandes y confortables, con grandes estufas, grandes ventanas, y grandes camas con buenas mantas y edredones de pluma. Las comidas eran sencillas y excelentes, y tanto el comedor como el bar entarimado con madera estaban bien caldeados y eran acogedores. El valle era ancho y abierto, de modo que había mucho sol. Entre los tres pagábamos de pensión alrededor de dos dólares por día, y como el schilling austríaco iba bajando con la inflación, habitación y comida nos iban costando cada vez menos. No había inflación y miseria desesperadas como en Alemania. El schilling subía y bajaba, pero a la larga iba bajando.

No había ni telesquís ni funicular desde Schruns, pero había senderos de leñadores y de pastores que, por distintos valles montañosos, subían hasta la alta montaña. Uno subía a pie con los esquís a cuestas, y a partir del momento en que la nieve se hacía demasiado profunda, se caminaba con los esquís puestos, envueltos en pieles de foca. En lo alto de cada valle montañoso se encontraban los grandes refugios del Club Alpino, destinados a los alpinistas veraniegos, y allí se podía dormir y uno dejaba dinero por el valor de la leña que consumía. A algunos refugios había que subir cargados con la leña, y cuando salíamos para una excursión larga por la alta montaña y los ventisqueros, alquilábamos mozos que nos ayudaran a cargar la leña y los víveres, y establecíamos una base. Los más famosos refugios destinados a bases de alta montaña eran la Lindauer Hütte, la Madlener Haus y la Wiesbadener Hütte.

Detrás del hotel Taube había una especie de pendiente de adiestramiento que bajaba entre huertos y prados, y había otra buena pendiente detrás del Tchagguns, al otro lado del valle, donde había una hermosa posada con una excelente colección de cuernos de gamo colgados en la sala del bar. Precisamente a espaldas de la aldea de leñadores de Tchagguns, puesta en el borde del valle, arrancaba la buena zona para esquiar e iba subiendo hasta en último término cruzar la sierra y cabalgando el Silvretta pasar a la región de los Klosters.

Schruns era un lugar sano para Bumby, que tenía una hermosa muchacha morena para cuidarle y llevarle de paseo y a tomar el sol en su trineo, mientras Hadley y yo teníamos todo un país nuevo que aprender, y todas las aldeas, y la gente de la ciudad era muy cordial. Nos apuntamos los dos en la escuela de esquí alpino que acababa de poner Herr Walther Lent, uno de los primeros campeones del esquí en alta montaña, que había sido socio de Hannes Schneider, el gran esquiador del Arlberg, en un negocio de ceras para esquí que abarcaba la escalada y todas las clases de nieve. El sistema de enseñanza de Walther Lent era de alejar a sus discípulos de las pendientes de adiestramiento en cuanto era posible, y llevarlos de excursión a la alta montaña. Esquiar no era entonces lo que es ahora, las fracturas en espiral no eran cosa corriente y conocida, y uno no podía romperse una pierna. No había patrullas que recogieran a un herido. Por otra parte, toda pendiente por la que uno bajaba, había que subirla antes a pie. Eso le dotaba a uno de piernas capaces de sostenerle en la bajada.

Walther Lent creía que toda la gracia del esquiar estaba en subir hasta la más alta zona de sierras, donde no se encontraba a nadie y la nieve era virgen, y luego pasar de una alta choza del Club Alpino a otra, por los puertos y ventisqueros de los Alpes. No había que sujetarse el esquí, para no romperse una pierna. El esquí tenía que ser lo primero en ceder, en caso de caída. Lo que a él le gustaba de verdad era el esquiar en ventisqueros y sin cuerdas, pero para eso había que esperar a la primavera, cuando las grietas estuvieran suficientemente recubiertas.

A Hadley y a mí nos gustaba mucho esquiar, desde que lo intentamos por primera vez juntos en Suiza, y luego en Cortina d’Ampezzo, en las Dolomitas, cuando Bumby estaba a punto de nacer. El medico de Milán le había permitido a Hadley seguir esquiando, a condición de que le prometiera no caerse. Esto exigió una cuidadosa selección de los terrenos y de los trayectos, y un control absoluto de las acciones, pero ella tenía unas hermosas piernas de admirable robustez y un perfecto dominio de los esquís, y nunca se cayó. Todos sabíamos entonces distinguir las clases de nieve, y todo el mundo sabía correr en un hondo polvo de nieve.

Nos gustaba el Vorarlberg y nos gustaba Schruns. íbamos a fines de noviembre y nos quedábamos hasta que se acercaba la Pascua. Esquiábamos siempre, a pesar de que Schruns no estaba bastante alto para valer como estación de esquí salvo en inviernos de mucha nieve. Pero la escalada a pie era una diversión, y a nadie le asustaba en aquellos días. Uno echaba a andar con un ritmo fijo, muy por debajo de la mayor velocidad a que uno podía subir, y se subía con facilidad y con alegría y con orgullo por el peso de la mochila. La subida a la Madlener Haus tenía un trecho empinado muy duro. Pero a la segunda vez ya se subía más fácilmente, y al fin uno subía sin esfuerzo con un peso que doblaba el del primer día.

Teníamos siempre apetito, y cada comida era un acontecimiento. Bebíamos cerveza rubia o negra, y vinos del año, y de vez en cuando vinos del año anterior. Los vinos blancos eran los mejores. En cuanto a otras bebidas, había un kirsch hecho en el valle, y un aguardiente destilado de la genciana que crecía en las montañas. A veces nos daban de cenar liebre que conservaban en jarras con una espesa salsa de vino tinto, y a veces caza mayor con compota de castañas. Con tales platos bebíamos vino tinto aunque era más caro que el blanco, y el mejor llegaba a costar veinte centavos el litro. El vino tinto ordinario era mucho más barato, y lo subíamos en garrafas hasta la Madlener Haus.

Sylvia Beach dejaba que nos lleváramos una provisión de libros para el invierno, y podíamos jugar a los bolos con gente de la villa, en el pasillo que salía al jardín de verano del hotel. Una vez o dos por semana se organizaba una partida de póquer en el comedor del hotel, con todos los postigos bien cerrados y la puerta con llave. Entonces los juegos de azar estaban prohibidos en Austria. Jugaba yo con Herr Nels, el dueño del hotel; con Herr Lent, el de la escuela de esquí; con un banquero local, y con el fiscal y el capitán de la Gendarmería. Se jugaba metódicamente y eran todos buenos jugadores, excepto Herr Lent que jugaba un poco alocado porque la escuela daba muy poco dinero. El capitán de la Gendarmería levantaba un dedo a la altura de su oreja cuando oía que la pareja de gendarmes de ronda se paraba ante la puerta, y nos quedábamos callados hasta que se marchaban.

En cuanto amanecía, en el frío de la mañana, la criada entraba en la habitación y cerraba la ventana y encendía la gran estufa de porcelana. Luego se iba caldeando el cuarto, y llegaba un desayuno de deliciosas confituras de frutas con pan tierno o tostadas y grandes tazones de cafe, y huevos frescos y buen jamón si uno lo pedía. Había un perro llamado Schnautz que dormía al pie de la cama y era gran aficionado al esquí, y montaba en mi espalda o mi hombro cuando yo me lanzaba pendiente abajo. También era amigo de Mr. Bumby y se iba de paseo con el y con su niñera, caminando al lado del pequeño trineo.

Schruns era buen lugar para trabajar. Lo sé porque allí hice el trabajo de corrección más difícil que he hecho nunca, en el invierno de 1925 a 1926, cuando tuve que enfrentarme con el borrador de The Sun Also Rises, que me había salido en un sprint de seis semanas, y convertirlo en una novela. No me acuerdo de cuáles fueron los cuentos que escribí allí, pero sé que varios me salieron bien.

Me acuerdo de cómo la nieve crujía a nuestro paso cuando volvíamos de noche por la carretera de la ciudad, en el frío, cargados con los esquís y los palos, mirando las luces y luego viendo por fin las casas, y cuando nos cruzábamos con alguien en la carretera nos saludaba con un «Grüss Gott». La Weinstube estaba siempre llena de campesinos con botas claveteadas y ropas de montañero, y el aire se colmaba de humo y el pavimento de madera estaba rayado por los clavos. Muchos jóvenes habían servido en los regimientos alpinos de Austria, y yo y uno llamado Hans, que trabajaba en la serrería y era cazador famoso, nos hicimos amigos porque en la guerra habíamos estado en la misma zona del frente de montaña italiano. Bebíamos todos en compañía y cantábamos canciones montañeras.

Me acuerdo de las sendas que subían entre los huertos y los prados de las alquerías situadas a flanco de sierra, encima de la ciudad, y me acuerdo de las cálidas alquerías con sus grandes estufas y con las inmensas pilas de leña bajo la nieve. En las cocinas, las mujeres trabajaban cardando e hilando la lana para hacer un hilo negro y gris. Los tornos se hacían girar por medio de un pedal, y al hilo no se le teñía. Era una lana natural a la que no habían quitado la grasa, y las gorras y jerseys y largas bufandas que Hadley hizo con ella no se empapaban nunca con la nieve.

Un año por Navidades representaron una obra de Hans Sachs, que el maestro de escuela dirigió. Era una buena obra, y para el periódico de la provincia escribí una crítica de la representación, y el dueño del hotel me la puso en alemán. Otro año, un antiguo oficial de la Armada alemana, de cabeza rapada y cubierta de cicatrices, vino a dar una conferencia sobre la batalla de Jutlandia. Unas diapositivas mostraban los movimientos de las dos flotas de combate, y el oficial de la Armada usó un taco de billar como puntero para apuntar a la cobardía de Jellicoe, y a veces se ponía tan colérico que la voz se le quebraba. El maestro de escuela tenía miedo de que una estocada del taco de billar atravesara la pantalla. Luego, el antiguo marino no lograba calmarse, y todo el mundo se sentía incómodo en la Weinstube. Sólo el fiscal y el banquero hicieron compañía al oficial, y bebieron los tres en una mesa aparte. Herr Lent, que era renano, se negó a asistir a la conferencia. Había en el hotel un matrimonio vienés que había venido a esquiar, pero no les gustaba la subida a la alta montaña, y luego pasaron a Zurs donde según oí decir murieron en una avalancha. El marido dijo que aquel conferenciante era típico de los cerdos que habían destrozado a Alemania y que volverían a destrozarla al cabo de veinte años. Su mujer le dijo en francés que se callara, que estamos en un lugar remoto y nunca sabes con qué gentes puedes encontrarte.

Eso fue el año en que tantos murieron en avalanchas. El primer desastre ocurrió en las sierras de nuestro valle, en Lech del Arlberg. Un grupo de alemanes proyectaba venir a esquiar con Herr Lent en las fiestas de Navidad. La nieve llegó tarde aquel año, y los montes y laderas estaban todavía calientes por el sol cuando cayó una enorme nevada. La nieve era profunda y en polvillo, y no se adhería al suelo. Eran las condiciones más peligrosas para esquiar, y Herr Lent telegrafió a los berlineses que no vinieran. Pero tenían entonces sus vacaciones, y eran ignorantes y no les daban miedo las avalanchas. Llegaron a Lech, y Herr Lent se negó a llevarles a esquiar. Uno de ellos le trató de cobarde, y dijo que saldrían solos. Por fin Herr Lent les guió a la ladera más segura que pudo encontrar. Cruzó él en primer lugar y los otros siguieron, y todo el monte se vino abajo de golpe, cubriéndoles como la oleada de una marea. Hubo que desenterrar a trece, y nueve de ellos estaban muertos. La escuela de esquí alpino no andaba próspera antes de aquello, y después fuimos nosotros casi los únicos alumnos. Estudiamos atentamente las avalanchas, sus distintos tipos, el modo de evitarlas y lo que había que hacer al encontrarse cogido en una. Casi todo el trabajo que hice aquel año lo hice cuando había avalanchas.

Lo peor que recuerdo de aquel invierno de las avalanchas es un hombre al que desenterraron. Se había acurrucado formando con los brazos un recinto ante su cara, según nos enseñaron a hacer, para que quedara un hueco con aire para respirar, cuando la nieve se levanta y le cubre a uno. Aquella avalancha fue grande y nos llevó mucho tiempo desenterrar a todas las víctimas, y aquel hombre fue el último que encontramos. Hacía poco tiempo que había muerto, y tenía la carne del cuello arrancada y se veían los tendones y el hueso. Había estado meneando la cabeza de un lado a otro, y la presión de la nieve le iba cortando. En aquella avalancha, bloques de nieve vieja y compacta debieron mezclarse con la ligera nieve reciente que se vino abajo. No pudimos determinar si el hombre había hecho aquello adrede o si había tenido una ofuscación. De todos modos el cura no quiso le enterraran en sagrado, ya que no había pruebas de que fuera católico.

Viviendo en Schruns, cuando queríamos subir hasta la Madlener Haus hacíamos primero el largo ascenso hasta una posada donde dormíamos antes del último trayecto. Era una vieja posada muy hermosa, y la madera de las paredes del comedor estaba sedosa por años de pulimento. También lo estaban la mesa y las sillas. Dormíamos muy juntos en la gran cama, bajo el edredón de pluma, con la ventana abierta y las estrellas muy próximas y muy brillantes. De madrugada, después de desayunar, nos cargábamos para el último ascenso y salíamos a la oscuridad, con las estrellas muy próximas y muy brillantes y con los esquís al hombro. Nos acompañaban mozos de cuerda, que llevaban unos esquís muy cortos y se cargaban con cargas pesadas. Entre nosotros competíamos por ver quién podía acarrear una carga mayor, pero no había modo de competir con los mozos de cuerda, unos campesinos achaparrados y taciturnos que sólo hablaban el dialecto de Montafon. Subían a paso seguido como caballos de carga, y al llegar a la cumbre, donde se encontraba la choza del Club Alpino en un rellano junto al ventisquero nevado, dejaban los paquetes arrimados a la pared de piedra del refugio, pedían más dinero del precio convenido, y una vez obtenido un acuerdo por regateo se ponían sus cortos esquís y se precipitaban pendiente abajo como gnomos.

Éramos amigos de una muchacha alemana que se venía a esquiar con nosotros. Era una estupenda esquiadora de alta montaña, menuda y bien formada, que era capaz de llevar una mochila tan pesada como la mía, y llevarla más tiempo.

—Estos mozos —dijo una vez— nos miran siempre como si previeran que nos van a bajar en forma de cadáver. Y siempre convienen el precio para la escalada, pero nunca dejan de pedir más.

En los inviernos en Schruns yo me dejaba crecer la barba como protección contra el sol que reverberaba en la nieve y me quemaba la piel de mala manera, y no me molestaba en hacerme cortar el pelo. Una tarde en que corríamos en esquís por las pistas de leñadores, Herr Lent me contó que los campesinos que me habían visto por las cercanías de Schruns me llamaban «el Cristo Negro». Dijo que algunos que frecuentaban la Weinstube me llamaban «el Cristo Negro que bebe kirsch». Pero para los campesinos de la parte alta del Montafon, entre los que alquilábamos los mozos de cuerda para subir a la Madlener Haus, eramos todos unos demonios forasteros, que subíamos a la alta montaña cuando la buena gente se encerraba en su casa. Que tuviéramos la cordura de subir antes del amanecer, para evitar pasar por los puntos de avalanchas cuando el sol los hacía peligrosos, no se nos tenía en cuenta. Demostraba sólo que éramos astutos como lo son todos los demonios forasteros.

Recuerdo el aroma de los pinos, y el dormir en montones de hojas de haya en las chozas de los leñadores, y el esquiar por los bosques siguiendo algún rastro de liebre o de zorro. En la alta montaña, más arriba de la zona arbolada, recuerdo que una vez seguí el rastro de un zorro hasta que llegué a verle, y observé cómo estaba quieto, con la pata delantera y luego se acurrucaba con cautela y saltaba de pronto, y la alborotada albura de una perdiz blanca se alzaba de la nieve y se alejaba y coronaba el puerto.

Recuerdo todas las especies de nieve que el viento sabía elaborar, y sus formas de ser traidoras cuando uno esquiaba. Y las ventiscas cuando estábamos encerrados en la alta choza alpina, y el extraño mundo que de ellas resultaba, por el que teníamos que encontrar una ruta con tanta cautela como si estuviéramos en país nunca visto. Y era nunca visto, porque todo era nuevo y recién hecho. Y, finalmente, hacia la primavera, llegaba la gran bajada por un ventisquero, el descenso liso y recto, siempre recto si las piernas eran firmes, y los tobillos doblados, y nosotros corriendo tan agachados, y venciéndonos hacia la velocidad, zambulléndonos más y más en el callado silbido del polvillo vibrante. Era una cosa mejor que volar y que todo lo del mundo, y nos hacíamos capaces de cumplirla y gozarla gracias a las largas escaladas cargados con las mochilas pesadas. No podíamos pagar para que nos subieran ni tomar un billete hasta la cumbre. Y como para aquel fin trabajábamos todo el invierno, todo el invierno contribuía a hacerlo posible.

Lo malo es que durante el último invierno pasado en las montañas vino gente nueva a meterse muy adentro en nuestras vidas, y desde entonces nada siguió igual. El invierno anterior, el de las terribles avalanchas, pareció un feliz e inocente invierno de la infancia, en comparación con aquel invierno, un invierno de pesadilla que se disfrazaba como la mayor diversión nunca conocida, y con el verano asesino que iba a seguirle. Fue el año en que aparecieron los ricos.

Los ricos tienen una especie de pez piloto que les precede, y que a veces es algo sordo y a veces algo cegato, pero que anda siempre husmeando, afable y vacilante, antes de que lleguen. El pez piloto habla, y dice algo así como:

—Hombre, qué quieres que te diga. No, claro, en el fondo no. Pero yo les quiero. Les quiero a los dos. Sí, Hem, con toda sinceridad, te juro que les quiero a los dos. Comprendo tu punto de vista, pero yo les quiero, y un día te darás cuenta de que «ella» tiene un no sé qué, una calidad humana como raras veces se encuentra (a «ella» la menciona por su nombre de pila, y lo pronuncia con amor). Ya basta, Hem, no te pongas pelma y no quieras destruirlo todo. Les quiero de verdad. A los dos, te lo juro. A «él» (designado por el apodo que le daba su mamá cuando tenía tres años) le vas a tomar cariño en cuanto le conozcas bien. Yo les quiero mucho, te lo digo yo.

Y luego aparecen los ricos, y nada sigue igual que antes ni volverá a serlo nunca. El pez piloto se marcha, desde luego. Siempre está yendo a alguna parte o viniendo de alguna parte, y nunca se queda por mucho tiempo. Se mete en política o en teatro y luego se sale, igual que se mete en los países y luego se sale de ellos, y cuando es joven se mete en las vidas ajenas y se abre en ellas una salida. Nadie le pesca, ni le pescan los ricos. No hay modo de pescarle a él, y sólo a los que confían en él se les apresa y se les mata. Tiene el insustituible adiestramiento temprano del hijo de tal, y un latente amor al dinero, inconfesado por mucho tiempo. Termina siendo rico él mismo, y cada dólar que gana le desplaza un grueso de dólar más a la derecha.

Los ricos le querían y confiaban en él porque era tímido, cómico, construido según un modelo clásico, e infalible en su actividad como pez piloto.

Cuando hay dos personas que se quieren y son felices y alegres, y una de ellas o las dos realizan una obra de auténtica calidad, la gente se siente atraída hacia la pareja de un modo tan fatal como los pájaros migratorios son atraídos de noche hacia un faro poderoso. Si aquellas dos personas estuvieran tan sólidamente construidas como un faro, el fenómeno causaría muy poco daño, excepto a los pájaros. Pero los que atraen a la gente de mundo por su felicidad y por su talento acostumbran a tener poca experiencia. No saben cómo escapar al avasallamiento y huir lejos. No siempre entienden la verdad de los ricos: los atractivos ricos, los encantadores, los que se dejan querer en seguida, los generosos, los comprensivos, los que no tienen defectos y dotan a cada día de una cualidad festiva, y que, cuando han pasado arrancando el alimento que necesitan, lo dejan todo más muerto que las raíces de una hierba hollada por los caballos de Atila.

Los ricos llegaban guiados por el pez piloto. Un año antes, no se hubieran acercado por nada del mundo. Entonces no había ninguna certidumbre. La obra que se hacía era igualmente buena y la felicidad era mayor, pero no se había publicado todavía ninguna novela, de modo que no había modo de estar seguro. ¿Por qué habían de hacerlo? Picasso sí que era un valor seguro, y lo era ya cuando ellos no sabían todavía lo que es un cuadro. También estaban seguros de otro pintor. Y de muchos otros. Pero aquel año estaban seguros también de mí, y les transmitió la consigna el pez piloto que mandaron a cerciorarse de que serían bien recibidos y de que yo no iba a cocear. El pez piloto era amigo nuestro, naturalmente.

En aquellos días yo confiaba en el pez piloto tanto como hubiera confiado en  Instrucciones Náuticas del Almirantazgo Británico para las Costas Mediterráneas. Bajo el encanto aquellos ricos, me mostré tan confiado y tan estúpido como un perro perdiguero que quiere salir de paseo con cualquier hombre con una escopeta, o como un animal de circo que por fin cree haber encontrado a un domador que le aprecia por sí mismo y por mor de su alma inmortal. La idea de que todos los días debían ser festivos me pareció un descubrimiento maravilloso. Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que puede caer un escritor, y mucho más peligroso para su carrera de escritor que, para un esquiador, el esquiar sin cuerda por los ventisqueros, antes de que las verdaderas nevadas de invierno hayan recubierto las brechas del hielo. Me decían :

—Es una cosa grande, Ernest. Una cosa grande de verdad. Tú mismo no puedes darte cuenta de lo grande que es.

Y yo meneaba el rabo de puro contento, y me zambullían en la charca de la vida convertida en fiesta, a ver si hacía la gracia de volver con algún hermoso pedazo de palo entre los dientes, en vez de pensar:

—Si a esos hijos de tal les gusta lo que he escrito, algo podrido debe de haber dentro.

Eso hubiera pensado yo si hubiera sido capaz de reaccionar como un verdadero profesional, aunque, si hubiera sido capaz de reaccionar como un verdadero profesional, nunca les hubiera leído la novela.

Antes de que llegaran los ricos a que me refiero, ya otros ricos nos habían contaminado, usando la más vieja artimaña que el mundo conoce. Consiste en lograr que una joven soltera se convierta por un tiempo en la mejor amiga de otra joven que está casada, que se ponga a convivir con la esposa y con el marido, y que, inconsciente e inocente e implacablemente, inicie una maniobra para casarse con el marido. Cuando el marido es un escritor ocupado en un trabajo arduo que le lleva mucho tiempo, y durante la mayor parte del día no puede hacer compañía ni dar apoyo a su mujer, el plan parece estar lleno de ventajas, hasta que se descubre cómo funciona el mecanismo. Al terminar su jornada de trabajo, el marido se encuentra a su alrededor con dos muchachas atractivas. Una es nueva y desconocida, y con un poco de mala suerte el marido se encuentra enamorado de ambas a la vez.

Entonces, en vez de los dos y su hijo, ahí tenemos a los tres. AI principio es divertido y estimulante, y sigue siéndolo por largo tiempo. Todas las verdaderas maldades nacen en estado de inocencia. Uno vive al día, y goza de lo que tiene y no se apura. Uno empieza a decir mentiras, y no quisiera decirlas, y empieza el desmoronamiento y cada día crece el peligro, pero uno va viviendo al día, como en la guerra.

Tuve que dejar Schruns e ir a Nueva York para ponerme de acuerdo con los editores. Una vez listo el asunto en Nueva York, volví a París con el propósito de tomar el primer tren que saliera de la Gare de 1’Est para Austria. Pero la chica de quien me había enamorado estaba entonces en París, y no tomé el primer tren, ni tampoco el segundo ni el tercero.

Cuando al fin vi a mi mujer de pie junto a las vías, mientras el tren entraba en la estación entre grandes pilas de troncos, antes hubiera querido haberme muerto que haberme enamorado de otra. Ella sonreía, el sol daba en su hermosa cara morena por la nieve y el sol, y su cuerpo era hermoso, y centelleaba el sol en el oro rojizo de su pelo que era hermoso y había crecido cu desorden todo el invierno, y de pie a su lado estaba Mr. Bumby, rubio y corpulento y con sus mejillas rojas por el invierno, con el aspecto de un buen hijo del Vorarlberg.

—Oh Tatie mío —dijo ella entre mis brazos—, qué suerte que estés de vuelta y que le hayan salido tan bien los negocios con los editores. Te quiero tanto y te eché tanto de menos.

Yo la quería y no quería a nadie mas, y el tiempo que pasamos solos fue de mágica maravilla. Trabajé a gusto y juntos hicimos grandes excursiones, y me creí de nuevo invulnerable, y el otro asunto no volvió a empezar hasta que, a fines de la primavera, dejamos las sierras y volvimos a París.

Aquello fue el final de la primera parte de París. París no volvería nunca a ser igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad. Nunca volvimos al Vorarlberg, ni tampoco volvieron los ricos.

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices.




[1] Fiesta, en la traducción castellana (N. Del T.)

 

[2] La ruta seguida por Ernest Hemingway para ir de Madrid a Juan-les-Pins, y la descripción de esta villa como «una estación balnearia de los bajos pirineos», son «más bien extravagantes», para decirlo en frase de Mr. Archibald MacLeish, quien sin embargo ha tenido la amabilidad de confirmarnos que los Hemingway y los Fitzgerald y otros amigos se reunieron en Juan-les-Pins en el verano de 1925, y de sugerirnos que tales incoherencias se deben al hecho de que el presente libro es, como el prólogo advierte, «una obra de ficción». (N. del t.)

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TODOS LOS FUEGOS DEL FUEGO – JULIO CORTÁZAR

octubre 1, 2007 Deja un comentario

Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas de circo y de calor no han fatigado. Es el momento de la sorpresa prometida; el procónsul baja el brazo, mira a su mujer que le devuelve la sonrisa inexpresiva de las fiestas. Irene no sabe lo que va a seguir y a la vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar, con la indiferencia que detesta el procónsul, los caprichos del amo. Sin volverse siquiera hacia la arena prevé una suerte ya echada, una sucesión cruel y monótona. Licas, el viñatero, y su mujer Urania son los primeros en gritar un nombre que la muchedumbre recoge y repite: “Te reservaba esta sorpresa”, dice el procónsul. “Me han asegurado que aprecias el estilo de ese gladiador”. Centinela de su sonrisa, Irene inclina la cabeza para agradecer. “Puesto que nos haces el honor de acompañarnos aunque te hastían los juegos”, agrega el procónsul, “es justo que procure ofrecerte lo que más te agrada”. “¡Eres la sal del mundo!”, grita Licas. “¡Haces bajar la sombra misma de Marte a nuestra pobre arena de provincia!” “No has visto más que la mitad”, dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndola a su mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el olor espeso y persistente de la sangre y el estiércol. En un brusco silencio de expectativa que lo recorta con una precisión implacable, Marco avanza hacia el centro de la arena; su corta espada brilla al sol, allí donde el viejo velario deja pasar un rayo oblicuo, y el escudo de bronce cuelga negligente de la mano izquierda. “¿No irás a enfrentarlo con el vencedor de Smirnio?”, pregunta excitadamente Licas. “Mejor que eso”, dice el procónsul. “Quisiera que tu provincia me recuerde por estos juegos, y que mi mujer deje por una vez de aburrirse”. Urania y Licas aplauden esperando la respuesta de Irene, pero ella devuelve en silencio la copa al esclavo, ajena al clamoreo que saluda la llegada del segundo gladiador. Inmóvil, Marco parece también indiferente a la ovación que recibe su adversario; con la punta de la espada toca ligeramente sus grebas doradas.

“Hola”, dice Roland Renoir, eligiendo un cigarrillo como una continuación ineludible del gesto de descolgar el receptor. En la línea hay una crepitación de comunicaciones mezcladas, alguien que dicta cifras, de golpe un silencio todavía más oscuro en esa oscuridad que el teléfono vuelca en el ojo del oído. “Hola”, repite Roland, apoyando el cigarrillo en el borde del cenicero y buscando los fósforos en el bolsillo de la bata. “Soy yo”, dice la voz de Jeanne. Roland entorna los ojos, fatigado, y se estira en una posición más cómoda. “Soy yo”, repite inútilmente Jeanne. Como Roland no contesta, agrega: “Sonia acaba de irse”.

Su obligación es mirar el palco imperial, hacer e saludo de siempre. Sabe que debe hacerlo y que verá a la mujer del procónsul y al procónsul, y que quizá la mujer le sonreirá como en los últimos juegos. No necesita pensar, no sabe casi pensar, pero el instinto le dice que esa arena es mala, el enorme ojo de bronce donde los rastrillos y las hojas de palma han dibujado los curvos senderos ensombrecidos por algún rastro de las luchas precedentes. Esa noche ha soñado con un pez, ha soñado con un camino solitario entre columnas rotas; mientras se armaba, alguien ha murmurado que el procónsul no le pagará con monedas de oro. Marco no se ha molestado en preguntar, y el otro se ha echado a reír malvadamente antes de alejarse sin darle la espalda; un tercero, después, le ha dicho que es un hermano del gladiador muerto por él en Massilia, pero ya lo empujaban hacia la galería, hacia los clamores de fuera. El calor es insoportable, le pesa el yelmo que devuelve los rayos del sol contra el velario y las gradas. Un pez, columnas rotas; sueños sin un sentido claro, con pozos de olvido en los momentos en que hubiera podido entender. Y el que lo armaba ha dicho que el procónsul no le pagará con monedas de oro; quizá la mujer del procónsul no le sonría esta tarde. Los clamores le dejan indiferente porque ahora están aplaudiendo al otro, lo aplauden menos que a él un momento antes, pero entre los aplausos se filtran gritos de asombro, y Marco levanta la cabeza, mira hacia el palco donde Irene se ha vuelto para hablar con Urania, donde el procónsul negligentemente hace una seña, y todo su cuerpo se contrae y su mano se aprieta en el puño de la espada. Le ha bastado volver los ojos hacia la galería opuesta; no es por allí que asoma su rival, se han alzado crujiendo las rejas del oscuro pasaje por donde se hace salir a las fieras, y Marco ve dibujarse la gigantesca silueta del reciario nubio, hasta entonces invisible contra el fondo de piedra mohosa; ahora sí, más acá de toda razón, sabe que el procónsul no le pagará con monedas de oro, adivina el sentido del pez y las columnas rotas. Y a la vez poco le importa lo que va a suceder entre el reciario y él, eso es el oficio y los hados, pero su cuerpo sigue contraído como si tuviera miedo, algo en su carne se pregunta por qué el reciario ha salido por la galería de las fieras, y también se lo pregunta entre ovaciones el público, y Licas lo pregunta al procónsul que sonríe para apoyar sin palabras la sorpresa, y Licas protesta riendo y se cree obligado a apostar a favor de Marco; antes de oír las palabras que seguirán, Irene sabe que el procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después la mirará amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino y comentará con Urania la estatura y la ferocidad del reciario nubio; cada movimiento está previsto aunque se lo ignore en sí mismo, aunque puedan faltar la copa de vino o el gesto de la boca de Urania mientras admira el torso del gigante. Entonces Licas, experto en incontables fastos de circo, les hará notar que el yelmo del nubio ha rozado las púas de la reja de las fieras, alzadas a dos metros del suelo, y alabará la soltura con que ordena sobre el brazo izquierdo las escamas de la red. Como siempre, como desde una ya lejana noche nupcial, Irene se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera condesciende y sonríe y hasta goza; en esa profundidad libre y estéril siente el signo de muerte que el procónsul ha disimulado en una alegre sorpresa pública, el signo que sólo ella y quizá Marco pueden comprender, pero Marco no comprenderá, torvo y silencioso y máquina, y su cuerpo que ella ha deseado en otra tarde de circo (y eso lo ha adivinado el procónsul, sin necesidad de sus magos lo ha adivinado como siempre, desde el primer instante) va a pagar el precio de la mera imaginación, de una doble mirada inútil sobre el cadáver, de un tracio diestramente muerto de un tajo en la garganta.

Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el sofá. Después la voz de Roland ha dicho: “Hola”, su voz un poco adormilada y bruscamente Jeanne ha tenido una sensación de ridículo, de que va a decirle a Roland eso que exactamente la incorporará a la galería de las plañideras telefónicas con el único, irónico espectador fumando en un silencio condescendiente: “Soy yo”, dice Jeanne, pero se lo ha dicho más a ella misma que a ese silencio opuesto en el que bailan, como en un telón de fondo, algunas chispas de sonido. Mira su mano, que ha acariciado distraídamente al gato antes de marcar las cifras (¿y no se oyen otras cifras en el teléfono, no hay una voz distante que dicta números a alguien que no habla, que sólo está allí para copiar obediente?), negándose a creer que la mano que ha alzado y vuelto a dejar el tubo de pastillas es su mano, que la voz que acaba de repetir: “Soy yo”, es su voz, al borde del límite. Por dignidad, callar, lentamente devolver al receptor a su horquilla, quedarse limpiamente sola. “Sonia acaba de irse”, dice Jeanne, y el límite está franqueado, el ridículo empieza, el pequeño infierno confortable.

“Ah”, dice Roland frotando un fósforo. Jeanne oye distintamente el frote, es como si viera el rostro de Roland mientras aspira el humo, echándose un poco atrás con los ojos entornados. Un río de escamas brillantes parece saltar de las manos del gigante negro y Marco tiene el tiempo preciso para hurtar el cuerpo a la red. Otras veces -el procónsul lo sabe, y vuelve la cabeza para que solamente Irene lo vea sonreír- ha aprovechado de ese mínimo instante que es el punto débil de todo reciario para bloquear con el escudo la amenaza del largo tridente y tirarse a fondo, con un movimiento fulgurante, hacia el pecho descubierto. Pero Marco se mantiene fuera de distancia, encorvadas las piernas como a punto de saltar, mientras el nubio recoge velozmente la red y prepara el nuevo ataque. “Está perdido”, piensa Irene sin mirar al procónsul que elige unos dulces de la baraja que le ofrece Urania. “No es el que era”, piensa Licas lamentando su apuesta. Marco se ha encorvado un poco, siguiendo el movimiento giratorio del nubio; es el único que aún no sabe lo que todos presienten, es apenas algo que agazapado espera otra ocasión, con el vago desconcierto de no haber hecho lo que la ciencia le mandaba. Necesitaría más tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro. Hosco, espera otro momento propicio; acaso al final, con un pie sobre el cadáver del reciario, pueda encontrar otra vez la sonrisa de la mujer del procónsul; pero eso no lo está pensando él, y quien lo piensa no cree ya que el pie de Marco se hinque en el pecho de un nubio degollado.

“Decídete”, dice Roland, “a menos que quieras tenerme toda la tarde escuchando a ese tipo que le dicta números a no sé quién. ¿Lo oyes?” “Sí”, dice Jeanne, “se lo oye como desde muy lejos. Trescientos cincuenta y cuatro, doscientos cuarenta y dos”. Por un momento no hay más que la voz distante y monótona. “En todo caso”, dice Roland, “está utilizando el teléfono para algo práctico”. La respuesta podría ser la previsible, la primera queja, pero Jeanne calla todavía unos segundos y repite: “Sonia acaba de irse”. Vacila antes de agregar: “Probablemente estará llegando a tu casa”. A Roland le sorprendería eso, Sonia no tiene por qué ir a su casa. “No mientas”, dice Jeanne, y el gato huye de su mano, la mira ofendido. “No era una mentira”, dice Roland. “Me refería a la hora, no al hecho de venir o no venir. Sonia sabe que me molestan las visitas y las llamadas a esta hora”. Ochocientos cinco, dicta desde lejos la voz, cuatrocientos dieciséis. Treinta y dos. Jeanne ha cerrado los ojos, esperando la primera pausa en esa voz anónima para decir lo único que queda por decir. Si Roland corta la comunicación le restará todavía esa voz en el fondo de la línea, podrá conservar el receptor en el oído, resbalando más y más en el sofá, acariciando el gato que ha vuelto a tenderse contra ella, jugando con el tubo de pastillas, escuchando las cifras, hasta que también la otra voz se canse y ya no quede nada, absolutamente nada como no sea el receptor que empezará a pesar espantosamente entre sus dedos, una cosa muerta que habrá que rechazar sin mirarla. Ciento cuarenta y cinco, dice la voz. Y todavía más lejos, como un diminuto dibujo a lápiz, alguien que podría ser una mujer tímida pregunta entre dos chasquidos: “¿La estación del Norte?”

Por segunda vez alcanza a zafarse de la red, pero ha medido mal el salto hacia atrás y resbala en una mancha húmeda de la arena. Con un esfuerzo que levanta en vilo al público, Marco rechaza la red con un molinete de la espada mientras tiende el brazo izquierdo y recibe en el escudo el golpe resonante del tridente. El procónsul desdeña los excitados comentarios de Licas y vuelve la cabeza hacia Irene que no se ha movido. “Ahora o nunca”, dice el procónsul. “Nunca”, contesta Irene. “No es el que era”, repite Licas, “y le va a costar caro, el nubio no le dará otra oportunidad, basta mirarlo”. A distancia, casi inmóvil, Marco parece haberse dado cuenta del error; con el escudo en alto mira fijamente la red ya recogida, el tridente que oscila hipnóticamente a dos metros de sus ojos. “Tienes razón, no es el mismo”, dice el procónsul. “¿Habías apostado por él, Irene?” Agazapado, pronto a saltar, Marco siente en la piel, en lo hondo del estómago, que la muchedumbre lo abandona. Si tuviera un momento de calma podría romper el nudo que lo paraliza, la cadena invisible que empieza muy atrás pero sin que él pueda saber dónde, y que en algún momento es la solicitud del procónsul, la promesa de una paga extraordinaria y también un sueño donde hay un pez y sentirse ahora, cuando ya no hay tiempo para nada, la imagen misma del sueño frente a la red que baila ante los ojos y parece atrapar cada rayo de sol que se filtra por las desgarraduras del velario. Todo es cadena, trampa; enderezándose con una violencia amenazante que el público aplaude mientras el reciario retrocede un paso por primera vez, Marco elige el único camino, la confusión y el sudor y el olor a sangre, la muerte frente a él que hay que aplastar; alguien lo piensa por él detrás de la máscara sonriente, alguien que lo ha deseado por sobre el cuerpo de un tracio agonizante. “El veneno”, se dice Irene, “alguna vez encontraré el veneno, pero ahora acéptale la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora”. La pausa parece prolongarse como se prolonga la insidiosa galería negra donde vuelve intermitente la voz lejana que repite cifras. Jeanne a creído siempre que los mensajes que verdaderamente cuentan están en algún momento más acá de toda palabra; quizá esas cifras digan más, sean más que cualquier discurso para el que las está escuchando atentamente, como para ella el perfume de Sonia, el roce de la palma de su mano en el hombro antes de marcharse han sido tanto más que las palabras de Sonia. Pero era natural que Sonia no se conformara con un mensaje cifrado, que quisiera decirlo con todas las letras, saboreándolo hasta lo último. “Comprendo que para ti será muy duro”, a repetido Sonia, “pero detesto el disimulo y prefiero decirte la verdad”. Quinientos cuarenta y seis, seiscientos sesenta y dos, doscientos ochenta y nueve. “No me importa si va a tu casa o no”, dice Jeanne, “ahora ya no me importa nada”. En vez de otra cifra hay un largo silencio. “¿Estás ahí?”, pregunta Jeanne. “Sí”, dice Roland dejando la colilla en el cenicero y buscando sin apuro el vaso de coñac. “Lo que no puedo entender…”, empieza Jeanne. “Por favor”, dice Roland, “en estos casos nadie entiende gran cosa, querida, y además no se gana nada con entender. Lamento que Sonia se haya precipitado, no era ella a quien le tocaba decírtelo. Maldito sea, ¿no va a terminar nunca con esos números?” La voz menuda, que hace pensar en un mundo de hormigas, continúa su dictado minucioso por debajo de un silencio más cercano y más espeso. “Pero tú”, dice absurdamente Jeanne, “entonces, tú…”

Roland bebe un trago de coñac. Siempre le ha gustado escoger sus palabras, evitar los diálogos superfluos. Jeanne repetirá dos, tres veces cada frase, acentuándolas de una manera diferente; que hable, que repita mientras él prepara el mínimo de respuestas sensatas que pongan orden en ese arrebato lamentable. Respirando con fuerza se endereza después de una finta y un avance lateral; algo le dice que esta vez el nubio va a cambiar el orden del ataque, que el tridente se adelantará al tiro de la red. “Fíjate bien”, explica Licas a su mujer, “se lo he visto hacer en Apta Iulia, siempre los desconcierta”. Mal defendido, desafiando el riesgo de entrar en el campo de la red, Marco se tira hacia delante y sólo entonces alza el escudo para protegerse del río brillante que escapa como un rayo de la mano del nubio. Ataja el borde de la red pero el tridente golpea hacia abajo y la sangre salta del muslo de Marco, mientras la espada demasiado corta resuena inútilmente contra el asta. “Te lo había dicho”, grita Licas. El procónsul mira atentamente el muslo lacerado, la sangre que se pierde en la greba dorada; piensa casi con lástima que a Irene le hubiera gustado acariciar ese muslo, buscar su presión y su calor, gimiendo como sabe gemir cuando él la estrecha para hacerle daño. Se lo dirá esa misma noche y será interesante estudiar el rostro de Irene buscando el punto débil de su máscara perfecta, que fingirá indiferencia hasta el final como ahora finge un interés civil en la lucha que hace aullar de entusiasmo a una plebe bruscamente excitada por la inminencia del fin. “La suerte lo ha abandonado”, dice el procónsul a Irene. “Casi me siento culpable de haberlo traído a esta arena de provincia; algo de él se ha quedado en Roma, bien se ve.” “Y el resto se quedará aquí, con el dinero que le aposté”, ríe Licas. “Por favor, no te pongas así”, dice Roland, “es absurdo seguir hablando por teléfono cuando podemos vernos esta misma noche. Te lo repito, Sonia se ha precipitado, yo quería evitarte ese golpe”. La hormiga ha cesado de dictar sus números y las palabras de Jeanne se escuchan distintamente; no hay lágrimas en su voz y eso sorprende a Roland, que ha preparado sus frases previendo una avalancha de reproches. “¿Evitarme el golpe?”, dice Jeanne. “Mintiendo, claro, engañándome una vez más”. Roland suspira, desecha las respuestas que podrían alargar hasta el bostezo un diálogo tedioso. “Lo siento, pero si sigues así prefiero cortar”, dice, y por primera vez hay un tono de afabilidad en su voz. “Mejor será que vaya a verte mañana, al fin y al cabo somos gente civilizada, qué diablos”. Desde muy lejos la hormiga dicta: ochocientos ochenta y ocho. “No vengas”, dice Jeanne, y es divertido oír las palabras mezclándose con las cifras, no ochocientos vengas ochenta y ocho. “No vengas nunca más, Roland”. El drama, las probables amenazas de suicidio, el aburrimiento como cuando Marie Josée, como cuando todas las que lo toman a lo trágico. “No seas tonta”, aconseja Roland, “mañana lo comprenderás mejor, es preferible para los dos”. Jeanne calla, la hormiga dicta cifras redondas: cien, cuatrocientos, mil. “Bueno, hasta mañana”, dice Roland admirando el vestido de calle de Sonia, que acaba de abrir la puerta y se ha detenido con un aire entre interrogativo y burlón. “No perdió tiempo en llamarte”, dice Sonia dejando el bolso y una revista. “Hasta mañana, Jeanne”, repite Roland. El silencio en la línea parece tenderse como un arco, hasta que lo corta secamente una cifra distante, novecientos cuatro. “¡Basta de dictar esos números idiotas!”, grita Roland con todas sus fuerzas, y antes de alejar el receptor del oído alcanza a escuchar el click en el otro extremo, el arco que suelta su flecha inofensiva. Paralizado, sabiéndose incapaz de evitar la red que no tardará en envolverlo, Marco hace frente al gigante nubio, la espada demasiado corta inmóvil en el extremo del brazo tendido. El nubio afloja la red una, dos veces, la recoge buscando la posición más favorable, la hace girar todavía como si quisiera prolongar los alaridos del público que lo incita a acabar con su rival, y baja el tridente mientras se echa de lado para dar más impulso al tiro. Marco va al encuentro de la red con el escudo en alto, y es una torre que se desmorona contra una masa negra, la espada se hunde en algo que más arriba aúlla; la arena le entra en la boca y en los ojos, la red cae inútilmente sobre el pez que se ahoga.

Acepta indiferente las caricias, incapaz de sentir que la mano de Jeanne tiembla un poco y empieza a enfriarse. Cuando los dedos resbalan por su piel y se detienen, hincándose en una crispación instantánea, el gato se queja petulante; después se tumba de espaldas y mueve las patas en la actitud de expectativa que hace reír siempre a Jeanne, pero ahora no, su mano sigue inmóvil junto al gato y apenas si un dedo busca todavía el calor de su piel, la recorre brevemente antes de detenerse otra vez entre el flanco tibio y el tubo de pastillas que ha rodado hasta ahí. Alcanzado en pleno estómago el nubio aúlla, echándose hacia atrás, y en ese último instante en el que el dolor es como una llama de odio, toda la fuerza que huye de su cuerpo se agolpa en el brazo para hundir el tridente en la espada de su rival boca abajo. Cae sobre el cuerpo de Marco, y las convulsiones lo hacen rodar de lado; Marco mueve lentamente un brazo, clavado en la arena como un enorme insecto brillante.

“No es frecuente”, dice el procónsul volviéndose hacia Irene, “que dos gladiadores de ese mérito se maten mutuamente. Podemos felicitarnos de haber visto un raro espectáculo. Esta noche se lo escribiré a mi hermano para consolarlo de su tedioso matrimonio”.

Irene ve moverse el brazo de Marco, un lento movimiento inútil como si quisiera arrancarse el tridente hundido en los riñones. Imagina al procónsul desnudo en la arena, con el mismo tridente clavado hasta el asta. Pero el procónsul no movería el brazo con esa dignidad última; chillaría pataleando como una liebre, pediría perdón a un público indignado. Aceptando la mano que le tiende su marido para ayudarle a levantarse, asiente una vez más; el brazo ha dejado de moverse, lo único que queda por hacer es sonreír, refugiarse en la inteligencia. Al gato no parece gustarle la inmovilidad de Jeanne, sigue tumbado de espaldas esperando una caricia; después, como si le molestara ese dedo contra la piel del flanco, maúlla destempladamente y da media vuelta para alejarse, ya olvidado y soñoliento.

“Perdóname por venir a esta hora”, dice Sonia. “Vi tu auto en la puerta, era demasiada tentación. Te llamó, ¿verdad?” Roland busca un cigarrillo. “Hiciste mal”, dice. “Se supone que esa tarea les toca a los hombres, al fin y al cabo he estado más de dos años con Jeanne y es una buena muchacha”. “Ah, pero el placer”, dice Sonia sirviéndose coñac. “Nunca le he podido perdonar que fuera tan inocente, no hay nada que me exaspere más. Si te digo que empezó por reírse, convencida de que le estaba haciendo una broma”. Roland mira el teléfono, piensa en la hormiga. Ahora Jeanne llamará otra vez, y será incómodo porque Sonia se ha sentado junto a él y le acaricia el pelo mientras hojea una revista literaria como si buscara ilustraciones. “Hiciste mal”, repite Roland atrayendo a Sonia. “¿En venir a esta hora?”, ríe Sonia cediendo a las manos que buscan torpemente el primer cierre. El velo morado cubre los hombros de Irene que da la espalda al público, a la espera de que el procónsul salude por última vez. En las ovaciones se mezcla ya un rumor de multitud en movimiento, la carrera precipitada de los que buscan adelantarse a la salida y ganar las galerías inferiores, Irene sabe que los esclavos estarán arrastrando los cadáveres, y no se vuelve; le agrada pensar que el procónsul ha aceptado la invitación de Licas a cenar en su villa a orillas del lago, donde el aire de la noche la ayudará a olvidar el olor a la plebe, los últimos gritos, un brazo moviéndose lentamente como si acariciara la tierra. No le es difícil olvidar, aunque el procónsul la hostigue con una minuciosa evocación de tanto pasado que la inquieta; un día Irene encontrará la manera de que también él olvide para siempre, y que la gente lo crea simplemente muerto. “Verás lo que ha inventado nuestro cocinero”, está diciendo la mujer de Licas. “Le ha devuelto el apetito a mi marido, y de noche…” Licas ríe y saluda a sus amigos, esperando que el procónsul abra la marcha hacia las galerías después de un último saludo que se hace esperar como si lo complaciera seguir mirando la arena donde enganchan y arrastran los cadáveres. “Soy tan feliz”, dice Sonia apoyando la mejilla en el pecho de Roland adormilado. “No lo digas”, murmura Roland, “uno siempre piensa que es una amabilidad”. “¿No me crees?”, ríe Sonia. “Sí, pero no lo digas ahora. Fumemos”. Tantea en la mesa baja hasta encontrar cigarrillos, pone uno en los labios de Sonia, acerca el suyo, los enciende al mismo tiempo. Se miran apenas, soñolientos, y Roland agita el fósforo y lo posa en la mesa donde en alguna parte hay un cenicero. Sonia es la primera en adormecerse y él le quita muy despacio el cigarrillo de la boca, lo junta con el suyo y los abandona en la mesa, resbalando contra Sonia en un sueño pesado y sin imágenes. El pañuelo de gasa arde sin llama al borde del cenicero, chamuscándose lentamente, cae sobre la alfombra junto al montón de ropas y una copa de coñac. Parte del público vocifera y se amontona en las gradas inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña a su guardia para que le abran paso. Licas, el primero en comprender, le muestra el lienzo más distante del viejo velario que empieza a desgarrarse mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que busca confusamente la salida. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e inmóvil. “Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja”, grita Licas precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae cobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice, “están amontonados ahí abajo como animales”. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del brazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. “Es en el décimo piso”, dice el teniente. “Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos”.

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APOCALIPSIS EN SOLENTINAME – JULIO CORTÁZAR

octubre 1, 2007 Deja un comentario

Los ticos son siempre así, más bien calladitos pero llenos de sorpresas, uno baja en San José de Costa Rica y ahí están esperándote Carmen Naranjo y Samuel Rovinski y Sergio Ramírez (que es de Nicaragua y no tico pero qué diferencia en el fondo si es lo mismo, qué diferencia en que yo sea argentino aunque por gentileza debería decir tino, y los otros nicas o ticos). Hacía uno de esos calores y para peor todo empezaba enseguida, conferencia de prensa con lo de siempre, ¿por qué no vivís en tu patria, qué pasó que Blow-Up era tan distinto de tu cuento, te parece que el escritor tiene que estar comprometido? A esta altura de las cosas ya sé que la última entrevista me la harán en las puertas del infierno y seguro que serán las mismas preguntas, y si por caso es chez San Pedro la cosa no va a cambiar, ¿a usted no le parece que allá abajo escribía demasiado hermético para el pueblo?
   Después el hotel Europa y esa ducha que corona los viajes con un largo monólogo de jabón y de silencio. Solamente que a las siete cuando ya era hora de caminar por San José y ver si era sencillo y parejito como me habían dicho, una mano se me prendió del saco y detrás estaba Ernesto Cardenal y qué abrazo, poeta, qué bueno que estuvieras ahí después del encuentro en Roma, de tantos encuentros sobre el papel a lo largo de años. Siempre me sorprende, siempre me conmueve que alguien como Ernesto venga a verme y a buscarme, vos dirás que hiervo de falsa modestia pero decilo nomás viejo, el chacal aúlla pero el ómnibus pasa, siempre seré un aficionado, alguien que desde abajo quiere tanto a algunos que un día resulta que también lo quieren, son cosas que me superan, mejor pasamos a la otra línea.
   La otra línea era que Ernesto sabía que yo llegaba a Costa Rica y dale, de su isla se había venido en avión porque el pajarito que le lleva las noticias lo tenía informado de que los ticas me planeaban un viaje a Solentiname y a él le parecía irresistible la idea de venir a buscarme, con lo cual dos días después Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec, cuyo nombre será siempre un enigma para mí pero que volaba entre hipos y borborigmos ominosos mientras el rubio piloto sintonizaba unos calipsos contrarrestantes y parecía por completo indiferente a mi noción de que el azteca nos llevaba derecho a la pirámide del sacrificio. No fue así, como puede verse, bajamos en Los Chiles y de ahí un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urteche, a quién más gente haría bien en leer y en cuya casa descansamos hablando de tantos otros amigos poetas, de Roque Dalton y de Gertrude Stein y de Carlos Martínez Rivas hasta que llegó Luis Coronel y nos fuimos para Nicaragua en su yip y en su panga de sobresaltadas velocidades. Pero antes hubo fotos de recuerdo con una cámara de esas que dejan salir ahí nomás un papelito celeste que poco a poco y maravillosamente y polaroid se va llenando de imágenes paulatinas, primero ectoplasmas inquietantes y poco a poco una nariz, un pelo crespo, la sonrisa de Ernesto con su vincha nazarena, doña María y don José recortándose contra la veranda. A todos les parecía muy normal eso porque desde luego estaban habituados a servirse de esa cámara pero yo no, a mí ver salir de la nada, del cuadradito celeste de la nada esas caras y esas sonrisas de despedida me llenaba de asombro y se los dije, me acuerdo de haberle preguntado a Óscar qué pasaría si alguna vez después de una foto de familia el papelito celeste de la nada empezara a llenarse con Napoleón a caballo, y la carcajada de don José Coronel que todo lo escuchaba como siempre, el yip, vámonos ya para el lago.
   A Solentiname llegamos entrada la noche, allí esperaban Teresa y William y un poeta gringo y los otros muchachos de la comunidad; nos fuimos a dormir casi enseguida pero antes vi las pinturas en un rincón, Ernesto hablaba con su gente y sacaba de una bolsa las provisiones y regalos que traía de San José, alguien dormía en una hamaca y yo vi las pinturas en un rincón, empecé a mirarlas. No me acuerdo quién me explicó que eran trabajos de los campesinos de la zona, ésta la pintó el Vicente, ésta es de la Ramona, algunas firmadas y otras no pero todas tan hermosas, una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza: vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar de donde va saliendo la gente como hormigas, el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa. Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo.
   Al otro día era domingo y misa de once, la misa de Solentiname en la que los campesinos y Ernesto y los amigos de visita comentan juntos un capítulo del evangelio que ese día era el arresto de Jesús en el huerto, un tema que la gente de Solentiname trataba como si hablaran de ellos mismos, de la amenaza de que les cayeran en la noche o en pleno día, esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua sino de casi toda América Latina, vida rodeada de miedo y de muerte, vida de Guatemala y vida de El Salvador, vida de la Argentina y de Bolivia, vida de Chile y de Santo Domingo, vida del Paraguay, vida de Brasil y de Colombia.
   Ya después hubo que pensar en volverse y fue entonces que pensé de nuevo en los cuadros, fui a la sala de la comunidad y empecé a mirarlos a la luz delirante de mediodía, los colores más altos, los acrílicos o los óleos enfrentándose desde caballitos y girasoles y fiestas en los prados y palmares simétricos. Me acordé que tenía un rollo de color en la cámara y salí a la veranda con una brazada de cuadros; Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor. Las casualidades son así: me quedaban tantas tomas como cuadros, ninguno se quedó afuera y cuando vino Ernesto a decirnos que la panga estaba lista le conté lo que había hecho y él se rió, ladrón de cuadros, contrabandista de imágenes. Sí, le dije, me los llevo todos, allá los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que éstos, jodete.
   Volví a San José, estuve en La Habana y anduve por ahí haciendo cosas, de vuelta a París con un cansancio lleno de nostalgia, Claudine calladita esperándome en Orly, otra vez la vida de reloj pulsera y merci monsieur, bonjour madame, los comités, los cines, el vino tinto y Claudine, los cuartetos de Mozart y Claudine. Entre tanta cosa que los sapos maletas habían escupido sobre la cama y la alfombra, revistas, recortes, pañuelos y libros de poetas centroamericanos, los tubos de plástico gris con los rollos de películas, tanta cosa a lo largo de dos meses, la secuencia de la Escuela Lenin de La Habana, las calles de Trinidad, los perfiles del volcán Irazú y su cubeta de agua hirviente verde donde Samuel y yo y Sarita habíamos imaginado patos ya asados flotando entre gasas de humo azufrado. Claudine llevó los rollos a revelar, una tarde andando por el barrio latino me acordé y como tenía la boleta en el bolsillo los recogí y eran ocho, pensé enseguida en los cuadritos de Solentiname y cuando estuve en mi casa busqué en las cajas y fui mirando el primer diapositivo de cada serie, me acordaba que antes de fotografiar los cuadritos había estado sacando la misa de Ernesto, unos niños jugando entre las palmeras igualitos a las pinturas, niños y palmeras y vacas contra un fondo violentamente azul de cielo y de lago apenas un poco más verde, o a lo mejor al revés, ya no lo tenía claro. Puse en el cargador la caja de los niños y la misa, sabía que después empezaban las pinturas hasta el final del rollo.
   Anochecía y yo estaba solo, Claudine vendría al salir del trabajo para escuchar música y quedarse conmigo; armé la pantalla y un ron con mucho hielo, el proyector con su cargador listo y su botón de telecomando; no hacía falta correr las cortinas, la noche servicial ya estaba ahí encendiendo las lámparas y el perfume del ron; era grato pensar que todo volvería a darse poco a poco, después de los cuadritos de Solentiname empezaría a pasar las cajas con las fotos cubanas, pero por qué los cuadritos primero, por qué la deformación profesional, el arte antes que la vida, y por qué no, le dijo el otro a éste en su eterno indesarmable diálogo fraterno y rencoroso, por qué no mirar primero las pinturas de Solentiname si también son la vida, si todo es lo mismo.
   Pasaron las fotos de la misa, más bien malas por errores de exposición, los niños en cambio jugaban a plena luz y dientes tan blancos. Apretaba sin ganas el botón de cambio, me hubiera quedado tanto rato mirando cada foto pegajosa de recuerdo, pequeño mundo frágil de Solentiname rodeado de agua y de esbirros como estaba rodeado el muchacho que miré sin comprender, yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante, el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles.
   Se piensa lo que se piensa, eso llega siempre antes que uno mismo y lo deja tan atrás; estúpidamente me dije que se habrían equivocado en la óptica, que me habían dado las fotos de otro cliente; pero entonces la misa, los niños jugando en el prado, entonces cómo. Tampoco mi mano obedecía cuando apretó el botón y fue un salitral interminable a mediodía con dos o tres cobertizos de chapas herrumbradas, gente amontonada a la izquierda mirando los cuerpos tendidos boca arriba, sus brazos abiertos contra un cielo desnudo y gris; había que fijarse mucho para distinguir en el fondo al grupo uniformado de espaldas y yéndose, el yip que esperaba en lo alto de una loma.
   Sé que seguí; frente a eso que se resistía a toda cordura lo único posible era seguir apretando el botón, mirando la esquina de Corrientes y San Martín y el auto negro con los cuatro tipos apuntando a la vereda donde alguien corría con una camisa blanca y zapatillas, dos mujeres queriendo refugiarse detrás de un camión estacionado, alguien mirando de frente, una cara de incredulidad horrorizada, llevándose una mano al mentón como para tocarse y sentirse todavía vivo, y de golpe la pieza casi a oscuras, una sucia luz cayendo de la alta ventanilla enrejada, la mesa con la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo, la sombra de espaldas metiéndole un cable entre las piernas abiertas, los dos tipos de frente hablando entre ellos, una corbata azul y un pull-over verde. Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco del más próximo un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte y alcancé a ver un auto que volaba en pedazos en pleno centro de una ciudad que podía ser Buenos Aires o São Paulo, seguí apretando y apretando entre ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca, de golpe la pantalla se llenó de mercurio y de nada y también de Claudine que entraba silenciosa volcando su sombra en la pantalla antes de inclinarse y besarme en el pelo y preguntar si eran lindas, si estaba contento de las fotos, si se las quería mostrar.
   Corrí el cargador y volví a ponerlo en cero, uno no sabe cómo ni por qué hace las cosas cuando ha cruzado un límite que tampoco sabe. Sin mirarla, porque hubiera comprendido o simplemente tenido miedo de eso que debía ser mi cara, sin explicarle nada porque todo era un solo nudo desde la garganta hasta las uñas de los pies, me levanté y despacio la senté en mi sillón y algo debí decir de que iba a buscarle un trago y que mirara, que mirara ella mientras yo iba a buscarle un trago. En el baño creo que vomité, o solamente lloré y después vomité o no hice nada y solamente estuve sentado en el borde de la bañera dejando pasar el tiempo hasta que pude ir a la cocina y prepararle a Claudine su bebida preferida, llenársela de hielo y entonces sentir el silencio, darme cuenta de que Claudine no gritaba ni venía corriendo a preguntarme, el silencio nada más y por momentos el bolero azucarado que se filtraba desde el departamento de al lado. No sé cuánto tardé en recorrer lo que iba de la cocina al salón, ver la parte de atrás de la pantalla justo cuando ella llegaba al final y la pieza se llenaba con el reflejo del mercurio instantáneo y después la penumbra, Claudine apagando el proyector y echándose atrás en el sillón para tomar el vaso y sonreírme despacito, feliz y gata y tan contenta.
   -Qué bonitas te salieron, esa del pescado que se ríe y la madre con los dos niños y las vaquitas en el campo; espera, y esa otra del bautismo en la iglesia, decime quién los pintó, no se ven las firmas.
   Sentado en el suelo, sin mirarla, busqué mi vaso y lo bebí de un trago. No le iba a decir nada, qué le podía decir ahora, pero me acuerdo que pensé vagamente en preguntarle una idiotez, preguntarle si en algún momento no había visto una foto de Napoleón a caballo. Pero no se lo pregunté, claro.

San José, La Habana, abril de 1976

De Alguien que anda por ahí
Cortázar, Julio; Cuentos completos 2, Buenos Aires, Alfaguara, 1996

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La otra vuelta de tuerca – Henry James

septiembre 11, 2007 Deja un comentario

Traducción: Sergio Pitol                             Presentación: Carlos Bonfil

LA HISTORIA NOS HABÍA MANTENIDO ALREDEDOR DEL FUEGO…

   

   La historia nos había mantenido alrededor del fuego lo suficientemente expectantes, pero fuera del innecesario comentario de que era horripilante, como debía serlo por fuerza todo relato que se narrara en vísperas de navidad en una casa antigua, no recuerdo que produjera comentario alguno aparte del que hizo alguien para poner de relieve que era el único caso que conocía en que la visión la hubiese tenido un niño.

   Se trataba, debo mencionarlo, de una aparición que tuvo lugar en una casa tan antigua como aquella en que nos reuníamos: una aparición monstruosa a un niño que dormía en una habitación con su madre, a quien despertó aquél presa del terror; pero al despertarla no se desvaneció su miedo, pues también la madre había tenido la misma visión que atemorizó al niño. Aquella observación provocó una respuesta de Douglas —no de inmediato, sino más tarde, en el curso de la velada—, una respuesta que tuvo las interesantes consecuencias que voy a reseñar. Alguien relató luego una historia, no especialmente brillante, que él, según pude darme cuenta, no escuchó. Eso me hizo sospechar que tenía algo que mostrarnos y que lo único que debíamos hacer era esperar. Y, en efecto, esperamos hasta dos noches después; pero ya en esa misma sesión, antes de despedirnos, nos anticipó algo de lo que tenía en la mente.

   —Estoy absolutamente de acuerdo en lo tocante al fantasma del que habla Griffin, o lo que haya sido, el cual, por aparecerse primero al niño, muestra una característica especial. Pero no es el primer caso que conozco en que se involucre a un niño. Si el niño produce el efecto de otra vuelta de tuerca, ¿qué me dirían ustedes de dos niños?

   —Por supuesto —exclamó alguien—, diríamos que dos niños significan dos vueltas. Y también diríamos que nos gustaría saber más sobre ellos.

   Me parece ver aún a Douglas, de pie ante la chimenea a la que daba en ese momento la espalda y mirando a su interlocutor con las manos en los bolsillos.

   —Yo soy el único que conoce la historia. Realmente, es horrible.

   Esto, repetido en distintos tonos de voz, tendía a valorar más la cosa, y nuestro amigo, con mucho arte, preparaba ya su triunfo mientras nos recorría con la mirada y puntualizaba:

   —Ninguna otra historia que haya oído en mi vida se le aproxima.

   —¿En cuanto a horror? —pregunté.

   Pareció vacilar; trató de explicar que no se trataba de algo tan sencillo, y que él mismo no sabía cómo calificar aquellos acontecimientos. Se pasó una mano por los ojos e hizo una mueca de estremecimiento.

   —Lo único que sé —concluyó— es que se trata de algo espantoso.

   —¡Oh, qué delicia! —exclamó una de las mujeres.

   Él ni siquiera la advirtió; miró hacia mí, pero como si, en vez de mi persona, viera aquello de lo que hablaba.

   —Por todo lo que implica de misterio, de fealdad, de espanto y de dolor.

   —Entonces —le dije—, lo que debes hacer es sentarte y comenzar a contárnoslo.

   Se volvió nuevamente hacia el fuego, empujó hacia él un leño con la punta del zapato, lo observó por un instante y luego se encaró otra vez con nosotros.

   —No puedo comenzar ahora: debo enviar a alguien a la ciudad.

   Se alzó un unánime murmullo cuajado de reproches, después del cual, con aire ensimismado, Douglas explicó:

   —La historia está escrita. Está guardada en una gaveta; ha estado allí durante años. Puedo escribir a mi sirviente y mandarle la llave para que envíe el paquete tal como lo encuentre.

   Parecía dirigirse a mí en especial, como si solicitara mi ayuda para no echarse atrás. Había roto una costra de hielo formada por muchos inviernos, y debía haber tenido razones suficientes para guardar tan largo silencio. Los demás lamentaron el aplazamiento, pero fueron precisamente aquellos escrúpulos de Douglas lo que más me gustó de la velada. Lo apremié para que escribiera por el primer correo a fin de que pudiésemos conocer aquel manuscrito lo antes posible. Le pregunté si la experiencia en cuestión había sido vivida por él. Su respuesta fue inmediata:

   —¡Oh no, a Dios gracias!

   —Y el manuscrito, ¿es tuyo? ¿Transcribiste tus impresiones?

   —No, ésas las llevo aquí —y se palpó el corazón—. Nunca las he perdido.

   —Entonces el manuscrito…

   —Está escrito con una vieja y desvanecida tinta, con la más bella caligrafía —y se volvió de nuevo hacia el fuego— de una mujer. Murió hace veinte años. Ella me envió esas páginas antes de morir.

   Todo el mundo lo estaba escuchando ya en ese momento y, por supuesto, no faltó quien, ante aquellas palabras, hiciera el comentario obligado; pero él pasó por alto la interferencia sin una sonrisa, aunque también sin irritación.

   —Era una persona realmente encantadora, a pesar de ser diez años mayor que yo. Fue la institutriz de mi hermana —dijo con voz apagada—. La mujer más agradable que he conocido en ese oficio; merecedora de algo mejor. Fue hace mucho, mucho tiempo, y el episodio al que me refiero había sucedido bastante tiempo atrás. Yo estaba en Trinity, y la encontré en casa al volver en mis segundas vacaciones, en verano. Pasé casi todo el tiempo en casa. Fue un verano magnífico, y en sus horas libres paseábamos y conversábamos en el jardín. Me sorprendieron su inteligencia y encanto. Sí, no sonrían; me gustaba mucho, y aún hoy me satisface pensar que yo también le gustaba. De no haber sido así, ella no me hubiera confiado lo que me contó. Nunca lo había compartido con nadie. Y no sé esto porque ella me lo hubiera dicho, pero estoy seguro de que fue así. Sentía que era así. Ustedes podrán juzgarlo cuando conozcan la historia.

   —¿Tan horrible fue aquello?

   Siguió mirándome con fijeza.

   —Podrás darte cuenta por ti mismo —repitió—, podrás darte cuenta.

   Yo también lo miré con fijeza.

   —Comprendo —dije—: estaba enamorada.

   Rio por primera vez.

   —Eres muy perspicaz. Sí, estaba enamorada. Mejor dicho, lo había estado. Eso salió a relucir… No podía contar la historia sin que saliera a relucir. Lo advertí, y ella se dio cuenta de que yo lo había advertido; pero ninguno de los dos volvió a tocar este punto. Recuerdo perfectamente el sitio y el lugar… Un rincón en el prado, la sombra de las grandes hayas y una larga y cálida tarde de verano. No era el escenario ideal para estremecerse; sin embargo, ¡oh…!

   Se apartó del fuego y se dejó caer en un sillón.

   —¿Recibirás el paquete el jueves por la mañana? —le pregunté.

   —Lo más probable es que llegue con el segundo correo.

   —Bueno, entonces, después de la cena…

   —¿Estarán todos aquí? —preguntó, y nuevamente nos recorrió con la mirada—. ¿Nadie se marcha? —añadió con un tono casi esperanzado.

   —¡Nos quedaremos todos!

   —¡Yo me quedaré! ¡Y yo también! —gritaron las damas cuya partida había sido ya fijada.

   La señora Griffin, sin embargo, mostró su necesidad de saber un poco más:

   —¿De quién estaba enamorada?

   —La historia nos lo va a aclarar —me sentí obligado a responder.

   —¡Oh, no puedo esperar a oír la historia!

   —La historia no lo dirá —replicó Douglas— por lo menos, no de un modo explícito y vulgar.

   —Pues es una lástima, porque éste es el único modo de que yo pudiera entender algo.

   —¿Nos lo dirá usted, Douglas? —preguntó alguien.

   Volvió a ponerse de pie.

   —Sí… mañana. Ahora debo retirarme a mis habitaciones. Buenas noches.

   Y, cogiendo un candelabro, salió dejándonos bastante intrigados. Cuando sus pasos se perdieron en la escalera situada al fondo del salón, la señora Griffin dijo:

   —Bueno, podré no saber de quién estaba ella enamorada, pero sí sé de quién lo estaba él.

   —Ella era diez años mayor que él —comentó su marido.

   —Raison de plus…, a esa edad. Pero no deja de resultar agradable su larga reticencia.

   —¡De cuarenta años! —precisó Griffin.

   —Con este estallido final.

   —El estallido —volví a tomar la palabra— constituirá una apasionante velada la noche del jueves.

   Todo el mundo estuvo de acuerdo conmigo, y ante esa perspectiva nos desinteresamos de todo lo demás. La última historia, aunque de modo incompleto y dada apenas como introducción de un largo relato, había sido ya iniciada. Nos despedimos y “acandelabramos”, como alguien dijo, y nos retiramos a dormir.

   Supe al día siguiente que una carta conteniendo una llave había sido enviada en el primer correo a la casa de Douglas en Londres; pero, a pesar o, quizás, a causa de la difusión de aquella noticia, lo dejamos en paz hasta después de cenar, como si aquella hora de la noche concordara mejor con la clase de emoción que esperábamos experimentar. Entonces él se mostró tan comunicativo como podíamos desear, y hasta nos aclaró el motivo de su buen humor. Estaba de nuevo frente a la chimenea, como en la noche anterior, en la que tanto nos había sorprendido. Al parecer, el relato que había prometido leernos necesitaba, para ser cabalmente comprendido, unas cuantas palabras como prólogo. Debo dejar aquí sentado con toda claridad que aquel relato, tal como lo transcribí muchos años más tarde, es el mismo que ahora voy a ofrecer a mis lectores. El pobre Douglas, antes de su muerte —cuando ya ésta era inminente—, me entregó el manuscrito que recibió en aquellos días y que en el mismo lugar, produciendo un efecto inmenso, comenzó a leer a nuestro pequeño círculo la noche del cuarto día. Las damas que habían prometido quedarse, a Dios gracias, no lo hicieron: a fin de atender unos previos compromisos, habían tenido que marcharse muertas de curiosidad, agudizada ésta por los pequeños avances que Douglas nos proporcionaba. Lo cual sirvió para que su auditorio final, más reducido y selecto, fuera enterándose de la historia en un estado casi de hipnosis.

   El primero de aquellos avances constituía, hasta cierto punto, el principio de la historia, hasta el momento en que la autora la tomaba en sus manos. Los hechos que nos dio a conocer entonces fueron que su antigua amiga, la más joven de varias hijas de un pobre párroco rural, tuvo que dirigirse a Londres a toda prisa, apenas cumplidos los veinte años, para responder personalmente a un anuncio que ya la había hecho entablar una breve correspondencia con el anunciante. La persona que la recibió en una casa de Harley Street amplia e imponente, según la describía ella, resultó ser un caballero, un soltero en la flor de la vida y con una figura nunca vista —aunque vislumbrada tal vez en un sueño o en las páginas de una novela— por una tímida y oscura muchacha salida de una vicaría de Hampshire. No era difícil reconstruir su personalidad, pues, por fortuna, nunca se olvida la imagen de una persona como aquélla. Era apuesto, osado y amable, de fácil trato, alegre y generoso. Aquel hombre tenía por fuerza que impresionarla, no sólo por ser galante y espléndido sino, sobre todo, porque le planteó el asunto como un favor que ella iba a prestarle, como una manera de quedarle obligado para siempre. Esto fue lo que más le llegó al alma, y lo que después le infundió el valor que hubo de menester. Le pareció un hombre rico y terriblemente extravagante, prototipo de la moda y las buenas maneras, poseedor de un vestuario costoso y encantador con las mujeres. Su casa en la ciudad era un palacio lleno de recuerdos de viajes y trofeos de caza; pero era a su residencia campestre, una antigua mansión en Essex, adonde quería que ella se dirigiera inmediatamente.

   De resultas de la muerte de sus padres en la India, le había sido confiada la tutela de dos sobrinos, un niño y una niña, hijos de un hermano más joven, militar, fallecido dos años antes. Aquellos niños que extrañamente le había confiado el destino constituían, para un hombre de su posición, soltero y sin la experiencia adecuada ni el menor ápice de paciencia, una pesada carga. Había hecho por ellos todo lo que estaba a su alcance, ya que aquel par de criaturas le producían una infinita piedad. Los había enviado desde luego a su otra casa, ya que ningún lugar podía convenirles tanto como el campo; y puso a su disposición las mejores personas que pudo encontrar, desprendiéndose incluso de algunos de sus propios sirvientes para que los atendieran, e iba a visitarlos cada vez que podía para enterarse personalmente de su situación. Lo malo del caso era que los niños no tenían otros familiares y que a él sus propios asuntos le ocupaban todo el tiempo. Los había instalado en Bly, un lugar seguro y saludable, y había puesto al mando de la casa —aunque sólo de escaleras abajo— a una excelente mujer, la señora Grose, con la cual, estaba convencido de ello, su visitante iba a simpatizar, y que en otros tiempos había sido doncella de su madre. Era ahora ama de llaves y al mismo tiempo se ocupaba de la niña, por quien sentía, ya que, por fortuna, era una mujer sin hijos, un inmenso cariño. Había mucha gente para ayudar, pero, por supuesto, la joven que entrara en la casa en calidad de institutriz tendría la autoridad suprema. Debería hacerse cargo también, durante las vacaciones, del niño, que por el momento estaba internado en una escuela. Sí, era demasiado pequeño para ello, pero ¿qué otra cosa podía hacerse? Dado que las vacaciones estaban ya al caer, debía presentarse de un día a otro.

   Al principio cuidaba de los niños una joven que, para desdicha de ellos, había muerto. Se había comportado de un modo magnífico, pues era una joven de lo más respetable, hasta su muerte catastrófica, entre otras cosas, por no haber dejado otra alternativa al pequeño Miles. A partir de entonces, la señora Grose hizo todo lo que buenamente pudo por atender a Flora. Había además una cocinera, una doncella, una mujer que hacía la ordeña, un viejo mozo de cuadra, una vieja jaca y un viejo jardinero: un equipo de lo más respetable.

   No bien acababa Douglas de describir aquel cuadro, cuando alguien formuló una pregunta:

   —¿Y cómo murió la anterior institutriz? ¿Indigesta de tanta respetabilidad?

   La respuesta de nuestro amigo fue inmediata:

   —Eso se sabrá a su debido tiempo. No quiero anticiparme.

   —Perdón. Pensé que era eso precisamente lo que estaba usted haciendo.

   —Puesto en el lugar de la sucesora —sugerí—, me habría gustado saber si el empleo significaba…

   —¿Un peligro mortal? —Douglas completó mi pensamiento—. Ella quiso enterarse y se enteró. Mañana sabrán ustedes de qué se enteró. En principio, el empleo que se le ofrecía no la entusiasmaba demasiado. Era una mujer joven, inexperta y nerviosa, y el panorama que se presentaba ante ella era el de una serie de pesados deberes y poca compañía; realmente, de una gran soledad. Vaciló. Pidió un par de días para considerar el asunto. Pero el salario que le ofrecían excedía con mucho al que hubiera obtenido con cualquier otro empleo, y en una segunda entrevista aceptó.

   Douglas hizo en ese momento una pausa que decidí aprovechar en beneficio del auditorio:

   —La moraleja que se desprende es que, por lo visto, no podía resistirse a la seducción ejercida por aquel espléndido joven. Sucumbió a él.

   Douglas se levantó, como había hecho la noche anterior, se acercó a la chimenea, empujó un leño hacia el fuego con la punta del zapato y, por un momento, permaneció de pie y de espaldas a nosotros.

   —Sólo lo vio dos veces.

   —Eso, precisamente, constituye lo más hermoso de su pasión.

   Me quedé sorprendido al ver que Douglas se volvía en redondo hacia mí.

   —Fue algo hermoso. Hubo otras —continuó— que no aceptaron, que no sucumbieron. Él le habló con franqueza de sus dificultades; le dijo que otras aspirantes al empleo lo habían rechazado por encontrar inaceptables las condiciones. Sencillamente, se espantaban, sobre todo al conocer la condición principal.

   —Que era…

   —La de no molestarlo nunca; nunca, rigurosamente nunca. No recurrir a él, ni quejarse, ni escribirle por ningún concepto. Debían resolver por sí mismas todos los problemas; recibir el dinero de su administrador, tomar todas las cosas en sus manos y dejarlo en paz. Mi amiga prometió cumplir esas condiciones, y me contó que cuando el joven, encantado, le retuvo un momento la mano, dándole las gracias por el sacrificio, ella se sintió ya con eso recompensada.

   —Pero ¿fue ésa toda su recompensa? —preguntó una de las damas.

   —Nunca más volvió a verlo.

   —¡Oh! —suspiró ella.

   Y aquél fue, ya que nuestro amigo nos volvió a dejar esa noche, el único comentario sobre el tema, hasta que al día siguiente, cerca de la chimenea y en el mejor sillón, Douglas abrió un álbum delgado, de estilo antiguo y tapas de un rojo desvanecido. En realidad, la lectura duró más de una velada y, antes de que en esa noche comenzara, la misma dama formuló otra pregunta:

   —¿Cuál es el título?

   —No tengo ninguno.

   —¡Oh, yo tengo uno! —dije.

   Pero Douglas, sin dar señales de haberme oído, comenzó a leer con una elegante claridad que parecía comunicar al oído la belleza de la caligrafía de la autora.


   I

   

   Recuerdo el comienzo como una sucesión de vuelos y caídas, un pequeño vaivén entre las cuerdas precisas y las innecesarias. Antes de emprender el viaje, todavía en la ciudad, pasé un par de días muy malos, advertí que habían renacido todas mis dudas y llegué a convencerme de que había cometido un error. Y en ese estado de ánimo pasé una horas muy largas en la traqueteante diligencia que me condujo al lugar donde debía recogerme un carruaje de la casa que había sido dispuesto para mí; y de esa manera me encontré con que, al final de aquella tarde de junio, me estaba esperando una calesa. Viajar en ella a esa hora, en un día maravilloso y a través de una campiña impregnada de dulzura que parecía ofrecerme una acogedora bienvenida, hizo que mi estado de ánimo mejorase notablemente; y, cuando enfocamos una amplia avenida, la belleza del lugar estuvo acorde con mis sensaciones. Me imagino que había esperado, o temido, algo tan melancólico, que el paisaje que me envolvía resultó una agradable sorpresa. Recuerdo la favorable impresión que me produjeron la amplia y clara fachada de la casa, sus ventanas abiertas, las cortinas de colores alegres y el par de doncellas asomadas en una de ellas; recuerdo el césped y las hermosas flores, el crujido de las ruedas en la grava y las verdes copas de los árboles, cuyas cúspides parecían perderse en un cielo dorado. El escenario era de tal grandiosidad que nada tenía en común con mi modesto hogar. En la puerta principal del edificio apareció una persona muy cortés con una niñita tomada de la mano que me recibió con una gran reverencia, como si fuera yo la señora de la casa o una visitante distinguida. La noción que me había hecho de la casa, a juzgar por la de Harley Street, era muy pobre, y aquélla me hizo pensar en el propietario como en un caballero aún más poderoso, sugiriéndome que iba a disfrutar allí mucho más de lo que él me había prometido.

   No sufrí ninguna decepción hasta el día siguiente, ya que en el curso de las horas que siguieron a mi llegada fui como hechizada por la presencia y el conocimiento que hice del más joven de mis alumnos: la niña que acompañaba a la señora Grose, que me pareció a primera vista una criatura encantadora cuyo trato debía ser una delicia. Era la más hermosa que había visto en mi vida, y más tarde me pregunté cómo era posible que quien me empleaba no me hubiera hablado más de ella. Esa noche dormí poco…, me sentía demasiado excitada; y recuerdo que aquello me sorprendió también, teniendo en cuenta la generosidad con que había sido tratada. Mi amplio y espectacular dormitorio, uno de los mejores de la casa, el fastuoso lecho, los cortinajes, los grandes espejos en que podía verme, por primera vez, de la cabeza a los pies, todo aquello me impresionaba, así como el encanto extraordinario de mi pequeña pupila, y tantas otras cosas… Desde el primer momento me resultó evidente que podría sostener buenas relaciones con la señora Grose, lo que había puesto en duda mientras viajaba en la calesa. Lo único que me desconcertaba de aquellas primeras impresiones era la gran alegría que había experimentado al verme. En menos de media hora advertí que estaba muy contenta aquella buena, robusta, sencilla, limpia y franca mujer, a la vez que trataba de no mostrar su alegría. Me pregunté entonces por qué tendría interés en ocultarla, y esa reflexión y las sospechas a que daba lugar me hicieron sentir, por supuesto, un poco intranquila.

   En cambio, era un consuelo saber que no habría dificultades en mis relaciones con un ser tan encantador y de tan radiante belleza como mi niñita, cuya angelical hermosura fue el principal motivo de que me levantara antes del alba y caminara de un lado a otro para no dejar escapar nada de lo que acontecía en ese momento: contemplar desde mi ventana abierta el amanecer, observar todos los detalles que podía del edificio y escuchar, mientras la oscuridad se disolvía, el trino de los primeros pajarillos, al que se agregaron un par de sonidos menos naturales, y no provenientes del exterior, sino del interior de la casa, que había creído percibir. Por un momento creí reconocer, débil y lejano, el grito de un niño, y en otro creí percibir ruido de pasos ante la puerta de mi habitación. Pero aquellos detalles no fueron suficientemente fuertes para impresionarme entonces, sino que fue la luz —o quizá debería decir la lobreguez— aportada por otros hechos posteriores lo que los ha hecho volver a mi memoria. Vigilar, enseñar, “formar” a la pequeña Flora sería, evidentemente, el objeto de un vida feliz y útil. Había quedado convenido entre nosotras que a partir de la siguiente noche dormiría en mi cuarto, y su pequeña cama blanca había sido ya instalada en mi habitación. Me había yo comprometido a cuidarla por completo, así que ella durmió por última vez en el cuarto de la señora Grose sólo en atención a mi inevitable extrañeza del lugar y a su natural timidez. No obstante aquella timidez —sobre la cual la misma niña, de la manera más extraña del mundo, había hablado con perfecta naturalidad, mencionándola sin ninguna señal de azoramiento y con la profunda y dulce serenidad de uno de los niños dioses de Rafael, permitiendo que se la discutiera, se la imputara a ella y nos determinara—, tuve la seguridad de que no tardaría en simpatizar conmigo. En parte, ya la señora Grose me gustaba por el placer que pude observar en ella por el hecho de que yo me admirara y sorprendiera cuando nos sentamos a la mesa con cuatro candelabros y con mi alumna colocada frente a mí en una silla alta y con el rostro brillante. Por supuesto, había cosas que, estando presente Flora, tenían que resolverse entre nosotras a través de ciertas miradas cargadas de sentido o por medio de alusiones oscuras y furtivas.

   —Y, el niño… ¿se parece a ella? ¿Es también tan notable?

   Sabía que no se debe alabar a un niño en su presencia.

   —¡Oh, señorita, es todavía más notable! Si tiene usted una buena opinión de esta criatura… ¡imagine! —y se interrumpió sosteniendo una fuente en la mano, mientras la niña nos miraba con una plácida expresión en los ojos.

   —¿Qué debo imaginar?

   —¡Nuestro pequeño caballero la va a fascinar!

   —Muy bien, muy bien; creo que para eso he venido… para que alguien me fascine. Lo que me temo —no pude evitar añadir— es que resulto muy fácil de fascinar. Y creo que ya me ocurrió eso en Londres.

   Puedo ver aún la ancha cara de la señora Grose al oírme decir aquellas palabras.

   —¿En Harley Street? —me preguntó.

   —Sí.

   —Bueno, no es usted la primera, señorita, y tampoco va a ser la última.

   —¡Oh, no tengo ninguna pretensión —dije, echándome a reír— de ser la única! De cualquier manera, tengo entendido que mi otro alumno llega mañana, ¿no es así?

   —No mañana…, sino el viernes, señorita. Vendrá de la misma manera que usted: en la diligencia, al cuidado del cochero, y luego lo esperará la calesa.

   Me permití expresar que lo adecuado, así como lo más agradable y cordial, sería que fuera yo con su hermana a esperarlo a la carretera; idea que la señora Grose acogió con tanto entusiasmo, que tomé su actitud como una especie de promesa de apoyo —¡nunca desmentida, a Dios gracias!—, un juramento de que estaríamos en todo unidas. ¡Sí, se sentía feliz de tenerme a su lado!

   Lo que al día siguiente sentí no podría llamarse precisamente, supongo, una reacción por la alegría de mi llegada; lo más probable es que sólo fuera una ligera decepción producida por el análisis de mis nuevas circunstancias. Éstas tenían una expresión y un volumen para los que yo no estaba preparada, y ante ellas me sentía un poco amedrentada, a la vez que ligeramente orgullosa. En esa agitación, es posible que las lecciones sufrieran algún retraso; reflexioné en que mi primera obligación consistía en ganarme la buena voluntad de la niña por todos los medios de que pudiera echar mano. Pasé con ella el día, fuera de casa; me comprometí, para su enorme satisfacción, a que fuera ella, solamente ella, quien me mostrara el lugar. Me mostró la casa escalón por escalón y cuarto por cuarto, secreto por secreto, sosteniendo una deliciosa conversación infantil al respecto y con el resultado de que en media hora nos habíamos convertido en grandes amigas. A pesar de sus pocos años, durante el paseo me asombró por la seguridad y el valor con que se deslizaba por las habitaciones vacías y los oscuros corredores, las escaleras crujientes, que me hacían detener con temor, y al hacerme trepar hasta la cima de una vieja torre cuadrada que me produjo vértigo. Me impresionó también su disposición a contarme muchas más cosas de las que le preguntaba, mientras me conducía de un lado a otro. No he vuelto a ver Bly desde el día que me marché, y me atrevería a decir que a mis ojos, más viejos y más experimentados, les parecería ahora un lugar mucho menos imponente, pero en aquellos momentos, mientras mi pequeña conductora, con sus cabellos dorados y su vestido azul, danzaba ante mí y tiraba de mi mano a lo largo de pasillos y habitaciones sin fin, tuve la visión de un castillo de novela, habitado por un hada color de rosa, de un lugar con todo el colorido de los libros de historias fantásticas. ¿No era acaso una mansión de cuento de hadas a la que había ido a caer medio en sueños, medio despierta? No. Era simplemente una casa antigua, grande y fea, pero bastante cómoda, que incluía algunos fragmentos de un edificio aún más antiguo, semidesalojado, utilizado en parte, en el cual tuve la sensación de que nos hallábamos tan perdidas como un puñado de pasajeros en un barco a la deriva. ¡Y era yo, extrañamente, quien empuñaba el timón!


II

   Me acordé de esto cuando, dos días más tarde, salí en compañía de Flora a recibir al pequeño caballero, como lo llamaba la señora Grose; sobre todo debido a un incidente que se produjo la segunda noche y que me desconcertó profundamente. El primer día había sido en conjunto, como he dicho, tranquilizador; pero no tardó en soplar un viento amenazante. Aquella misma noche el correo, que pasó muy tarde, traía una carta destinada a mí. El sobre contenía otro, sin abrir, dirigido a mi patrón, quien incluía la siguiente nota:

   “Por la letra veo que la carta adjunta es del director de la escuela, el tipo más pesado que pueda existir. Léala, por favor, y entiéndase con él; por favor, no me informe de nada. Ni una palabra. ¡Yo he quedado fuera del juego!”

   Rompí el sello con un gran esfuerzo, tan grande que me costó un buen rato hacerlo; me llevé la carta a mi habitación y la leí cuando estaba ya por acostarme. Lamenté no haberlo hecho a la mañana siguiente, pues aquella lectura me produjo la segunda noche de insomnio. A la mañana siguiente, sin nadie a quien recurrir en busca de consejo, me sentí presa de la aflicción; finalmente, logré sobreponerme al abatimiento y decidí que lo mejor sería sincerarme, por lo menos, con la señora Grose.

   —¿Qué significa eso? ¡El niño ha sido expulsado de la escuela!

   La mirada que me lanzó fue muy extraña, pude advertirlo; luego, haciendo un visible esfuerzo para disimular, pareció serenarse.

   —Pero, ¿no los envían a todos…?

   —¿A casa…? Sí. Pero sólo durante las vacaciones. En cambio, Miles nunca podrá volver.

   La señora Grose enrojeció.

   —¿No lo aceptarían?

   —Se niegan terminantemente a readmitirlo.

   La buena mujer alzó los ojos, que había mantenido bajos; vi que estaban llenos de lágrimas.

   —¿Qué ha podido hacer?

   Dudé un instante, y luego juzgué preferible pasarle la carta. Cuando se la tendí, ella se llevó las manos a la espalda, movió tristemente la cabeza y me dijo:

   —Esas cosas no son para mí, señorita.

   ¡Mi consejera no sabía leer! Parpadeé al advertir mi error, que traté de atenuar de la mejor manera posible, volví a abrir el sobre y le leí la carta; luego la guardé de nuevo en el bolsillo.

   —¿Es realmente malo? —le pregunté.

   Tenía aún los ojos llenos de lágrimas.

   —¿Dicen eso los caballeros?

   —No entran en detalles. Simplemente declaran que es imposible que el niño continúe en la escuela. Eso sólo puede significar una cosa…

   La señora Grose escuchaba con reconcentrada emoción; pero, en vista de que no me preguntaba qué podía significar, y tratando de expresar mis pensamientos de la manera más coherente, añadí:

   —Que su presencia constituye una ofensa para los otros alumnos.

   Al oir aquello, con uno de esos rápidos cambios emocionales típicos del pueblo, se enardeció.

   —¡El señorito Miles! ¿Una ofensa, él?

   La influencia de su buena fe fue tal que, aunque yo no había visto todavía al niño, la idea llegó a parecerme absurda. De pronto me di cuenta de que, para igualar a mi compañera, yo misma exclamaba en tono sarcástico:

   —¡Sí! ¡Para sus pobres e inocentes compañeros!

    —¡Es espantoso —gritó la señora Grose— que puedan decir cosas tan crueles! ¡El niño no ha cumplido siquiera los diez años!

   —Sí, sí, es increíble.

   La señora Grose, evidentemente, estaba agradecida por mi apoyo.

   —Ante todo, señorita, véale; entonces podrá juzgar por sí misma.

   Sentí una nueva impaciencia por conocerlo; fue el principio de una curiosidad que en las siguientes horas alcanzaría una intensidad casi dolorosa. La señora Grose era consciente del efecto que habían producido en mí sus palabras y añadió, para reforzar el efecto:

   —¡Imagine que dijeran eso de nuestra jovencita…! —para concluir, un instante después—: ¡Mírela!

   Volví la cabeza y vi que Flora, a quien diez minutos antes había dejado en el salón de clases con una hoja de papel blanco, un lápiz y una plana de hermosas y redondas oes, se encontraba en ese momento bajo el dintel de la puerta. Manifestaba en sus modales un extraordinario desprecio hacia las tareas que le resultaban desagradables, mirándome, sin embargo, de un modo que parecía demostrar que aquel desprecio obedecía al afecto que yo le inspiraba y que la obligaba a seguirme. No fue necesario más para que yo sintiera toda la fuerza de la comparación de la señora Grose; y, abrazando a mi discípula, la cubrí de besos con un suspiro de reparación.

   A pesar de todo, durante el resto del día aceché otra ocasión para acercarme a mi colega, especialmente cuando, hacia el atardecer, comencé a sospechar que ella estaba tratando de evitarme. Recuerdo que la abordé en el rellano de la escalera; bajamos juntas y, al llegar abajo, la detuve poniéndole una mano sobre el brazo.

   —Considero lo que me dijo este mediodía como una declaración de que usted nunca ha sabido que se portara mal.

   La señora Grose echó hacia atrás la cabeza; ya para entonces había adoptado muy claramente una actitud, aunque de la manera más honesta posible.

   —¿Que nunca he sabido…? ¡Oh, no pretendí decir eso!

   —Entonces, ¿cree usted que Miles puede ser malo?

   —En efecto, señorita, a Dios gracias.

   Después de pensar un momento, acepté aquella declaración.

   —¿Quiere usted decir que un niño que nunca…?

   —¡Para mí, no es un niño!

   Apreté aún más.

   —¿Quiere usted decir que un niño tiene que ser travieso? —y en seguida, anticipándome a su respuesta, continué—: Yo opino lo mismo. Claro que no hasta el grado de contaminar…

   —¿Contaminar?

   Aquella extraña expresión la había desorientado.

   —Corromper —le aclaré.

   Me miró fijamente mientras yo pronunciaba la nueva palabra, luego estalló en una extraña carcajada.

   —¿Teme que Miles pueda corromperla?

   Me hizo aquella pregunta con una ironía tan evidente, que tuve que reírme también, aunque un poco nerviosa tal vez, para no ponerme en ridículo.

   Pero al día siguiente, poco antes de salir, volví a abordarla en otra parte de la casa.

   —¿Cómo era la dama a la que he venido a sustituir?

   —¿La última institutriz? Era también joven y guapa, casi tan joven y guapa como usted, señorita.

   —¡Ah!, me imagino entonces que su belleza y juventud la ayudaron… —murmuré— parece que a él le gusta que seamos jóvenes y guapas.

   —¡Desde luego! —afirmó la señora Grose—. Le gusta que todo el mundo sea así —y no bien había dicho aquello cuando se apresuró a añadir—: Me refiero, claro, al amo.

   La aclaración me desconcertó.

   —¿A quién se refería usted antes?

   —Claro está que a él —dijo la señora Grose con voz neutra, pero ruborizándose.

   —¿Al amo?

   —¿A quién, si no?

   Era tan evidente que no podía referirse a ninguna otra persona, que un segundo más tarde había dejado de pensar que la señora Grose había dicho por accidente más de lo que pretendía decir; y me limité a preguntarle lo que me interesaba saber.

   —¿Vio ella algo en el niño que…?

   —¿Que no estuviera bien? Nunca me habló de ello. Tenía algunos reparos, pero logré superarlos.

   —¿Era una persona cuidadosa…?

   La señora Grose parecía luchar por ser precisa.

   —Sí… en determinadas cosas.

   —¿Pero no en todas?

   La señora Grose se quedó meditando un instante.

   —Bueno, señorita, ella ya ha muerto; no quiero andar contando historia