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Archivo para 25 octubre 2010

Participaciones Lunes 25 – Octubre – 2010

octubre 25, 2010 Deja un comentario

Ivette – Lectura Indonesia de Pérez Gay

Beatriz – Opinión

Carolina – Opinión

Yoni – Opinión

Carolina – Lectura Segunda parte Cáucaso

Anna Politkovskaya – checar información de ella.

Karen – tercera parte de la lectura de Cáucaso.

Bitácora Lunes 25 – octubre – 2010

octubre 25, 2010 Deja un comentario

Como nadie leyó, se pasa la exposición de Un Asesino Solitario por parte de Sofía, para el jueves 28 junto con la exposición de Carolina acerca del libro Secuestro, de Julio Scherer.

Se dejará un análisis crítico de este texto.

Se retomó las lecturas de Pérez Gay acerca de Indonesia, el Cáucaso y Slobodan Milosevic.

Indonesia Leyó Ivette.

Cáucaso Leyó Profra.

Para el jueves 4 de noviembre se verá Un día de cólera.

El lunes 8 y jueves 11 se abordará Guerra en el Paraíso, de Carlos Montemayor. Se dejará una investigación sobre la guerra sucia del narcotráfico.

Asistencia Lunes 25 – Octubre – 2010

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NADIE, EXCEPTO SOFÍA, LEYÓ UN ASESINO SOLITARIO – SOFÍA EXPONÍA

Ivette Gutiérrez

Sofía Ángeles

Nancy Chávez

Efrén López

Yoni Sacaray

Cedillo Karen

Carolina

Slobodan Milosevic

octubre 22, 2010 Deja un comentario

Slobodan Milosevic fue el primer ex jefe de Estado en comparecer ante un tribunal internacional. Ha sido el proceso más importante por crímenes de guerra en Europa después de Nüremberg. El ex líder serbio estaba acusado de genocidio y crímenes contra la humanidad por su papel en los conflictos de Bosnia (1992-1995), Croacia (1991-1995) y Kosovo (1998-1999), que desgarraron los Balcanes en la década de los 90. Según la acusación, su objetivo en estos tres conflictos era único: crear una ‘Gran Serbia’ que congregara en un solo Estado a todos los serbios de la antigua Yugoslavia.
Su muerte, el 11 de marzo de 2006, ha obligado a cerrar el proceso antes de que se dictara sentencia.

Textos e imágenes tomado de un reportaje especial en El Mundo.

El carnicero de los Balcanes

Por MÓNICA G. PRIETO

«No conozco a nadie que mienta con tanta desenvoltura y sangre fría». Esta frase del ex embajador de Estados Unidos en Belgrado, Warren Zimmermann, describe breve y certeramente al hombre que provocó la desintegración de Yugoslavia a sangre y fuego, que permitió un retroceso de siglos en Serbia y que se aferró al poder con los usos de un maniático a pesar de las erráticas maniobras de Occidente.

Nacido en 1941 en Pozarevac, en Serbia, Slobodan Milosevic —más conocido como ‘Slobo’— forjó su carrera mediante la manipulación, las mentiras y una silenciosa pero desmedida ambición de poder. Tras culminar sus estudios de Derecho, su mentor político, profesor y presidente de la República Serbia en la década de los 80, Ivan Stambolic, le impulsó al Partido Comunista de Yugoslavia, desconociendo que sería devorado por su criatura. El tiempo le haría lamentarlo. Una vez que entregó al introvertido ‘Slobo’ el liderazgo del partido, éste apenas tardó meses en desplazarle del poder.

A principios de los 90, el populista ‘Slobo’ se ganó el apodo de «el carnicero de los Balcanes», iniciando la sangrienta desintegración de Yugoslavia. Nacionalista radical—inventó el lema «allá donde hay un solo serbio está Serbia»—-, exacerbó el larvado nacionalismo de su pueblo emprendiendo la espeluznante guerra en Bosnia, tres años de limpieza étnica con 250.000 civiles muertos, miles de desaparecidos y al menos 12.000 violaciones consumadas ante la permisiva actitud de Europa.

Para poner fin a la tragedia se negoció con Milosevic. Años después, en 1999, el silencioso ‘Slobo’ volvió a las andadas expulsando a los albaneses de Kosovo, una provincia con un 90% de población musulmana. Con la ambiciosa promesa de liquidar políticamente y de una vez a Milosevic, la OTAN atacó Belgrado durante cuatro meses, pero ‘Slobo’ no sólo se mantuvo al frente de la Presidencia, sino que logró cambiar la Constitución para poder permanecer en su ‘trono’.

Dicen quienes le conocían que carecía de amigos desde su infancia, que tenía un incomprensible concepto de la vida humana —sus padres se suicidaron cuando era un adolescente— y que su esposa, Mirjana, era la verdadera estratega de los genocidios que él puso en práctica. También se le describía como un mentiroso patológico y un encantador de serpientes. Por ello, no es de extrañar que el astuto ‘Slobo’ confiara en salir airoso de un proceso electoral en el que aparecía como el claro derrotado. Para él, el fin siempre ha justificado los medios.

El mismo pueblo que lo ensalzó lo derrocó. El 5 de octubre de 2000, resultó castigado en las urnas, pero él se negó a aceptarlo: el Tribunal Constitucional anuló las elecciones generales. La respuesta popular fue clara y contundente. Al día siguiente miles de personas asaltaron el Parlamento y lo prendieron fuego. Vojislav Kostunica subió al poder.

Pasaron ocho meses hasta que el nuevo gobierno yugoslavo decidió, a cambio de ayudas económicas de occidente, entregar a ‘Slobo’ al Tribunal Internacional para los crímenes de la antigua Yugoslavia. El 29 de junio de 2001, Milosevic ya durmió en una celda de La Haya. Desde entonces y hasta su muerte, ha estado inmerso en un jucio que no ha tenido veredicto.

Las 24 horas más largas en la vida de Slobodan Milosevic

Por RUBÉN AMÓN

Rumores, disparos, desmentidos, nostálgicos. Slobodan Milosevic resistió entre la tarde del viernes 30 de marzo de 2001 hasta la madrugada del domingo 1 de abril en el búnker de la calle Uzicka, custodiado por los militares acérrimos. La residencia perteneció al mariscal Tito, pero no sirvió de talismán al último de los dictadores yugoslavos. Estos fueron los detalles, los sobresaltos y los temores de una jornada para la Historia.

Viernes, 18.30 horas: la alarma. Los diputados del Partido Socialista abandonan el Parlamento al conocerse que la policía rodea la casa de Milosevic para intentar detenerlo. Los ministros del Interior y de Justicia niegan categóricamente la redada, pero las fuerzas de seguridad negocian con los guardaespaldas de ‘Slobo’ la hipótesis de una entrega negociada.

22.00 horas: la declaración. Cuatro vehículos todoterreno abandonan la residencia de ‘Slobo’ camino del subterráneo del Palacio de Justicia. Los rumores indican que Milosevic viaja dentro y que se lo han llevado unas horas para notificarle el arresto. Nadie consiguió verlo.

Sábado, 0.00 horas: la aparición mesiánica. Slobodan Milosevic comparece en el balcón de su casa feliz y sonriente. Tanto, que accede a bajar a la puerta principal de la residencia para agradecer el apoyo de los incondicionales. Sano, salvo y libre.

1.20 horas: el desahogo. Milosevic concede una entrevista a los micrófonos de la emisora Free-B-92, enemiga mortal en los años del régimen. Dice que está bien, tranquilo, «tomando un café con los amigos». «Me siento conmovido por el modo en que se han comportado mis seguidores», añade en estado de trance.

02.49 horas: el asalto. Diez policías especiales irrumpen de paisano en el jardín, pertrechados con fusiles de asalto y granadas. La guardia pretoriana de Milosevic abre fuego a discreción, mientras que los simpatizantes del tirano improvisan una avalancha. El combate se cobra tres heridos —dos agentes y un periodista—, pero el comando policial no logra tomar la casa ni ajustar las esposas al tirano. El Ejército despeja y acordona el barrio residencia de Dedinje.

6.00 horas: el Ejército leal. La noche transcurre con tranquilidad, pero el ministerio de Interior serbio descubre que la escolta de Milosevic no la constituyen unos guardaespaldas, sino un grupo de militares federales. Tienen armas, saben usarlas y han acatado las instrucciones dictadas por el viejo dictador: «No pienso irme vivo a la cárcel».

13.00 horas: el traidor. Las negociaciones se prolongan durante varias horas, sobre todo al conocerse que el jefe del Estado Mayor, Nebojsa Pavkovic, podría echar una mano a Milosevic. Están presentes los jerarcas socialistas y el ministro de Interior. Unos 200 nostálgicos desbordan el cordón de seguridad y consiguen ubicarse temporalmente en las puertas de la residencia.

15.00 horas: la cumbre. El presidente de Yugoslavia, Vojislav Kostunica, el primer ministro serbio, Zoran Djindjic, y el jefe del Estado Mayor debaten a puerta cerrada las opciones de una salida negociada. Es entonces cuando Gorica Gajevic, número dos de los socialistas, admite que Milosevic estaría dispuesto a entregarse siempre y cuando existan plenas garantías.

18.30 horas: la nostalgia. Son mayores, humildes, fieles. Un centenar de simpatizantes de ‘Slobo’ hace guardia a 300 metros de la residencia del ex presidente yugoslavo. Dicen que están dispuestos a dar la vida por él. Y lloran. Entre ellos, una belgradense de 70 años resignada a la suerte del padre de la patria: «Arriba Yugoslavia, arriba Milosevic», señala una pancarta escrita en bolígrafo.

19.30 horas: la resistencia. Los jóvenes del movimiento estudiantil Otpor (Resistencia) acuden a la vivienda del ex dictador y protagonizan enfrentamientos con los simpatizantes de Milosevic. La policía carga con fuerza contra los jóvenes y desaloja las inmediaciones de la vivienda.

Domingo, 04.30 horas: la detención. Milosevic acepta una rendición pactada y es conducido a prisión.

Los cargos

Por SONIA APARICIO

Genocidio, crímenes contra la humanidad, violaciones de la Convención de Ginebra y de las leyes o costumbres de guerra. Estos son los cargos que el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia imputaba a Slobodan Milosevic y cuatro de sus hombres más cercanos: el ex presidente serbio Milan Milutinovic, el ex vice primer ministro Nikola Sainovic, el ex jefe del ejército general Dragoljub Ojdanic, y el ex ministro del Interior serbio Vlajko Stojiljkovic.

Estos cuatro cargos englobaban numerosas y continuas atrocidades cometidas en los Balcanes en los años 90, según detallan las actas de acusación: persecuciones, exterminación, asesinato, matanza intencionada, confinamiento ilegal, encarcelamiento, tortura y actos inhumanos, deportación y transferencia forzosa, asesinato, tratamiento cruel, ataque a civiles, destrucción licenciosa y pillaje de la propiedad pública o privada.

La evolución del caso

El 24 de mayo de 1999, el ex dictador fue acusado formalmente por el TPI de organizar en Kosovo una campaña de limpieza étnica contra los albanokosovares entre enero y junio de 1999, que causó la muerte de cientos de personas y la deportación de otras 740.000. El acta de la acusación -que fue enmendada posteriormente en dos ocasiones, el 29 de junio y el 29 de octubre de 2001-, asegura que Milosevic “planificó, incitó a cometer, llevó a cabo, o ayudó y alentó una campaña de terror y violencia dirigida contra los civiles albaneses de Kosovo y la RFY”.

El 8 de octubre de 2001, fue oficialmente acusado por el TPIY de la limpieza étnica cometida en Croacia entre al menos el 1 de agosto de 1991 y junio de 1992. En ese periodo, las fuerzas serbias, de las que era el último responsable, acometieron una brutal campaña contra todos los habitantes que no eran serbios, según el acta de acusación.

Poco después, el 22 de noviembre, fue acusado también de genocidio -el delito más grave que juzga el Tribunal de La Haya, y que está castigado con la pena máxima de cadena perpetua- por los crímenes cometidos en Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995.

El 1 de febrero 2002, la fiscal jefa del TPIY, la suiza Carla del Ponte, consiguió que la Sala de Apelaciones aceptara que las tres acusaciones se presentaran juntas en un solo juicio, para facilitar la declaración de testigos y agilizar el proceso. El juicio contra el dictador comenzó el 12 de febrero de 2002. Su muerte, el 11 de marzo de 2006, no ha permitido una sentencia. Tres días después, el TPIY cerraba oficialmente el proceso.

En La Haya

Slobodan Milosevic fue detenido y encarcelado en la prisión central de Belgrado el 1 de abril de 2001, en el marco de una instrucción ordenada por la justicia de Serbia por abusos de poder y malversación de fondos. El 28 de junio, fue extraditado a La Haya para responder ante el TPI de crímenes de guerra y contra la humanidad.

El 3 de julio de 2001, el ex dictador compareció por primera vez ante el TPI. Lo hizo sin abogados, por considerar que el tribunal de La Haya es un órgano “falso e ilegal” al no haber sido elegido por el Consejo General de la ONU. El ex líder serbio explicó ante los jueces que consideraba que estaba siendo juzgado por la OTAN y no por la ONU. El tribunal interpretó su postura como una declaración de “no culpable”.

En su segunda comparecencia, el 30 de agosto, apareció de nuevo sin abogados, y el juez le reconoció el derecho a ejercer su propia defensa. Volvió a comparecer ante el tribunal el 29 de octubre y el 11 de diciembre. En cada ocasión, se negó a nombrar abogado, insistió en la ilegalidad del tribunal y rechazó los cargos que se le imputan.

Desde que comenzó el juicio, el 12 de febrero de 2002, Milosevic estuvo asistido por tres juristas, los ‘amicus curiae’, que no le representaban, pero que le prestaban apoyo técnico. Uno de los ejes de la estrategia de defensa que Milosevic fue que él y el entonces líder conservador griego, Constantino Michotakis, lograron en mayo de 1993 que el líder serbobosnio Radovan Karadzic firmara en Atenas la paz.

Los pretorianos de Karadzic desautorizaron después ese acuerdo, pero Milosevic intentó eludir su responsabilidad en las atrocidades que cometieron los serbobosnios contra los secesionistas musulmanes aduciendo que él no estuvo ya de acuerdo y que les cerró la frontera imponiendo un bloqueo.

Antes de la muerte de Milosevic, el principal desafío del TPI era la captura de Radovan Karadzic y Ratko Mladic, los dos prófugos más buscados por este tribunal internacional, acusados de ser los presuntos ejecutores en Bosnia de los planes de Milosevic para crear una “Gran Serbia”. Se esperaba que sus testimonios fueran decisivos para probar que el ex dictador fue el instigador de los abusos cometidos contra las poblaciones civiles en los tres conflictos balcánicos. Aún no han sido arrestados.

Milosevic comparece en la Red

Por SONIA APARICIO

Slobodan Milosevic fue el primer ex jefe de Estado que compareció ante un tribunal internacional, una ocasión que mereció que el desarrollo del proceso se siguiera paso a paso a través de Internet.

La web de la ONU recoge todos los detalles del procedimiento abierto contra el ex dictador yugoslavo ante el TPIY. Una hoja informativa resume el caso IT-02-54, que acusaba a Milosevic de numerosas atrocidades cometidas en los conflictos balcánicos de Kosovo, Croacia y Bosnia Herzegovina en la década de los 90. Además, una cámara en vivo, con una imagen que se actualizaba cada 60 segundos, mostraba en diferido (con sólo 30 minutos de diferencia) lo que ocurría cada día en la Sala 1 del alto tribunal de La Haya.

La organización de defensa de los derechos humanos Human Right Watch ofrece un resumen de la acusaciónuna sección dedicada íntegramente al caso, que incluye todo tipo de información y artículos sobre el tema: desde el desarrollo de los acontecimientos en los Balcanes hasta la responsabilidad de Milosevic como cabeza de la cadena de mando.

Pero mientras Milosevic se sentaba en el banquillo, muchos otros criminales de guerra tienencuentas pendientes con la justicia internacional. El TPIY ofrece una lista de 74 acusados(además de Dusko Jovanovic), de los que 56 se encuentran actualmente en proceso de comparecencia: 51 detenidos (dos de ellos esperando a ser transferidos a La Haya) y 7 en libertad provisional. Por el momento, los 17 restantes están en paradero desconocido.

Tomado de una edición especial de El Mundo.

Participaciones Jueves 21 – Octubre – 2010

octubre 21, 2010 Deja un comentario

NADIE REALIZÓ INVESTIGACIONES SOBRE LAS TEMÁTICAS QUE MANEJA PÉREZ GAY.

Aguilar Eva – Opinión

Ángeles Sofía – Leyó

Gutiérrez Ivette - Opinión

López Efrén - Opinión

Asistencia Jueves 21 – Octubre – 2010

octubre 21, 2010 Deja un comentario

NADIE REALIZÓ INVESTIGACIONES SOBRE LAS TEMÁTICAS QUE MANEJA PÉREZ GAY.

Aguilar Eva

Ángeles Sofía

Cedillo Karen

Chávez Nancy

Gutiérrez Ivette

Huitrón Abraham

López Efrén

Saracay Yoni

Velasco Jorge

Categorías:Asistencias

Slobodan Milosevic y sus verdugos, La limpieza étnica y La matanza de Srebrenica. José María Pérez Gay.

octubre 20, 2010 Deja un comentario

Slobodan Milosevic y sus verdugos, La limpieza étnica y La matanza de Srebrenica

José María Pérez GayLa Jornada

Slobodan Milosevic y sus verdugos. I Parte

Nacido en Belgrado en 1941, Milosevic no era hombre de amigos, sino de cómplices y verdugos. Mira Milosevic, su esposa, fue quizá la única persona en la que el político confiaba sin reservas. Milosevic siempre se ganó la cooperación de muchos compañeros y, con el tiempo, se convirtió en un cuadro político importante en la Yugoslavia de Tito. Se mantuvo en el poder a pesar de las derrotas militantes que sufrió a lo largo de siete años.

El marxismo-leninismo nunca le importó gran cosa. Le importaban los individuos que le servían para mantenerse en el poder. Por eso nunca vio una flagrante contradicción entre su alianza con los comunistas que creían en la Yugoslavia de Tito, en 1991, como Borislav Jovic o los generales Abdic y Velko Kadijevic y su gobierno en Serbia, que contaba entonces con dos viceministros: uno, Vojislav Seselj, el fascista confeso que describió con todo detalle el placer que sentía cuando decapitaba a croatas y albanenses, y otro, Vuk Draskovic, un ególatra iluminado que durante una época encarnó a la oposición democrática. A ambos los tuvo en su día en la cárcel, los sometió a torturas indecibles y, unos meses después, los nombró en su Consejo de Ministros.

Los verdugos de Milosevic en Bosnia fueron durante la guerra Radovan Karadzic y el general Ratko Mladic; el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia los busca hoy por genocidas. Milosevic los erigió en los directores generales de “la limpieza étnica” como antes había nombrado a Milan Babic y a Milan Martic en Croacia. Los cuatro verdugos exterminaron -se calcula- a 40 mil personas. El ultranacionalismo serbio reflejaba entonces -además de una fuerte proclividad a delinquir en el espacio del derecho internacional- un proyecto político e histórico suicida, una sombría tendencia a la destrucción que convirtió la estrategia del establishment de Belgrado en no sólo una guerra despiadada, sino también en una derrota permanente. La estrategia que desintegró la Yugoslavia de Tito, Eslovenia, Croacia, Macedonia y Bosnia-Herzegovina, que orilló a Montenegro a la proclamación de la independencia y hundió a Kosovo en un mar de sangre.

La guerra de Kosovo comenzó en 1989, cuando Slodoban Milosevic, iniciando la frenética campaña de exaltación nacionalista serbia que le permitió hacerse con el poder absoluto -y al mismo tiempo precipitó la desintegración de Yugoslavia-, abolió el estatuto de autonomía de aquella provincia, prohibió a los albano kosovares sus escuelas y toda representatividad pública, y pese a constituir el 90 por ciento de la población, los convirtió en ciudadanos de segunda respecto al diez por ciento restante -la minoría serbia. Si en aquel momento los países occidentales hubieran apoyado -escribe Elizabeth Bäumlin-Bill- a los demócratas que en Yugoslavia resistían los embates de los apparatchik, que a fin de consolidarse en el poder, cambiaron su ideología marxista por el nacionalismo y provocaban a eslovenos, croatas, bosnios y kosovares con la amenaza de una hegemonía serbia sobre la Federación para, en el clima de xenofobia y división así creado, impedir la democratización de Yugoslavia que hubiera puesto fin a su carrera política, Europa se hubiese ahorrado los 200 mil muertos de Bosnia y los sufrimientos incontables de los Balcanes.

Milan Milutinovic, el sucesor en Serbia cuando Milosevic asume la presidencia de Yugoslavia, es un ejemplo perfecto de la legendaria selección negativa que definió a los regímenes comunistas desde Stalin. Sólo hablaban cuando sabían lo que quería escuchar el jefe. Algunos llegaban hasta la ignominia de imitar su voz, sus órdenes y, por supuesto, sus crímenes, como el primer ministro serbio Radomir Bozovic. Esa actitud molestaba tanto a Milosevic, que a los dos meses destituyó a Bozovic. El régimen despobló a Serbia de profesores, intelectuales, artistas y escritores; emigraron más de 300 mil jóvenes universitarios, en el aparato de Milosovic sólo quedaron los que sabían que su propio futuro era el del Jefe supremo.

Slodoban Milosevic nunca tuvo confianza en los militares. Siempre recurrió a la retórica de la gran Yugoslavia, a la figura de Tito, a la inquebrantable unidad de la nación. El Jefe del Estado Mayor, Abdic, y el ministro de la Defensa, Kadijevic, lo apoyaron en todo momento para controlar los separatismos, la nación comenzaba a desintegrarse. Pero Milosovic cometió la tontería de purgar a sus mejores cuadros militares, y nombró a militares cercanos al panserbinismo. Por ese entonces, en abril de 1999, permitió que un nuevo cuerpo policiaco se apoderara del Ministerio del Interior, y lo convirtió en un segundo ejército con mejor armamento. Un cuerpo privilegiado en una Serbia cada vez más pobre, en el que los mandos, y no sólo ellos, desde la guerra de Bosnia, estaban implicados en crímenes de guerra, y sabían que su seguridad significaba la supervivencia de su líder.

La tercera columna del régimen de Milosevic era la mafia, en íntima relación con el aparato político, económico y con las fuerzas de la milicia y soporte de las bandas paramilitares que actuaban como una vanguardia vandálica, cuyo encargo principal era el exterminio de los musulmanes. La milicia compensaba la falta de entusiasmo en los reclutas resignados al abismo, fatalistas incorregibles y las crecientes dificultades para la leva. Aquí ejercían un papel esencial delincuentes habituales como Arkan., que se hicieron millonarios en dólares con favores que se añadían a los cuerpos de los muertos, la cadena de cadáveres que dejaba a su paso.

Zeljko Raznatovic, alias Arkan (1957-2000), asesino a sueldo de Slodoban Milosevic, contratado por los servicios secretos yugoslavos; asaltante de bancos buscado por la Interpol, secuestrador de musulmanes acaudalados, narcotraficante de cocaína y heroína; rey del bajo mundo de Belgrado, diputado en el Parlamento serbio, traficante de armas, héroe de la Gran Serbia, líder de los hinchas, hooligangs, del equipo Estrella Roja de Belgrado, dueño del equipo de futbol Obilich, maestro del futbol yugoslavo; políglota (hablaba seis idiomas a la perfección), cocinero, padre de nueve niños, contrabandista, dueño de tres casinos, marido de la popular cantante Svetlana Velickovic, llamada Checha, comandante del grupo terrorista “Tigres”; Señor de la Guerra en Croacia y Bosnia, jefe de los francotiradores que asolaron durante dos años la ciudad de Sarajevo y asesinaron a más de 876 niños; saqueador, pirómano, habitante de un castillo en Kosovo, portador de la Gran Cruz Serbia, comerciante en importaciones y exportaciones, mayordomo del sátrapa Ratko Ladic; durante los bombardeos de la OTAN, uno de los personajes más entrevistados por la BBC de Londres y la CNN de Atlanta; facilitador de Milo Djukanovic, presidente reformista de Montenegro, ídolo de la juventud serbia, favorito de los periódicos de Nota Roja, asesino serial, genocida. Arkan es el emblema del régimen de Milosevic.

El 15 de enero de 1999 cayó traspasado por una lluvia de balas en la sala de recepción del Hotel Intercontinental, en Belgrado. Sus asesinos, miembros de los servicios secretos serbios, huyeron con la protección de la policía.

El problema no fue el de las otras culturas que constituían la Federación Yugoslava -Eslovenia, Croacia, Bosnia, ahora repúblicas independientes- como tampoco lo fue Kosovo. El verdadero problema era la dictadura de Milosevic, fuente principal de los conflictos étnicos y de la explosión histérica de sentimientos nacionalistas que incendiaron los Balcanes. La soberanía tenía límites, y si un gobierno atropella los derechos humanos más elementales y comete crímenes contra la humanidad, con asesinatos colectivos y políticas de purificación étnica, entonces su presidente deberá ser juzgado en la Corte Internacional, como los grandes genocidas de Nuremberg, aunque un ataque cardiaco lo haya puesto fuera de la vida y su justificada condena.

Slobodan Milosevic: la limpieza étnica. Parte II

En abril de 1992, los conflictos en Eslovenia y Croacia se extendieron hasta Bosnia Herzegovina, donde también existían grupos importantes de poblaciones serbias. Un referéndum de autodeterminación celebrado a principios de 1992 en Bosnia Herzegovina se tradujo en respaldo mayoritario a una república independiente y, sobre todo, multiétnica, que reproducía con toda claridad el temor de muchos bosnios a lo que empezaba a ser una realidad preocupante: una “Yugoslavia” en la que -a la luz de la independencia de Croacia y en Eslovenia- la dominación ejercida desde Belgrado era un severo problema. El gobierno bosnio había sentado, por lo demás, las bases de un equilibrio, muy precario, entre las principales comunidades y etnias residentes en la república. Había garantizado, así, un grado notabilísimo de descentralización en la toma de decisiones, había repartido el poder y había decidido prescindir, en fin, de las unidades de la defensa territorial de la república. La respuesta de Milosevic y sus milicias serbiobosnias, apoyadas de nuevo en el ejército federal, fue, sin embargo, la misma que en Croacia: la limpieza étnica se abrió camino en regiones muy extensas, mientras la capital, Sarajevo, era objeto de un bombardeo implacable contra su población civil.

Un porcentaje elevadísimo de la población, y sobre todo de la bosnia, se vio obligada a abandonar sus casas y buscar refugio en otras áreas de la república, en Croacia o en otros países. Con el paso del tiempo, y en particular durante 1993, las propias milicias croatas llevaron a cabo también operaciones de limpieza étnica en la Herzegovina occidental, con la víctima principal, de nuevo, la población civil de Bosnia.

El resultado de esta dinámica bélica, de este proyecto genocida de Milosevic, se puede resumir en una cifra que se sitúa en torno a 150 mil muertos, unas 80 mil mujeres violadas y más de la mitad de la población bosnia obligada a buscar refugio o el exilio lejos de sus hogares. A mediados de 1995 las milicias serbiobosnias, dirigidas por el criminal Radovan Karadzic desde el llamado “Parlamento de Pale”, controlaban, y habían limpiado étnicamente, 70 por ciento de la superficie de la república. Ante tal estado de cosas, la comunidad internacional decretó un embargo de armas de todos los contendientes: el gobierno de Sarajevo fue, con mucho, la principal víctima de ese embargo, ya que se le privó de un elemento decisivo para defenderse, al tiempo que se permitía que las milicias serbiobosnias hiciesen uso de los arsenales del ejercito federal yugoslavo.

El prestigio de la comunidad internacional, sobre todo de Europa, se había visto erosionado una vez más cuando los serbios se negaron a observar una resolución de la ONU que, mayo de 1993, comprometía a garantizar la seguridad de seis enclaves bosnios: Behac, Gorazde, Sarajevo, Srebrenica, Tuzla y Zepa. Basta con mencionar que Srebrenica y Zepa fueron ocupadas por milicias serbiobosnias en julio de 1995, que en el primero de esos enclaves fueron ejecutados 25 mil varones musulmanes. Para entender cómo se llegó, en Bosnia Herzegovina, a la firma del tratado de Dayton, en 1995, es preciso reseñar algunos cambios operados en los escenarios posyugoslavos, la transformación que se llevó a cabo en las políticas de Milosevic a partir de 1994 tuvo un papel muy importante. Empeñado en propiciar un levantamiento del embargo que su país padecía, Milosevic abandonó al menos formalmente el sueño genocida de la “Gran Serbia”.

Esta transformación se tradujo pronto en una relación muy tensa con los aliados serbiobosnios, las milicias asesinas que en cierto sentido eran víctimas de sus propios éxitos: tras conquistar un territorio muy grande, se habían visto obligadas a defender una extensa línea del frente de combate, en un escenario en que la prolongación de la guerra provocaba un innegable cansancio, en que eran cada vez más difícil las movilizaciones militares y en que se hacían valer las reticencias de Milosevic a la entrega de nuevos suministros. Milosevic accedió en una repentina decisión o conciencia, en suma, de que el tiempo de las conquistas militares había pasado, de tal suerte que era preferible recoger algo antes de perderlo todo.

A principios de 1994, Milosevic se dio cuenta de que la limpieza étnica había llegado a su fin, había exterminado a 250 mil seres humanos reclamando una pureza racial que sólo existía en sus delirios. En 1999, los combates que se reanudaron con intensidad en Kosovo y fracasan porque la limpieza étnica había sido radical y diabólica. De acuerdo con cálculos de Naciones Unidas, para abril de 1999 la cifra total de bosnios, croatas, eslovenos, montenegrinos, macedonios y albanokosovares asesinados podría llegar a 480 mil personas. La ocupación y limpieza étnica de la “zona protegida” de Srebrenica en presencia de un destacamento de cascos azules holandeses, en julio de 1995, significó el hundimiento definitivo de la misión internacional, y presentó algo insólito: el entendimiento entre los mandos de los cascos azules y los del ejército serbio con mayor crudeza. Srebrenica ha pasado a los anales de la historia de los genocidios como en noviembre de 1993 la artillería croata pasó a los mismos anales cuando hundió el puente viejo de Mostar, símbolo de la ciudad desde 1566.

Mostar asediada por los croatas llegó a considerarse “el mayor campo de concentración de Bosnia”, por sus dramáticas condiciones de vida, descritas por el director del hospital de la ciudad cercada como Sarajevo, destruida como Vukovar y hambrienta como Zepa. Todo esto en presencia de los cascos azules que nunca pudieron hacer nada. Uno de los capítulos más tétricos de esa locura llamada la muerte de Yugoslavia. La historia del ejercito popular yugoslavo comienza con la lucha guerrillera contra los nazis y termina con el genocidio de su propia población.

Slobodan Milosevic: la matanza de Srebrenica. Parte III y última

El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia presentó en 2000 la acusación de genocidio contra el general Ratko Mladic, jefe del ejército serbiobosnio, y contra Radovan Karadzic, alguna vez presidente de la república de Srpska. Ambos se encuentran desde entonces fugitivos, nadie ha podido dar con su guarida. El Tribunal Penal Internacional no sólo los acusa de la muerte de 200 mil musulmanes bosnios (1992-1995), sino también de la ocupación de la zona protegida por la ONU, Srebrenica, y de haber dado la orden de exterminar a 7 mil hombres musulmanes. Ratko Mladic y Radovan Karadzic fueron los más implacables genocidas después de Milosevic.

Mladic es un hombre robusto con una gran cabeza y cuello de toro. Cuando daba las órdenes con gritos militares, su cara se enrojecía y el sudor cubría su frente. Le gustaba comer y beber muy bien, le encantaban el Cevapcici y la Sarma, los embutidos turcos, especialidades bosnias. Su nombre era para miles de musulmanes sinónimo del terror. Mladic asedió tres años Sarajevo, una ciudad que conocía de memoria, donde vivían su mamá y sus amigos, donde tenía también una casa y una novia. Cuando sus tropas y sus francotiradores, entre ellos Arkan, se retiraron, habían muerto 14 mil personas. Pero faltaban Gorazde y Srebrenica.

Los periódicos serbios comparaban a Mladic con el príncipe Lazar Hrebeljanovic, que en 1389 comandó a los serbios en la batalla de Amselfeld contra los musulmanes, y los turcos devastaron sus ejércitos y los sometieron durante siglos. Un día antes de esa batalla, el profeta Elías se le apareció al príncipe Lazar en la forma de un halcón cruel y lo puso ante una alternativa: o ganaba la batalla y conquistaba el reino de Dios en la tierra, o la perdía y alcanzaba con su pueblo un lugar en los cielos. Y desde aquel 28 de junio de 1389, al perder la batalla contra los musulmanes, los serbios se sienten un pueblo asistido por la divinidad, una comunidad diferente, porque había conocido el verdadero martirio.

En el valle de Javor, dentro de la antigua Yugoslavia, rodeada por montañas azules y extensos bosques de un verde oscuro, en el corazón de Europa, se encuentra Srebrenica, una pequeña ciudad luminosa del noreste de Bosnia Herzegovina, conocida por su balneario, su riqueza forestal y sus minas. Entre 1992 y 1995, Srebrenica se convierte en sinónimo de la barbarie en los Balcanes, una de las manifestaciones más contundentes de la miseria humana y del mal. A pesar de que la ONU declaró a la ciudad “zona protegida”, sus 37 mil habitantes, la mayoría, musulmanes, sufrieron el asedio de las milicias serbias.

Apenas protegidos por un destacamento de cascos azules holandeses, al mando del coronel Tom Karremanns, los defensores de Srebrenica ofrecen una tenaz resistencia a la ofensiva de las milicias serbias y sus obuses devastadores. Sin agua ni víveres, sin luz eléctrica ni servicios sanitarios, deciden sobrevivir y esperar el desenlace de la guerra. Pero la mañana del 11 de julio de 1995, las brigadas serbias al mando del general Ratko Mladic ocupan la ciudad y, ante la incomprensible pasividad de los cascos azules, asesinan a 7 mil musulmanes, en su mayoría varones de entre 18 y 60 años. La mayor matanza en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial.

En el granero principal de Srebrenica, los verdugos de Ratko Mladic queman vivos a 2 mil 400 musulmanes. Los cascos azules observan impasibles el martirio, escuchan los gritos y la agonía de las víctimas. Wesley Clark, antiguo alto mando de la OTAN en Europa, acusó hace seis meses ante el Tribunal de La Haya al ex presidente serbio Slobodan Milosevic de haber permitido la carnicería de las tropas serbiobosnias. Cada metro cuadrado de esta ciudad, dice la Asociación de Madres de Srebrenica, está teñido de sangre.

En El genocidio bosnio, Norman Cigar ha escrito que la guerra de Kosovo y el genocidio en Bosnia comenzaron en 1989, cuando Milosevic, iniciando la frenética campaña de exaltación nacionalista serbia que le permitió hacerse del poder absoluto -y, al mismo tiempo, precipitó la desintegración de la Federación Yugoslava-, abolió el estatuto de autonomía de esa provincia, prohibió a los kosovares albaneses sus escuelas y toda representatividad pública y, pese a constituir 90 por ciento de la población, los convirtió en ciudadanos de segunda y los sometió al poder de 10 por ciento de serbios. “La palabra exterminio calza como un guante”, escribe Cigar, “a la operación de Milosevic.

En plena negociación de la paz en Rambouillet, Milosevic -en contra de los compromisos pactados- inicia la movilización de 40 mil hombres del ejército yugoslavo hacia Kosovo y, unos días más tarde, impermeabiliza la provincia mediante la expulsión de la prensa internacional. Los testimonios recogidos mediante los refugiados kosovares en Macedonia y Albania, indican una fría planificación, ejecutada con precisión científica”. En los poblados ocupados por la soldadesca serbia se separa a los jóvenes de los niños, ancianos y mujeres, y se les ejecuta, a veces haciéndolos cavar primero sus propias tumbas. Los registros públicos desaparecen quemados, así como toda documentación que acredite a kosovares y musulmanes como propietarios de casas, tierras o, incluso, de que alguna vez vivieron allí. En cualquier caso, la locura de Milosevic es la limpieza étnica: hacer de Kosovo una región ciento por ciento serbia y ortodoxa, sin rastro de musulmanes o albaneses.

Llama la atención el pliego consignatorio de Louise Arbour, fiscal del Tribunal Penal para la ex Yugoslavia, en mayo de 1999, contra Milosevic. “Se le acusa de haber planificado, instigado, ordenado y efectuado una campaña de terror, violencia y limpieza étnica sistemática efectuada por las fuerzas yugoslavas en Kosovo”. En cambio a los militares Ratko Mladic y a Radovan Karadzic se les acusa directamente de “genocidio” y crímenes de guerra, como el de Srebrenica.

Unos meses después el Tribunal Penal Internacional de La Haya para la antigua Yugoslavia acusó a Milosevic también de genocidio. Mladic y Karadzic desaparecieron desde la firma de los acuerdos de paz de Dayton que dieron fin a la guerra en diciembre de 1995. Desde hace 11 años, las tropas de la OTAN desplegadas en la zona han intentado en vano detener a ambos criminales y llevarlos a juicio en La Haya. Inútil. Una parte de la población serbia los protege, los considera sus héroes de guerra: en el centro de Belgrado se venden camisetas con las efigies de los dos genocidas, prueba más que evidente que un sector de la sociedad serbia apoyó sus delirios nacionalistas y genocidas. Mladic y Karadzic, al parecer, pueden haberse sometido a una operación de cirugía estética y haber cambiado de rostro, o residir con una identidad falsa en cualquier país extranjero.

Mientras un organismo de la ONU investiga en fosas comunes descubiertas en Bosnia oriental para hallar los miles de cadáveres, la Asociación de Madres de Srebrenica pide justicia y denuncia miles casos. Gordon Bacon, responsable de la Comisión Internacional para Personas Desaparecidas, (ICMP, por sus siglas en inglés) tiene a su cargo la investigación sobre las fosas abiertas de Srebrenica. “Son más de 5 mil”, escribe el periodista alemán Rolf Schubert, “apenas han descubierto la cuarta parte”.

Desde el siglo XIX, Manuel José Othón descifra otra vez el horror:

¡Qué enferma y dolorida lontananza!

¡Qué inexorable y hosca la llanura!

Flota en todo el paisaje tal pavura

Como si fuera un campo de matanza

Y la sombra que avanza, avanza, avanza.

Parece, con su trágica envoltura,

El alma ingente, plena de amargura,

De los que han de morir sin esperanza.

“Todavía se encuentran restos de cadáveres en la zona, Hay tantas fosas comunes en esta zona de Bosnia oriental que cada metro esta teñido de sangre”, dice Hatidza Mehmedovic, la vocera de la Asociación de Madres de Srebrenica. “El único perdón es la justicia. Las madres nos encontramos con gran falta de ayuda, porque los organismos internacionales se llenan la boca con el recuerdo de Srebrenica, pero después no hacen nada. De los 11 mil desaparecidos en julio de 1995, han sido encontrados unos 2 mil restos y otros 5 mil, exhumados, pero permanecen sin identificar. Los demás cadáveres no han aparecido. Nadie frenó esta matanza, los soldados de la ONU nos vieron morir. Muchos serbios saben dónde fueron enterradas las víctimas, pero el miedo les impide hablar”.

Rusia: el Cáucaso en llamas. José María Pérez Gay

octubre 19, 2010 Deja un comentario

Rusia: el Cáucaso en llamas

José María Pérez Gay

I / La Jornada, 5-9-04

La barbarie terrorista chechena, que causó anteayer una de las matanzas más atroces de los años recientes en la región del Cáucaso, asaltó el colegio de Beslán, una ciudad de la república caucásica de Osetia del Norte, y secuestró a más de mil 200 personas, entre niños y adultos. Según diferentes versiones, una explosión accidental dentro de la escuela o la intervención directa de las fuerzas de seguridad rusas desencadenaron el infierno. El comando abrió fuego contra los rehenes y las tropas de asalto entraron a sangre y fuego.

Los servicios de emergencia habían recuperado hasta el sábado más de 320 cadáveres, incluidos 175 de niños de cinco a 14 años.

Lo más increíble de todo es que los terroristas chechenos decidieran asesinar a los niños, ejecutarlos por la espalda. Pero lo es sin remedio -aunque ahora no cueste trabajo creerlo después del secuestro de los dos aviones y la mujer chechena que se inmoló con explosivos frente a una estación del Metro en Moscú.

¿Por qué esta locura demoniaca? ¿Quiénes son estos criminales dementes? A partir de 1991, Rusia perdió el control de Chechenia, pero la falta de dirección política en una región no significa necesariamente que ese territorio declare su independencia, se constituya en Estado autónomo y se separe de la Federación Rusa. Hace 10 años, Moscú perdió también el control político sobre las regiones de Nagorno-Badashan (Tajidistán), Nagorno Karabach (Azerbaiyán), Abgasia (Georgia), Kirovakán (Armenia) Chimbay (Uzbekistán), Daguestán (Ingushetia ) y, siguiendo esa lógica, ya se habrían declarado estados independientes. Según fuentes de Naciones Unidas, existen 40 territorios en todo el mundo que han declarado su autonomía; más aún, en la región de Sikkim, en India (1975), una elección popular votó a favor de su independencia, pero el poder central no se la concedió.

Siempre tuve la impresión de que Moscú corría muchos más riegos de los que podía permitirse si no tomaba en serio la proclamación de la independencia de Chechenia (1991). Boris Yeltsin aceptaba a duras penas la existencia de los rebeldes, se negaba a negociar con esos forajidos, tal vez porque después de la desaparición de la Unión Soviética los dirigentes rusos habían perdido la memoria. Habían olvidado que, en 1785, durante el imperio de la zarina Catarina II, los pueblos islámicos montañeses del Cáucaso del Norte, bajo las órdenes del checheno Mansur Uschurma, que se autonombró Imam, declararon la guerra santa a Rusia, vencieron varias veces a los ejércitos del zar y refundaron Grozny, su capital. A principios de la década de 1990, Moscú aplazó tres años su intervención en el Cáucaso, una zona de gran interés geopolítico.

El 31 de diciembre de 1994, el ejército ruso entró en Grozny, la capital de la república de Chechenia, para contener una rebelión separatista, pero no encontró ninguna resistencia. Ese día las cosas pintaban bien; la victoria, cantada. Las tropas rusas se apoderaron del centro de la ciudad y la fueron ocupando por zonas; se disponían a celebrar el año nuevo, grupos de soldados cantaban y bebían por las calles. Al amanecer del primero de enero de 1995, sin embargo, los chechenos salieron del fondo de la tierra, verdaderos maestros en la guerra de guerrillas, pasaron a la acción. El 2 de enero la 131 Brigada rusa contaba con mil hombres y 150 vehículos blindados. En 48 horas perdieron 830 soldados y 148 vehículos. Durante tres semanas los guerrilleros hicieron frente al ejército y la aviación rusos, que devastaron la ciudad con bombas de racimo, lanzacohetes, cañonazos y misiles. De nada sirvió la destrucción.

Los ejércitos rusos nunca lograron el control absoluto de Grozny. Los chechenos seguían disparando desde las ruinas y en la oscuridad. En cuanto se declaraba segura una zona, los comandos atacaban por la espalda y los emboscaban. La lucha chechena era más bien un estado de alma, una pasión desmedida y un odio indomable. Los chechenos reconquistaron dos veces su capital: en agosto de 1996 y en enero de 2000. Hoy, en realidad, Grozny ya no existe, el ejército ruso la borró del mapa, es una sucesión de tumbas y ruinas. Murieron 48 mil personas, entre civiles y milicianos chechenos y 6 mil soldados rusos. Por ese entonces, Yeltsin estaba convencido de que la intervención en la república de Chechenia podía resolverse en 15 o 20 días; según los informes militares, sus tropas avanzaban sin muchas bajas, iban acabando con los rebeldes. Pero un antiguo general soviético, Dzohjar Dudáev, cuya experiencia en la guerra de Afganistán era legendaria, convirtió en una pesadilla la intervención rusa en Chechenia, sometió al estado mayor del ejército a una de las mayores humillaciones de su historia, después de Afganistán. La primera guerra de Chechenia de finales del siglo XX había comenzado.

El 31 de enero de 1995, la guerra había desplazado a 450 mil personas; 160 mil huyeron a las repúblicas vecinas de Ingushetia (130 mil), Daguestán (42 mil) y Osetia del Norte (5 mil). La mayoría de estos fugitivos encontraron un lugar en las familias de los vecinos, o se escondieron en las montañas del norte, sobre todo gran número de mujeres, niños y ancianos. Los refugiados suscitaron numerosos conflictos en Ingushetia (que además recibió otros 50 mil refugiados a consecuencia de la guerra con Osetia del Norte) y en Daguestán, una zona prácticamente aislada al cortarse las vías de comunicación con Rusia. En el verano de 1996 el general Alexander Lebed, enemigo de Yeltsin, viajó muchas veces a Grozny para negociar los acuerdos de paz. Después de apasionadas y difíciles negociaciones, los separatistas chechenos aceptaron aplazar cinco años la proclamación de su soberanía, dar tiempo al tiempo y buscar una solución definitiva al conflicto.

A principios de 1997, el diputado Viktor Kurotshkin propuso en la Duma (el Congreso) la solución más fácil: la independencia de Chechenia. “Rusia y Chechenia deben separarse de modo pacífico y voluntario”, afirmaba Kurotshkin, “como se separaron los checos y los eslovacos”. Sin embargo, la mayoría de los políticos rusos se amotinaron ante la propuesta; opusieron a ese proyecto un Estado fuerte y caudillo, bien armado, con recursos naturales limitados y una economía arruinada, pero con una política nacional implacable. “Nadie puede pactar”, subrayaron, “con una región sublevada, islamica y fanática”. La independencia de Chechenia traería en el Cáucaso una enorme cantidad de problemas fronterizos; sus consecuencias, imprevisibles. Nadie puede trazar la línea de demarcación con Osetia del Norte, porque sus habitantes se sienten europeos, ni mucho menos con Ingushetia, porque nadie puede vigilarla. Menos aún con Daguestán porque las tribus chechenas-accrinas lo impedirían de inmediato. Stavropol, la ciudad donde viven miles de chechenos, cerraría sus fronteras. Cientos de miles de chechenos viven fuera de Chechenia, la diáspora más grande e ilustrada ( un tercio de los chechenos) vive en Rusia y no piensa regresar a la zona de guerra. Pero en esa nación los chechenos son vistos como extranjeros indeseables, sospechosos de terrorismo y vigilados por la policía política.

En la región del Cáucaso habitan más de 60 etnias diferentes; dominan tres familias lingüísticas distintas, la indoeuropea, la altaica y la caucásica, 24 dialectos y tres religiones: el cristianismo, el Islam, el judaísmo y muchas más sectas. La región tiene 28 millones de habitantes, cuya mayoría se concentra en las ciudades del Cáucaso del Norte. El idioma oficial es el ruso, con la excepción de Ingushetia y Chechenia. En esta babel del Cáucaso, lenguajes, rituales, creencias, ideologías y los innumerables agravios del pasado enloquecen a los seres humanos; todos quieren tener la razón y viven unos con otros en una profunda discordia. Además, el Cáucaso es una excepción ecológica en el planeta. No es sino una amplia franja entre dos mares, el Muerto y el Caspio: un inmenso depósito de agua dulce, glaciares, montañas, masas de nieve eterna, lluvias riquísimas, campos fértiles y uno de los yacimientos de petróleo y gas más importantes del planeta.

Pero entre 1996 y 1999, Chechenia se va transformando, ya no es un distrito ruso que lucha por su independencia, sino que se convierte en un Estado violento, donde el crimen mundial organizado encuentra un terreno propicio para expandir sus redes. En la historia conocemos muchas republicas que han protegido el crimen y se han fundido hasta confundirse con él. En el siglo XIV la isla de Gotland, la isla de Djerba, donde los piratas berberís dominaron casi 300 años y lograron vencer a la flota española. Pero el ejemplo de Chechenia es en serio algo nuevo en la historia. Algunos políticos criminales e importantes apoyaron de inmediato su independencia, pero a cambio exigieron que Rusia conservara bases militares, y el derecho a realizar atentados selectivos contra terroristas. En 1994, en Chechenia tuvieron lugar 700 asaltos a trenes de pasajeros; en septiembre de 1996, mil 382. Saquearon 724 containers y se registraron pérdidas por 17 mil millones de rublos. El año de 1997, sobrevolaron el espacio aéreo checheno 345 vuelos no autorizados. Poco a poco esas fuentes se fueron cerrando. A finales de 1993 se cerraron todas las pipeslines en Rusia, el producto nacional bruto disminuyó 68 por ciento frente al de 1991; el consumo, 52 por ciento. En la cima de su explotación, Chechenia produjo 20 millones de barriles de petróleo. En 1993 apenas llegaron a 3 millones. Al año siguiente, 200 mil habitantes de Chechenia abandonaron el país, en su mayoría eslavos y rusos. Hacia 1995, se suspende la información sobre los envíos de miles de millones de rublos de los bancos chechenos a los rusos; unos meses después, Moscú suspende el comercio y el tránsito entre Grozny y Rusia. A finales de 1994, Chechenia suspende toda su producción de bienes y servicios. Una pregunta inevitable: ¿cómo floreció la criminalización de Chechenia?

II / La Jornada, 6-9-04

En agosto de 1996, los guerrilleros chechenos vencieron a los ejércitos rusos; una ofensiva inesperada barrió con un regimiento en el barrio de Chernoreche y los soldados del general Dzohjar Dudájev reconquistaron Grozny, la capital de Chechenia -que Moscú mantenía ocupada desde diciembre de 1994. Miles de soldados rusos sucumbieron o quedaron atrapados entre las ruinas de la ciudad; el orgullo del ejército de la Federación Rusa se desmoronó como un castillo de arena. Todo ocurría en un momento crítico de Chechenia, en que la lucha armada contra el poder ruso estaba más fuerte y extendida que nunca. Ya no eran las bandas de montañeses dispersas con escopetas de fisto que se paseaban a todo lo largo y todo lo ancho del río Terek, en la frontera con Daguestán, sino un verdadero ejército regular, con guerreros diestros y muy bien entrenados, bazukas y lanzagranadas, morteros y artillería pesada capaces de arrasar el cuartel general ruso de Jankala. Varias veces, en ese año, las fuerzas armadas de Rusia habían proclamado la victoria final sobre la subversión chechena, pero la realidad se había encargado de demostrar al día siguiente que la guerra continuaba cada vez más intensa y que amenazaba con ser sangrienta y sin término.

Boris Yeltsin había comenzado la guerra esperando que una victoria rápida aumentara su popularidad, pero en esos días se dio cuenta de que era imposible: el juego bélico había terminado. Los ejércitos rusos se rindieron, el Estado Mayor depuso las armas, enarboló banderas blancas y abandonó Chechenia escoltado por los guerrilleros; en la retirada, muchos soldados lloraban, la memoria de Afganistán regresaba a sus filas.

Todos sabían por qué se llegó a ese punto. En 1994, la guerrilla chechena expresó su propósito de deponer las armas para tomar parte en las negociaciones, a cambio de una amnistía real y completa. El gobierno de Yeltsin tuvo entonces la oportunidad de instaurar una paz civil en la región del Cáucaso que tal vez hubiera sido la única verdadera y estable en los últimos 60 años. Pero Yeltsin y sus asesores, Vladimir Putin entre ellos, prestaron oídos sordos al clamor nacional, rechazaron inclusive un proyecto de paz del general Alexander Lebed y se embarcaron en una guerra absurda y bestial. Chechenia estaba arruinada. Miles habían sido torturados y asesinados, los soldados rusos se especializaron en la tortura directa; violaron a las mujeres, ejecutaron a los hombres en los campos de prisioneros, torturaron a niños y ancianos hasta la muerte. No conocieron piedad. El general Lebed afirmaba que no sólo debían disculparse con los chechenos, sino también y sobre todo con el pueblo de Rusia. “Afirmamos que se trataba de una suerte de operación militar para restablecer el ‘orden constitucional’ en un distrito rebelde”, escribía Lebed, “pero ese puñado de bandidos no sólo resultaron ser guerrilleros, sino sus hijos y padres, viudas y primos: la mayoría de la población chechena”. La operación policial se convirtió en la guerra contra un pueblo. Cuando Boris Yeltsin, en el fragor de las elecciones (1997), admitió haber cometido errores, estaba reconociendo también que 10 mil soldados rusos, entre los 18 y los 23 años, sucumbieron mientras destruían una ciudad distante y ajena a la que se les había enviado como redentores.

Los chechenos celebraron en las calles destruidas la retirada de las tropas rusas. En el libro Una guerra sucia: una reportera rusa en Chechenia, Anna Politkovskaya recuerda esos primeros meses después de la guerra, el día en que el comandante militar checheno, Aslán Masjadov, es electo presidente de la república -unas elecciones vigiladas por observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa. “Aunque las pérdidas chechenas habían sido catastróficas, y el duelo masivo dominaba las horas y se imponía la sensación de un abismo sin fondo, existía un sentimiento de que la guerra no había sido en vano”, escribe Anna Politkovskaya. La memoria no se apaga en Chechenia; por paradójico que suene, la gente se alimenta de ella. Las guerras de independencia que dieron comienzo en el siglo XVIII continuaron hasta el XX, seguidas por la represión y el destierro ordenado por Stalin, son los rasgos distintivos de la conciencia nacional de los chechenos.

En esos años ninguna victoria fue más espectacular; Chechenia nunca estuvo tanto tiempo en las ocho columnas de los diarios internacionales; “en esos días -dice Anna Politkovskaya- los chechenos aprendieron a decir ‘nunca jamás’, nunca otra guerra”. Pero este optimismo se evaporó muy pronto. Los rusos, en cambio, no modificaron en absoluto el hermetismo tradicional del poder soviético. Sus dirigentes guardaron silencio ante la derrota, con la excepción del general Alexander Lebed, que muy pronto fue retirado del Servicio. Ningún gobierno extranjero se atrevía a poner en peligro sus relaciones con Rusia al reconocer a Chechenia; ni siquiera trataron de ayudar a su reconstrucción, a diferencia de la antigua Yugoslavia, o en Timor Oriental. Aparte de una indemnización excepcional que se entregó al gobierno checheno, Rusia se desatendió del verdadero problema de la independencia y de sus históricas declaraciones de paz, todo se olvidó en el trajín de los días. Así, abandonada otra vez por el mundo exterior, sobre todo por la Unión Europea, en ruinas y en la miseria, poblada por hombres jóvenes y desempleados, armados hasta los dientes y paranoicos, la república de Chechenia comenzó el camino de su propia autodestrucción. Aslán Masjádov nunca pudo imponer su autoridad, los grupos armados no le obedecían y confundió la política con la publicidad. Así empezó la jornada más difícil en la vida de este militar poco acostumbrado a los paraísos artificiales del poder. Por otra parte, el Consejo de Ancianos, una suerte de gobierno descentralizado, estaba destruido, las voces sabias habían desaparecido, y con ellos la memoria del pasado y de las luchas por la independencia. La gran mayoría de los proyectos de cambio, incluida la negociación con Georgia y Osetia del Norte, que era el más ambicioso, terminaron en el fracaso. En el centro de este caos, los grupos islámicos radicales recién llegados a Chechenia -grupos que tenían dinero y daban la impresión de una férrea disciplina- fueron cobrando cada día mayor fuerza. Esta era la situación en noviembre de 1997, cuando la espiral del crimen y el bandidaje se apoderó de Grozny. En esos días Chechenia, como decíamos ayer, estaba en las primeras páginas de los diarios, como la capital mundial del secuestro y el crimen.

Actualmente hay cerca de 80 mil soldados rusos en Chechenia; sin duda, un país ocupado. En realidad, este drama es infinito. En abril de 2003, tres años después de la última guerra, la administración impuesta por Moscú en Chechenia -el régimen del ex mufti Ajmad Kadírov- ha escrito un informe sobre los crímenes cometidos en 2002 por las fuerzas federales rusas. Estas autoridades prorrusas revelan unas estadísticas aún más espeluznantes que las del Memorial o Human Rights Watch. En el año de 2002, murieron mil 314 civiles en ejecuciones sumarias y como resultado de las torturas, es decir, más de 100 mensuales. Esta cifra corresponde al doble de las estimaciones reveladas por Memorial, que lleva una crónica minuciosa de todas las muertes denunciadas en Chechenia y de las fosas comunes que van descubriendo. El informe también confirma la existencia de fosas comunes, algo que nunca antes había reconocido el Ministerio de Situaciones de Emergencia checheno.

El 12 de julio de 2002, en el cementerio central de Grozny, se encontró una fosa común con 297 cuerpos, personas asesinadas y con huellas de tortura. Frente a la base militar rusa de Jankalá, los funcionarios del gobierno de Kadírov encontraron otra fosa con 39 cadáveres, y así hasta llegar a la cifra de 2 mil 879 cuerpos. Si leemos el capítulo en torno a las muertes violentas -en algunos casos sólo se encuentran partes del cuerpo, porque los militares ponen granadas en los cuerpos de las víctimas torturadas. En el parte militar se menciona el nombre de la víctima, el lugar del incidente y el número del carro blindado ruso -prueba de la culpabilidad de los militares- presente en la operación durante la cual la persona fue asesinada o arrestada. En los tres primeros meses de 2003 se registraron, según el informe de la Administración Kadírov, 70 asesinatos, 236 secuestros, 18 desapariciones y 35 casos en los que se descubrieron fragmentos humanos.

El Informe Kadírov fue escrito para convencer al Kremlin de la necesidad de poner un límite al enorme poder del ejército en Chechenia. Después de este recuento del horror, de este informe sobre la inhumanidad, quizá haya que volver a citar a Nietzsche: “Hay que redimir a los hombres de la venganza. Nadie tiene derecho a vengar en los demás lo que sus padres o sus abuelos hicieron con él”. Nietzsche sabía que nuestra sed de venganza es una cadena infinita de seres humillados y ofendidos que buscan humillar y ofender a los demás y librarse de las humillaciones y las ofensas anteriores con otras todavía más atroces.

III / La Jornada, 7-9-04

“Sólo una nación rechazó someterse a la violencia de los soviéticos -escribió Alexander Solzhenitsin en El Gulag-, la de los chechenos. Lo más extraño era que todos les temían y nadie les impidió vivir como se les daba la gana. Las autoridades soviéticas que se adueñaron de su país durante más de 40 años no pudieron obligarlos a respetar las leyes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los chechenos deportados en los campos del Gulag fueron siempre soberbios y hostiles, siempre resistieron el embate de los comisarios y sus torturas.”

A los tres años de haber proclamado la independencia, el Estado soviético había desaparecido en Chechenia; la estatua de Lenin, derribada. La bandera verde, roja y blanca chechena con un lobo negro tendido bajo la luna llena ondeaba en el palacio de gobierno de Grozny; los viernes eran el día de descanso obligatorio, el Sabath de los musulmanes. También durante muchos años, y en una época anterior a la revolución de Dzhojar Dudáiev, los habitantes de Grozny se perdían en el gigantesco bazar de la ciudad, donde podían comprar desde metralletas Kalashnikov hasta vestidos de seda finísimos libres de impuestos. La capital tenía 400 mil habitantes.

A partir de noviembre de 1990, el general Dzhojar Dudáiev, un nacionalista extraño, casi religioso y anticomunista de pura cepa, asumió el cargo de dirigente del Congreso Nacional del Pueblo Checheno. Dudáiev había sido general de división de la fuerza aérea soviética y tuvo bajo su mando la base de bombarderos atómicos en Tartu, ciudad de Estonia. Al parecer, se trataba de un miembro en toda la línea del Partido Comunista Soviético, la KGB le tenía toda su confianza y le encomendaba tareas de inteligencia. Se destacó como un excelente estratega en la guerra de Afganistán, participó en el bombardeo despiadado a los civiles afganos y era, como él mismo lo había confesado, un musulmán no practicante. Alla, su esposa, era rusa y escribía poemas malísimos. Como sea, Dudáiev era el primer checheno que había ascendido por todos los rangos militares soviéticos; el primero también que había escuchado las voces de alarma que el consejo de ancianos hacía oír cada cierto tiempo en el Cáucaso cuando señalaba la amenaza real de los soviéticos en sus fronteras. La amenaza desde el territorio de Ingushetia no sólo era verdadera y constante, sino que contaba cada vez con mayores recursos, y si no había llegado hasta sus últimas consecuencias era porque distintos sectores del gobierno soviético no habían logrado ponerse de acuerdo para una decisión final. Todo esto lo había escuchado atentamente Dzhojar Dudáiev. Las maniobras conjuntas que mil 700 soldados soviéticos y 4 mil osetios del norte habían comenzado en la frontera de Chechenia no contribuían, ni mucho menos, a la paz, que ya más de la mitad de Europa estaba deseando para la región, ni eran un paso para la solución pacífica negociada que tantos gobiernos estaban tratando de conseguir, ni revelaban en sus protagonistas ningún ánimo real de poner término a la sangría constante que padecía desde entonces esa desdichada cintura del Cáucaso.

El sueño de Vladimir Lenin tocaba a su fin, la Unión Soviética se desintegraba y los nacionalistas chechenos paladearon la victoria sobre los comunistas de siempre, sus eternos opresores. Dudáiev se convirtió en su profeta:

-Un esclavo que no intenta liberarse es dos veces esclavo -dijo a Aslán Masjádov, su futuro sucesor en la presidencia.
Todo esto obligaba a una movilización más activa, eficaz y coherente para el logro de la independencia de Chechenia. El 22 de agosto de 1991, los insurgentes tomaron la torre de televisión de Grozny y Dudáiev salió en las pantallas para proclamar la revolución. Dos semanas más tarde, el 6 de septiembre, la Guardia Nacional paramilitar de Dudáiev asaltó el Soviet Supremo, o Parlamento Comunista local. El jefe del comité de la ciudad fue literalmente defenestrado: cayó desde un tercer piso y falleció. El 15 de septiembre el Soviet Supremo celebró su última sesión. Rodeado por los miembros de la Guardia Nacional, el Parlamento votó su disolución, la renuncia del presidente Doku Zavgáiev. La revolución se había consumado.

El 27 de octubre de 1991 se celebraron las elecciones más fraudulentas de los últimos años en Chechenia. Dudáiev las ganó de modo aplastante, obtuvo 90 por ciento de los votos, con una participación de 72 por ciento. Los análisis de los institutos electorales europeos revelaron que la participación había sido muy baja y no había superado 12 por ciento. La verdad no tenía importancia. A los numerosos periodistas que lo entrevistaron, Dudáiev les expresó la fuerza del mito checheno, su pasado de luchas contra el poder de los zares y de Stalin.

A pesar de que en un principio Moscú había alentado a Dudáiev en su combate contra Zavgaiev -sobre todo el presidente del Parlamento, Ruslán Jasbulátov-, las relaciones se deterioraron muy pronto. El vicepresidente Alexandre Rutskoi, también general de división de las fuerzas aéreas, declaró de una manera intolerante que los chechenos debían obedecer al nuevo gobierno de Rusia y deponer las armas.

-Dudáiev no tiene más que una banda de 250 forajidos -declaró Rutskoi en la televisión rusa.
Dzhojar Dudáiev devolvió el golpe con una declaración de guerra. Estaba muy lejos de sospechar que Rutskoi sería su verdugo electrónico. “No busco poder, ni riqueza, ni cargos públicos. Siempre he tenido una única idea: luchar por el derecho a la independencia del pueblo checheno. Esta es la meta de mi vida y no me apartaré de ella”, declaró al Times de Londres, “no me importa qué tan grande sea la presión o el ataque”. En Dzhojar Dudáiev se compendian todas las contradicciones y los aciertos, la valentía y los errores de los dirigentes y luchadores chechenos. Ni Chechenia ni Rusia parecían dispuestos a impedir la desgracia; la guerra estaba en la puerta. Todo hacía pensar en la posibilidad de que algo sangriento pudiera ocurrir, pero nunca en las dimensiones que alcanzó la ocupación rusa de Grozny.

Dudáiev fue perdiendo el control político de su gobierno, la retórica revolucionaria lo envenenó y el odio a los dirigentes de Moscú no le permitió ver lo que pasaba en Chechenia. Los jóvenes chechenos se dedicaron entonces al contrabando, no les importaba el bloqueo impuesto por Yeltsin. A todo lo largo y lo ancho de la frontera con Daguestán, los guardias fronterizos y los mismos soldados rusos dejaban pasar a cualquiera si recibían una cantidad de dólares establecida de antemano. Los ferrocarriles que cruzaban Chechenia a lo largo de la gran línea transcaucásica Rostov-Bakú fueron asaltados en el mejor estilo del oeste estadunidense: 829 trenes sólo en 1993. El aeropuerto Jeque Mansor de Grozny, siempre abierto a un número incontable de vuelos, se convirtió en la puerta de entrada del mercado de armas. Los vendedores ambulantes aparecieron en esos años llenando el bazar de Grozny como nunca antes, un inverosímil paraíso de compras para el Cáucaso del Norte. Todo se compraba en esos locales, las mercancías más surtidas y baratas. Televisores y videos japoneses, directos desde Hong Kong y los Emiratos Arabes; perfumes franceses, ropa deportiva occidental de las mejores marcas, artesanía de madera y cuero de Turquía; diamantes de Africa del Sur, y, sobre todo, la increíble colección de armas. Anna Politkovskaya describe la central telefónica del bazar, donde “hombres de aspecto duro, gafas oscuras y el pelo muy corto vendían desde ametralladoras ligeras Borz (Lobo), fabricadas en Eslovaquia, misiles antitanques, pistolas alemanas 9 milímetros, bazukas y explosivos de plástico. En ese lugar, donde las ramas eran veneradas, el bazar se convirtió en la Meca.

Después de la guerra, el general Dudáiev entró en la historia como un mito checheno admirado y reconocido por todos. En su increíble torpeza, los dirigentes rusos se encargaron de volverlo un mito poderosísimo. En marzo de 1996, en su última rueda de prensa, un mes antes de su muerte en los bosques del sur de Chechenia, Dzhojar Dudáiev afirmó:
-El propósito principal es matar a Dudáiev.

Acorralado por el ejército ruso y la fuerza aérea a la que había servido antes, siempre en movimiento y levantado en armas en los bosques, con el uniforme soviético oscuro, el bigote bien recortado y su presencia dominante de general y piloto, Dudáiev parecía encarnar el propósito de eternidad de los chechenos. “Este hombre había lanzado a su nación al fuego, pero él nunca se había quemado”, escribe Anne Nivat, la corresponsal del diario Liberation; “Dzhojar Dudáiev tenía el aura de la inmortalidad. Se la había ganado”. Los periodistas y los políticos rusos se preguntaban, y alarmaban a la opinión pública rusa, por qué el FSB (el servicio de inteligencia) y los múltiples comandos no habían conseguido asesinar a Dudáiev. El enemigo público número uno conseguía dar entrevistas a la televisión rusa, debatir con los comentaristas, argumentar contra las tropas asesinas rusas y sus crímenes en Grozny. El intento de los rangers estadunidenses de capturar al señor de la guerra somalí Mohammed Farra Aidid en Mogadiscio se transformó en un sangriento fracaso porque los helicópteros de alta tecnología y los comandos cayeron en la red defensiva de Aidid. Al cercar a Dudáiev los rusos entraban en territorio rebelde, donde cualquier hombre, mujer o niño podía ser un guerrillero o un informante.

La FSB planeó entonces un atentado de alta tecnología digital. El diputado Constantin Voronoi, un eficaz mediador en el conflicto checheno, logró establecer comunicación con Dudáiev por medio de su teléfono celular vía satélite y un cohete aire-tierra guiado por la emisión del teléfono pulverizó al general en los bosques del sur de Chechenia. Su muerte correspondió, como escribe Juan Goytisolo, “a la lógica gangsteril del entorno de Yeltsin recientemente depurado y se añade a la ya larga lista de jefes y guías político-religiosos chechenos, ajusticiados o muertos en cárceles rusas antes y después de la revolución”.

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