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Los de Abajo de Mariano Azuela – Tercera y Última Parte

Los de Abajo

Mariano Azuela

TERCERA PARTE

I

“El Paso, Tex., mayo 16 de 1915.

Muy estimado Venancio:

Hasta ahora puedo contestar su grata de enero del corriente año debido a que mis atenciones profesiona­les absorben todo mi tiempo. Me recibí en diciembre pasado, como usted lo sabe. Lamento la suerte de Pan­cracio y del Manteca; pero no me extraña que después de una partida de naipes se hayan apuñalado. ¡Lásti­ma: eran unos valientes! Siento en el alma no poder comunicarme con el güero Margarito para hacerle presente mi felicitación más calurosa, pues el acto más noble y más hermoso de su vida fue ése… ¡el de suici­darse!

Me parece difícil, amigo Venancio, que pueda usted obtener el título de médico que ambiciona tanto aquí en los Estados Unidos, por más que haya reunido su­ficiente oro y plata para comprarlo. Yo le tengo estima­ción, Venancio, y creo que es muy digno de mejor suer­te. Ahora bien, me ocurre una idea que podría favorecer nuestros mutuos intereses y las ambiciones justas que usted tiene por cambiar de posición social. Si usted y yo nos asociáramos, podríamos hacer un negocio muy bonito. Cierto que por el momento yo no tengo fon

dos de reserva, porque todo lo he agotado en mis es­tudios y en mi recepción; pero cuento con algo que vale mucho más que el dinero: mi conocimiento perfecto de esta plaza, de sus necesidades y de los negocios se­guros que pueden emprenderse. Podríamos establecer un restaurante netamente mexicano, apareciendo usted como el propietario y repartiéndonos las utilidades a fin de cada mes. Además, algo relativo a lo que tanto nos interesa: su cambio de esfera social. Yo me acuerdo que usted toca bastante bien la guitarra, y creo fácil, por medio de mis recomendaciones y de los conoci­mientos musicales de usted, conseguirle el ser admitido como miembro de la Salvation Army, sociedad respeta­bilísima que le daría a usted mucho carácter.

No vacile, querido Venancio; véngase con los fon­dos y podemos hacernos ricos en muy poco tiempo. Sírvase dar mis recuerdos afectuosos al general, a Anastasio y demás amigos.

Su amigo que lo aprecia, Luis Cervantes.”

Venancio acabó de leer la carta por centésima vez, y, suspirando, repitió su comentario:

—¡Este curro de veras que la supo hacer!

—Porque lo que yo no podré hacerme entrar en la cabeza —observó Anastasio Montañés— es eso de que tengamos que seguir peleando… ¿Pos no acabamos ya con la federación?

Ni el general ni Venancio contestaron; pero aquellas palabras siguieron golpeando en sus rudos cerebros como un martillo sobre el yunque.

Ascendían la cuesta, al tranco largo de sus mulas, pensativos y cabizbajos. Anastasio, inquieto y terco, fue

con la misma observación a otros grupos de soldados, que reían de su candidez. Porque si uno trae un fusil en las manos y las cartucheras llenas de tiros, seguramente que es para pelear. ¿Contra quién? ¿En favor de quiénes? ¡Eso nunca le ha importado a nadie!

La polvareda ondulosa e interminable se prolongaba por las opuestas direcciones de la vereda, en un hormiguero de sombreros de palma, viejos kakis mugrientos, frazadas musgas y el negrear movedizo de las caballerías.

La gente ardía de sed. Ni un charco, ni un pozo, ni un arroyo con agua por todo el camino. Un vaho de fuego se alzaba de los blancos eriales de una cañada, palpitaba sobre las crespas cabezas de los huizaches y las glaucas pencas de los nopales. Y como una mofa, las flores de los cactos se abrían frescas, carnosas y encen­didas las unas, aceradas y diáfanas las otras.

Tropezaron al mediodía con una choza prendida a los riscos de la sierra; luego, con tres casucas regadas sobre las márgenes de un río de arena calcinada; pero todo estaba silencioso y abandonado. A la proximidad de la tropa, las gentes se escurrían a ocultarse en las barrancas.

Demetrio se indignó:

A cuantos descubran escondidos o huyendo, có­janlos y me los traen ordenó a sus soldados con voz desafinada.

¡Cómo!… ¿Qué dice? —exclamó Valderrama sorprendido—. ¿A los serranos? ¿A estos valerosos que no han imitado a las gallinas que ahora anidan en Zacate­cas y Aguascalientes? ¿A los hermanos nuestros que desafían las tempestades adheridas a sus rocas como la madrepeña? ¡Protesto!… ¡Protesto!…

Hincó las espuelas en los ijares de su mísero rocín y fue a alcanzar al general.

—Los serranos —le dijo con énfasis y solemnidad—son carne de nuestra carne y huesos de nuestros hue­sos… “Os ex osibus meis et caro de carne mea”… Los serranos están hechos de nuestra madera… De esta madera firme con la que se fabrican los héroes…

Y con una confianza tan intempestiva como valien­te, dio un golpe con su puño cerrado sobre el pecho del general, que sonrió con benevolencia.

¿Valderrama, vagabundo, loco y un poco poeta, sabía lo que decía?

Cuando los soldados llegaron a una ranchería y se arremolinaron con desesperación en torno de casas y jacales vacíos, sin encontrar una tortilla dura, ni un chile podrido, ni unos granos de sal para ponerle a la tan aborrecida carne fresca de res, ellos, los hermanos pacíficos, desde sus escondites, impasibles los unos con la impasibilidad pétrea de los ídolos aztecas, más hu­manos los otros, con una sórdida sonrisa en sus labios untados y ayunos de barba, veían cómo aquellos hom­bres feroces, que un mes antes hicieran retemblar de espanto sus míseros y apartados solares, ahora salían de sus chozas, donde las hornillas estaban apagadas y las tinajas secas, abatidos, con la cabeza caída y humi­llados como perros a quienes se arroja de su propia casa a puntapiés.

Pero el general no dio contraorden y unos soldados le llevaron a cuatro fugitivos bien trincados.

II

—¿Por qué se esconden ustedes? —interrogó Deme­trio a los prisioneros.

—No nos escondemos, mi jefe; seguimos nuestra vereda.

¿Adónde?

A nuestra tierra… Nombre de Dios, Durango.

¿Es éste el camino de Durango?

Por los caminos no puede transitar gente pacífica ahora. Usted lo sabe, mi jefe.

Ustedes no son pacíficos; ustedes son desertores. ¿De dónde vienen? —prosiguió Demetrio observándo­los con ojo penetrante.

Los prisioneros se turbaron, mirándose perplejos sin encontrar pronta respuesta.

¡Son carranclanes! —notó uno de los soldados.

Aquello devolvió instantáneamente la entereza a los prisioneros. No existía más para ellos el terrible enig­ma que desde el principio se les había formulado con aquella tropa desconocida.

—¿Carrancistas nosotros? —contestó uno de ellos con altivez—. ¡Mejor puercos!…

La verdad, sí, somos desertores —dijo otro—; nos le cortamos a mi general Villa de este lado de Celaya, después de la cuereada que nos dieron.

—¿Derrotado el general Villa?… ja!, ija!, ¡jal… Los soldados rieron a carcajadas.

Pero a Demetrio se le contrajo la frente como si algo muy negro hubiera pasado por sus ojos.

¡No nace todavía el hijo de la… que tenga que derrotar a mi general Villa! —clamó con insolencia un veterano de cara cobriza con una cicatriz de la frente a la barba.

Sin inmutarse, uno de los desertores se quedó mi­rándolo fijamente, y dijo:

—Yo lo conozco a usted. Cuando tomamos Torreón, usted andaba con mi general Urbina. En Zacatecas venía ya con Natera y allí se juntó con los de Jalisco… ¿Miento?

El efecto fue brusco y definitivo. Los prisioneros pudieron entonces dar una detallada relación de la tre­menda derrota de Villa en Celaya.

Se les escuchó en un silencio de estupefacción.

Antes de reanudar la marcha se encendieron lumbres donde asar carne de toro. Anastasio Montañés, que buscaba leños entre los huizaches, descubrió a lo lejos y entre las rocas la cabeza tusada del caballuco de Valderrama.

—¡Vente ya, loco, que al fin no hubo pozole!… —comenzó a gritar.

Porque Valderrama, poeta romántico, siempre que de fusilar se hablaba, sabía perderse lejos y durante todo el día.

Valderrama oyó la voz de Anastasio y debió haberse convencido de que los prisioneros habían quedado en libertad, porque momentos después estaba cerca de Venancio y de Demetrio.

¿Ya sabe usted las nuevas? —le dijo Venancio con mucha gravedad.

No sé nada.

¡Muy serias! ¡Un desastre! Villa derrotado en Celaya por Obregón. Carranza triunfando por todas partes. ¡Nosotros arruinados!

El gesto de Valderrama fue desdeñoso y solemne como de emperador:

—¿Villa?… ¿Obregón?… ¿Carranza?… ¡X… Y… Z…! ¿Qué se me da a mí?… ¡Amo la revolución como amo al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es vol­cán; a la revolución porque es revolución!… Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cata­clismo, ¿qué me importan a mí?…

Y como al brillo del sol de mediodía reluciera sobre su frente el reflejo de una blanca botella de tequila, volvió grupas y con el alma henchida de regocijo se lanzó hacia el portador de tamaña maravilla.

—Le tengo voluntá a ese loco —dijo Demetrio sonriendo—, porque a veces dice unas cosas que lo ponen a uno a pensar.

Se reanudó la marcha, y la desazón se tradujo en un silencio lúgubre. La otra catástrofe venía realizándose callada, pero indefectiblemente. Villa derrotado era un dios caído. Y los dioses caídos ni son dioses ni son nada.

Cuando la Codorniz habló, sus palabras fueron fiel trasunto del sentir común:

—¡Pos hora sí, muchachos… cada araña por su hebral…

III

Aquel pueblecillo, a igual que congregaciones, hacien­das y rancherías, se había vaciado en Zacatecas y Aguascalientes.

Por tanto, el hallazgo de un barril de tequila por uno de los oficiales fue acontecimiento de la magnitud

del milagro. Se guardó profunda reserva, se hizo mu­cho misterio para que la tropa saliera otro día, a la ma­drugada, al mando de Anastasio Montañés y de Venan­cio; y cuando Demetrio despertó al son de la música, su Estado Mayor, ahora integrado en su mayor parte por jóvenes ex federales, le dio la noticia del descubri­miento, y la Codorniz, interpretando los pensamientos de sus colegas, dijo axiomáticamente:

—Los tiempos son malos y hay que aprovechar, porque “si hay días que nada el pato, hay días que ni agua bebe”.

La música de cuerda tocó todo el día y se le hicie­ron honores solemnes al barril; pero Demetrio estuvo muy triste, “sin saber por qué, ni por qué sé yo”, repi­tiendo entre clientes y a cada instante su estribillo.

Por la tarde hubo peleas de gallos. Demetrio y sus principales jefes se sentaron bajo el cobertizo del por­talillo municipal, frente a una plazuela inmensa, pobla­da de yerbas, un quiosco vetusto y podrido y las casas de adobe solitarias.

—¡Valderrama! —llamó Demetrio, apartando con fastidio los ojos de la pista—. Venga a cantarme El enterrador.

Pero Valderrama no le oyó, porque en vez de aten­der a la pelea monologaba extravagante, mirando po­nerse el sol tras de los cerros, diciendo con voz enfáti­ca y solemne gesto:

—`;Señor, Señor, bueno es que nos estemos aquí!… Levantaré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.”

—¡Valderrama! —volvió a gritar Demetrio. Cán­tame El enterrador.

—Loco, te habla mi general —lo llamó más cerca uno de los oficiales.

Y Valderrama, con su eterna sonrisa de complacen­cia en los labios, acudió entonces y pidió a los músicos una guitarra.

—¡Silencio! —gritaron los jugadores.

Valderrama dejó de afinar. La Codorniz y el Meco soltaban ya en la arena un par de gallos amarrados de largas y afiladísimas navajas. Uno era retinto, con her­mosos reflejos de obsidiana; el otro, giro, de plumas como escamas de cobre irisado a fuego.

La huelga fue brevísima y de una ferocidad casi hu­mana. Como movidos por un resorte, los gallos se lan­zaron al encuentro. Sus cuellos crespos y encorvados, los ojos como corales, erectas las crestas, crispadas las patas, un instante se mantuvieron sin tocar el suelo siquiera, confundidos sus plumajes, picos y garras en uno solo; el retinto se desprendió y fue lanzado patas arriba más allá de la raya. Sus ojos cíe cinabrio se apa­garon, cerráronse lentamente sus párpados coriáceos, y sus plumas esponjadas se estremecieron convulsas en un charco de sangre.

Valderrama, que no había reprimido un gesto de violenta indignación, comenzó a templar. Con los pri­meros acentos graves se disipó su cólera. Brillaron sus ojos como esos ojos donde resplandece el brillo de la locura. Vagando su mirada por la plazoleta, por el rui­noso quiosco, por el viejo caserío, con la sierra al fondo y el cielo incendiado como lecho, comenzó a cantar.

Supo darle tanta alma a su voz y tanta expresión a las cuerdas de su vihuela, que, al terminar, Demetrio había vuelto la cara para que no le vieran los ojos.

Pero Valderrama se echó en sus brazos, lo estrechó fuertemente y, con aquella confianza súbita que a todo el mundo sabía tener en un momento dado, le dijo al oído:

¡Cómaselas! … ¡Esas lágrimas son muy bellas!

Demetrio pidió la botella y se la tendió a Valderrama.

Valderrama apuró con avidez la mitad, casi de un sorbo; luego se volvió a los concurrentes y, tomando una actitud dramática y su entonación declamatoria, exclamó con los ojos rasos:

¡Y de ahí cómo los grandes placeres de la revolu­ción se resolvían en una lágrimal…

Después siguió hablando loco, pero loco del todo, con las yerbas empolvadas, con el quiosco podrido, con las casas grises, con el cerro altivo y con el cielo incon­mensurable.

IV

Asomó Juchipila a lo lejos, blanca y bañada de sol, en medio del frondaje, al pie de un cerro elevado y soberbio, plegado como turbante.

Algunos soldados, mirando las torrecillas de Juchi­pila, suspiraron con tristeza. Su marcha por los caño­nes era ahora la marcha de un ciego sin lazarillo; se sentía ya la amargura del éxodo.

¿Ese pueblo es Juchipila? —preguntó Valderrama.

Valderrama, en el primer periodo de la primera bo­rrachera del día, había venido contando las cruces diseminadas por caminos y veredas, en las escarpaduras de las rocas, en los vericuetos de los arroyos, en las márge­nes del río. Cruces de madera negra recién barnizada,

cruces forjadas con dos leños, cruces de piedras en mon­tón, cruces pintadas con cal en las paredes derruidas, humildísimas cruces trazadas con carbón sobre el canto de las peñas. El rastro de sangre de los primeros revolucionarios de 1910, asesinados por el gobierno.

Ya a la vista de Juchipila, Valderrama echa pie a tierra, se inclina, dobla la rodilla y gravemente besa el suelo.

Los soldados pasan sin detenerse. Unos ríen del loco y otros le dicen alguna cuchufleta.

Valderrama, sin oír a nadie, reza su oración solem­nemente:

—juchipila, cuna de la revolución de 1910, tierra bendita, tierra regada con sangre de mártires, con san­gre de soñadores… de los únicos buenos! …

—Porque no tuvieron tiempo de ser malos —com­pleta la frase brutalmente un oficial ex federa! le va pasando.

Valderrama se interrumpe, reflexiona, frunce el ce­ño, lanza una sonora carcajada que resuena por las peñas, monta y corre tras el oficial a pedirle un trago de tequila.

Soldados mancos, cojos, reumáticos y tosigosos di­cen mal de Demetrio. Advenedizos de banqueta causan alta con barras de latón en el sombrero, antes de saber siquiera cómo se coge un fusil, mientras que el veterano fogueado en cien combates, inútil ya para el tra­bajo, el veterano que comenzó de soldado raso, soldado raso es todavía.

Y los pocos jefes que quedan, camaradas viejos de Macías, se indignan también porque se cubren las bajas del Estado Mayor con señoritines de capital, perfumados y peripuestos.

Pero lo peor de todo —dice Venancio— es que nos estamos llenando de ex federales.

El mismo Anastasio, que de ordinario encuentra muy bien hecho todo lo que su compadre Demetrio hace, ahora, en causa común con los descontentos, exclama:

Miren, compañeros, yo soy muy claridoso… y yo le digo a mi compadre que si vamos a tener aquí a los federales siempre, malamente andamos… ¡De veras! ¿A que no me lo creen?… Pero yo no tengo pelos en la lengua, y por vida de la madre que me parió, que se lo digo a mi compadre Demetrio.

Y se lo dijo. Demetrio lo escuchó con mucha bene­volencia, y luego que acabó de hablar, le contestó:

—Compadre, es cierto lo que usted dice. Malamen­te andamos: los soldados hablan mal de las clases, las clases de los oficiales y los oficiales cle nosotros… Y nosotros estamos ya pa despachar a Villa y a Carranza a la… a que se diviertan solos… Pero se me figura que nos está sucediendo lo que a aquel peón de Tepati­tlán. ¿Se acuerda, compadre? No paraba de rezongar de su patrón, pero no paraba de trabajar tampoco. Y así estamos nosotros: a reniega y reniega y a mátenos y mátenos… Pero eso no hay que decirlo, compadre…

—¿Por qué, compadre Demetrio?…

Por yo no sé… Porque no… ¿ya me entiende? Lo que ha de hacer es dármele ánimo a la gente. He recibido órdenes de regresar a detener una partida que viene por Cuquío. Dentro de muy poquitos días tene­mos que darnos un encontronazo con los carrancla­nes, y es bueno pegarles ahora hasta por debajo de la lengua.

Valderrama, el vagabundo de los caminos reales,

que se incorporó a la tropa un día, sin que nadie supie­ra a punto fijo cuándo ni en dónde, pescó algo de las palabras de Demetrio, y como no hay loco que coma lumbre, ese mismo día desapareció como había llegado.

V

Entraron a las calles de juchipila cuando las campanas de la iglesia repicaban alegres, ruidosas, y con aquel su timbre peculiar que hacía palpitar de emoción a toda la gente de los cañones.

—Se me figura, compadre, que estamos allá en aque­llos tiempos cuando apenas iba comenzando la revolución, cuando llegábamos a un pueblito y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban —dijo Anastasio Montañés.

Ahora ya no nos quieren —repuso Demetrio. —¡Sí, como vamos ya de “rota batida”! —observó la Codorniz.

—No es por eso… A los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.

Pero ¿cómo nos han de querer, compadre? Yno dijeron más.

Desembocaban en una plaza, frente a la iglesia oc­togonal, burda y maciza, reminiscencia de tiempos coloniales.

La plaza debía haber sido jardín, a juzgar por sus naranjos escuetos y roñosos, entreverados entre restos de bancas de hierro y madera.

Volvió a escucharse el sonoro y regocijante repique.

Luego, con melancólica solemnidad, se escaparon del interior del templo las voces melifluas de un coro femenino. A los acordes de un guitarrón, las doncellas del pueblo cantaban los “Misterios”.

—¿Qué fiesta tienen ahora, señora? —preguntó Venancio a una vejarruca que a todo correr se encami­naba hacia la iglesia.

—¡Sagrado Corazón de Jesús! —repuso la beata medio ahogándose.

Se acordaron de que hacía un año ya de la toma de Zacatecas. Y todos se pusieron más tristes todavía.

Igual a los otros pueblos que venían recorriendo desde Tepic, pasando por Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas, Juchipila era una ruina. La huella negra de los incendios se veía en las casas destechadas, en los preti­les ardidos. Casas cerradas; y una que otra tienda que permanecía abierta era como por sarcasmo, para mos­trar sus desnudos armazones, que recordaban los blan­cos esqueletos de los caballos diseminados por todos los caminos. La mueca pavorosa del hambre estaba ya en las caras terrosas de la gente, en llama luminosa de sus ojos que, cuando se detenían sobre un soldado, que­maban con el fuego de la maldición.

Los soldados recorren en vano las calles en busca de comida y se muerden la lengua ardiendo de rabia. Un solo fonducho está abierto y en seguida se aprieta. No hay frijoles, no hay tortillas: puro chile picado y sal corriente. En vano los jefes muestran sus bolsillos reven­tando de billetes o quieren ponerse amenazadores.

—¡Papeles, sí!… ¡Eso nos han traído ustedes!… ¡Pos eso coman!… —dice la fondera, una viejota insolente, con una enorme cicatriz en la cara, quien cuenta que

“ya durmió en el petate del muerto para no morirse de un susto”.

Y en la tristeza y desolación del pueblo, mientras cantan las mujeres en el templo, los pajarillos no cesan de piar en las arboledas, ni el canto de las currucas deja de oírse en las ramas secas de los naranjos.

VI

La mujer de Demetrio Macías, loca de alegría, salió a encontrarlo por la vereda de la sierra, llevando de la mano al niño.

¡Casi dos años de ausencia!

Se abrazaron y permanecieron mudos; ella embar­gada por los sollozos y las lágrimas.

Demetrio, pasmado, veía a su mujer envejecida, como si diez o veinte años hubieran transcurrido ya. Luego miró al niño, que clavaba en él sus ojos con azoro. Ysu corazón dio un vuelco cuando reparó en la reproducción de las mismas líneas de acero de su rostro y en el brillo flamante de sus ojos. Y quiso atraerlo y abrazarlo; pero el chiquillo, muy asustado, se refugió en el regazo de la madre.

—¡Es tu padre, hijo!… ¡Es tu padre!…

El muchacho metía la cabeza entre los pliegues de la falda y se mantenía huraño.

Demetrio, que había dado su caballo al asistente, caminaba a pie y poco a poco con su mujer y su hijo por la abrupta vereda de la sierra.

—¡Hora sí, bendito sea Dios que ya veniste!… ¡Ya nunca nos dejarás! ¿Verdad? ¿Verdad que ya te vas a quedar con nosotros?…

La faz de Demetrio se ensombreció.

Y los dos estuvieron silenciosos, angustiados.

Una nube negra se levantaba tras la sierra, y se oyó un trueno sordo. Demetrio ahogó un suspiro. Los recuerdos afluían a su memoria como una colmena.

La lluvia comenzó a caer en gruesas gotas y tuvieron que refugiarse en una rocallosa covacha.

El aguacero se desató con estruendo y sacudió las blancas flores de San Juan, manojos de estrellas pren­didos en los árboles, en las peñas, entre la maleza, en los pitahayos y en toda la serranía.

Abajo, en el fondo del cañón y a través de la gasa de la lluvia, se miraban las palmas rectas y cimbradoras; lentamente se mecían sus cabezas angulosas y al soplo del viento se desplegaban en abanicos. Y todo era se­rranía: ondulaciones de cerros que suceden a cerros, más cerros circundados de montañas y éstas encerra­das en una muralla de sierra de cumbres tan altas que su azul se perdía en el zafir.

—¡Demetrio, por Dios!… ¡Ya no te vayas!… ¡El co­razón me avisa que ahora te va a suceder algo!… Y se deja sacudir de nuevo por el llanto.

El niño, asustado, llora a gritos, y ella tiene que refrenar su tremenda pena para contentarlo.

La lluvia va cesando; una golondrina de plateado vientre y alas angulosas cruza oblicuamente los hilos de cristal, de repente iluminados por el sol vespertino.

—¿Por qué pelean ya, Demetrio?

Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero, y dice:

—Mira esa piedra cómo ya no se para…

VI

Fue una verdadera mañana de nupcias. Había llovido la víspera toda la noche y el cielo amanecía entoldado de blancas nubes. Por la cima de la sierra trotaban potrillos brutos de crines alzadas y colas tensas, gallar­dos con la gallardía de los picachos que levantan su cabeza hasta besar las nubes.

Los soldados caminan por el abrupto peñascal con­tagiado de la alegría de la mañana. Nadie piensa en la artera bala que puede estarlo esperando más adelan­te. La gran alegría de la partida estriba cabalmente en lo imprevisto. Y por eso los soldados cantan, ríen y charlan locamente. En su alma rebulle el alma de las viejas tribus nómadas. Nada importa saber adónde van y de dónde vienen; lo necesario es caminar, cami­nar siempre, no estacionarse jamás; ser dueños del va­lle, de las planicies, de la sierra y de todo lo que la vista abarca.

Arboles, cactus y helechos, todo aparece acabado de lavar. Las rocas, que muestran su ocre como el orín las viejas armaduras, vierten gruesas gotas de agua trans­parente.

Los hombres de Macías hacen silencio un momento. Parece que han escuchado un ruido conocido: el estallar lejano de un cohete; pero pasan algunos minutos y nada se vuelve a oír.

—En esta misma sierra —dice Demetrio—, yo, sólo con veinte hombres, les hice más de quinientas bajas a los federales.

Y cuando Demetrio comienza a referir aquel famoso hecho de armas, la gente se da cuenta del grave peligro que va corriendo. ¿Conque si el enemigo, en vez de estar a dos días de camino todavía, les fuera resultando escondido entre las malezas de aquel formidable ba­rranco, por cuyo fondo se han aventurado? Pero ¿quién sería capaz de revelar su miedo? ¿Cuándo los hombres de Demetrio dijeron: “Por aquí no caminamos”?

Y cuando comienza un tiroteo lejano, donde va la vanguardia, ni siquiera se sorprenden ya. Los reclutas vuelven grupas en desenfrenada fuga buscando la sali­da del cañón.

Una maldición se escapa de la garganta seca de Demetrio:

—¡Fuego!… ¡Fuego sobre los que corran!… ¡A qui­tarles las alturas! —ruge después como una fiera.

Pero el enemigo, escondido a millaradas, desgrana sus ametralladoras, y los hombres de Demetrio caen como espigas cortadas por la hoz.

Demetrio derrama lágrimas de rabia y de dolor cuando Anastasio resbala lentamente de su caballo sin exha­lar una queja, y se queda tendido, inmóvil. Venancio cae a su lado, con el pecho horriblemente abierto por la ametralladora y el Meco se desbarranca y rueda al fondo del abismo. De repente Demetrio se encuentra solo. Las balas zumban en sus oídos como una granizada. Desmonta, arrástrase por las rocas hasta encontrar un parapeto, coloca una piedra que le defienda la ca­beza y, pecho a tierra, comienza a disparar.

El enemigo se disemina, persiguiendo a los raros fugitivos que quedan ocultos entre los chaparros.

Demetrio apunta y no yerra un solo tiro… ¡Paf!… ¡Pan… ¡Pan…

Su puntería famosa lo llena de regocijo; donde pone

el ojo pone la bala. Se acaba un cargador y mete otro nuevo. Y apunta…

El humo de la fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas.

La sierra está de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia.

Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa, como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el ca­ñón de su fusil…

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