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Los de Abajo de Mariano Azuela – Segunda Parte

Los de Abajo

Mariano Azuela

SEGUNDA PARTE

I

Al champaña que ebulle en burbujas donde se descom­pone la luz de los candiles, Demetrio Macías prefiere el límpido tequila de jalisco.

Hombres manchados de tierra, de humo y de sudor, de barbas crespas y alborotadas cabelleras, cubiertos de andrajos mugrientos, se agrupan en torno de las mesas de un restaurante.

—Yo maté dos coroneles —clama con voz ríspida y gutural un sujeto pequeño y gordo, de sombrero galo­neado, cotona de gamuza y mascada solferina al cue­llo—. ¡No podían correr de tan tripones: se tropezaban con las piedras, y para subir al cerro, se ponían como jitomates y echaban tamaña lengual… “No corran tan­to, mochitos —les grité—; párense, no me gustan las gallinas asustadas… ¡Párense, pelones, que no les voy a hacer nacíal… ¡Están dados!” da!, ¡ja!, ¡ja’… La co­mieron los muy… ¡Paf, paf! ¡Uno para cada uno… y de veras descansaron!

—A mí se me jue uno de los meros copetones —ha­bló un soldado de rostro renegrido, sentado en un án­gulo del salón, entre el muro y el mostrador, con las piernas alargadas y el fusil entre ellas—. ¡Ah, cómo traiba oro el condenado! Nomás le hacían visos los ga­lones en las charreteras y en la mantilla. ¿Yyo?… ¡El

muy burro lo dejé pasar! Sacó el paño y me hizo la contraseña, y yo me quedé nomás abriendo la boca. ¡Pero apenas me dio campo de hacerme de la esquina, cuando aistá a bala y halal… Lo dejé que acabara un cargador… ¡Hora voy yo!… ¡Madre mía de pipa, que no le fierre a este jijo de… la mala palabra! ¡Nada, nomás dio el estampido!… ¡Traiba muy buen cuaco! Me pasó por los ojos como un relámpago… Otro prohe que venía por la misma calle me la pagó… ¡Qué maro­ma lo he hecho dar!

Se arrebatan las palabras de la boca, y mientras ellos refieren con mucho calor sus aventuras, mujeres de tez aceitunada, ojos blanquecinos y dientes de marfil, con revólveres a la cintura, cananas apretadas de tiros cruzados sobre el pecho, grandes sombreros de palma a la cabeza, van y vienen como perros callejeros entre los grupos.

Una muchacha de carrillos teñidos de carmín, de cuello y brazos muy trigueños y de burdísimo conti­nente, da un salto y se pone sobre el mostrador de la cantina, cerca de la mesa de Demetrio.

Este vuelve la cara hacia ella y choca con unos ojos lascivos, bajo una frente pequeña y entre dos bandos de pelo hirsuto.

La puerta se abre de par en par y, boquiabiertos y deslumbrados, uno tras otro, penetran Anastasio Mon­tañés, Pancracio, la Codorniz y el Meco.

Anastasio da un grito de sorpresa y se adelanta a saludar al charro pequeño y gordo, de sombrero galo­neado y mascada solferina.

Son viejos amigos que ahora se reconocen. Yse abra­zan tan fuerte que la cara se les pone negra.

—Compadre Demetrio, tengo el gusto de presen­tarle al güero Margarito… ¡Un amigo de veras!… ¡Ah, cómo quiero yo a este güero! Ya lo conocerá, compa­dre… ¡Es reteacahao!… ¿Te acuerdas, güero, de la penitenciaría de Escobedo, allá en jalisco?… ¡Un año juntos!

Demetrio, que permanecía silencioso y huraño en medio de la alharaca general, sin quitarse el puro de entre los labios rumoreó tendiéndole la mano:

Servidor…

¿Usted se llama, pues, Demetrio Macías? —pre­guntó intempestivamente la muchacha que sobre el mostrador estaba meneando las piernas y tocaba con sus zapatos de vaqueta la espalda de Demetrio.

A la orden —le contestó éste, volviendo apenas la cara.

Ella, indiferente, siguió moviendo las piernas descu­biertas, haciendo ostentación de sus medias azules.

¡Eh, Pintadal… ¿Tú por acá?… Anda, baja, ven a tomar una copa —le dijo el güero Margarito.

La muchacha aceptó en seguida la invitación y con mucho desparpajo se abrió lugar, sentándose enfrente de Demetrio.

¿Conque usté es el famoso Demetrio Macías que tanto se lució en Zacatecas? —preguntó la Pintada.

Demetrio inclinó la cabeza asintiendo, en tantoque el güero Margarito lanzaba una alegre carcajada y decía:

¡Diablo de Pintada tan listal… ¡Ya quieres estre­nar general!…

Demetrio, sin comprender, levantó los ojos hacia ella; se miraron cara a cara como dos perros descono­cidos que se olfatean con desconfianza. Demetrio no

pudo sostener la mirada furiosamente provocativa de la muchacha y bajó los ojos.

Oficiales de Natera, desde sus sitios, comenzaron a bromear a la Pintada con dicharachos obscenos. Pero ella, sin inmutarse, dijo:

—Mi general Natera le va a dar a usté su aguilita… ¡Andele, chóquelal…

Y tendió su mano hacia Demetrio y lo estrechó con fuerza varonil.

Demetrio, envanecido por las felicitaciones que co­menzaron a lloverle, mandó que sirvieran champaña.

—No, yo no quiero vino ahora, ando malo —dijo el güero Margarito al mesero—; tráeme sólo agua con hielo.

Yo quiero cle cenar con tal de que no sea chile ni frijol, lo que jaiga —pidió Pancracio.

Siguieron entrando oficiales y poco a poco se llenó el restaurante. Menudearon las estrellas y las barras en sombreros de todas formas y matices; grandes pañue­los de seda al cuello, anillos de gruesos brillantes y pesadas leopoldinas de oro.

Oye, mozo —gritó el güero Margarito—, te he pedido agua con hielo… Entiende que no te pido li­mosna… Mira este fajo de billetes: te compro a ti y… a la más vieja de tu casa, ¿entiendes?… No me importa saber si se acabó, ni por qué se acabó… Tú sabrás de dónde me la traes… ¡Mira que soy muy corajudo!… Te digo que no quiero explicaciones, sino agua con hie­lo… ¿Me la traes o no me la traes?… ¡Ah, no?… Pues toma…

El mesero cae al golpe cle una sonora bofetada.

Así soy yo, mi general Macías; mire cómo ya no me queda pelo de barba en la cara. ¿Sabe por qué? Pues porque soy muy corajudo, y cuando no tengo en quen descansar, me arranco los pelos hasta que me baja el coraje. ¡Palabra de honor, mi general; si no lo hiciera así, me moriría del puro berrinche!

Es muy malo eso de comerse uno solo sus corajes —afirma, muy serio, uno de sombrero de petate como cobertizo de jacal—. Yo, en Torreón, maté a una vieja que no quiso venderme un plato de enchiladas. Es­taban de pleito. No cumplí mi antojo, pero siquiera descansé.

—Yo maté a un tendajonero en el Parral porque me metió en un cambio dos billetes de Huerta —dijo otro de estrellita, mostrando, en sus dedos negros y callo­sos, piedras de luces refulgentes.

Yo, en Chihuahua, maté a un tío porque me lo topaba siempre en la mesma mesa y a la mesma hora, cuando yo iba a almorzar… ¡Me chocaba mucho!… ¡Qué queren ustedes!…

¡Hum!… Yo maté…

El tema es inagotable.

A la madrugada, cuando el restaurante está lleno de alegría y de escupitajos, cuando con las hembras norteñas cle caras oscuras y cenicientas se revuelven jovencitas pintarrajeadas de los suburbios de la ciudad, Demetrio saca su repetición de oro incrustado de piedras y pide la hora a Anastasio Montañés.

Anastasio ve la carátula, luego saca la cabeza por una ventanilla y, mirando al cielo estrellado, dice:

Ya van muy colgadas las cabrillas, compadre; no dilata en amanecer.

Fuera del restaurante no cesan los gritos, las carcajadas y las canciones de los ebrios. Pasan soldados a caba­llo desbocado, azotando las aceras. Por todos los rum­bos de la ciudad se oyen disparos de fusiles y pistolas.

Y por en medio de la calle caminan, rumbo al hotel, Demetrio y la Pintada, abrazados y dando tumbos.

II

—¡Qué brutos! —exclamó la Pintada riendo a carcajadas—. ¿Pos de dónde son ustedes? Si eso de que los soldados vayan a parar a los mesones es cosa que ya no se usa. ¿De dónde vienen? Llega uno a cualquier parte y no tiene más que escoger la casa que le cuadre y ésa agarra sin pedirle licencia a naiden. Entonces ¿pa quén jue la revolución? ¿Pa los catrines? Si ahora nosotros vamos a ser los meros catrines… A ver, Pancracio, pres­ta acá tu marrazo… ¡Ricos… tales!… Todo lo han de guardar debajo de siete llaves.

Hundió la punta de acero en la hendidura de un cajón y, haciendo palanca con el mango rompió la chapa y levantó astillada la cubierta del escritorio.

Las manos de Anastasio Montañés, de Pancracio y de la Pintada se hundieron en el montón de cartas, es­tampas, fotografías y papeles desparramados por la al­fombra.

Pancracio manifestó su enojo de no encontrar algo que le complaciera, lanzando al aire con la punta del guarache un retrato encuadradó, cuyo cristal se estrelló en el candelabro del centro.

Sacaron las manos vacías de entre los papeles, profi­riendo insolencias.

Pero la Pintada, incansable, siguió descerrajando cajón por cajón, hasta no dejar hueco sin escudriñar.

No advirtieron el rodar silencioso de una pequeña caja forrada de terciopelo gris, que fue a parar a los pies de Luis Cervantes.

Este, que veía todo con aire de profunda indiferen­cia, mientras Demetrio, despatarrado sobre la alfom­bra, parecía dormir, atrajo con la punta del pie la cajita, se inclinó, rascóse un tobillo y con ligereza la levantó.

Se quedó deslumbrado: dos diamantes de aguas pu­rísimas en una montadura de filigrana. Con prontitud la ocultó en el bolsillo.

Cuando Demetrio despertó, Luis Cervantes le dijo:

Mi general, vea usted qué diabluras han hecho los muchachos. ¿No sería conveniente evitarles esto?

—No, curro… ¡Pobres!… Es el único gusto que les queda después de ponerle la barriga a las balas.

Sí, mi general, pero siquiera que no lo hagan aquí… Mire usted, eso nos desprestigia, y lo que es peor, desprestigia nuestra causa…

Demetrio clavó sus ojos de aguilucho en Luis Cer­vantes. Se golpeó los dientes con las uñas de dos dedos y dijo:

No se ponga colorado… ¡Mire, a mí no me cuen­te!… Ya sabemos que lo tuyo, tuyo, y lo mío, mío. A us­ted le tocó la cajita, bueno; a mí el reloj de repetición.

Y ya los dos en muy buena armonía, se mostraron sus “avances”.

La Pintada y sus compañeros, entretanto, registra­ban el resto de la casa.

La Codorniz entró en la sala con una chiquilla de doce años, ya marcada con manchas cobrizas en la

frente y en los brazos. Sorprendidos los dos, se mantu­vieron atónitos, contemplando los montones de libros sobre la alfombra, mesas y sillas, los espejos descolga­dos con sus vidrios rotos, grandes marcos de estampas y retratos destrozados, muebles y hibelots hechos pe­dazos. Con ojos ávidos, la Codorniz buscaba su presa, suspendiendo la respiración.

Afuera, en un ángulo del patio y entre el humo so­focante, el Manteca cocía elotes, atizando las brasas con libros y papeles que alzaban vivas llamaradas.

¡Ah —gritó de pronto la Codorniz—, mira lo que me fallé!… ¡Qué sudaderos pa mi yegual…

Y de un tirón arrancó una cortina de peluche, que se vino al suelo con todo y galería sobre el copete finamente tallado de un sillón.

¡Mira, tú… cuánta vieja encuerada! —clamó la chiquilla de la Codorniz, divertidísima con las láminas de un lujoso ejemplar de la Divina Comedia—. Esta me cuadra y me la llevo.

Y comenzó a arrancar los grabados que más llama­ban su atención. Demetrio se incorporó y tomó asiento al lado de Luis Cervantes. Pidió cerveza, alargó una bo­tella a su secretario, y de un solo trago apuró la suya. Luego, amodorrado, entrecerró los ojos y volvió a dormir.

Oiga —habló un hombre a Pancracio en el za­guán—, ¿a qué hora se le puede hablar al general?

No se le puede hablar a ninguna; amaneció crudo —respondió Pancracio—. ¿Qué quiere?

Que me venda uno de esos libros que están quemando.

Yo mesmo se los puedo vender.

¿A cómo los da?

Pancracio, perplejo, frunció las cejas:

Pos los que tengan monitos, a cinco centavos, y los otros… se los doy de pilón si me merca todos.

El interesado volvió por los libros con una canasta pizcadora.

—¡Demetrio, hombre, Demetrio, despierta ya —gri­tó la Pintada—, ya no duermas como puerco gordo! ¡Mira quién está aquí!… ¡El güero Margarito! ¡No sa­bes tú todo lo que vale este güero!

—Yo lo aprecio a usted mucho, mi general Macías, y vengo a decirle que tengo mucha voluntad y me gus­tan mucho sus modales. Así es que, si no lo tiene a mal, yo me paso a su brigada.

¿Qué grado tiene? —inquirió Demetrio.

Capitán primero, mi general.

—Véngase, pues… Aquí lo hago mayor.

El güero Margarito era un hombrecillo redondo, de bigotes retorcidos, ojos azules muy malignos que se le perdían entre los carrillos y la frente cuando se reía. Ex mesero del Delmónico de Chihuahua, ostentaba aho­ra tres barras de latón amarillo, insignias de su grado en la División del Norte.

El güero colmó de elogios a Demetrio y a sus hom­bres, y con esto bastó para que una caja de cervezas se vaciara en un santiamén.

La Pintada apareció de pronto en medio de la sala, luciendo un espléndido traje de seda de riquísimos encajes.

¡Nomás las medias se te olvidaron! —exclamó el güero Margarito desternillándose de risa.

La muchacha de la Codorniz prorrumpió también en carcajadas.

Pero a la Pintada nada se le dio; hizo una mueca de indiferencia, se tiró en la alfombra y con los propios pies hizo saltar las zapatillas de raso blanco, moviendo muy a gusto los dedos desnudos, entumecidos por la opresión del calzado, y dijo:

¡Epa, tú, Pancracio!… Anda a traerme unas me­dias azules de mis “avances”.

La sala se iba llenando de nuevos amigos y viejos compañeros de campaña. Demetrio, animándose, co­menzaba a referir menudamente algunos de sus más notables hechos de armas.

Pero ¿qué ruido es ése? —preguntó sorprendido por el afinar de cuerdas y latones en el patio de la casa.

—Mi general —dijo solemnemente Luis Cervan­tes—, es un banquete que le ofrecemos sus viejos ami­gos y compañeros para celebrar el hecho de armas de Zacatecas y el merecido ascenso de usted a general.

III

—Le presento a usted, mi general Macías, a mi futura —pronunció enfático Luis Cervantes, haciendo entrar al comedor a una muchacha de rara belleza.

Todos se volvieron hacia ella, que abría sus grandes ojos azules con azoro.

Tendría apenas catorce años; su piel era fresca y suave como un pétalo de rosa; sus cabellos rubios, y la expresión de sus ojos con algo de maligna curiosidad y mucho de vago temor infantil.

Luis Cervantes reparó en que Demetrio clavaba su mirada de ave de rapiña en ella y se sintió satisfecho.

Se le abrió sitio entre el güero Margarito y Luis Cer­vantes, enfrente de Demetrio.

Entre los cristales, porcelanas y búcaros de flores, abundaban las botellas de tequila.

El Meco entró sudoroso y renegando, con una caja de cervezas a cuestas.

Ustedes no conocen todavía a este güero —dijo la Pintada reparando en que él no quitaba los ojos de la novia de Luis Cervantes—. Tiene mucha sal, y en el mundo no he visto gente más acabada que él.

Le lanzó una mirada lúbrica y añadió:

¡Por eso no lo puedo ver ni pintado!

Rompió la orquesta una rumbosa marcha taurina. Los soldados bramaron de alegría.

¡Qué menudo, mi general!… Le juro que en mi vida he comido otro más bien guisado —dijo el güero Margarito, e hizo reminiscencias del Delmónico de Chihuahua.

—¿Le gusta de veras, güero? —repuso Demetrio—. Pos que le sirvan hasta que llene.

Ese es mi mero gusto —confirmó Anastasio Mon­tañés—, y eso es lo bonito; de que a mí me cuadra un guiso, como, como, hasta que lo eructo.

Siguió un ruido de bocazas y grandes tragantadas. Se bebió copiosamente.”‘

Al final, Luis Cervantes tomó una copa de champaña y se puso de pie:

—Señor general…

¡Hum! —interrumpió la Pintada—. Hora va de discurso, y eso es cosa que a mí me aburre mucho. Voy mejor al corral, al cabo ya no hay qué comer.

Luis Cervantes ofreció el escudo de paño negro con

una aguilita de latón amarillo, en un brindis que nadie entendió, pero que todos aplaudieron con estrépito.

Demetrio tomó en sus manos la insignia de su nuevo grado y, muy encendido, la mirada brillante, relucien­tes los clientes, dijo con mucha ingenuidad:

¿Y qué voy a hacer ahora yo con este zopilote?

—Compadre —pronunció trémulo y en pie Anasta­sio Montañés—, yo no tengo que decirle…

Transcurrieron minutos enteros; las malditas pala­bras no querían acudir al llamado del compadre Anas­tasio. Su cara enrojecida perlaba el sudor en su frente, costrosa de mugre. Por fin se resolvió a terminar su brindis:

—Pos yo no tengo que decirle… sino que ya sabe que soy su compadre…

Y como todos habían aplaudido a Luis Cervantes, el propio Anastasio, al acabar, dio la señal, palmoteando con mucha gravedad.

Pero todo estuvo bien y su torpeza sirvió de estímu­lo. Brindaron el Manteca y la Codorniz.

Llegaba su turno al Meco, cuando se presentó la Pintada dando fuertes voces de júbilo. Chasqueando la lengua, pretendía meter al comedor una bellísima yegua de un negro azabache.

¡Mi “avance”! ¡Mi “avance”! —clamaba palmo­teando el cuello enarcado del soberbio animal.

La yegua se resistía a franquear la puerta; pero un ti­rón del cabestro y un latigazo en el anca la hicieron entrar con brío y estrépito.

Los soldados, embebecidos, contemplaban con mal reprimida envidia la rica presa.

¡Yo no sé qué carga esta diabla de Pintada que siempre nos gana los mejores “avances”! —clamó el güero Margarito—. Así la verán desde que se nos juntó en Tierra Blanca.

—Epa, tú, Pancracio, anda a traerme un tercio de alfalfa pa mi yegua —ordenó secamente la Pintada. Luego tendió la soga a un soldado.

Una vez más llenaron los vasos y las copas. Algunos comenzaban a doblar el cuello y a entrecerrar los ojos; la mayoría gritaba jubilosa.

Y entre ellos la muchacha de Luis Cervantes, que había tirado todo el vino en un pañuelo, tornaba de una parte a la otra sus grandes ojos azules, llenos de azoro.

—Muchachos —gritó de pie el güero Margarito, dominando con su voz aguda y gutural el vocerío—, estoy cansado de vivir y me han dado ganas ahora de matarme. La Pintada ya me hartó… y este querubincito del cielo no arrienda siquiera a verme…

Luis Cervantes notó que las últimas palabras iban dirigidas a su novia, y con gran sorpresa vino a cuentas de que el pie que sentía entre los de la muchacha no era de Demetrio, sino del güero Margarito.

Y la indignación hirvió en su pecho.

¡Fíjense, muchachos —prosiguió el güero con el revólver en lo alto—; me voy a pegar un tiro en la me­rita frente!

Y apuntó al gran espejo del fondo, donde se veía de cuerpo entero.

¡No te buigas, Pintadal…

El espejo se estrelló en largos y puntiagudos frag­mentos. La bala había pasado rozando los cabellos de la Pintada, que ni pestañeó siquiera.

IV

Al atardecer despertó Luis Cervantes, se restregó los ojos y se incorporó. Se encontraba en el suelo duro, entre los tiestos del huerto. Cerca de él respiraban rui­dosamente, muy dormidos, Anastasio Montañés, Pan­cracio y la Codorniz.

Sintió los labios hinchados y la nariz dura y seca; se miró sangre en las manos y en la camisa, e instantáneamente hizo memoria de lo ocurrido. Pronto se puso de pie y se encaminó hacia una recámara; empujó la puerta rcpetidas veces, sin conseguir abrirla. Mantúvo­se indeciso algunos instantes.

Porque todo era cierto; estaba seguro de no haber soñado. De la mesa del comedor se había levantado con su compañera, la condujo a la recámara; pero an­tes de cerrar la puerta, Demetrio, tambaleándose de borracho, se precipitó tras ellos. Luego la Pintada siguió a Demetrio, y comenzaron a forcejear. Demetrio, con los ojos encendidos como una brasa y hebras cristali­nas en los burdos labios, buscaba con avidez a la mu­chacha. La Pintada, a fuertes empellones, lo hacía re­troceder.

—¡Pero tú qué!… ¿Tú qué?… —ululaba Demetrio irritado.

La Pintada metió la pierna entre las de él, hizo pa­lanca y Demetrio cayó de largo, fuera del cuarto. Se levantó furioso.

—¡Auxilio!… ¡Auxilio!… ¡Que me matal…

La Pintada cogía vigorosamente la muñeca de De­metrio y desviaba el cañón de su pistola.

La hala se incrustó en los ladrillos. La Pintada seguía

berreando. Anastasio Montañés llegó detrás de Deme­trio y lo desarmó.

Este, como toro a media plaza, volvió sus ojos extra­viados. Le rodeaban Luis Cervantes, Anastasio, el Man­teca y otros muchos.

—¡Infelices!… ¡Me han desarmado!… ¡Como si pa ustedes se necesitaran armas!

Y abriendo los brazos, en brevísimos instantes vol­teó de narices sobre el enladrillado al que alcanzó.

¿Y después? Luis Cervantes no recordaba más. Segu­ramente que allí se habían quedado bien aporreados y dormidos. Seguramente que su novia, por miedo a tanto bruto, había tomado la sabia providencia de encerrarse.

“Tal vez esa recámara comunique con la sala y por ella pueda entrar”, pensó.

A sus pasos despertó la Pintada, que dormía cerca de Demetrio, sobre la alfombra y al pie de un confidente colmado de alfalfa y maíz donde la yegua negra cenaba.

¿Qué busca? —preguntó la muchacha—. ¡Ah, sí; ya sé lo que quiere!… ¡Sinvergüenzal… Mire, encerré a su novia porque ya no podía aguantar a este condenado de Demetrio. Coja la llave, allí está sobre la mesa.

En vano Luis Cervantes buscó por todos los escon­drijos de la casa.

A ver, curro, cuénteme cómo estuvo eso de esa muchacha.

Luis Cervantes, muy nervioso, seguía buscando la llave.

—No coma ansia, hombre, allá se la voy a dar. Pero cuénteme… A mí me divierten mucho estas cosas. Esa currita es igual a usté… No es pata rajada como nosotros.

No tengo qué contar… Es mi novia y ya.

da, ja, jal… ¡Su novia y… no! Mire, curro, adonde usté va yo ya vengo. Tengo el colmillo duro. A esa po­bre la sacaron de su casa entre el Manteca y el Meco; eso ya lo sabía…; pero usté les ha de haber dado por ella… algunas mancuernillas chapeadas… alguna es­tampita milagrosa del Señor de la Villita… ¿Miento, curro?… ¡Que los hay, los hay!… ¡El trabajo es dar con ellos!… ¿Verdad?

La Pintada se levantó a darle la llave; pero tampoco la encontró y se sorprendió mucho.

Estuvo largo rato pensativa.

De repente salió a toda carrera hacia la puerta de la recámara, aplicó un ojo a la cerradura y allí se mantu­vo inmóvil hasta que su vista se hizo a la oscuridad del cuarto. De pronto, y sin quitar los ojos, murmuró:

—¡Ah, güero… jijo de un…! ¡Asómese nomás, curro!

Yse alejó, lanzando una sonora carcajada.

¡Si le digo que en mi vida he visto hombre más acabado que éste!

Otro día por la mañana, la Pintada espió el momento en que el güero salía de la recámara a darle de almor­zar a su caballo.

¡Criatura de Dios! ¡Anda, vete a tu casa! ¡Estos hombres son capaces de matarte!… ¡Anda, corre!…

Y sobre la chiquilla de grandes ojos azules y sem­blante de virgen, que sólo vestía camisón y medias, echó la frazada piojosa del Manteca; la cogió de la ma­no y la puso en la calle.

¡Bendito sea Dios! —exclamó—. Ahora sí… ¡Cómo quiero yo a este güero!

V

Como los potros que relinchan y retozan a los primeros truenos de mayo, así van por la sierra los hombres de Demetrio.

—¡A Moyahua, muchachos!

A la tierra de Demetrio Macías.

¡A la tierra de don Mónico el cacique!

El paisaje se aclara, el sol asoma en una faja escarla­ta sobre la diafanidad del cielo.

Vanse destacando las cordilleras como monstruos alagartados, de angulosa vertebradura; cerros que parecen testas de colosales ídolos aztecas, caras de gigan­tes, muecas pavorosas y grotescas, que ora hacen sonreír, ora dejan un vago terror, algo como presentimiento de misterio.

A la cabeza de la tropa va Demetrio Macías con su Estado Mayor: el coronel Anastasio Montañés, el te­niente coronel Pancracio y los mayores Luis Cervantes y el güero Margarito.

Siguen en segunda fila la Pintada y Venancio, que la galantea con muchas finezas, recitándole poéticamen­te versos desesperados de Antonio Plaza.

Cuando los rayos del sol bordearon los pretiles del caserío, de cuatro en fondo y tocando los clarines, comenzaron a entrar a Moyahua.

Cantaban los gallos a ensordecer, ladraban con alar­ma los perros; pero la gente no dio señales de vida en parte alguna.

La Pintada azuzó su yegua negra y de un salto se puso codo a codo con Demetrio. Muy ufana, lucía vestido de seda y grandes arracadas de oro; el azul pálido del

talle acentuaba el tinte aceitunado de su rostro y las manchas cobrizas de la avería. Perniabierta, su falda se remangaba hasta la rodilla y se veían sus medias desla­vadas y con muchos agujeros. Llevaba revólver al pecho y una cartuchera cruzada sobre la cabeza de la silla.

Demetrio también vestía de gala: sombrero galoneado, pantalón de gamuza con botonadura de plata y chamarra bordada de hilo de oro.

Comenzó a oírse el abrir forzado de las puertas. Los soldados, diseminados ya por el pueblo, recogían armas y monturas por todo el vecindario.

Nosotros vamos a hacer la mañana a casa de don Mónico —pronunció con gravedad Demetrio, apeándose y tendiendo las riendas de su caballo a un soldado—. Vamos a almorzar con don Mónico… un amigo que me quiere mucho…

Su Estado Mayor sonríe con risa siniestra.

Y, arrastrando ruidosamente las espuelas por las banquetas, se encaminaron hacia un caserón preten­cioso, que no podía ser sino albergue de cacique.

Está cerrada a piedra y cal —dijo Anastasio Mon­tañés empujando con toda su fuerza la puerta.

Pero yo sé abrir —repuso Pancracio abocando prontamente su fusil al pestillo.

No, no —dijo Demetrio—; toca primero.

Tres golpes con la culata del rifle, otros tres y nadie responde. Pancracio se insolenta y no se atiene a más órdenes. Dispara, salta la chapa y se abre la puerta.

Vense extremos de faldas, piernas de niños, todos en dispersión hacia el interior de la casa.

¡Quiero vino!… ¡Aquí, vino!… —pide Demetrio con voz imperiosa, dando fuertes golpes sobre la mesa.

—Siéntense, compañeros.

Una señora asoma, luego otra y otra, y entre las fal­das negras aparecen cabezas de niños asustados. Una de las mujeres, temblando, se encamina hacia un apara­dor, sacando copas y botellas y sirve vino.

—¿Qué armas tienen? —inquiere Demetrio con aspereza.

¿Armas?… —contesta la señora, la lengua hecha trapo—. ¿Pero qué armas quieren ustedes que tengan unas señoras solas y decentes?

—¡Ah, solas!… ¿Y don Mónico?…

—No está aquí, señores… Nosotras sólo rentamos la casa… Al señor don Mónico nomás de nombre lo co­nocemos.

Demetrio manda que se practique un cateo.

No, señores, por favor… Nosotras mismas va­mos a traerles lo que tenemos; pero, por el amor de Dios, no nos falten al respeto. ¡Somos niñas solas y decentes!

—¿Y los chamacos? —inquiere Pancracio brutalmente—. ¿Nacieron de la tierra?

Las señoras desaparecen con precipitación y vuel­ven momentos después con una escopeta astillada, cu­bierta de polvo y de telarañas, y una pistola de muelles enmohecidas y descompuestas.

Demetrio se sonríe:

Bueno, a ver el dinero…

—¿Dinero?… Pero ¿qué dinero quieren ustedes que tengan unas pobres niñas solas?

Yvuelven sus ojos suplicatorios hacia el más cercano de los soldados; pero luego los aprietan con horror: ¡han visto al sayón que está crucificando a Nuestro Señor

Jesucristo en el vía crucis de la parroquial… ¡Han visto a Pancracio!…

Demetrio ordena el cateo.

A un tiempo se precipitan otra vez las señoras, y al instante vuelven con una cartera apolillada, con unos cuantos billetes de los de la emisión de Huerta.

Demetrio sonríe, y ya sin más consideración, hace entrar a su gente.

Como perros hambrientos que han olfateado su pre­sa, la turba penetra, atropellando a las señoras, que pretenden defender la entrada con sus propios cuerpos. Unas caen desvanecidas, otras huyen; los chicos dan gritos.

Pancracio se dispone a romper la cerradura de un gran ropero, cuando las puertas se abren y de dentro salta un hombre con un fusil en las manos.

¡Don Mónico! —exclaman sorprendidos.

¡Hombre, Demetrio!… ¡No me haga nadal… ¡No me perjudique!… ¡Soy su amigo, don Demetrio!…

Demetrio Macías se ríe socarronamente y le pre­gunta si a los amigos se les recibe con el fusil en las manos.

Don Mónico, confuso, aturdido, se echa a sus pies, le abraza las rodillas, le besa los pies:

¡Mi mujer!… ¡Mis hijos!… ¡Amigo don Deme­trio!…

Demetrio, con mano trémula, vuelve el revólver a la cintura.

Una silueta dolorida ha pasado por su memoria. Una mujer con su hijo en los brazos, atravesando por las rocas de la sierra a medianoche y a la luz de la luna… Una casa ardiendo…

¡Vámonos!… ¡Afuera todos! —clama sombríamente.

Su Estado Mayor obedece; don Mónico y las señoras le besan las manos y lloran de agradecimiento.

En la calle la turba está esperando alegre y dicha­rachera el permiso del general para saquear la casa del cacique.

—Yo sé muy bien dónde tienen escondido el dine­ro, pero no lo digo —pronuncia un muchacho con un cesto bajo el brazo.

¡Hum, yo ya sé! —repone una vieja que lleva un costal de raspa para recoger “lo que Dios le quiera dar”—. Está en un altito; allí hay muchos triques y entre los triques una petaquilla con dibujos de concha… ¡Allí mero está lo güeno!…

No es cierto —dice un hombre—; no son tan ta­rugos para dejar así la plata. A mi modo de ver, la tie­nen enterrada en el pozo en un tanate de cuero.

Y el gentío se remueve, unos con sogas para hacer sus fardos, otros con hateas; las mujeres extienden sus delantales o el extremo de sus rebozos, calculando lo que les puede caber. Todos, dando las gracias a Su Divina Majestad, esperan su buena parte de saqueo.

Cuando Demetrio anuncia que no permitirá nada y ordena que todos se retiren, con gesto desconsolado la gente del pueblo lo obedece y se disemina luego; pero entre la soldadesca hay un sordo rumor de desaprobación y nadie se mueve de su sitio.

Demetrio, irritado, repite que se vayan.

Un mozalbete de los últimos reclutados, con algún aguardiente en la cabeza, se ríe y avanza sin zozobra hacia la puerta.

Pero antes de que pueda franquear el umbral, un

disparo instantáneo lo hace caer como los toros he­ridos por la puntilla.

Demetrio, con la pistola humeante en las manos, inmutable, espera que los soldados se retiren.

—Que se le pegue fuego a la casa —ordenó a Luis Cervantes cuando llegan al cuartel.

Y Luis Cervantes, con rara solicitud, sin transmitir la orden, se encargó de ejecutarla personalmente.

Cuando dos horas después la plazuela se ennegrecía de humo y de la casa de don Mónico se alzaban enormes lenguas de fuego, nadie comprendió el extraño proceder del general.

VI

Se habían alojado en una casona sombría, propiedad del mismo cacique de Moyahua.

Sus predecesores en aquella finca habían dejado ya su rastro vigoroso en el patio, convertido en estercolero; en los muros, desconchados hasta mostrar grandes manchones de adobe crudo; en los pisos, demolidos por las pesuñas de las bestias; en el huerto, hecho un reguero de hojas marchitas y ramajes secos. Se tropeza­ba, desde el entrar, con pies de muebles, fondos y res­paldos de sillas, todo sucio de tierra y bazofia.

A las diez de la noche, Luis Cervantes bostezó muy aburrido y dijo adiós al güero Margarito y a la Pintada, que bebían sin descanso en una banca de la plaza.

Se encaminó al cuartel. El único cuarto amueblado era la sala. Entró, y Demetrio, que estaba tendido en el suelo, los ojos claros y mirando al techo, dejó de contar las vigas y volvió la cara.

—¿Es usted, curro?… ¿Qué trae?… Ande, entre, siéntese.

Luis Cervantes fue primero a despabilar la vela, tiró luego de un sillón sin respaldo y cuyo asiento de mim­bres había sido sustituido con un áspero cotense. Chi­rriaron las patas de la silla y la yegua prieta de la Pintada bufó, se removió en la sombra describiendo con su anca redonda y tersa una gallarda curva.

Luis Cervantes se hundió en el asiento y dijo:

—Mi general, vengo a darle cuenta de la comisión… Aquí tiene…

—¡Hombre, curro… si yo no quería eso!… Moya­hua casi es mi tierra… ¡Dirán que por eso anda uno aquí!… —respondió Demetrio mirando el saco apreta­do de monedas que Luis le tendía.

Este dejó el asiento para venir a ponerse en cuclillas al lado de Demetrio. Tendió un sarape en el suelo y so­bre él vació el talego de hidalgos relucientes como ascuas de oro.

—En primer lugar, mi general, esto lo sabemos sólo usted y yo… Ypor otra parte, ya sabe que al buen sol hay que abrirle la ventana… Hoy nos está dando de cara; pero ¿mañana?… Hay que ver siempre adelante. Una bala, el reparo de un caballo, hasta un ridículo resfrío… ¡y una viuda y unos huérfanos en la miserial… ¿El gobierno? ja, ja, jal… Vaya usted con Carranza, con Villa o con cualquier otro de los jefes principales y hábleles de su familia… Si le responden con un puntapié… donde usted ya sabe, diga que le fue de perlas… Y hacen bien, mi general; nosotros no nos hemos le­vantado en armas para que un tal Carranza o un tal Vi­lla lleguen a presidentes de la República; nosotros peleamos en defensa de los sagrados derechos del pue­blo, pisoteados por el vil cacique… Y así como ni Villa, ni Carranza, ni ningún otro han de venir a pedir nues­tro consentimiento para pagarse los servicios que le están prestando a la patria, tampoco nosotros tenernos necesidad de pedirle licencia a nadie.

Demetrio se medio incorporó, tomó una botella cer­ca de su cabecera, empinó y luego, hinchando los carri­llos, lanzó una bocanada a lo lejos.

—¡Qué pico largo es usted, curro!

Luis sintió un vértigo. La cerveza regada parecía avi­var la fermentación del basurero donde reposaban: un tapiz de cáscaras de naranjas y plátanos, carnosas cortezas de sandía, hebrosos núcleos de mangos y bagazos de caña, todo revuelto con hojas enchiladas de tamales y todo húmedo de deyecciones.

Los dedos callosos de Demetrio iban y venían sobre las brillantes monedas a cuenta y cuenta.

Repuesto ya, Luis Cervantes sacó un botecito de fos­fatina Falliéres y volcó dijes, anillos, pendientes y otras muchas alhajas de valor.

—Mire, mi general; si, como parece, esta bola va a seguir, si la revolución no se acaba, nosotros tenemos ya lo suficiente para irnos a brillarla una temporada fuera del país —Demetrio meneó la cabeza negativamente—. ¿No haría usted eso?… Pues ¿a qué nos quedaríamos ya?… ¿Qué causa defenderíamos ahora?

Eso es cosa que yo no puedo explicar, curro; pero siento que no es cosa de hombres…

Escoja, mi general —dijo Luis Cervantes mostran­do las joyas puestas en fila.

Déjelo todo para usted… De veras, curro… ¡Si

viera que no le tengo amor al dinero!… ¿Quiere que le diga la verdad? Pues yo, con que no me falte el trago y con traer una chamaquita que me cuadre, soy el hom­bre más feliz del mundo.

—ja, ja, jal… ¡Qué mi general!… Bueno, ¿y por qué se aguanta a esa sierpe de la Pintada?

—Hombre, curro, me tiene harto; pero así soy. No me animo a decírselo… No tengo valor para despacharla a… Yo soy así, ése es mi genio. Mire, de que me cua­dra una mujer, soy tan boca de palo, que si ella no co­mienza…, yo no me animo a nada —y suspiró—. Ahí está Camila, la del ranchito… La muchacha es fea; pero si viera cómo me llena el ojo…

—El día que usted quiera, nos la vamos a traer, mi general.

Demetrio guiñó los ojos con malicia.

Le juro que se la hago buena, mi general…

¿De veras, curro?… Mire, si me hace esa valedura, pa usté es el reló con todo y leopoldina de oro, ya que le cuadra tanto.

Los ojos de Luis Cervantes resplandecieron. Tomó el bote de fosfatina, ya bien lleno, se puso en pie y, sonriendo, dijo:

—Hasta mañana, mi general… Que pase buena noche.

VII

—¿Yo qué sé? Lo mismo que ustedes saben. Me dijo el general: “Codorniz, ensilla tu caballo y mi yegua mora. Vas con el curro a una comisión”. Bueno, así fue: sali­mos de aquí a mediodía y, ya anocheciendo, llegamos

al ranchito. Nos dio posada la tuerta María Antonia… Que cómo estás tanto, Pancracio… En la madrugada me despertó el curro: “Codorniz, Codorniz, ensilla las bestias. Me dejas mi caballo y te vuelves con la yegua del general otra vez para Moyahua. Dentro de un rato te alcanzo”. Yya estaba el sol alto cuando llegó con Cami­la en la silla. La apeó y la montamos en la yegua mora.

Bueno, y ella, ¿qué cara venía poniendo? —pre­guntó uno.

—¡Hum, pos no le paraba la boca de tan contental…

¿Y el curro?

Callado como siempre; igual a como es él.

—Yo creo —opinó con mucha gravedad Venancio­que si Camila amaneció en la cama de Demetrio, sólo fue por una equivocación. Bebimos mucho… ¡Acuér­dense!… Se nos subieron los espíritus alcohólicos a la cabeza y todos perdimos el sentido.

¡Qué espíritus alcohólicos ni qué!… Fue cosa convenida entre el curro y el general.

—¡Claro! Pa mí el tal curro no es más que un…

A mí no me gusta hablar de los amigos en ausen­cia —dijo el güero Margarito—; pero sí sé decirles que de dos novias que le he conocido, una ha sido para… mí y la otra para el general…

Y prorrumpieron en carcajadas.

Luego que la Pintada se dio cuenta cabal de lo sucedi­do, fue muy cariñosa a consolar a Camila.

¡Pobrecita de ti, platícame cómo estuvo eso! Camila tenía los ojos hinchados de llorar.

¡Me mintió, me mintió!… Fue al rancho y me dijo: “Camila, vengo nomás por ti. ¿Te sales conmigo?”

¡Hum, dígame si yo no tendría ganas de salirme con él! De quererlo, lo quero y lo reguero… ¡Míreme tan encanijada sólo por estar pensando en él! Amanece y ni ganas del metate… Me llama mi mama al almuerzo, y la gorda se me hace trapo en la boca… ¡Y aquella pinción!… ¡Y aquella pinción! .. .

Y comenzó a llorar otra vez, y para que no se oyeran sus sollozos se tapaba la boca y la nariz con un extremo del rebozo.

Mira, yo te voy a sacar de esta apuración. No seas tonta, ya no llores. Ya no pienses en el curro… ¿Sabes lo que es ese curro?… ¡Palabral… ¡Te digo que nomás para eso lo trae el general!… ¡Qué tontal… Bueno, ¿quieres volver a tu casa?

¡La Virgen de Jalpa me ampare!… ¡Me mataría mi mama a palos!

—No te hace nada. Vamos haciendo una cosa. La tropa tiene que salir de un momento a otro; cuando De­metrio te diga que te prevengas para irnos, tú le respon­des que tienes muchas dolencias de cuerpo, y que estás como si te hubieran dado de palos, y te estiras y bostezas muy seguido. Luego te tientas la frente y dices: “Estoy ardiendo en calentura”. Entonces yo le digo a Demetrio que nos deje a las dos, que yo me quedo a curarte y que luego que estés buena nos vamos a alcanzarlo. Y lo que hacemos es que yo te pongo en tu casa buena y sana.

VIII

Ya el sol se había puesto y el caserío se envolvía en la tristeza gris de sus calles viejas y en el silencio de terror de sus moradores, recogidos a muy buena hora, cuando

Luis Cervantes llegó a la tienda de Primitivo López a interrumpir una juerga que prometía grandes sucesos. Demetrio se emborrachaba allí con sus viejos camara­das. El mostrador no podía contener más gente. De­metrio, la Pintada y el güero Margarito habían dejado afuera sus caballos; pero los demás oficiales se habían metido brutalmente con todo y cabalgaduras. Los som­breros galoneados de cóncavas y colosales faldas se en­contraban en vaivén constante; caracoleaban las ancas de las bestias, que sin cesar removían sus finas cabezas de ojazos negros, narices palpitantes y orejas pequeñas. Yen la infernal alharaca de los borrachos se oía el reso­plar de los caballos, su rudo golpe de pesuñas en el pa­vimento y, de vez en vez, un relincho breve y nervioso.

Cuando Luis Cervantes llegó, se comentaba un suceso banal. Un paisano, con un agujerito negruzco y sanguinolento en la frente, estaba tendido boca arriba en medio de la carretera. Las opiniones, divididas al principio, ahora se unificaban bajo una justísima reflexión del güero Margarito. Aquel pobre diablo que yacía bien muerto era el sacristán de la iglesia. Pero, ¡tonto!… la culpa había sido suya… ¿Pues a quién se le ocurre, señor, vestir pantalón, chaqueta y gorrita? ¡Pan­cracio no puede ver un catrín enfrente de él!

Ocho músicos “de viento”, las caras rojas y redondas como soles, desorbitados los ojos, echando los bofes por los latones desde la madrugada, suspenden su faena al mandato de Cervantes.

—Mi general —dijo éste abriéndose paso entre los montados—, acaba de llegar un propio de urgencia. Le ordenan a usted que salga inmediatamente a perseguir a los orozquistas.

Los semblantes, ensombrecidos un momento, brillaron de alegría.

—¡A Jalisco, muchachos! —gritó el güero Margarito dando un golpe seco sobre el mostrador.

¡Aprevénganse, tapatías de mi alma, que allá voy! —gritó la Codorniz arriscándose el sombrero.

Todo fue regocijo y entusiasmo. Los amigos de De­metrio, en la excitación de la borrachera, le ofrecieron incorporarse a sus filas. Demetrio no podía hablar de gusto. “¡Ah, ir a batir a los orozquistas!… ¡Habérselas al fin con hombres de veras!… ¡Dejar de matar federales como se matan liebres o guajolotes!”

Si yo pudiera coger vivo a Pascual Orozco —dijo el güero Margarito—, le arrancaba la planta de los pies y lo hacía caminar veinticuatro horas por la sierra…

¿Qué, ése fue el que mató al señor Madero? —pre­guntó el Meco.

No —repuso el güero con solemnidad—; pero a mí me dio una cachetada cuando fui mesero del Delmónico en Chihuahua.

Para Camila, la yegua mora —ordenó Demetrio a Pancracio, que estaba ya ensillando.

Camila no se puede ir —dijo la Pintada con pron­titud.

¿Quién te pide a ti tu parecer? —repuso Demetrio con aspereza.

—¿Verdá, Camila, que amaneciste con mucha do­lencia de cuerpo y te sientes acalenturada ahora?

Pos yo…, pos yo…, lo que diga don Demetrio…

—¡Ah, qué guaje!… Di que no, di que no… —pro­nunció a su oído la Pintada con gran inquietud.

Pos es que ya le voy cobrando voluntá…, ¿lo cree?… —contestó Camila también muy quedo.

La Pintada se puso negra y se le inflamaron los ca­rrillos; pero no dijo nada y se alejó a montar la yegua que le estaba ensillando el güero Margarito.

IX

El torbellino del polvo, prolongado a buen trecho a lo largo de la carretera, rompíase bruscamente en masas difusas y violentas, y se destacaban pechos hinchados, crines revueltas, narices trémulas, ojos ovoides, impe­tuosos, patas abiertas y como encogidas al impulso de la carrera. Los hombres, de rostro de bronce y dientes de marfil, ojos flameantes, blandían los rifles o los cru­zaban sobre las cabezas de las monturas.

Cerrando la retaguardia, y al paso, venían Demetrio y Camila; ella trémula aún, con los labios blancos y se­cos; él, malhumorado por lo insulso de la hazaña. Ni tales orozquistas, ni tal combate. Unos cuantos federales dispersos, un pobre diablo de cura con un centenar de ilusos, todos reunidos bajo la vetusta bandera de “Religión y Fueros”. El cura se quedaba allí bambo­leándose, pendiente de un mezquite, y en el campo, un reguero de muertos que ostentaban en el pecho un es­cudito de bayeta roja y un letrero: “¡Detente! ¡El Sagra­do Corazón de Jesús está conmigo!”

La verdá es que yo ya me pagué hasta de más mis sueldos atrasados —dijo la Codorniz mostrando los re­lojes y anillos de oro que se había extraído de la casa cural.

—Así siquiera pelea uno con gusto —exclamó el Manteca entreverando insolencias entre cada frase—. ¡Ya sabe uno por qué arriesga el cuero!

Y cogía fuertemente con la misma mano que empu­ñaba las riendas un reluciente resplandor que le había arrancado al Divino Preso de la iglesia.

Cuando la Codorniz, muy perito en la materia, exa­minó codiciosamente el “avance” del Manteca, lanzó una carcajada solemne:

¡Tu resplandor es de hoja de latal…

¿Por qué vienes cargando con esa roña? —pre­guntó Pancracio al güero Margarito, que llegaba de los últimos con un prisionero.

¿Saben por qué? Porque nunca he visto bien a bien la cara que pone un prójimo cuando se le aprieta una reata en el pescuezo.

El prisionero, muy gordo, respiraba fatigado; su ros­tro estaba encendido, sus ojos inyectados y su frente goteaba. Lo traían atado de las muñecas y a pie.

Anastasio, préstame tu reata; mi cabestro se re­vienta con este gallo… Pero, ahora que lo pienso mejor, no… Amigo federal, te voy a matar de una vez; vienes penando mucho. Mira, los mezquites están muy lejos todavía y por aquí no hay telégrafo siquiera para col­garte de algún poste.

Y el güero Margarito sacó su pistola, puso el cañón sobre la tetilla izquierda del prisionero y paulatinamente echó el gatillo atrás.

El federal palideció como cadáver, su cara se afiló y sus ojos vidriosos se quebraron. Su pecho palpitaba tumultuosamente y todo su cuerpo se sacudía como por un gran calosfrío.

El güero Margarito mantuvo así su pistola durante segundos eternos. Y sus ojos brillaron de un modo ex­traño, y su cara regordeta, de inflados carrillos, se en­cendía en una sensación de suprema voluptuosidad.

¡No, amigo federal! —dijo lentamente retirando el arma y volviéndola a su funda—, no te quiero matar todavía… Vas a seguir cono mi asistente… ¡Ya verás si soy hombre de mal corazón!

Y guiñó malignamente sus ojos a sus inmediatos.

El prisionero había embrutecido; sólo hacía movi­mientos de deglución; su boca y su garganta estaban secas.

Camila, que se había quedado atrás, picó el ijar de su yegua y alcanzó a Demetrio:

¡Ah, qué malo es el hombre ese Margarito!… ¡Si viera lo que viene haciendo con un preso!

Y refirió lo que acababa de presenciar.

Demetrio contrajo las cejas, pero nada contestó. La Pintada llamó a Camila a distancia.

—Oye, tú, ¿qué chismes le trais a Demetrio?… El güero Margarito es mi mero amor… ¡Pa que te lo se­pas!… Yya sabes… Lo que haiga con él, hay conmigo. ¡Ya te lo aviso!…

Y Camila, muy asustada, fue a reunirse con Demetrio.

X

La tropa acampó en una planicie, cerca de tres casitas alineadas que, solitarias, recortaban sus blancos muros sobre la faja púrpura del horizonte. Demetrio y Camila fueron hacia ellas.

Dentro del corral, un hombre en camisa y calzón blanco, de pie, chupaba con avidez un gran cigarro de hoja; cerca de él, sentado sobre una losa, otro desgrana­ba maíz, frotando mazorcas entre sus dos manos, mien­tras que una de sus piernas, seca y retorcida, remataba en algo como pezuña de chivo, se sacudía a cada ins­tante para espantar a las gallinas.

—Date priesa, Pifanio —dijo el que estaba parado—; ya se metió el sol y todavía no bajas al agua a las bestias.

Un caballo relinchó fuera y los dos hombres alzaron la cabeza azorados.

Demetrio y Camila asomaban tras la barda del corral.

Nomás quiero alojamiento para mí y para mi mu­jer —les dijo Demetrio tranquilizándolos.

Y como les explicara que él era el jefe de un cuerpo de ejército que iba a pernoctar en las cercanías, el hom­bre que estaba en pie, y que era el amo, con mucha solicitud los hizo entrar. Y corrió por un apaste de agua y una escoba, pronto a barrer y regar el mejor rincón de la troje para alojar decentemente a tan honorables huéspedes.

—Anda, Pifanio; desensilla los caballos de los señores.

El hombre que desgranaba se puso trabajosamente en pie. Vestía unas garras de camisa y chaleco, una pil­trafa de pantalón, abierto en dos alas, cuyos extremos, levantados, pendían de la cintura.

Anduvo, y su paso marcó un compás grotesco. —Pero ¿puedes tú trabajar, amigo? —le preguntó Demetrio sin dejarlo quitar las monturas.

¡Pobre —gritó el amo desde el interior de la tro­je—, le falta la fuerzal… ¡Pero viera qué bien desquita

el salario!… ¡Trabaja dende que Dios amanece!… ¡Qué ha que se metió el sol…, y mírelo, no para todavía!

Demetrio salió con Camila a dar una vuelta por el campamento. La planicie, de dorados barbechos, rapada hasta de arbustos, se dilataba inmensa en su deso­lación. Parecían un verdadero milagro los tres grandes fresnos enfrente de las casitas, sus cimas verdinegras, redondas y ondulosas, su follaje rico, que descendía hasta besar el suelo.

¡Yo no sé qué siento por acá que me da tanta tris­teza! —dijo Demetrio.

Sí —contestó Camila—; lo mismo a mí.

A orillas de un arroyuelo, Pifanio estaba tirando rudamente de la soga de un bimbalete. Una olla enor­me se volcaba sobre un montón de hierba fresca, y a las postreras luces de la tarde cintilaba el chorro de cristal desparramándose en la pila. Allí bebían ruidosamente una vaca flaca, un caballo matado y un burro.

Demetrio reconoció al peón cojitranco y le preguntó:

—¿Cuánto ganas diario, amigo?

—Diez y seis centavos, patrón…

Era un hombrecillo rubio, escrofuloso, de pelo lacio y ojos zarcos. Echó pestes del patrón, del rancho y de la perra suerte.

Desquitas bien el sueldo, hijo —le interrumpió Demetrio con mansedumbre—. A reniega y reniega, pero a trabaja y trabaja.

Y volviéndose a Camila.

Siempre hay otros más pencos que nosotros los de la sierra, ¿verdad?

—Sí —contestó Camila.

Y siguieron caminando.

El valle se perdió en la sombra y las estrellas se es­condieron.

Demetrio estrechó a Camila amorosamente por la cintura, y quién sabe qué palabras susurró a su oído. —Sí —contestó ella débilmente.

Porque ya le iba cobrando “voluntá”.

Demetrio durmió mal, y muy temprano se echó fuera de la casa.

“A mí me va a suceder algo”, pensó.

Era un amanecer silencioso y de discreta alegría. Un tordo piaba tímidamente en el fresno; los animales removían las basuras del rastrojo en el corral; gruñía el cerdo su somnolencia. Asomó el tinte anaranjado del sol, y la última estrellita se apagó.

Demetrio, paso a paso, iba al campamento.

Pensaba en su yunta: dos bueyes prietos, nuevecitos, de dos años de trabajo apenas, en sus dos fanegas de labor bien abonadas. La fisonomía de su joven esposa se reprodujo fielmente en su memoria: aquellas líneas dulces y de infinita mansedumbre para el marido, de indomables energías y altivez para el extraño. Pero cuando pretendió reconstruir la imagen de su hijo, fueron vanos todos sus esfuerzos; lo había olvidado.

Llegó al campamento. Tendidos entre los surcos, dormían los soldados, y revueltos con ellos, los caballos echados, caída la cabeza y cerrados los ojos.

—Están muy estragadas las remudas, compadre Anas­tasio; es bueno que nos quedemos a descansar un día siquiera.

—¡Ay, compadre Demetrio!… ¡Qué ganas ya de la sierra! Si viera…, ¿a que no me lo cree?… pero naditi

ta que me jallo por acá… ¡Una tristeza y una murrial… ¡Quién sabe qué le hará a uno faltal…

¿Cuántas horas se hacen de aquí a Limón?

No es cosa de horas: son tres jornadas muy bien hechas, compadre Demetrio.

—¡Si vieral… ¡Tengo ganas de ver a mi mujer!

No tardó mucho la Pintada en ir a buscar a Camila:

¡Újule, újule!… Sólo por eso que ya Demetrio te va a largar. A mí, a mí mero me lo dijo… Va a traer a su mujer de veras… Yes muy bonita, muy blanca… ¡Unos chapetes!… Pero si tú no te queres ir, pue que hasta te ocupen: tienen una criatura y tú la puedes cargar…

Cuando Demetrio regresó, Camila, llorando, se lo dijo todo.

No le hagas caso a esa loca… Son mentiras, son mentiras…

Y como Demetrio no fue a Limón ni se volvió a acordar de su mujer, Camila estuvo muy contenta y la Pintada se volvió un alacrán.

XI

Antes de la madrugada salieron rumbo a Tepatitlán. Diseminados por el camino real y por los barbechos, sus siluetas ondulaban vagamente al paso monótono y acompasado de las caballerías, esfumándose en el tono perla de la luna en menguante, que bañaba todo el valle.

Se oía lejanísimo ladrar de perros.

Hoy a mediodía llegamos a Tepatitlán, mañana a Cuquío, y luego…, a la sierra —dijo Demetrio.

—¿No sería bueno, mi general —observó a su oído Luis Cervantes—, llegar primero a Aguascalientes?

¿Qué vamos a hacer allá?

—Se nos están agotando los fondos…

¡Cómo!… ¿Cuarenta mil pesos en ocho días?

Sólo en esta semana hemos reclutado cerca de

quinientos hombres, y en anticipos y gratificaciones se

nos ha ido todo —repuso muy bajo Luis Cervantes.

No; vamos derecho a la sierra… Ya veremos… —¡Sí, a la sierra! —clamaron muchos.

¡A la sierral… ¡A la sierral… No hay como la sierra.

La planicie seguía oprimiendo sus pechos; hablaron de la sierra con entusiasmo y delirio, y pensaron en ella como en la deseada amante a quien se ha dejado de ver por mucho tiempo.

Clareó el día. Después, una polvareda de tierra roja se levantó hacia el oriente, en una inmensa cortina de púrpura incendiada.

Luis Cervantes templó la brida de su caballo y esperó a la Codorniz.

¿En qué quedamos, pues, Codorniz?

Ya le dije, curro: doscientos por el puro reló…

No, yo te compro a bulto: relojes, anillos y todas las alhajitas. ¿Cuánto?

La Codorniz vaciló, se puso descolorido; luego dijo con ímpetu:

—Deque dos mil papeles por todo.

Pero Luis Cervantes se dejó traicionar; sus ojos bri­llaron con tan manifiesta codicia, que la Codorniz vol­vió sobre sus pasos y exclamó pronto:

No, mentiras, no vendo nada… El puro reló, y eso porque ya debo los doscientos pesos a Pancracio, que anoche me ganó otra vez.

Luis Cervantes sacó cuatro flamantes billetes de “dos caritas” y los puso en manos de la Codorniz.

De veras —le dijo—, me intereso al lotecito… Na­die te dará más de lo que yo te dé.

Cuando comenzó a sentirse el sol, el Manteca gritó de pronto:

Güero Margarito, ya tu asistente quiere pelar ga­llo. Dice que ya no puede andar.

El prisionero se había dejado caer, exhausto, en medio del camino.

¡Calla! —clamó el güero Margarito retrocedien­do—. ¿Conque ya te cansaste, simpático? ¡Pobrecito de ti! Voy a comprar un nicho de cristal para guardarte en una rinconera de mi casa, como Niño Dios. Pero es necesa­rio llegar primero al pueblo, y para esto te voy a ayudar.

Y sacó el sable y descargó sobre el infeliz repetidos golpes.

A ver la reata, Pancracio —dijo luego, brillantes y extraños los ojos.

Pero como la Codorniz le hiciera notar que ya el federal no movía ni pie ni mano, dio una gran carcaja­da y dijo:

¡Qué bruto soy!… ¡Ahora que lo tenía enseñado a no comer!…

—Ahora sí, ya llegamos a Guadalajara chiquita —dijo Venancio descubriendo el caserío risueño de Tepati­tlán, suavemente recostado en una colina.

Entraron regocijados; a las ventanas asomaban ros­tros sonrosados y bellos ojos negros.

Las escuelas quedaron convertidas en cuarteles. Demetrio se alojó en la sacristía de una capilla aban­donada.

Después los soldados se desperdigaron, como siem­pre, en busca de “avances”, so pretexto de recoger armas y caballos.

Por la tarde, algunos de los de la escolta de Deme­trio estaban tumbados en el atrio de la iglesia rascándo­se la barriga. Venancio, con mucha gravedad, pecho y espaldas desnudos, espulgaba su camisa.

Un hombre se acercó a la barda, pidiendo la venia de hablar al jefe.

Los soldados levantaron la cabeza, pero ninguno le respondió.

Soy viudo, señores; tengo nueve criaturas y no vivo más que de mi trabajo… ¡No sean ingratos con los pobres!…

—Por mujer no te apures, tío —dijo el Meco, que con un cabo de vela se embadurnaba los pies—; ai trai­mos a la Pintada, y te la pasamos al costo.

El hombre sonrió amargamente.

—Nomás que tiene una maña —observó Pancracio, boca arriba y mirando el azul del cielo—: apenas mira un hombre, y luego luego se prepara.

Rieron a carcajadas; pero Venancio, muy grave, in­dicó la puerta de la sacristía al paisano.

Este, tímidamente, entró y expuso a Demetrio su queja. Los soldados acababan de “limpiarlo”. Ni un grano de maíz le habían dejado.

Pos pa qué se dejan —le respondió Demetrio con indolencia.

Luego el hombre insistió con lamentos y lloriqueos, y Luis Cervantes se dispuso a echarlo fuera insolentemente. Pero Camila intervino:

¡Ande, don Demetrio, no sea usté también mal alma; déle una orden pa que le devuelvan su maíz!…

Luis Cervantes tuvo que obedecer; escribió unos ren­glones, y Demetrio, al calce, puso un garabato.

¡Dios se lo pague, niñal… Dios se lo ha de dar de su santísima gloria… Diez fanegas de maíz, apenas pa comer este año —clamó el hombre, llorando de agra­decimiento. Y tomó el papel y a todos les besó las manos.

Iban llegando ya a Cuquío, cuando Anastasio Monta­ñés se acercó a Demetrio y le dijo:

—Ande, compadre, ni le he contado… ¡Qué travieso es de veras el güero Margarito! ¿Sabe lo que hizo ayer con ese hombre que vino a darle la queja de que le ha­bíamos sacado su maíz para nuestros caballos? Bueno, pos con la orden que usté le dio fue al cuartel. “Sí, amigo, le dijo el güero; entra para acá; es muy justo devolverte lo tuyo. Entra, entra… ¿Cuántas fanegas te robamos?… ¿Diez? ¿Pero estás seguro de que no son más que diez?… Sí, eso es; como quince, poco más o menos… ¿No serían veinte?… Acuérdate bien… Eres muy pobre, tienes muchos hijos que mantener. Sí, es lo que digo, como veinte; ésas deben haber sido… Pasa por acá; no te voy a dar quince, ni veinte. Tú nomás vas contando… Una, dos, tres… Y luego que ya no quie­ras, me dices: ya.” Y saca el sable y le ha dado una cin­tareada que lo hizo pedir misericordia.

La Pintada se caía de risa.

Y Camila, sin poderse contener, dijo:

—¡Viejo condenado, tan mala entrañal… ¡Con ra­zón no lo puedo ver!

Instantáneamente se demudó el rostro de la Pintada. —¿Y a ti te da tos por eso?

Camila tuvo miedo y adelantó su yegua.

La Pintada disparó la suya y rapidísima, al pasar atro­pellando a Camila, la cogió de la cabeza y le deshizo la trenza.

Al empellón, la yegua de Camila se encabritó y la muchacha abandonó las riendas por quitarse los cabe­llos de la cara; vaciló, perdió el equilibrio y cayó en un pedregal, rompiéndose la frente.

Desmorecida de risa, la Pintada, con mucha habili­dad, galopó a detener la yegua desbocada.

—¡Ándale, curro, ya te cayó trabajo! —dijo Pancracio luego que vio a Camila en la misma silla de Demetrio, con la cara mojada de sangre.

Luis Cervantes, presuntuoso, acudió con sus mate­riales de curación; pero Camila, dejando de sollozar, se limpió los ojos y dijo con voz apagada:

—¿De usté?… ¡Aunque me estuviera muriendo! ¡Ni agual…

En Cuquío recibió Demetrio un propio.

—Otra vez a Tepatitlán, mi general —dijo Luis Cer­vantes pasando rápidamente sus ojos por el oficio—. Tendrá que dejar allí la gente, y usted a Lagos, a tomar el tren de Aguascalientes.

Hubo protestas calurosas; algunos serranos juraron que ellos no seguirían ya en la columna, entre gruñi­dos, quejas y rezongos.

Camila lloró toda la noche, y otro día, por la maña­na, dijo a Demetrio que ya le diera licencia de volverse a su casa.

¡Si le falta voluntá!… —contestó Demetrio hosco.

—No es eso, don Demetrio; voluntá se la tengo y mucha…, pero ya lo ha estado viendo… ¡Esa mujer!…

—No se apure, hoy mismo la despacho a… Ya lo tengo bien pensado.

Camila dejó de llorar.

Todos estaban ensillando ya. Demetrio se acercó a la Pintada y le dijo en voz muy baja:

Tú ya no te vas con nosotros.

¿Qué dices? —inquirió ella sin comprender.

Que te quedas aquí o te largas adonde te dé la gana, pero no con nosotros.

¿Qué estás diciendo? —exclamó ella con asom­bro—. ¿Es decir, que tú me corres? ja, ja, jal… ¿Pues qué… tal serás tú si te andas creyendo de los chismes de ésa…!

Y la Pintada insultó a Camila, a Demetrio, a Luis Cervantes y a cuantos le vinieron a las mientes, con tal energía y novedad, que la tropa oyó injurias e insolen­cias que no había sospechado siquiera.

Demetrio esperó largo rato con paciencia; pero como ella no diera trazas de acabar, con mucha calma dijo a un soldado:

Echa fuera esa borracha.

¡Güero Margarito! ¡Güero de mi vida! ¡Ven a de­fenderme de éstos…! ¡Anda, güerito de mi corazón!… ¡Ven a enseñarles que tú eres hombre de veras y ellos no son más que unos hijos de…!

Y gesticulaba, pateaba y daba de gritos.

El güero Margarito apareció. Acababa de levantarse; sus ojos azules se perdían bajo unos párpados hin­chados y su voz estaba ronca. Se infi)rmó del sucedido y, acercándose a la Pintada, le dijo con mucha gravedad:

—Sí, me parece muy bien que ya te largues mucho a la… ¡A todos nos tienes hartos!

El rostro de la Pintada se granitificó. Quiso hablar, pero sus músculos estaban rígidos.

Los soldados reían divertidísimos; Camila, muy asus­tada, contenía la respiración.

La Pintada paseó sus ojos en torno. Y todo fue en un abrir y cerrar de ojos; se inclinó, sacó una hoja aguda y brillante de entre la media y la pierna y se lanzó so­bre Camila.

Un grito estridente y un cuerpo que se desploma arrojando sangre a borbotones.

Mátenla —gritó Demetrio fuera de sí.

Dos soldados se arrojaron sobre la Pintada que, es­grimiendo el puñal, no les permitió tocarla.

¡Ustedes no, infelices!… Mátame tú, Demetrio —se adelantó, entregó su arma, irguió el pecho y dejó caer los brazos.

Demetrio puso en alto el puñal tinto en sangre; pero sus ojos se nublaron, vaciló, dio un paso atrás. Luego, con voz apagada y ronca, gritó:

¡Lárgate!… ¡Pero luego!…

Nadie se atrevió a detenerla.

Se alejó muda y sombría, paso a paso.

Y el silencio y la estupefacción lo rompió la voz agu­da y gutural del güero Margarito:

—¡Ah, qué bueno!… ¡Hasta que se me despegó esta chinche!…

XIII

En la medianía del cuerpo

una daga me metió,

sin saber por qué

ni por qué sé yo…

El sí lo sabía, pero yo no…

Y de aquella herida mortal

mucha sangre me salió,

sin saber por qué

ni por qué sé yo…

El sí lo sabía, pero yo no…

Caída la cabeza, las manos cruzadas sobre la montu­ra, Demetrio tarareaba con melancólico acento la to­nadilla obsesionante.

Luego callaba; largos minutos se mantenía en silen­cio y pesaroso.

Ya verá cómo llegando a Lagos le quito esa murria, mi general. Allí hay muchachas bonitas para darnos gusto —dijo el güero Margarito.

—Ahora sólo tengo ganas de ponerme una borra­chera —contestó Demetrio.

Y se alejó otra vez de ellos, espoleando su caballo, como si quisiera abandonarse todo a su tristeza.

Después de muchas horas de caminar, hizo venir a Luis Cervantes:

¿Oiga, curro, ahora que lo estoy pensando, yo qué pitos voy a tocar a Aguascalientes?

—A dar su voto, mi general, para presidente provi­sional de la República.

—¿Presidente provisional?… Pos entonces, ¿qué… tal es, pues, Carranza?… La verdad, yo no entiendo estas políticas…

Llegaron a Lagos. El güero apostó a que esa noche haría reír a Demetrio a carcajadas.

Arrastrando las espuelas, las chivarras caídas abajo de la cintura, entró Demetrio a “El Cosmopolita”, con Luis Cervantes, el güero Margarito y sus asistentes.

¿Por qué corren, curros?… ¡No sabemos comer gente! —exclamó el güero.

Los paisanos, sorprendidos en el mismo momento de escapar, se detuvieron; unos, con disimulo, regresaron a sus mesas a seguir bebiendo y charlando, y otros, vacilantes, se adelantaron a ofrecer sus respetos a los jefes.

¡Mi general!… ¡Mucho gusto!… ¡Señor mayor!…

¡Eso es!… Así me gustan los amigos, finos y de­centes —dijo el güero Margarito.

Vamos, muchachos —agregó sacando su pistola jovialmente—; ahí les va un buscapiés para que lo toreen.

Una bala rebotó en el cemento, pasando entre las patas de las mesas y las piernas de los señoritos, que saltaron asustados como dama a quien se le ha metido un ratón bajo la falda.

Pálidos, sonríen para festejar debidamente al señor mayor. Demetrio despliega apenas sus labios, mientras que el acompañamiento lanza carcajadas a pierna ten­dida.

Güero —observa la Codorniz—, a ése que va sa­liendo le prendió la avispa; mira cómo cojea

El güero, sin parar mientes ni volver siquiera la cara hacia el herido, afirma con entusiasmo que a treinta pasos de distancia y al descubrir le pega a un cartucho de tequila.

A ver, amigo, párese —dice al mozo de la canti­na. Luego, de la mano lo lleva a la cabecera del patio del hotel y le pone un cartucho lleno cle tequila en la cabeza.

El pobre diablo resiste, quiere huir, espantado, pero el güero prepara su pistola y apunta.

—¡A tu lugar… tasajo! O de veras te meto una ca­lientita.

El güero se vuelve a la pared opuesta, levanta su arma y hace puntería.

El cartucho se estrella en pedazos, bañando de tequi­la la cara del muchacho, descolorido como un muerto.

¡Ahora va de veras! —clama, corriendo a la canti­na por un nuevo cartucho, que vuelve a colocar sobre la cabeza del mancebo.

Torna a su sitio, da una vuelta vertiginosa sobre los pies, y al descubrir, dispara.

Sólo que ahora se ha llevado una oreja en vez del cartucho.

Y apretándose el estómago de tanto reír, dice al mu­chacho:

Toma, chico, esos billetes. ¡Es cualquier cosa! Eso se quita con tantita árnica y aguardiente…

Después de beber mucho alcohol y cerveza, habla Demetrio:

Pague, güero… Ya me voy…

No traigo ya nada, mi general; pero no hay cuidado por eso… ¿Qué tanto se te debe, amigo?

—Ciento ochenta pesos, mi jefe —responde ama­blemente el cantinero.

El güero salta prontamente el mostrador, y en dos ma­notadas derriba todos los frascos, botellas y cristalería.

—Ai le pasas la cuenta a tu padre Villa, ¿sabes?

Oiga, amigo, ¿dónde queda el barrio de las mu­chachas? —pregunta tambaleándose de borracho, a un sujeto pequeño, correctamente vestido, que está cerran­do la puerta de una sastrería.

El interpelado se baja de la banqueta atentamente para dejar libre el paso. El güero se detiene y lo mira con impertinencia y curiosidad:

Oiga, amigo, ¡qué chiquito y qué bonito es us­ted!… ¿Cómo que no?… ¿Entonces yo soy mentiro­so?… Bueno, así me gusta… ¿Usted sabe bailar los enanos?… ¿Qué no sabe?… ¡Resabe!… ¡Yo lo conocí a usted en un circo! ¡Le juro que sí sabe y muy rebién!… ¡Ahora lo verá!…

El güero saca su pistola y comienza a disparar hacia los pies del sastre, que, muy gordo y muy pequeño, a cada tiro da un saltito.

¿Ya ve cómo sí sabe bailar los enanos?

Y echando los brazos a espaldas de sus amigos, se hace conducir hacia el arrabal de gente alegre, mar­cando su paso a balazos en los focos de las esquinas, en las puertas y en las casas del poblado. Demetrio lo deja y regresa al hotel, tarareando entre los dientes:

En la medianía del cuerpo una daga me metió,

sin saber por qué

ni por qué sé yo…

129

129Humo de cigarro, olor penetrante de ropas sudadas, emanaciones alcohólicas y el respirar de una multitud; hacinamiento peor que el de un carro de cerdos. Pre­dominaban los de sombrero tejano, toquilla de galón y vestidos de kaki.

Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca en la estación de Silao… Los ahorros de toda mi vida de trabajo. No tengo para darle de comer a mi niño.

La voz era aguda, chillona y plañidera; pero se ex­tinguía a corta distancia en el vocerío que llenaba el carro.

—¿Qué dice esa vieja? —preguntó el güero Margarito entrando en busca de un asiento.

Que una petaca… que un niño decente… —res­pondió Pancracio, que ya había encontrado las rodi­llas de unos paisanos para sentarse.

Demetrio y los demás se abrían paso a fuerza de codos. Y como los que soportaban a Pancracio prefirie­ran abandonar los asientos y seguir de pie, Demetrio y Luis Cervantes los aprovecharon gustosos.

Una señora que venía parada desde Irapuato con un niño en brazos sufrió un desmayo. Un paisano se apron­tó a tomar en sus manos a la criatura. El resto no se dio por entendido: las hembras de tropa ocupaban dos o tres asientos cada una con maletas, perros, gatos y cotorras. Al contrario, los de sombrero tejano rieron mucho de la robustez de muslos y laxitud de pechos de la desmayada.

—Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca en la estación de Silao… Los ahorros de toda

mi vida de trabajo… No tengo ahora ni para darle de comer ami niño…

La vieja habla de prisa y automáticamente suspira y solloza. Sus ojos, muy vivos, se vuelven de todos lados. Y aquí recoge un billete, y más allá otro. Le llueven en abundancia. Acaba una colecta y adelanta unos cuantos asientos:

Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca en la estación de Silao…

El efecto de sus palabras es seguro e inmediato.

¡Un señor decente! ¡Un señor decente que se roba una petaca! ¡Eso es incalificable! Eso despierta un sen­timiento de indignación general. ¡Oh, es lástima que ese señor decente no esté a la mano para que lo fusi­len siquiera cada uno de los generales que van allí!

—Porque a mí no hay cosa que me dé tanto coraje como un curro ratero —dice uno, reventando de dig­nidad.

—¡Robar a una pobre señora!

¡Robar a una infeliz mujer que no puede defen­derse!

Y todos manifiestan el enternecimiento de su cora­zón de palabras y de obra: una insolencia para el ladrón y un bilimbique de cinco pesos para la víctima.

Yo, la verdad les digo, no creo que sea malo ma­tar, porque cuando uno mata lo hace siempre con co­raje; ¿pero robar?… —clama el güero Margarito.

Todos parecen asentir ante tan graves razones; pero, tras breve silencio y momentos de reflexión, un coronel aventura su parecer:

La verdá es que todo tiene sus “asigunes”. ¿Para qué es más que la verdá? La purita verdá es que yo he

robao… y si digo que todos los que venemos aquí hemos hecho lo mesmo, se me afigura que no echo mentiras…

—¡Hum, pa las máquinas de coser que yo me robé en México! —exclamó con ánimo un mayor—. Junté más de quinientos pesos, con ser que vendí hasta a cin­cuenta centavos máquina.

—Yo me robé en Zacatecas unos caballos tan finos, que dije acá para mí: “Lo que es de este hecho ya te armaste, Pascual Mata; no te vuelves a apurar por nada en los días que de vida te quedan” —dijo un capitán desmolado y ya blanco de canas—. Lo malo fue que mis caballos le cuadraron a mi general Limón y él me los robó a mí.

—¡Bueno! ¡A qué negarlo, pues! Yo también he ro­bado —asintió el güero Margarito—; pero aquí están mis compañeros que digan cuánto he hecho de capi­tal.Eso sí, mi gusto es gastarlo todo con las amistades. Para mí es más contento ponerme una papalina con todos los amigos que mandarles un centavo a las viejas de mi casa…

El tema del “yo robé”, aunque parece inagotable, se va extinguiendo cuando en cada banca aparecen ten­didos de naipes, que atraen a jefes y oficiales como la luz a los mosquitos.

Las peripecias del juego pronto lo absorben todo y caldean el ambiente más y más; se respira el cuartel, la cárcel, el lupanar y hasta la zahúrda.

Y dominando el barullo general, se escucha, allá en el otro carro:

—Caballeros, un señor decente me ha robado mi petaca…

Las calles de Aguascalientes se habían convertido en basureros. La gente de kaki se removía, como las abe­jas a la boca de una colmena, en las puertas de los restaurantes, fonduchos y mesones, en las mesas de comistrajos y puestos al aire libre, donde al lado de una hatea de chicharrones rancios se alzaba un montón de quesos mugrientos.

El olor de las frituras abrió el apetito de Demetrio y sus acompañantes. Penetraron a fuerza de empellones a una fonda, y una vieja desgreñada y asquerosa les sirvió en platos de barro huesos de cerdos nadando en un cal­dillo claro de chile y tres tortillas correosas y quemadas. Pagaron dos pesos por cada uno, y al salir Pancracio ase­guró que tenía más hambre que antes de haber entrado.

—Ahora sí —dijo Demetrio—: vamos a tomar con­sejo de mi general Natera.

Y siguieron una calle hacia la casa que ocupaba el jefe norteño.

Un revuelto y agitado grupo de gentes les detuvo el paso en una bocacalle. Un hombre que se perdía entre la multitud clamaba en sonsonete y con acento uncio­so algo que parecía un rezo. Se acercaron hasta descu­brirlo. El hombre, de camisa y calzón blanco, repetía: “Todos los buenos católicos que recen con devoción esta oración a Cristo Crucificado se verán libres de tempestades, de pestes, de guerras y de hambres…”

—Este sí que la acertó —dijo Demetrio sonriendo.

El hombre agitaba en alto un puñado de impresos y decía:

—Cincuenta centavos la oración a Cristo Crucificado, cincuenta centavos…

Luego desaparecía un instante para levantarse de nuevo con un colmillo de víbora, una estrella de mar,

un esqueleto de pescado. Y con el mismo acento re­zandero, ponderaba las propiedades medicinales y raras virtudes de cada cosa.

La Codorniz, que no le tenía fe a Venancio, pidió al vendedor que le extrajera una muela; el güero Margarito compró un núcleo negro de cierto fruto que tiene la propiedad de librar a su poseedor tan bien del rayo como de cualquier “malhora”, y Anastasio Montañés una oración a Cristo Crucificado, que cuidadosamente dobló y con gran piedad guardó en el pecho.

—¡Cierto como hay Dios, compañero; sigue la bola! ¡Ahora Villa contra Carranza! —dijo Natera.

Y Demetrio, sin responderle, con los ojos muy abier­tos, pedía más explicaciones.

—Es decir —insistió Natera—, que la Convención desconoce a Carranza como primer jefe y va a elegir un presidente provisional de la República… ¿Entiende, compañero?

Demetrio inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

¿Qué dice de eso, compañero? —interrogó Natera. Demetrio se alzó de hombros.

Se trata, a lo que parece, de seguir peleando. Bue­no, pos a darle; ya sabe, mi general, que por mi lado no hay portillo.

Bien, ¿y de parte de quién se va a poner? Demetrio, muy perplejo, se llevó las manos a los cabellos y se rascó breves instantes.

Mire, a mí no me haga preguntas, que no soy escuelante… La aguilita que traigo en el sombrero usté me la dio… Bueno, pos ya sabe que nomás me dice: “Demetrio, haces esto y esto… ¡y se acabó el cuento!”

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