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Libro Los de Abajo de Mariano Azuela – Primera Parte

Los de Abajo

Mariano Azuela

PRIMERA PARTE

I

—Te digo que no es un animal… Oye cómo ladra el Palomo… Debe ser algún cristiano…

La mujer fijaba sus pupilas en la oscuridad de la sierra.

— ¿Y que fueran siendo federales? —repuso un hom­bre que, en cuclillas, yantaba en un rincón, una cazue­la en la diestra y tres tortillas en taco en la otra mano.

La mujer no le contestó; sus sentidos estaban puestos fuera de la casuca.

Se oyó un ruido de pesuñas en el pedregal cercano, y el Palomo ladró con más rabia.

Sería bueno que por sí o por no te escondieras, Demetrio.

El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó un cántaro y, levantándolo a dos manos, bebió agua a borbotones. Luego se puso en pie.

Tu rifle está debajo del petate —pronunció ella en voz muy baja.

El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descansaban un yugo, un arado, un otate y otros aperos de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas dormía un niño. Demetrio ciñó la cartuchera a su cintura y levantó el fusil. Alto, robusto, de faz bermeja, sin pelo de barba, vestía camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate y guaraches.

Salió paso a paso, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche.

El Palomo, enfurecido, había saltado la cerca del co­rral. De pronto se oyó un disparo, el perro lanzó un gemido sordo y no ladró más.

Unos hombres a caballo llegaron vociferando y maldiciendo. Dos se apearon y otro quedó cuidando las bestias.

—¡Mujeres…, algo de cenar!… Blanquillos, leche, fri­joles, lo que tengan, que venimos muertos de hambre.

¡Maldita sierra! ¡Sólo el diablo no se perdería!

Se perdería, mi sargento, si viniera de borracho como tú…

Uno llevaba galones en los hombros, el otro cintas rojas en las mangas.

—¿En dónde estamos, vieja?… ¡Pero con unal… ¿Esta casa está sola?

—¿Y entonces, esa luz?… ¿Y ese chamaco?… ¡Vieja, queremos cenar, y que sea pronto! ¿Sales o te hacemos salir?

—¡Hombres malvados, me han matado mi perro!… ¿Qué les debía ni qué les comía mi pobrecito Palomo?

La mujer entró llevando a rastras el perro, muy blan­co y muy gordo, con los ojos claros ya y el cuerpo suelto.

¡Mira nomás qué chapetes, sargento!… Mi alma, no te enojes, yo te juro volverte tu casa un palomar; pero, ¡por Dios!…

No me mires airada…

No más enojos…

Mírame cariñosa, luz de mis ojos, acabó cantando el oficial con voz aguardentosa.

Señora, ¿cómo se llama este ranchito? —pregun­tó el sargento.

—Limón —contestó hosca la mujer, ya soplando las brasas del fogón y arrimando leña.

¿Conque aquí es Limón?… ¡La tierra del famoso Demetrio Macías!… ¿Lo oye, mi teniente? Estamos en Limón.

¿En Limón?… Bueno, para mí… ¡plin!… Ya sa­bes, sargento, si he de irme al infierno, nunca mejor que ahora…, que voy en buen caballo. ¡Mira nomás qué cachetitos de morenal… ¡Un perón para morderlo!…

Usted ha de conocer al bandido ese, señora… Yo estuve junto con él en la Penitenciaría de Escobedo.

Sargento, tráeme una botella de tequila; he deci­dido pasar la noche en amable compañía con esta morenita… ¿El coronel?… ¿Qué me hablas tú del coronel a estas horas?… ¡Que vaya mucho a…! Y si se enoja, pa mí… ¡plin!… Anda, sargento, dile al cabo que desen­sille y eche de cenar. Yo aquí me quedo… Oye, chatita, deja a mi sargento que fría los blanquillos y caliente las gordas; tú ven acá conmigo. Mira, esta carterita apretada de billetes es sólo para ti. Es mi gusto. ¡Figúrate! Ando un poco borrachito por eso, y por eso también ha­blo un poco ronco… ¡Como que en Guadalajara dejé la mitad de la campanilla y por el camino vengo escupiendo la otra mitad!… ¿Y qué le hace…? Es mi gusto. Sargento, mi botella, mi botella de tequila. Chata, es­tás muy lejos; arrímate a echar un trago. ¿Cómo que no?… ¿Le tienes miedo a tu… marido… o lo que sea?… Si está metido en algún agujero dile que salga…, pa mí ¡plin!… Te aseguro que las ratas no me estorban.

Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta.

—¡Demetrio Macías! —exclamó el sargento despa­vorido, dando unos pasos atrás.

El teniente se puso de pie y enmudeció, quedóse frío e inmóvil como una estatua.

¡Mátalos! —exclamó la mujer con la garganta seca.

¡Ah, dispense, amigo!… Yo no sabía… Pero yo respeto a los valientes de veras.

Demetrio se quedó mirándolos y una sonrisa inso­lente y despreciativa plegó sus líneas.

Y no sólo los respeto, sino que también los quie­ro… Aquí tiene la mano de un amigo… Está bueno, Demetrio Macías, usted me desaira… Es porque no me conoce, es porque me ve en este perro y maldito oficio… ¡Qué quiere, amigo!… ¡Es uno pobre, tiene fa­milia numerosa que mantener! Sargento, vámonos; yo respeto siempre la casa de un valiente, de un hombre de veras.

Luego que desaparecieron, la mujer abrazó estre­chamente a Demetrio.

¡Madre mía de jalea! ¡Qué susto! ¡Creí que a ti te habían tirado el balazo!

Vete luego a la casa de mi padre —dijo Demetrio. Ella quiso detenerlo; suplicó, lloró; pero él, apartán­dola dulcemente, repuso sombrío:

—Me late que van a venir todos juntos.

¿Por qué no los mataste?

—¡Seguro que no les tocaba todavía!

Salieron juntos; ella con el niño en los brazos.

Ya a la puerta se apartaron en opuesta dirección. La luna poblaba de sombras vagas la montaña.

En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer con su niño en los brazos.

Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañón, cerca del río, se levantaban grandes llamaradas.

Su casa ardía…

II

Todo era sombra todavía cuando Demetrio Macías co­menzó a bajar al fondo del barranco. El angosto talud de una escarpa era vereda, entre el peñascal veteado de enormes resquebrajaduras y la vertiente de centenares de metros, cortada como de un solo tajo.

Descendiendo con agilidad y rapidez, pensaba:

“Seguramente ahora sí van a dar con nuestro rastro los federales, y se nos vienen encima como perros. La fortuna es que no saben veredas, entradas ni salidas. Sólo que alguno de Moyahua anduviera con ellos de guía, porque los de Limón, Santa Rosa y demás ranchitos de la sierra son gente segura y nunca nos entregarían… En Moyahua está el cacique que me trae co­rriendo por los cerros, y éste tendría mucho gusto en verme colgado de un poste del telégrafo y con tamaña lengua de fuera…”

Y llegó al fondo del barranco cuando comenzaba a clarear el alba. Se tiró entre las piedras y se quedó dormido.

El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas; los pajarillos piaban escondidos en los pitahayos, y las chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la sole­dad de la montaña.

Demetrio despertó sobresaltado, vadeó el río y tomó la vertiente opuesta del cañón. Como hormiga arriera ascendió la crestería, crispadas las manos en las peñas y ramazones, crispadas las plantas sobre las guijas de la vereda.

Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplani­cie en un lago de oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fan­tásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de coloso; árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Yen la aridez de las peñas y de las ramas secas, albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.

Demetrio se detuvo en la cumbre; echó su diestra hacia atrás; tiró del cuerno que pendía a su espalda, lo llevó a sus labios gruesos, y por tres veces, inflando los carrillos, sopló en él. Tres silbidos contestaron la señal, más allá de la crestería frontera.

En la lejanía, de entre un cónico hacinamiento de cañas y paja podrida, salieron, unos tras otros, muchos hombres de pechos y piernas desnudos, oscuros y repulidos como viejos bronces.

Vinieron presurosos al encuentro de Demetrio. —¡Me quemaron mi casa! —respondió a las miradas interrogadoras.

Hubo imprecaciones, amenazas, insolencias. Demetrio los dejó desahogar; luego sacó de su camisa una botella, bebió un tanto, limpióla con el dorso de su mano y la pasó a su inmediato. La botella, en una vuelta de boca en boca, se quedó vacía. Los hombres se relamieron.

Si Dios nos da licencia —dijo Demetrio—, maña­na o esta misma noche les hemos de mirar la cara otra vez a los federales. ¿Qué dicen, muchachos, los deja­mos conocer estas veredas?

Los hombres semidesnudos saltaron dando grandes alaridos de alegría. Y luego redoblaron las injurias, las maldiciones y las amenazas.

—No sabemos cuántos serán ellos —observó Deme­trio, escudriñando los semblantes—. Julián Medina, en Hostotipaquillo, con media docena de pelados y con cuchillos afilados en el metate, les hizo frente a todos los cuicos y federales del pueblo, y se los echó…

—¿Qué tendrán algo los de Medina que a nosotros nos falte? —dijo uno de barba y cejas espesas y muy negras, de mirada dulzona; hombre macizo y robusto.

—Yo sólo les sé decir —agregó— que dejo de lla­marme Anastasio Montañés si mañana no soy dueño de un máuser, cartuchera, pantalones y zapatos. ¡De veras!… Mira, Codorniz, ¿voy que no me lo crees? Yo traigo media docena de plomos adentro de mi cuerpo… Ai que diga mi compadre Demetrio si no es cierto… Pero a mí me dan tanto miedo las balas, como una bo­lita de caramelo. ¿A que no me lo crees?

—¡Que viva Anastasio Montañés! —gritó el Manteca.

No —repuso aquél—; que viva Demetrio Macías, que es nuestro jefe, y que vivan Dios del cielo y María Santísima.

¡Viva Demetrio Macías! —gritaron todos.

Encendieron lumbre con zacate y leños secos, y so­bre los carbones encendidos tendieron trozos de carne fresca. Se rodearon en torno de las llamas, sentados en cuclillas, olfateando con apetito la carne que se retorcía y crepitaba en las brasas.

Cerca de ellos estaba, en montón, la piel dorada de una res, sobre la tierra húmeda de sangre. De un cor­del, entre dos huizaches, pendía la carne hecha cecina, oreándose al sol y al aire.

Bueno —dijo Demetrio—; ya ven que aparte de mi treinta-treinta, no contamos más que con veinte armas. Si son pocos, les damos hasta no dejar uno; si son mu­chos aunque sea un buen susto les hemos de sacar.

Aflojó el ceñidor de su cintura y desató un nudo, ofreciendo del contenido a sus compañeros.

¡Sal! —exclamaron con alborozo, tomando cada uno con la punta de los dedos algunos granos.

Comieron con avidez, y cuando quedaron satisfe­chos, se tiraron de barriga al sol y cantaron canciones monótonas y tristes, lanzando gritos estridentes después de cada estrofa.

III

Entre las malezas de la sierra durmieron los veinticin­co hombres de Demetrio Macías, hasta que la señal del cuerno los hizo despertar. Pancracio la daba de lo alto de un risco de la montaña.

¡Hora sí, muchachos, pónganse changos! —dijo Anastasio Montañés, reconociendo los muelles de su rifle.

Pero transcurrió una hora sin que se oyera más que el canto de las cigarras en el herbazal y el croar de las ranas en los baches.

Cuando los albores de la luna se esfumaron en la faja débilmente rosada de la aurora, se destacó la pri­mera silueta de un soldado en el filo más alto de la ve­reda. Y tras él aparecieron otros, y otros diez, y otros cien; pero todos en breve se perdían en las sombras. Asomaron los fulgores del sol, y hasta entonces pudo verse el despeñadero cubierto de gente: hombres diminutos en caballos de miniatura.

—¡Mírenlos qué bonitos! —exclamó Pancracio—. ¡Anden, muchachos, vamos a jugar con ellos!

Aquellas figuritas movedizas, ora se perdían en la espesura del chaparral, ora negreaban más abajo sobre el ocre de las peñas.

Distintamente se oían las voces de jefes y soldados. Demetrio hizo una señal: crujieron los muelles y los resortes de los fusiles.

¡Hora! —ordenó con voz apagada.

Veintiún hombres dispararon a un tiempo, y otros tantos federales cayeron de sus caballos. Los demás, sorprendidos, permanecían inmóviles, como bajorre­lieves de las peñas.

Una nueva descarga, y otros veintiún hombres rodaron de roca en roca, con el cráneo abierto.

¡Salgan, bandidos!… ¡Muertos de hambre! —¡Mueran los ladrones nixtamaleros!…

—¡Mueran los comevacas!…

Los federales gritaban a los enemigos, que, ocultos, quietos y callados, se contentaban con seguir haciendo gala de una puntería que ya los había hecho famosos.

—¡Mira, Pancracio —dijo el Meco, un individuo que

sólo en los ojos y en los dientes tenía algo de blanco—; ésta es para el que va a pasar detrás de aquel pitayo!… ¡Hijo de…! ¡Tomal… ¡En la pura calabaza! ¿Viste?… Hora pal que viene en el caballo tordillo… ¡Abajo, pelón!…

—Yo voy a darle una bañada al que va horita por el filo de la vereda… Si no llegas al río, mocho infeliz, no quedas lejos… ¿Qué tal?… ¿Lo viste?…

¡Hombre, Anastasio, no seas malo!… Emprésta­me tu carabina… ¡Ándale, un tiro nomás!…

El Manteca, la Codorniz y los demás que no tenían armas las solicitaban, pedían como una gracia supre­ma que les dejaran hacer un tiro siquiera.

—¡Asómense si son tan hombres!

—Saquen la cabeza… ¡hilachos piojosos!

De montaña a montaña los gritos se oían tan claros como de una acera a la del frente.

La Codorniz surgió de improviso, en cueros, con los calzones tendidos en actitud de torear a los federales. Entonces comenzó la lluvia de proyectiles sobre la gente de Demetrio.

¡Huy! ¡Huy! Parece que me echaron un panal de moscos en la cabeza —dijo Anastasio Montañés, ya tendido entre las rocas y sin atreverse a levantar los ojos.

—¡Codorniz, fijo de un…! ¡Hora adonde les dije! —rugió Demetrio.

Y, arrastrándose, tomaron nuevas posiciones.

Los federales comenzaron a gritar su triunfo y hacían cesar el fuego, cuando una nueva granizada de balas los desconcertó.

¡Ya llegaron más! —clamaban los soldados. Y presa de pánico, muchos volvieron grupas resueltamente, otros abandonaron las caballerías y se enca­ramaron, buscando refugio, entre las peñas. Fue preci­so que los jefes hicieran fuego sobre los fugitivos para restablecer el orden.

—A los de abajo… A los de abajo —exclamó Deme­trio, tendiendo su treinta-treinta hacia el hilo cristalino del río.

Un federal cayó en las mismas aguas, e indefectiblemente siguieron cayendo uno a uno a cada nuevo dis­paro. Pero sólo él tiraba hacia el río, y por cada uno de los que mataba, ascendían intactos diez o veinte a la otra vertiente.

—A los de abajo… A los de abajo —siguió gritando encolerizado.

Los compañeros se prestaban ahora sus armas, y haciendo blancos cruzaban sendas apuestas.

Mi cinturón de cuero si no le pego en la cabeza al del caballo prieto. Préstame tu rifle, Meco…

Veinte tiros de máuser y media vara de chorizo por que me dejes tumbar al de la potranca mora… Bueno… ¡Ahoral… ¿Viste qué salto dio?… ¡Como venado!…

¡No corran, mochos!… Vengan a conocer a su padre Demetrio Macías…

Ahora de éstos partían las injurias. Gritaba Pancra­cio, alargando su cara lampiña, inmutable como pie­dra, y gritaba el Manteca, contrayendo las cuerdas de su cuello y estirando las líneas de su rostro de ojos tor­vos de asesino.

Demetrio siguió tirando y advirtiendo del grave pe­ligro a los otros, pero éstos no repararon en su voz desesperada sino hasta que sintieron el chicoteo de las balas por uno de los flancos.

¡Ya me quemaron! —gritó Demetrio, y rechinó los dientes—. ¡Hijos de…! Y con prontitud se dejó resbalar hacia un barranco.

IV

Faltaron dos: Serapio el charamusquero y Antonio el que tocaba los platillos en la Banda de Juchipila.

A ver si se nos juntan más adelante —dijo De­metrio.

Volvían desazonados. Sólo Anastasio Montañés con­servaba la expresión dulzona de sus ojos adormilados y su rostro barbado, y Pancracio la inmutabilidad re­pulsiva de su duro perfil de prognato.

Los federales habían regresado, y Demetrio recupe­raba todos sus caballos, escondidos en la sierra.

De pronto, la Codorniz, que marchaba adelante, dio un grito: acababa de ver a los compañeros perdidos, pendientes de los brazos de un mezquite.

Eran ellos Serapio y Antonio. Los reconocieron, y Anastasio Montañés rezó entre dientes:

Padre nuestro que estás en los cielos…

Amén —rumorearon los demás, con la cabeza inclinada y el sombrero sobre el pecho.

Y apresurados tomaron el cañón de Juchipila, rumbo al norte, sin descansar hasta ya muy entrada la noche. La Codorniz no se apartaba un instante de Anastasio. Las siluetas de los ahorcados, con el cuello flácido, los brazos pendientes, rígidas las piernas, suavemente mecidos por el viento, no se borraban de su memoria. Otro día Demetrio se quejó mucho de la herida. Ya no pudo montar su caballo. Fue preciso conducirlo desde allí en una camilla improvisada con ramas de robles y haces de yerbas.

Sigue desangrándose mucho, compadre Deme­trio —dijo Anastasio Montañés. Y de un tirón arrancóse una manga de la camisa y la anudó fuertemente al muslo, arriba del balazo.

Bueno —dijo Venancio—; eso le para la sangre y le quita la dolencia.

Venancio era barbero; en su pueblo sacaba muelas y ponía cáusticos y sanguijuelas. Gozaba de cierto ascendiente porque había leído El judío errante y El sol de mayo. Le llamaban el Dotor, y él, muy pagado de su sabi­duría, era hombre de pocas palabras.

Turnándose de cuatro en cuatro, condujeron la camilla por mesetas calvas y pedregosas y por cuestas empinadísimas.

Al mediodía, cuando la calina sofocaba y se obnubi­laba la vista, con el canto incesante de las cigarras se oía el quejido acompasado y monocorde del herido.

En cada jacalito escondido entre las rocas abruptas, se detenían y descansaban.

¡Gracias a Dios! ¡Un alma compasiva y una gorda topeteada de chile y frijoles nunca faltan! —decía Anas­tasio Montañés eructando.

Y los serranos, después de estrecharles fuertemente las manos encallecidas, exclamaban:

¡Dios los bendiga! ¡Dios los ayude y los lleve por buen camino!… Ahora van ustedes; mañana correre­mos también nosotros, huyendo de la leva, persegui­dos por estos condenados del gobierno, que nos han declarado guerra a muerte a todos los pobres; que nos

roban nuestros puercos, nuestras gallinas y hasta el maicito que tenemos para comer; que queman nues­tras casas y se llevan nuestras mujeres, y que, por fin, donde dan con uno, allí lo acaban como si fuera perro del mal.

Cuando atardeció en llamaradas que tiñeron el cie­lo en vivísimos colores, pardearon unas casucas en una explanada, entre las montañas azules. Demetrio hizo que lo llevaran allí.

Eran unos cuantos pobrísimos jacales de zacate, diseminados a la orilla del río, entre pequeñas sementeras de maíz y frijol recién nacidos.

Pusieron la camilla en el suelo, y Demetrio, con dé­bil voz, pidió un trago de agua.

En las bocas oscuras de las chozas se aglomeraron chomites incoloros, pechos huesudos, cabezas desgreñadas y, detrás, ojos brillantes y carrillos frescos.

Un chico gordinflón, de piel morena y reluciente, se acercó a ver al hombre de la camilla; luego una vieja, y después todos los demás vinieron a hacerle ruedo.

Una moza muy amable trajo una jícara de agua azul. Demetrio cogió la vasija entre sus manos trémulas y bebió con avidez.

¿No quere más?

Alzó los ojos: la muchacha era de rostro muy vulgar, pero en su voz había mucha dulzura.

Se limpió con el dorso del puño el sudor que perla­ba su frente, y volviéndose de un lado, pronunció con fatiga:

¡Dios se lo pague!

Y comenzó a tiritar con tal fuerza, que sacudía las yerbas y los pies de la camilla. La fiebre lo aletargó.

—Está haciendo sereno y eso es malo pa la calentura —dijo señá Remigia, una vieja enchomitada, descalza y con una garra de manta al pecho a modo de camisa.

Y los invitó a que metieran a Demetrio en su jacal.

Pancracio, Anastasio Montañés y la Codorniz se echaron a los pies de la camilla como perros fieles, pendien­tes de la voluntad del jefe.

Los demás se dispersaron en busca de comida. Señá Remigia ofreció lo que tuvo: chile y tortillas. —Afigúrense…, tenía güevos, gallinas y hasta una chiva parida; pero estos malditos federales me limpiaron. Luego, puestas las manos en bocina, se acercó al oído de Anastasio y le dijo:

¡Afigúrense…, cargaron hasta con la muchachilla de señá Nieves!…

V

La Codorniz, sobresaltado, abrió los ojos y se incorporó. —¿Montañés, oíste?… ¡Un balazo!… Montañés… Despierta…

Le dio fuertes empellones, hasta conseguir que se removiera y dejara de roncar.

¡Con un…! ¡Ya estás moliendo!… Te digo que los muertos no se aparecen… —balbució Anastasio des­pertando a medias.

—¡Un balazo, Montañés!…

Te duermes, Codorniz, o te meto una trompada…

No, Anastasio; te digo que no es pesadilla… Ya no me he vuelto a acordar de los ahorcados. Es de veras un balazo; lo oí clarito…

¿Dices que un balazo?… A ver, daca mi máuser…

Anastasio Montañés se restregó los ojos, estiró los brazos y las piernas con mucha flojera, y se puso en pie.

Salieron del jacal. El cielo estaba cuajado de estre­llas y la luna ascendía como una fina hoz. De las casu­cas salió rumor confuso de mujeres asustadas, y se oyó el ruido de armas de los hombres que dormían afuera y despertaban también.

¡Estúpido!… ¡Me has destrozado un pie!

La voz se oyó clara y distinta en las inmediaciones.

¿Quién vive?…

El grito resonó de peña en peña, por crestones y hondonadas, hasta perderse en la lejanía y en el silen­cio de la noche.

¿Quién vive? —repitió con voz más fuerte Anasta­sio, haciendo ya correr el cerrojo de su máuser.

¡Demetrio Macías! —respondieron cerca.

¡Es Pancracio! —dijo la Codorniz regocijado. Y ya sin zozobras dejó reposar en tierra la culata de su fusil.

Pancracio conducía a un mozalbete cubierto de pol­vo, desde el fieltro americano hasta los toscos zapato­nes. Llevaba una mancha de sangre fresca en su pantalón, cerca de un pie.

¿Quién es este curro? —preguntó Anastasio.

Yo estoy de centinela, oí ruido entre las yerbas y grité: “¿Quién vive?” “Carranzo”, me respondió este vale… “¿Carranzo…? No conozco yo a ese gallo…” Y toma tu Carranzo: le metí un plomazo en una pata…

Sonriendo, Pancracio volvió su cara lampiña en soli­citud de aplausos.

Entonces habló el desconocido.

¿Quién es aquí el jefe?

Anastasio levantó la cabeza con altivez, enfrentán­dosele.

El tono del mozo bajó un tanto.

Pues yo también soy revolucionario. Los federales me cogieron de leva y entré a filas; pero en el combate de anteayer conseguí desertarme, y he venido, cami­nando a pie, en busca de ustedes.

¡Ah, es federal!… —interrumpieron muchos, mi­rándolo con pasmo.

—¡Ah, es mocho! —dijo Anastasio Montañés—. ¿Y por qué no le metiste el plomo mejor en la mera chapa?

—¡Quién sabe qué mitote trai! ¡Quesque quere ha­blar con Demetrio, que tiene que icirle quén sabe cuán­to!… Pero eso no le hace, pa todo hay tiempo como no arrebaten —respondió Pancracio, preparando su fusil.

Pero ¿qué clase de brutos son ustedes? —profirió el desconocido.

Y no pudo decir más, porque un revés de Anastasio lo volteó con la cara bañada en sangre.

—¡Fusilen a ese mocho!…

—¡Hórquenlo!…

¡Quémenlo…, es federal!…

Exaltados, gritaban, aullaban preparando ya sus i rifles.

¡Chist…, chist…, cállense!… Parece que Demetrio habla —dijo Anastasio, sosegándolos.

En efecto, Demetrio quiso informarse de lo que ocurría e hizo que le llevaran al prisionero.

¡Una infamia, mi jefe, mire usted…, mire usted! —pronunció Luis Cervantes, mostrando las manchas de sangre en su pantalón y su boca y su nariz abotagadas.

Por eso, pues, ¿quién jijos de un… es usté? —inte­rrogó Demetrio.

Me llamo Luis Cervantes, soy estudiante de medi­cina y periodista. Por haber dicho algo en favor de los revolucionarios, me persiguieron, me atraparon y fui a dar a un cuartel…

La relación que de su aventura siguió detallando en tono declamatorio causó gran hilaridad a Pancracio y al Manteca.

Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero correligionario…

¿Corre… qué? —inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.

Correligionario, mi jefe…, es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la misma causa que us­tedes defienden.

Demetrio sonrió:

¿Pos cuál causa defendemos nosotros?…

Luis Cervantes, desconcertado, no encontró qué contestar.

¡Mi’ qué cara pone!… ¿Pa qué son tantos brin­cos?… ¿Lo tronamos ya, Demeterio? —preguntó Pan­cracio, ansioso.

Demetrio llevó su mano al mechón de pelo que le cubría una oreja, se rascó largo rato, meditabundo; luego, no encontrando la solución, dijo:

Sálganse… que ya me está doliendo otra vez… Anastasio, apaga la mecha. Encierren a ése en el corral y me lo cuidan Pancracio y Manteca. Mañana veremos.

VI

Luis Cervantes no aprendía aún a discernir la forma precisa de los objetos a la vaga tonalidad de las noches estrelladas, y buscando el mejor sitio para descansar, dio con sus huesos quebrantados sobre un montón de estiércol húmedo, al pie de la masa difusa de un huiza­che. Más por agotamiento que por resignación, se ten­dió cuan largo era y cerró los ojos resueltamente, dis­puesto a dormir hasta que sus feroces vigilantes le despertaran o el sol de la mañana le quemara las ore­jas. Algo como un vago calor a su lado, luego un respi­rar rudo y fatigoso, le hicieron estremecerse; abrió los brazos en torno, y su mano trémula dio con los pelos rí­gidos de un cerdo, que, incomodado seguramente por la vecindad, gruñó.

Inútiles fueron ya todos sus esfuerzos para atraer el sueño; no por el dolor del miembro lesionado, ni por el de sus carnes magulladas, sino por la instantánea y precisa representación de su fracaso.

Sí; él no había sabido apreciar a su debido tiempo la distancia que hay de manejar el escalpelo, fulminar latrofacciosos desde las columnas de un diario provin­ciano, a venir a buscarlos con el fusil en las manos a sus propias guaridas. Sospechó su equivocación, ya dado de alta como subteniente de caballería, al rendir la primera jornada. Brutal jornada de catorce leguas, que lo dejaba con las caderas y las rodillas de una pieza, cual si todos sus huesos se hubieran soldado en uno. Aca­bólo de comprender ocho días después, al primer encuentro con los rebeldes. Juraría, la mano puesta sobre un Santo Cristo, que cuando los soldados se echaron los máuseres a la cara, alguien con estentórea voz ha­bía clamado a sus espaldas: “¡Sálvese el que pueda!” Ello tan claro así, que su mismo brioso y noble corcel, avezado a los combates, había vuelto grupas y de es­tampida no había querido detenerse sino a distancia donde ni el rumor de las balas se escuchaba. Y era ca­balmente a la puesta del sol, cuando la montaña co­menzaba a poblarse de sombras vagarosas e inquietantes, cuando las tinieblas ascendían a toda prisa de la hondonada. ¿Qué cosa más lógica podría ocurrír­sele si no la de buscar abrigo entre las rocas, darles reposo al cuerpo y al espíritu y procurarse el sueño? Pero la lógica del soldado es la lógica del absurdo. Así, por ejemplo, a la mañana siguiente su coronel lo despierta a broncos puntapiés y le saca de su escondite con la cara gruesa a mojicones. Más todavía: aquello determi­na la hilaridad de los oficiales, a tal punto que, llorando de risa, imploran a una voz el perdón para el fugitivo. Yel coronel, en vez de fusilarlo, le larga un recio puntapié en las posaderas y le envía a la impedimenta como ayudante de cocina.

La injuria gravísima habría de dar sus frutos vene­nosos. Luis Cervantes cambia de chaqueta desde luego, aunque sólo in mente por el instante. Los dolores y las miserias de los desheredados alcanzan a conmoverlo; su causa es la causa sublime del pueblo subyugado que clama justicia, sólo justicia. Intima con el humilde soldado y, ¡qué más!, una acémila muerta de fatiga en una tormentosa jornada le hace derramar lágrimas de compasión.

Luis Cervantes, pues, se hizo acreedor a la confianza de la tropa. Hubo soldados que le hicieron confidencias temerarias. Uno, muy serio, y que se distinguía por su temperancia y retraimiento, le dijo: “Yo soy car­pintero; tenía mi madre, una viejita clavada en su si­lla por el reumatismo desde hacía diez años. A medianoche me sacaron de mi casa tres gendarmes; amanecí en el cuartel y anochecí a doce leguas de mi pueblo… Hace un mes pasé por allí con la tropa… ¡Mi madre estaba ya debajo de la tierral… No tenía más consuelo en esta vida… Ahora no le hago falta a nadie. Pero, por mi Dios que está en los cielos, estos cartuchos que aquí me cargan no han de ser para los enemigos… Y si se me hace el milagro (mi Madre Santísima de Guada­lupe me lo ha de conceder), si me le junto a Villa…, juro por la sagrada alma de mi madre que me la han de pagar estos federales”.

Otro, joven, muy inteligente, pero charlatán hasta por los codos, dipsómano y fumador de marihuana, lo llamó aparte y, mirándolo a la cara fijamente con sus ojos vagos y vidriosos, le sopló al oído: “Compadre…, aquéllos…, los de allá del otro lado…, ¿comprendes?…, aquéllos cabalgan lo más granado de las caba­llerizas del Norte y del interior, las guarniciones de sus caballos pesan de pura plata… Nosotros, ¡pst!…, en sardinas buenas para alzar cubos de noria…, ¿com­prendes, compadre? Aquéllos reciben relucientes pe­sos fuertes; nosotros, billetes de celuloide de la fábrica del asesino… Dije…”

Y así todos, hasta un sargento segundo contó inge­nuamente: “Yo soy voluntario, pero me he tirado una plancha. Lo que en tiempos de paz no se hace en toda una vida de trabajar como una mula, hoy se puede hacer en unos cuantos meses de correr la sierra con un fusil a la espalda. Pero no con éstos `mano’…, no con éstos…”

Y Luis Cervantes, que compartía ya con la tropa aquel odio solapado, implacable y mortal a las clases, oficiales y a todos los superiores, sintió que de sus ojos caía hasta la última telaraña y vio claro el resultado fi­nal de la lucha.

—¡Mas he aquí que hoy, al llegar apenas con sus correligionarios, en vez de recibirle con los brazos abier­tos lo encapillan en una zahúrda!

Fue de día: los gallos cantaron en los jacales; las galli­nas trepadas en las ramas del huizache del corral se removieron, abrían las alas y esponjaban las plumas y en un solo salto se ponían en el suelo.

Contempló a sus centinelas tirados en el estiércol y roncando. En su imaginación revivieron las fisonomías de los dos hombres de la víspera. Uno, Pancracio, agüe­rado, pecoso, su cara lampiña, su barba saltona, la fren­te roma y oblicua, untadas las orejas al cráneo y todo de un aspecto bestial. Yel otro, el Manteca, una piltrafa humana: ojos escondidos, mirada torva, cabellos muy lacios cayéndole a la nuca, sobre la frente y las orejas; sus labios de escrofuloso entreabiertos eternamente.

Y sintió una vez más que su carne se achinaba.

VII

Adormilado aún, Demetrio paseó la mano sobre los crespos mechones que cubrían su frente húmeda, apar­tados hacia una oreja, y abrió los ojos.

Distinta oyó la voz femenina y melodiosa que en sueños había escuchado ya, y se volvió a la puerta.

Era de día: los rayos del sol dardeaban entre los po­potes del jacal. La misma moza que la víspera le había ofrecido un apastito de agua deliciosamente fría (sus sueños de toda la noche), ahora, igual de dulce y cari­ñosa, entraba con una olla de leche desparramándose de espuma.

—Es de cabra, pero está regüena… Andele, nomás aprébela…

Agradecido, sonrió Demetrio, se incorporó y, tomando la vasija de barro, comenzó a dar pequeños sorbos, sin quitar los ojos de la muchacha.

Ella, inquieta, bajó los suyos.

—¿Cómo te llamas?

Camila.

—Me cuadra el nombre, pero más la tonadita…

Camila se cubrió de rubor, y como él intentara asirla por un puño, asustada, tomó la vasija vacía y se esca­pó más que de prisa.

No, compadre Demetrio —observó gravemente Anastasio Montañés—; hay que amansarlas primero… ¡Hui”, pa las lepras que me han dejado en el cuerpo las mujeres!… Yo tengo mucha experencia en eso…

Me siento bien, compadre —dijo Demetrio ha­ciéndose el sordo—; parece que me dieron fríos; sudé mucho y amanecí muy refrescado. Lo que me está fre­gando todavía es la maldita herida. Llame a Venancio para que me cure.

¿Y qué hacemos, pues, con el curro que agarré anoche? —preguntó Pancracio.

—¡Cabal, hombre!… ¡No me había vuelto a acor­dar!…

Demetrio, como siempre, pensó y vaciló mucho antes de tomar una decisión.

—A ver, Codorniz, ven acá. Mira, pregunta por una capilla que hay como a tres leguas de aquí. Anda y ró­bale la sotana al cura.

Pero ¿qué va a hacer, compadre? —preguntó Anastasio pasmado.

Si este curro viene a asesinarme, es muy fácil sa­carle la verdad. Yo le digo que lo voy a fusilar. La Codorniz se viste de padre y lo confiesa. Si tiene pecado, lo trueno: si no, lo dejo libre.

¡Hum, cuánto requisito!… Yo lo quemaba y ya —exclamó Pancracio despectivo.

Por la noche regresó la Codorniz con la sotana del cura. Demetrio hizo que le llevaran el prisionero.

Luis Cervantes, sin dormir ni comer en dos días, entraba con el rostro demacrado y ojeroso, los labios descoloridos y secos.

Habló con lentitud y torpeza.

—Hagan de mí lo que quieran… Seguramente que me equivoqué con ustedes…

Hubo un prolongado silencio. Después:

—Creí que ustedes aceptarían con gusto al que vie­ne a ofrecerles ayuda, pobre ayuda la mía, pero que sólo a ustedes mismos beneficia… ¿Yo qué me gano con que la revolución triunfe o no?

Poco a poco iba animándose, y la languidez de su mirada desaparecía por instantes.

—La revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convier­te en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los po­bres…

—¡Bah!…, ¿y eso es como a modo de qué?… ¡Cuando ni a mí me cuadran los sermones! —interrumpió Pancracio.

Yo he querido pelear por la causa santa de los desventurados… Pero ustedes no me entienden…, us­tedes me rechazan… ¡Hagan conmigo, pues, lo que gusten!

Por lo pronto nomás te pongo esta reata en el gaznate… ¡Mi’ qué rechonchito y qué blanco lo tienes!

—Sí, ya sé a lo que viene usted —repuso Demetrio con desabrimiento, rascándose la cabeza—. Lo voy a fusilar, ¿eh?…

Luego, volviéndose a Anastasio:

Llévenselo…, y si quiere confesarse, tráiganle un padre…

Anastasio, impasible como siempre, tomó con suavi­dad el brazo de Cervantes.

—Véngase pa acá, curro…

Cuando después de algunos minutos vino la Codor­niz ensotanado, todos rieron a echar las tripas.

¡Hum, este curro es repicolargo! —exclamó—. Hasta se me figura que se rió de mí cuando comencé a hacerle preguntas.

—Pero ¿no cantó nada?

No dijo más que lo de anoche…

Me late que no viene a eso que usté teme, compa­dre —notó Anastasio.

Bueno, pues denle de comer y ténganlo a una vista.

VIII

Luis Cervantes, otro día, apenas pudo levantarse. Arras­trando el miembro lesionado vagó de casa en casa bus­cando un poco de alcohol, agua hervida y pedazos de ropa usada. Camila, con su amabilidad incansable, se lo proporcionó todo.

Luego que comenzó a lavarse, ella se sentó a su lado, a ver curar la herida, con curiosidad de serrana.

—¡Oiga, ¿y quién lo insirió a curar?… ¿Y pa qué jir­vió la agua?… ¿Y los trapos, pa qué los coció?… ¡Mire, mire, cuánta curiosidá pa todo!… ¿Yeso que se echó en las manos?… ¡Pior!… ¿Aguardiente de veras?… ¡Ande, pos si yo creiba que el aguardiente nomás pal cólico era güeno!… ¡Ah!… ¿De moo es que usté iba a ser dotor?… Ja, ja, jal… ¡Cosa de morirse uno de ri­sal… ¿Y por qué no le regüelve mejor agua fría?… ¡Mi’ qué cuentos!… ¡Quesque animales en la agua sin jer­vir!… ¡Fuchi!… ¡Pos cuando ni yo miro nadal…

Camila siguió interrogándole, y con tanta familiari­dad, que de buenas a primeras comenzó a tutearlo.

Retraído a su propio pensamiento, Luis Cervantes no la escuchaba más.

“¿En dónde están esos hombres admirablemente armados y montados, que reciben sus haberes en puros pesos duros de los que Villa está acuñando en Chihuahua? ¡Bah! Una veintena de encuerados y piojosos, habiendo quien cabalgara en una yegua decrépita, matadura de la cruz a la cola. ¿Sería verdad lo que la prensa del gobierno y él mismo habían asegurado, que los llamados revolucionarios no eran sino bandidos agrupados ahora con un magnífico pretexto para saciar su sed de oro y de sangre? ¿Sería, pues, todo men­tira lo que de ellos contaban los simpatizadores de la revolución? Pero si los periódicos gritaban todavía en todos los tonos triunfos y más triunfos de la federa­ción, un pagador recién llegado de Guadalajara había dejado escapar la especie de que los parientes y favo­ritos de Huerta abandonaban la capital rumbo a los puertos, por más que éste seguía aúlla que aúlla: `Haré la paz cueste lo que cueste’. Por tanto, revolucionarios, bandidos o como quisiera llamárseles, ellos iban a de­rrocar al gobierno; el mañana les pertenecía; había que estar, pues, con ellos, sólo con ellos.”

—No, lo que es ahora no me he equivocado —se dijo para sí, casi en voz alta.

¿Qué estás diciendo? —preguntó Camila—; pos si yo creiba ya que los ratones te habían comido la lengua.

Luis Cervantes plegó las cejas y miró con aire hostil aquella especie de mono enchomitado, de tez broncí­nea, dientes de marfil, pies anchos y chatos.

—¿Oye, curro, y tú has de saber contar cuentos? Luis hizo un gesto de aspereza y se alejó sin contes­tarla.

Ella, embelesada, le siguió con los ojos hasta que su silueta desapareció por la vereda del arroyo.

Tan abstraída así, que se estremeció vivamente a la voz de su vecina, la tuerta María Antonia, que, fisgoneando desde su jacal, le gritó:

—¡Epa, tú!… dale los polvos de amor… A ver si ansina cal…

¡Pior!… Ésa será usté…

¡Si yo quijieral… Pero, ¡fuche!, les tengo asco a los curros…

—Señá Remigia, emprésteme unos blanquillos, mi ga­llina amaneció echada. Allí tengo unos siñores que queren almorzar.

Por el cambio de la viva luz del sol a la penumbra del jacalucho, más turbia todavía por la densa huma­reda que se alzaba del fogón, los ojos de la vecina se ensancharon. Pero al cabo de breves segundos comen­zó a percibir distintamente el contorno de los objetos y la camilla del herido en un rincón, tocando por su ca­becera el cobertizo tiznado y brilloso.

Se acurrucó en cuclillas al lado de señá Remigia y echando miradas furtivas adonde reposaba Demetrio, preguntó en voz baja:

¿Cómo va el hombre?… ¿Aliviado?… ¡Qué güe­no!… ¡Mire, y tan muchacho!… Pero en toavía está retedescolorido… ¡Ah!… ¿De moo es que no le cierra el balazo?… Oiga, señá Remigia, ¿no quere que le hagamos alguna lucha?

Señá Remigia, desnuda arriba de la cintura, tiende sus brazos tendinosos y enjutos sobre la mano del metate y pasa y repasa su nixtamal.

—Pos quién sabe si no les cuadre —responde sin in­terrumpir la ruda tarea y casi sofocada—; ellos train su dotor y por eso…

Señá Remigia —entra otra vecina doblando su flaco espinazo para franquear la puerta—, ¿no tiene unas hojitas de laurel que me dé pa hacerle un coci­miento a María Antonia?… Amaneció con el cólico…

Y como, a la verdad, sólo lleva pretexto para curio­sear y chismorrear, vuelve los ojos hacia el rincón

donde está el enfermo y con un guiño inquiere por su salud.

Señá Remigia baja los ojos para indicar que Deme­trio está durmiendo…

Ande, pos si aquí está usté también, señá Pachi­ta…, no la había visto…

Güenos días le dé Dios, ña Fortunata… ¿Cómo amanecieron?

—Pos María Antonia con su “superior”… y, como siempre, con el cólico…

En cuclillas, pónese cuadril a cuadril con señá Pachita.

—No tengo hojas de laurel, mi alma —responde señá Remigia suspendiendo un instante la molienda; aparta de su rostro goteante algunos cabellos que caen sobre sus ojos y hunde luego las dos manos en un apaste, sacando un gran puñado de maíz cocido que chorrea una agua amarillenta y turbia—. Yo no tengo; pero vaya con señá Dolores: a ella no le faltan nunca yerbitas.

—Na Dolores dende anoche se jue pa la cofradía. A sigún razón vinieron por ella pa que juera a sacar de su cuidado a la muchachilla de tía Matías.

¡Ande, señá Pachita, no me lo digal…

Las tres viejas forman animado corro y, hablando en voz muy baja, se ponen a chismorrear con vivísima animación.

¡Cierto como haber Dios en los cielos!…

¡Ah, pos si yo jui la primera que lo dije: “Marceli­na está gorda y está gorda”! Pero naiden me lo quería creer…

Pos pobre criatura… ¡Y pior si va resultando con que es de su tío Nazario!…

—¡Dios la favorezcal…

—¡No, qué tío Nazario ni qué ojo de hachal… ¡Mal ajo pa los federales condenados!…

¡Bah, pos aistá otra enfelizada más!…

El barullo de las comadres acabó por despenar a Derríetrio.

Asilenciáronse un momento, y a poco dijo señá Pachita, sacando del seno un palomo tierno que abría el pico casi sofocado ya:

Pos la mera verdá, yo le traiba al siñor estas sustancias…, pero sigún razón está en manos de mé­dico…

Eso no le hace, señá Pachita…; es cosa que va por juera…

—Siñor, dispense la parvedá…; aquí le traigo este presente —dijo la vejarruca acercándose a Demetrio—. Pa las morragias de sangre no hay como estas sustan­cias…

Demetrio aprobó vivamente. Ya le habían puesto en el estómago unas piezas de pan mojado en aguardien­te, y aunque cuando se las despegaron le vaporizó mu­cho el ombligo, sentía que aún le quedaba mucho ca­lor encerrado.

Ande, usté que sabe bien, señá Remigia —excla­maron las vecinas.

De un otate desensartó señá Remigia una larga y encorvada cuchilla que servía para apear tunas; tomó el pichón en una sola mano y, volviéndolo por el vientre, con habilidad de cirujano lo partió por la mitad de un solo tajo.

—¡En el nombre de Jesús, María y José! —dijo señá Remigia echando una bendición. Luego, con rapidez,

aplicó calientes y chorreando los dos pedazos del palo­mo sobre el abdomen de Demetrio.

—Ya verá cómo va a sentir mucho consuelo…

Obedeciendo las instrucciones de señá Remigia, De­metrio se inmovilizó encogiéndose sobre un costado.

Entonces señá Fortunata contó su cuita. Ella le te­nía muy buena voluntad a los señores de la revolución. Hacía tres meses que los federales le robaron su única hija, y eso la tenía inconsolable y fuera de sí.

Al principio de la relación, la Codorniz y Anastasio Montañés, atejonados al pie de la camilla, levantaban la cabeza y, entreabierta la boca, escuchaban el relato; pero en tantas minucias se metió señá Fortunata, que a la mitad la Codorniz se aburrió y salió a rascarse al sol, y cuando terminaba solemnemente: “Espero de Dios y María Santísima que ustedes no han de dejar vivo a uno de estos federales del infierno”, Demetrio, vuelta la cara a la pared, sintiendo mucho consuelo con las sustancias en el estómago, repasaba un itinerario para internarse en Durango, y Anastasio Montañés roncaba como un trombón.

X

—¿Por qué no llama al curro pa que lo cure, compa­dre Demetrio? —dijo Anastasio Montañés al jefe, que a diario sufría grandes calosfríos y calenturas—. Si vie­ra, él se cura solo y anda ya tan aliviado que ni cojea siquiera.

Pero Venancio, que tenía dispuestos los botes de manteca y las planchuelas de hilas mugrientas, protestó:

Si alguien le pone mano, yo no respondo de las resultas.

Oye, compa, ¡pero qué dotor ni qué naa eres tú!… ¿Voy que ya hasta se te olvidó por qué viniste a dar aquí? —dijo la Codorniz.

Sí, ya me acuerdo, Codorniz, de que andas con nosotros porque te robaste un reloj y unos anillos de brillantes —repuso muy exaltado Venancio.

La Codorniz lanzó una carcajada.

¡Siquieral… Pior que tú corriste de tu pueblo porque envenenaste a tu novia.

¡Mientes!…

Sí; le diste cantáridas pa…

Los gritos de protesta de Venancio se ahogaron en­tre las carcajadas estrepitosas de los demás.

Demetrio, avinagrado el semblante, les hizo callar; luego comenzó a quejarse, y dijo:

—A ver, traigan, pues, al estudiante.

Vino Luis Cervantes, descubrió la pierna, examinó detenidamente la herida y meneó la cabeza. La ligadu­ra de manta se hundía en un surco de piel; la pierna, abotagada, parecía reventar. A cada movimiento, De­metrio ahogaba un gemido. Luis Cervantes cortó la ligadura, lavó abundantemente la herida, cubrió el muslo con grandes lienzos húmedos y lo vendó.

Demetrio pudo dormir toda la tarde y toda la noche. Otro día despertó muy contento.

—Tiene la mano muy liviana el curro —dijo. Venancio, pronto, observó:

Está bueno; pero hay que saber que los curros son como la humedad, por dondequiera se filtran. Por los curros se ha perdido el fruto de las revoluciones.

Y como Demetrio creía a ojo cerrado en la ciencia del barbero, otro día, a la hora que Luis Cervantes lo fue a curar, le dijo:

—Oiga, hágalo bien pa que cuando me deje bueno y sano se largue ya a su casa o adonde le dé su gana.

Luis Cervantes, discreto, no respondió una palabra.

Pasó una semana, quince días; los federales no daban señales de vida. Por otra parte, el fijol y el maíz abunda­ban en los ranchos inmediatos; la gente tal odio tenía a los federales, que de buen grado proporcionaban auxi­lio a los rebeldes. Los de Demetrio, pues, esperaron sin impaciencia el completo restablecimiento de su jefe.

Durante muchos días, Luis Cervantes continuó mus­tio y silencioso.

—¡Qué se me hace que usté está enamorado, curro! —le dijo Demetrio, bromista, un día, después de la curación y comenzando a encariñarse con él.

Poco a poco fue tomando interés por sus comodida­des. Le preguntó si los soldados le daban su ración de carne y leche. Luis Cervantes tuvo que decir que se ali­mentaba sólo con lo que las buenas viejas del rancho querían darle y que la gente le seguía mirando como a un desconocido o a un intruso.

—Todos son buenos muchachos, curro —repuso Demetrio—; todo está en saberles el modo. Desde ma­ñana no le faltará nada. Ya verá.

En efecto, esa misma tarde las cosas comenzaron a cambiar. Tirados en el pedregal, mirando las nubes crepusculares como gigantescos cuajarones de sangre, escuchaban algunos de los hombres de Macías la rela­ción que hacía Venancio de amenos episodios de El judío errante. Muchos, arrullados por la meliflua voz del barbero comenzaron a roncar; pero Luis Cervantes, muy atento, luego que acabó su plática con extraños comen­tarios anticlericales, le dijo enfático:

¡Admirable! ¡Tiene usted un bellísimo talento!

No lo tengo malo —repuso Venancio convenci­do—; pero mis padres murieron y yo no pude hacer carrera.

Es lo de menos. Al triunfo de nuestra causa, usted obtendrá fácilmente un título. Dos o tres semanas de concurrir a los hospitales, una buena recomendación de nuestro jefe Macías…, y usted, doctor… ¡Tiene tal facilidad, que todo sería un juego!

Desde esa noche, Venancio se distinguió de los demás dejando de llamarle curro. Luisito por aquí y Lui­sito por allí.

XI

—Oye, curro, yo quería icirte una cosa… —dijo Camila una mañana, a la hora que Luis Cervantes iba por agua hervida al jacal para curar su pie.

La muchacha andaba inquieta de días atrás, y sus melindres y reticencias habían acabado por fastidiar al mozo, que, suspendiendo de pronto su tarea, se puso en pie y, mirándola cara a cara, le respondió:

Bueno… ¿Qué cosa quieres decirme?

Camila sintió entonces la lengua hecha un trapo y nada pudo pronunciar; su rostro se encendió como un madroño, alzó los hombros y encogió la cabeza hasta tocarse el desnudo pecho. Después, sin moverse y fijando, con obstinación de idiota, sus ojos en la herida, pronunció con debilísima voz:

—¡Mira qué bonito viene encarnando yal… Parece botón de rosa de Castilla.

Luis Cervantes plegó el ceño con enojo manifiesto y se puso de nuevo a curarse sin hacer más caso de ella.

Cuando terminó, Camila había desaparecido.

Durante tres días no resultó la muchacha en parte alguna. Señá Agapita, su madre, era la que acudía ál llamado de Luis Cervantes y era la que le hervía el agua y los lienzos. El buen cuidado tuvo de no preguntar más. Pero a los tres días ahí estaba de nuevo Camila con más rodeos y melindres que antes.

Luis Cervantes, distraído, con su indiferencia enva­lentonó a Camila, que habló al fin:

—Oye, curro… Yo quería icirte una cosa… Oye, curro; yo quiero que me repases La Adelita… pa… ¿A que no me adivinas pa qué?… Pos pa cantarla mu­cho, mucho, cuando ustedes se vayan, cuando ya no estés tú aquí…, cuando andes ya tan lejos, lejos…, que ni más te acuerdes de mí…

Sus palabras hacían en Luis Cervantes el efecto de una punta de acero resbalando por las paredes de una redoma.

Ella no lo advertía, y prosiguió tan ingenua como antes:

i —¡Anda, curro, ni te cuento!… Si vieras qué malo es el viejo que los manda a ustedes… Ai tienes nomás lo que me sucedió con él… Ya sabes que no quere el tal Demetrio que naiden le haga la comida más que mi mamá y que naiden se la lleve más que yo… Güeno; pos Potro día entré con el champurrao, y ¿qué te parece que hizo el viejo e porra? Pos que me pepena de la mano y me la agarra juerte, fuerte; luego comienza a

d

dpellizcarme las corvas… ¡Ah, pero qué pliegue tan güeno le he echao!… “¡Epa, pior!… ¡Estése quieto!… ¡Pior, viejo malcriado!… ¡Suélteme…, suélteme, viejo sinvergüenza!” Y que me doy el reculón y me le zafo, y que ai voy pa juera a toa carrera… ¿Qué te parece nomás, curro?

Jamás había visto reír con tanto regocijo Camila a Luis Cervantes.

Pero ¿de veras es cierto todo lo que me estás con­tando?

Profundamente desconcertada, Camila no podía responderle. Él volvió a reír estrepitosamente y a repe­tir su pregunta. Y ella, sintiendo la inquietud y la zozo­bra más grandes, le respondió con voz quebrantada:

Sí, es cierto… Y eso es lo que yo te quería icir… ¿Qué no te ha dao coraje por eso, curro?

Una vez más Camila contempló con embeleso el fresco y radioso rostro de Luis Cervantes, aquellos ojos glaucos de tierna expresión, sus carrillos frescos y rosados como los de un muñeco de porcelana, la tersura de una piel blanca y delicada que asomaba abajo del cue­llo, y más arriba de las mangas de una tosca camiseta de lana, el rubio tierno de sus cabellos, rizados ligeramente.

Pero ¿qué diablos estás esperando, pues, boba? Si el jefe te quiere, ¿tú qué más pretendes?…

Camila sintió que de su pecho algo se levantaba, algo que llegaba hasta su garganta y en su garganta se anudaba. Apretó fuertemente sus párpados para expri­mir sus ojos rasos; luego limpió con el dorso de su ma­no la humedad de los carrillos y, como hacía tres días, con la ligereza del cervatillo, escapó.

XII

La herida de Demetrio había cicatrizado ya. Comenza­ban a discutir los proyectos para acercarse al Norte, donde se decía que los revolucionarios habían triun­fado en toda línea de los federales. Un acontecimiento vino a precipitar las cosas. Una vez Luis Cervantes, sen­tado en un picacho de la sierra, al fresco de la tarde, la mirada perdida a lo lejos, soñando, mataba el fastidio. Al pie del angosto crestón, alagartados entre los jarales y a orillas del río, Pancracio y el Manteca jugaban bara­ja. Anastasio Montañés, que veía el juego con indife­rencia, volvió de pronto su rostro de negra barba y dul­ces ojos hacia Luis Cervantes y le dijo:

¿Por qué está triste, curro? ¿Qué piensa tanto? Venga, arrímese a platicar…

Luis Cervantes no se movió; pero Anastasio fue a sentarse amistosamente a su lado.

A usté le falta la bulla de su tierra. Bien se echa de ver que es de zapato pintado y moñito en la cami­sa… Mire, curro: ai donde me ve aquí, todo mugriento y desgarrado, no soy lo que parezco… ¿A que no me lo cree?… Yo no tengo necesidad; soy dueño de diez yun­tas de bueyes… ¡De veras!… Ai que lo diga mi compa­dre Demetrio… Tengo mis diez fanegas de siembra… ¿A que no me lo cree?… Mire, curro; a mí me cuadra mucho hacer repelar a los federales, y por eso me tie­nen mala voluntad. La última vez, hace ocho meses ya (los mismos que tengo de andar aquí), le metí un na­vajazo a un capitancito faceto (Dios me guarde), aquí, merito del ombligo… Pero, de veras, yo no tengo ne­cesidad… Ando aquí por eso… y por darle la mano a mi compadre Demetrio.

¡Moza de mi vida! —gritó el Manteca entusiasmado con un albur. Sobre la sota de espadas puso una mo­neda de veinte centavos de plata.

¡Cómo cree que a mí nadita que me cuadra el juego, curro!… ¿Quiere usté apostar?… ¡ándele, mire; esta viborita de cuero suena todavía! —dijo Anastasio sacudiendo el cinturón y haciendo oír el choque de los pesos duros.

En éstas corrió Pancracio la baraja, vino la sota y se armó un altercado. Jácara, gritos, luego injurias. Pan­cracio enfrentaba su rostro de piedra ante el del Man­teca, que lo veía con ojos de culebra, convulso como un epiléptico. De un momento a otro llegaban a las ma­nos. A falta de insolencias suficientemente incisivas, acudían a nombrar padres y madres en el bordado más rico de indecencias.

Pero nada ocurrió; luego que se agotaron los insul­tos, suspendióse el juego, se echaron tranquilamente un brazo a la espalda y paso a paso se alejaron en busca de un trago de aguardiente.

—Tampoco a mí me gusta pelear con la lengua. Eso es feo, ¿verdad, curro?… De veras, mire, a mí nadien me ha mentao a mi familia… Me gusta darme mi lu­gar. Por eso me verá que nunca ando chacoteando… Oiga, curro —prosiguió Anastasio, cambiando el acen­to de su voz, poniéndose una mano sobre la frente y de pie—, ¿qué polvareda se levanta allá, detrás de aquel cerrito? ¡Caramba! ¡A poco son los mochos!… ¡Y uno tan desprevenido!… Véngase, curro; vamos a darles parte a los muchachos.

Fue motivo de gran regocijo:

¡Vamos a toparlos! —dijo Pancracio el primero.

—Sí, vamos a toparlos. ¡Qué pueden traer que no lleven!…

Pero el enemigo se redujo a un hatajo de burros y dos arrieros.

Párenlos. Son arribeños y han de traer algunas novedades —dijo Demetrio.

Y las tuvieron de sensación. Los federales tenían fortificados los cerros de El Grillo y La Bufa de Zacate­cas. Decíase que era el último reducto de Huerta, y todo el mundo auguraba la caída de la plaza.. Las familias salían con precipitación rumbo al sur; los trenes iban colmados de gente; faltaban carruajes y carretones, y por los caminos reales, muchos, sobrecogidos de páni­co, marchaban a pie y con sus equipajes a cuestas. Pán­filo Natera reunía su gente en Fresnillo, y a los federales “ya les venían muy anchos los pantalones”.

La caída de Zacatecas es el Requiescat in pace de Huerta —aseguró Luis Cervantes con extraordinaria vehemencia—. Necesitamos llegar antes del ataque a juntarnos con el general Natera.

Y reparando en el extrañamiento que sus palabras causaban en los semblantes de Demetrio y sus compañeros, se dio cuenta de que aún era un don nadie allí.

Pero otro día, cuando la gente salió en busca de buenas bestias para emprender de nuevo la marcha, Demetrio llamó a Luis Cervantes y le dijo:

—¿De veras quiere irse con nosotros, curro?… Usté es de otra madera, y la verdá, no entiendo cómo pueda gustarle esta vida. ¿Qué cree que uno anda aquí por su puro gusto?… Cierto, ¿a qué negarlo?, a uno le cuadra el ruido; pero no sólo es eso… Siéntese, curro, siéntese, para contarle. ¿Sabe por qué me levanté?… Mire, antes

de la revolución tenía yo hasta mi tierra volteada para sembrar, y si no hubiera sido por el choque con don Mónico, el cacique de Moyahua, a estas horas andaría yo con mucha priesa, preparando la yunta para las siembras… Pancracio, apéate dos botellas de cerveza, una para mí y otra para el curro… Por la señal de la Santa Cruz… ¿Ya no hace daño, verdad?…

XIII

—Yo soy de Limón, allí, muy cerca de Moyahua, del puro cañón de Juchipila. Tenía mi casa, mis vacas y un pedazo de tierra para sembrar; es decir, que nada me faltaba. Pues, señor, nosotros los rancheros tenemos la costumbre de bajar al lugar cada ocho días. Oye uno su misa, oye el sermón, luego va a la plaza, compra sus cebollas, sus jitomates y todas las encomiendas. Después entra uno con los amigos a la tienda de Primitivo López a hacer las once. Se toma la copita; a veces es uno condescendiente y se deja cargar la mano, y se le sube el trago, y le da mucho gusto, y ríe uno, grita y canta, si le da su mucha gana. Todo está bueno, porque no se ofende a nadie. Pero que comienzan a meterse con usté; que el policía pasa y pasa, arrima la oreja a la puerta; que al comisario o a los auxiliares se les ocurre quitarle a usté su gusto… ¡Claro, hombre, usté no tie­ne la sangre de horchata, usté lleva el alma en el cuer­po, a usté le da coraje, y se levanta y les dice su justo precio! Si entendieron, santo y bueno; a uno lo dejan en paz, y en eso paró todo. Pero hay veces que quieren hablar ronco y golpeado… y uno es lebroncito de por sí… y no le cuadra que nadie le pele los ojos… Y, sí señor; sale la daga, sale la pistola… ¡Y luego vamos a correr la sierra hasta que se les olvida el difuntito!

“Bueno. ¿Qué pasó con don Mónico? ¡Faceto! Mu­chísimo menos que con los otros. ¡Ni siquiera vio correr el gallo!… Una escupida en las barbas por entrome­tido, y pare usté de contar… Pues con eso ha habido para que me eche encima a la federación. Usté ha de saber del chisme ése de México, donde mataron al señor Madero y a otro, a un tal Félix o Felipe Díaz, ¡qué sé yo!… Bueno: pues el dicho don Mónico fue en perso­na a Zacatecas a traer escolta para que me agarraran. Que diz que yo era maderista y que me iba a levantar. Pero como no faltan amigos, hubo quien me lo avisara a tiempo, y cuando los federales vinieron a Limón, yo ya me había pelado. Después vino mi compadre Anastasio, que hizo una muerte, y luego Pancracio, la Codorniz y muchos amigos y conocidos. Después se nos han ido jun­tando más, y ya ve: hacemos la lucha como podemos.”

—Mi jefe —dijo Luis Cervantes después de algunos minutos de silencio y meditación—, usted sabe ya que aquí cerca, en Juchipila, tenemos gente de Natera; nos conviene ir a juntarnos con ellos antes de que tomen Zacatecas. Nos presentamos con el general…

—No tengo genio para eso… A mí no me cuadra rendirle a nadie.

—Pero usted, sólo con unos cuantos hombres por acá, no dejará de pasar por un cabecilla sin importan­cia. La revolución gana indefectiblemente; luego que se acabe le dicen, como les dijo Madero a los que le ayu­daron: “Amigos, muchas gracias; ahora vuélvanse a sus casas…”

No quiero yo otra cosa, sino que me dejen en paz para volver a mi casa.

Allá voy… No he terminado: “Ustedes, que me levantaron hasta la Presidencia de la República, arries­gando su vida, con peligro inminente de dejar viudas y huérfanos en la miseria, ahora que he conseguido mi objeto, váyanse a coger el azadón y la pala, a medio vi­vir, siempre con hambre y sin vestir, como estaban an­tes, mientras que nosotros, los de arriba, hacemos unos cuantos millones de pesos.”

Demetrio meneó la cabeza y sonriendo se rascó:

¡Luisito ha dicho una verdad como un templo! —exclamó con entusiasmo el barbero Venancio.

Como decía —prosiguió Luis Cervantes—, se acaba la revolución, y se acabó todo. ¡Lástima de tanta vida segada, de tantas viudas y huérfanos, de tanta sangre ver­tida! Todo, ¿para qué? Para que unos cuantos bribones se enriquezcan y todo quede igual o peor que antes. Us­ted es desprendido, y dice: “Yo no ambiciono más que volver a mi tierra”. Pero ¿es de justicia privar a su mujer y a sus hijos de la fortuna que la Divina Providencia le pone ahora en sus manos? ¿Será justo abandonar a la pa­tria en estos momentos solemnes en que va a necesitar de toda la abnegación de sus hijos los humildes para que la salven, para que no la dejen caer de nuevo en manos de sus eternos detentadores y verdugos, los caciques?… ¡No hay que olvidarse de lo más sagrado que existe en el mundo para el hombre: la familia y la patrial…

Macías sonrió y sus ojos brillaron.

¿Qué, será bueno ir con Natera, curro?

No sólo bueno —pronunció insinuante Venan­cio—, sino indispensable, Demetrio.

—Mi jefe —continuó Cervantes—, usted me ha sim­patizado desde que lo conocí, y lo quiero cada vez más, porque sé todo lo que vale. Permítame que sea ente­ramente franco. Usted no comprende todavía su verdadera, su alta y nobilísima misión. Usted, hombre modesto y sin ambiciones, no quiere ver el importan­tísimo papel que le toca en esta revolución. Mentira que usted ande por aquí por don Mónico, el cacique; usted se ha levantado contra el caciquismo que asola toda la nación. Somos elementos de un gran movimien­to social que tiene que concluir por el engrandeci­miento de nuestra patria. Somos instrumentos del des-tino para la reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un asesino mise­rable, sino contra la tiranía misma. Eso es lo que se lla­ma luchar por principios, tener ideales. Por ellos luchan Villa, Natera, Carranza; por ellos estamos luchando nosotros.

Sí, sí; cabalmente lo que yo he pensado —dijo Venancio entusiasmadísimo.

Pancracio, apéate otras dos cervezas…

XIV

—Si vieras qué bien explica las cosas el curro, compa­dre Anastasio —dijo Demetrio, preocupado por lo que esa mañana había podido sacar en claro de las pala­bras de Luis Cervantes.

Ya lo estuve oyendo —respondió Anastasio—. La verdad, es gente que, como sabe leer y escribir, entien­de bien las cosas. Pero lo que a mí no se me alcanza, compadre, es eso de que usted vaya a presentarse con el señor Natera con tan poquitos que semos.

—¡Hum, es lo de menos! Desde hoy vamos a hacerlo ya de otro modo. He oído decir que Crispín Robles lle­ga a todos los pueblos sacando cuantas armas y caba­llos encuentra; echa fuera de la cárcel a los presos, y en dos por tres tiene gente de sobra. Ya verá. La verdad, compadre Anastasio, hemos tonteado mucho. Parece a manera de mentira que este curro haya venido a ense­ñarnos la cartilla.

—¡Lo que es eso de saber leer y escribir!…

Los dos suspiraron con tristeza.

Luis Cervantes y muchos otros entraron a informarse de la fecha de salida.

—Mañana mismo nos vamos —dijo Demetrio sin vacilación.

Luego la Codorniz propuso traer música del puebli­to inmediato y despedirse con un baile. Y su idea fue acogida con frenesí.

Pos nos iremos —exclamó Pancracio y dio un au­llido—; pero lo que es yo ya no me voy solo… Tengo mi amor y me lo llevo.

Demetrio dijo que él de muy buena gana se llevaría también a una mozuela que traía entre ojos, pero que deseaba mucho que ninguno de ellos dejara recuerdos negros, como los federales.

—No hay que esperar mucho; a la vuelta se arregla todo —pronunció en voz baja Luis Cervantes.

¡Cómo! —dijo Demetrio—. ¿Pues no dicen que usté y Camila…?

No es cierto, mi jefe; ella lo quiere a usted… pero le tiene miedo…

—¿De veras, curro?

Sí; pero me parece muy acertado lo que usted dice: no hay que dejar malas impresiones… Cuando regresemos en triunfo, todo será diferente; hasta se lo agradecerán.

¡Ah, curro!… ¡Es usté muy lanza! —contestó De­metrio, sonriendo y palmeándole la espalda.

Al declinar la tarde, como de costumbre, Camila ba­jaba por agua al río. Por la misma vereda y a su en­cuentro venía Luis Cervantes.

Camila sintió que el corazón se le quería salir.

Quizá sin reparar en ella, Luis Cervantes, bruscamente, desapareció en un recodo de peñascos.

A esa hora, como todos los días, la penumbra apa­gaba en un tono mate las rocas calcinadas, los ramajes quemados por el sol y los musgos resecos. Soplaba un viento tibio en débil rumor, meciendo las hojas lanceo­ladas de la tierna milpa. Todo era igual; pero en las piedras, en las ramas secas, en el aire embalsamado y en la hojarasca, Camila encontraba ahora algo muy extra­ño: como si todas aquellas cosas tuvieran mucha tristeza.

Dobló una peña gigantesca y carcomida, y dio brus­camente con Luis Cervantes, encaramado en una roca, las piernas pendientes y descubierta la cabeza.

Oye, curro, ven a decirme adiós siquiera.

Luis Cervantes fue bastante dócil. Bajó y vino a ella.

—¡Orgulloso!… ¿Tan mal te serví que hasta el habla me niegas?…

¿Por qué me dices eso, Camila? Tú has sido muy buena conmigo… mejor que una amiga; me has cuidado como una hermana. Yo me voy muy agradecido de ti y siempre lo recordaré.

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r—¡Mentiroso! —dijo Camila transfigurada de ale­gría—. ¿Y si yo no te he hablado?

Yo iba a darte las gracias esta noche en el baile.

¿Cuál baile?… Si hay baile, no iré yo…

¿Por qué no irás?

—Porque no puedo ver al viejo ese… al Demetrio.

¡Qué tontal… Mira, él te quiere mucho; no pier­das esta ocasión que no volverás a encontrar en toda tu vida. Tonta, Demetrio va a llegar a general, va a ser muy rico… Muchos caballos, muchas alhajas, vestidos muy lu­josos, casas elegantes y mucho dinero para gastar… ¡Imagínate lo que serías al lado de él!

Para que no le viera los ojos, Camila los levantó ha­cia el azul del cielo. Una hoja seca se desprendió de las alturas del tajo y, balanceándose en el aire lentamente, cayó como mariposita muerta a sus pies. Se inclinó y la tomó en sus dedos. Luego, sin mirarlo a la cara, susurró:

—¡Ay, curro… si vieras qué feo siento que tú me digas eso!… Si yo a ti es al que quero… pero a ti nomás… Vete, curro; vete, que no sé por qué me da tanta vergüenza… ¡Vete, vete!…

Y tiró la hoja desmenuzada entre sus dedos angus­tiosos y se cubrió la cara con la punta de su delantal.

Cuando abrió de nuevo los ojos, Luis Cervantes ha­bía desaparecido.

Ella siguió la vereda del arroyo. El agua parecía espolvoreada de finísimo carmín; en sus ondas se remo­vían un cielo de colores y los picachos mitad luz y mitad sombra. Miríadas de insectos luminosos parpadeaban en un remanso. Yen el fondo de guijas lavadas se reprodujo con su blusa amarilla de cintas verdes, sus ena­guas blancas sin almidonar, lamida la cabeza y estiradas

las cejas y la frente; tal como se había ataviado para gustar a Luis.

Y rompió a llorar.

Entre los jarales las ranas cantaban la implacable melancolía de la hora.

Meciéndose en una rama seca, una torcaz lloró tam­bién.

XV

En el baile hubo mucha alegría y se bebió muy buen mezcal.

—Extraño a Camila —pronunció en voz alta Deme­trio.

Y todo el mundo buscó con los ojos a Camila.

Está mala, tiene jaqueca —respondió con aspere­za señá Agapita, amoscada por las miradas de malicia que todos tenían puestas en ella.

Ya al acabarse el fandango, Demetrio, bamboleán­dose un poco, dio las gracias a los buenos vecinos que tan bien los habían acogido y prometió que al triunfo de la revolución a todos los tendría presentes, que “en la cama y en la cárcel se conoce a los amigos”.

Dios los tenga de su santa mano —dijo una vieja.

—Dios los bendiga y los lleve por buen camino —di­jeron otras.

Y María Antonia, muy borracha:

—¡Que güelvan pronto… pero repronto!…

Otro día María Antonia, que aunque cacariza y con una nube en un ojo tenía muy mala fama, tan mala que se aseguraba que no había varón que no la hubiese conocido entre los jarales del río, le gritó así a Camila:

¡Epa, tú!… ¿Qué es eso?… ¿Qué haces en el rincón con el rebozo liado a la cabeza?… ¡Huy!… ¿Llorando?… ¡Mira qué ojos! ¡Ya pareces hechicera! ¡Vaya… no te apures!… No hay dolor que al alma llegue, que a los tres días no se acabe.

Señá Agapita juntó las cejas, y quién sabe qué gruñó para sus adentros.

En verdad, las comadres estaban desazonadas por la partida de la gente, y los mismos hombres, no obstante díceres y chismes un tanto ofensivos, lamentaban que no hubiera ya quien surtiera el rancho de carneros y ter­neras para comer carne a diario. ¡Tan a gusto que se pasa uno la vida comiendo y bebiendo, durmiendo a pierna tirante a la sombra de las peñas, mientras que las nubes se hacen y deshacen en el cielo!

¡Mírenlos otra vez! Allá van —gritó María Anto­nia—; parecen juguetes de rinconera.

A lo lejos, allá donde la breña y el chaparral comen­zaban a fundirse en un solo plano aterciopelado y azu­loso, se perfilaron en la claridad zafirina del cielo y so­bre el filo de una cima los hombres de Macías en sus escuetos jamelgos. Una ráfaga de aire cálido llevó hasta los jacales los acentos vagos y entrecortados de La Adelita.

Camila, que a la voz de María Antonia había salido a verlos por última vez, no pudo contenerse, y regresó ahogándose en sollozos.

María Antonia lanzó una carcajada y se alejó.

“A mi hija le han hecho mal de ojo”, rumoreó señá Agapita, perpleja.

Meditó mucho tiempo, y cuando lo hubo reflexio­nado bien, tomó una decisión: de una estaca clavada en un poste del jacal, entre el Divino Rostro y la Vir­gen de Jalpa, descolgó un barzón de cuero crudo que servía a su marido para uncir la yunta y, doblándolo, propinó a Camila una soberbia golpiza para sacarle todo el daño.

En su caballo zaino, Demetrio se sentía rejuvenecido; sus ojos recuperaban su brillo metálico peculiar, y en sus mejillas cobrizas de indígena de pura raza corría de nue­vo la sangre roja y caliente.

Todos ensanchaban sus pulmones como para respi­rar los horizontes dilatados, la inmensidad del cielo, el azul de las montañas y el aire fresco, embalsamado de los aromas de la sierra. Y hacían galopar sus caballos, como si en aquel correr desenfrenado pretendieran posesionarse de toda la tierra. ¿Quién se acordaba ya del severo comandante de la policía, del gendarme gruñón y del cacique enfatuado? ¿Quién del mísero jacal, donde se vive como esclavo, siempre bajo la vigilan­cia del amo o del hosco y sañudo mayordomo, con la obligación imprescindible de estar de pie antes de salir el sol, con la pala y la canasta, o la mancera y el otate, para ganarse la olla de atole y el plato de frijoles del día?

Cantaban, reían y ululaban, ebrios de sol, de aire y de vida.

El Meco, haciendo cabriolas, mostraba su blanca den­tadura, bromeaba y hacía payasadas.

Oye, Pancracio —preguntó muy serio—; en carta que me pone mi mujer me notifica que izque ya tene­mos otro hijo. ¿Cómo es eso? ¡Yo no la veo dende tiem­pos del siñor Madero!

No, no es nada… ¡La dejaste enhuevada!

Todos ríen estrepitosamente. Sólo el Meco, con mu­cha gravedad e indiferencia, canta en horrible falsete:

Yo le daba un centavo y ella me dijo que no… Yo le daba medio y no lo quiso agarrar.

Tanto me estuvo rogando hasta que me sacó un rial. ¡Ay, qué mujeres ingratas, no saben considerar!

La algarabía cesó cuando el sol los fue aturdiendo.

Todo el día caminaron por el cañón, subiendo y ba­jando cerros redondos, rapados y sucios como cabezas tiñosas, cerros que se sucedían interminablemente.

Al atardecer, en la lejanía, en medio de un lomerío azul, se esfumaron unas torrecillas acanteradas; luego la carretera polvorienta en blancos remolinos y los postes grises del telégrafo.

Avanzaron hacia el camino real y, a lo lejos, descu­brieron el bulto de un hombre en cuclillas, a la vera. Llegaron hasta allí. Era un viejo haraposo y mal encarado. Con una navaja sin filo remendaba trabajosamente un guarache. Cerca de él pacía un borrico cargado de yerba.

Demetrio interrogó:

¿Qué haces aquí, abuelito?

Voy al pueblo a llevar alfalfa para mi vaca. —¿Cuántos son los federales?

—Sí…, unos cuantos; creo que no llegan a la docena. El viejo soltó la lengua. Dijo que había rumores muy graves: que Obregón estaba ya sitiando a Guadalajara;

Carrera Torres, dueño de San Luis Potosí, y Pánfilo Na­tera, en Fresnillo.

Bueno —habló Demetrio—, puedes irte a tu pue­blo; pero cuidado con ir a decir a nadie una palabra de lo que has visto, porque te trueno. Daría contigo aunque te escondieras en el centro de la tierra.

—¿Qué dicen, muchachos? —interrogó Demetrio cuando el viejo se había alejado.

—¡A darles!… ¡A no dejar un mocho vivo! —excla­maron todos a una.

Contaron los cartuchos y las granadas de mano que el Tecolote había fabricado con fragmentos de tubo de hierro y perillas de latón.

Son pocos —observó Anastasio—; pero los vamos a cambiar por carabinas.

Y, ansiosos, se apresuraban a seguir delante, hincando las espuelas en los ijares enjutados de sus agotadas recuas.

La voz imperiosa de Demetrio los detuvo.

Acamparon a la falda de una loma, protegidos por espeso huizachal. Sin desensillar, cada uno fue buscando una piedra para cabecera.

XVI

A medianoche, Demetrio Macías dio la orden de marcha. El pueblo distaba una o dos leguas, y había que dar un albazo a los federales.

El cielo estaba nublado, brillaban una que otra es­trella y, de vez en vez, en el parpadeo rojizo de un re­lámpago, se iluminaba vivamente la lejanía.

Luis Cervantes preguntó a Demetrio si no sería con­veniente, para el mejor éxito del ataque, tomar un guía o cuando menos procurarse los datos topográficos del pueblo y la situación precisa del cuartel.

—No, curro —respondió Demetrio sonriendo y con un gesto desdeñoso—; nosotros caemos cuando ellos menos se lo esperen, y ya. Así lo hemos hecho muchas veces. ¿Ha visto cómo sacan la cabeza las ardillas por la boca del tusero cuando uno se los llena de agua? Pues igual de aturdidos van a salir estos mochitos infelices luego que oigan los primeros disparos. No salen más que a servirnos de blanco.

¿Y si el viejo que ayer nos informó nos hubiera mentido? ¿Si en vez de veinte hombres resultaran cin­cuenta? ¿Si fuese un espía apostado por los federales?

—¡Este curro ya tuvo miedo! —dijo Anastasio Mon­tañés.

¡Como que no es igual poner cataplasmas y lavati­vas a manejar un fusil! —observó Pancracio.

¡Hum! —repuso el Meco—. Es ya mucha pláti­ca…! Pa una docena de ratas aturdidas!

No va a ser hora cuando nuestras madres sepan si parieron hombres o qué —agregó el Manteca.

Cuando llegaron a orillas del pueblito, Venancio se adelantó y llamó a la puerta de una choza.

—¿Dónde está el cuartel? —interrogó al hombre que salió, descalzo y con una garra de jorongo abrigando su pecho desnudo.

El cuartel está abajito de la plaza, amo —contestó.

Mas como nadie sabía dónde era abajito de la plaza, Venancio lo obligó a que caminara a la cabeza de la co­lumna y les enseñara el camino.

Temblando de espanto el pobre diablo, exclamó que era una barbaridad lo que hacían con él.

—Soy un pobre jornalero, siñor; tengo mujer y mu­chos hijos chiquitos.

—¿Y los que yo tengo serán perros? —repuso Deme­trio.

Luego ordenó:

—Mucho silencio, y uno a uno por la tierra suelta a media calle.

Dominando el caserío, se alzaba la ancha cúpula cuadrangular de la iglesia.

Miren, siñores, al frente de la iglesia está la plaza, caminan nomás otro tantito pa abajo, y allí mero queda el cuartel.

Luego se arrodilló, pidiendo que ya le dejaran re­gresar; pero Pancracio, sin responderle, le dio un cu­latazo sobre el pecho y lo hizo seguir delante.

¿Cuántos soldados están aquí? —inquirió Luis Cervantes.

Amo, no quiero mentirle a su mercé; pero la ver­dá, la mera verdá, que son un titipuchal…

Luis Cervantes se volvió hacia Demetrio que fingía no haber escuchado.

De pronto desembocaron en una plazoleta. Una es­truendosa descarga de fusilería los ensordeció. Estremeciéndose, el caballo zaino de Demetrio vaciló sobre las piernas, dobló las rodillas y cayó pataleando. El Tecolote lanzó un grito agudo y rodó del caballo, que fue a dar a media plaza, desbocado.

Una nueva descarga, y el hombre guía abrió los bra­zos y cayó de espaldas, sin exhalar una queja. Anastasio Montañés levantó rápidamente a Deme

trio y se lo puso en ancas. Los demás habían retrocedi­do ya y se amparaban en las paredes de las casas.

Señores, señores —habló un hombre del pueblo, sacando la cabeza de un zaguán grande—, lléguenles por la espalda de la capilla… allí están todos. Devuél­vanse por esta misma calle, tuerzan sobre su mano zur­da, luego darán con un callejoncito, y sigan otra vez adelante a caer en la mera espalda de la capilla.

En ese momento comenzaron a recibir una nutrida lluvia de tiros de pistola. Venían de las azoteas cercanas.

¡Hum —dijo el hombre—, ésas no son arañas que pican!… Son los curros… Métanse aquí mientras se van… Esos le tienen miedo hasta a su sombra.

¿Qué tantos son los mochos? —preguntó De­metrio.

No estaban aquí más que doce; pero anoche trai­ban mucho miedo y por telégrafo llamaron a los de delantito. ¡Quién sabe los que serán!… Pero no le hace que sean muchos. Los más han de ser de leva, y todo es que uno haga por voltearse y dejan a los jefes solos. A mi hermano le tocó la leva condenada y aquí lo train. Yo me voy con ustedes, le hago una señal y verán cómo todos se vienen de este lado. Y acabamos nomás con los puros oficiales. Si el siñor quisiera darme una armita…

—Rifle no queda, hermano; pero esto de algo te ha de servir —dijo Anastasio Montañés tendiéndole al hombre dos granadas de mano.

El jefe de los federales era un joven de pelo rubio y bigotes retorcidos, muy presuntuoso. Mientras no supo a ciencia cierta el número de los asaltantes, se había mantenido callado y prudente en extremo; pero ahora

que los acababan de rechazar con tal éxito que no les habían dado tiempo para contestar un tiro siquiera, hacía gala de valor y temeridad inauditos. Cuando todos los soldados apenas se atrevían a asomar sus cabezas detrás de los pretiles del pórtico, él, a la pálida claridad del amanecer, destacaba airosamente su esbelta silueta y su capa dragona, que el aire hinchaba de vez en vez.

—¡Ah, me acuerdo del cuartelazo!…

Como su vida militar se reducía a la aventura en que se vio envuelto como alumno de la Escuela de Aspi­rantes al verificarse la traición al presidente Madero, siempre que un motivo propicio se presentaba, traía a colación la hazaña de la Ciudadela.

—Teniente Campos —ordenó enfático—, baje us­ted con diez hombres a chicotearme a esos bandidos que se esconden… ¡Canallas!… ¡Sólo son bravos para comer vacas y robar gallinas!

En la puertecilla del caracol apareció un paisano. Llevaba el aviso de que los asaltantes estaban en un corral, donde era facilísimo cogerlos inmediatamente.

Eso informaban los vecinos prominentes del pueblo, apostados en las azoteas y listos para no dejar escapar al enemigo.

—Yo mismo voy a acabar con ellos —dijo con impe­i tuosidad el oficial. Pero pronto cambió de opinión. De la puerta misma del caracol retrocedió:

—Es posible que esperen refuerzos, y no será pru­dente que yo desampare mi puesto. Teniente Campos, va usted y me los coge vivos a todos, para fusilarlos hoy mismo al mediodía, a la hora que la gente esté saliendo de la misa mayor. ¡Ya verán los bandidos qué ejempla­res sé poner!… Pero si no es posible, teniente Campos,

acabe con todos. No me deje uno solo vivo. ¿Me ha entendido?

Y, satisfecho, comenzó a dar vueltas, meditando la redacción del parte oficial que rendiría: “Señor minis­tro de la Guerra, general don Aureliano Blanquet.—México.—Hónrome, mi general, en poner en el supe­rior conocimiento de usted que en la madrugada del día… una partida de quinientos hombres al mando del cabecilla H… osó atacar esta plaza. Con la violen­cia que el caso demandaba, me fortifiqué en las alturas de la población. El ataque comenzó al amanecer, du­rando más de dos horas un nutrido fuego. No obstante la superioridad numérica del enemigo, logré castigarlo severamente, infligiéndole completa derrota. El nú­mero de muertos fue el de veinte y mayor el de heri­dos, a juzgar por las huellas de sangre que dejaron en su precipitada fuga. En nuestras filas tuvimos la fortu­na de no contar una sola baja.—Me honro en felicitar a usted, señor ministro, por el triunfo de las armas del gobierno. ¡Viva el señor general don Victoriano Huer­ta! ¡Viva México!”

“Y luego —siguió pensando— mi ascenso seguro a `mayor’.” Y se apretó las manos con regocijo, en el mis­mo momento en que un estallido lo dejó con los oídos zumbando.

XVII

—¿De modo es que si por este corral pudiéramos atra­vesar saldríamos derecho al callejón? —preguntó Demetrio.

—Sí; sólo que del corral sigue una casa, luego otro corral y una tienda más adelante —respondió el paisano.

Demetrio, pensativo, se rascó la cabeza. Pero su decisión fue pronta.

—¿Puedes conseguir un barretón, una pica, algo así como para agujerear la pared?

—Sí, hay de todo…; pero…

—¿Pero qué?… ¿En dónde están?

—Cabal que al están los avíos; pero todas esas casas son del patrón, y…

Demetrio, sin acabar de escucharlo, se encaminó hacia el cuarto señalado como depósito de la herra­mienta.

Todo fue obra de breves minutos.

Luego que estuvieron en el callejón, uno tras otro, arrimados a las paredes, corrieron hasta ponerse de­trás del templo.

Había que saltar primero una tapia, en seguida el muro posterior de la capilla.

“Obra de Dios”, pensó Demetrio. Y fue el primero que la escaló.

Cual monos, siguieron tras él los otros, llegando arriba con las manos estriadas de tierra y de sangre. El resto fue más fácil: escalones ahuecados en la mampos­tería les permitieron salvar con ligereza el muro de la capilla; luego la cúpula misma los ocultaba de la vista de los soldados.

—Párense tantito —dijo el paisano—; voy a ver dón­de anda mi hermano. Yo les hago la señal…, después sobre las clases, ¿eh?

Sólo que no había en aquel momento quien repara­ra ya en él.

Demetrio contempló un instante el negrear de los capotes a lo largo del pretil, en todo el frente y por los lados, en las torres apretadas de gente, tras la baranda de hierro.

Se sonrió con satisfacción, y volviendo la cara a los suyos, exclamó:

¡Horal…

Veinte bombas estallaron a un tiempo en medio de los federales, que, llenos de espanto, se irguieron con los ojos desmesuradamente abiertos. Mas antes de que pudieran darse cuenta cabal del trance, otras veinte bom­bas reventaban con fragor, dejando un reguero de muer­tos y heridos.

—¡Tovía no!… ¡Tovía no!… Tovía no veo a mi her­mano… —imploraba angustiado el paisano.

En vano un viejo sargento increpa a los soldados y los injuria, con la esperanza de una reorganización sal­vadora. Aquello no es más que una correría de ratas dentro de la trampa. Unos van a tomar la puertecilla de la escalera y allí caen acribillados a tiros por De­metrio; otros se echan a los pies de aquella veintena de espectros de cabeza y pechos oscuros como de hierro, de largos calzones blancos desgarrados, que les bajan hasta los guaraches. En el campanario algunos luchan por salir, de entre los muertos que han caído sobre ellos.

¡Mi jefe! —exclama Luis Cervantes alarmadísi­mo—. ¡Se acabaron las bombas y los rifles están en el corral! ¡Qué barbaridad!…

Demetrio sonríe, saca un puñal de larga hoja relu­ciente. Instantáneamente brillan los aceros en las ma­nos de sus veinte soldados; unos largos y puntiagudos,

otros anchos como la palma de la mano, y muchos pe­sados como marrazos.

—¡El espía! —clama en son de triunfo Luis Cer­vantes—. ¡No se los dije!

¡No me mates, padrecito! —implora el viejo sar­gento a los pies de Demetrio, que tiene su mano armada en alto.

El viejo levanta su cara indígena llena de arrugas y sin una cana. Demetrio reconoce al que la víspera los engañó.

En un gesto de pavor, Luis Cervantes vuelve bruscamente el rostro. La lámina de acero tropieza con las costillas, que hacen crac, crac, y el viejo cae de espaldas con los brazos abiertos y los ojos espantados.

¡A mi hermano, no!… ¡No lo maten, es mi her­mano! —grita loco de terror el paisano que ve a Pan­cracio arrojarse sobre un federal.

Es tarde. Pancracio, de un tajo, le ha rebanado el cuello, y como de una fuente borbotan dos chorros escarlata.

¡Mueran los juanes!… ¡Mueran los mochos!…

Se distinguen en la carnicería Pancracio y el Mante­ca, rematando a los heridos. Montañés deja caer su mano, rendido ya; en su semblante persiste su mirada dulzona, en su impasible rostro brillan la ingenuidad del niño y la amoralidad del chacal.

—Acá queda uno vivo —grita la Codorniz.

Pancracio corre hacia él. Es el capitancito rubio de bigote borgoñón, blanco como la cera, que, arrimado a un rincón cerca de la entrada al caracol, se ha dete­nido por falta de fuerzas para descender.

Pancracio lo lleva a empellones al pretil. Un rodilla

zo en las caderas y algo como un saco de piedras que cae de veinte metros de altura sobre el atrio de la iglesia.

—¡Qué bruto eres! —exclama la Codorniz—, si la malicio, no te digo nada. ¡Tan buenos zapatos que le iba yo a avanzar!

Los hombres, inclinados ahora, se dedican a desnu­dar a los que traen mejores ropas. Y con los despojos se visten, y bromean y ríen muy divertidos.

Demetrio, echando a un lado los largos mechones que le han caído sobre la frente, cubriéndole los ojos, empapados en sudor, dice:

¡Ahora a los curros!

XVIII

Demetrio llegó con cien hombres a Fresnillo el mismo día que Pánfilo Natera iniciaba el avance de sus fuerzas sobre la plaza de Zacatecas.

El jefe zacatecano lo acogió cordialmente.

—¡Ya sé quién es usted y qué gente trae! ¡Ya tengo noticia de la cuereada que han dado a los federales desde Tepic hasta Durango!

Natera estrechó efusivamente la mano de Macías, en tanto que Luis Cervantes peroraba:

—Con hombres como mi general Natera y mi coro­nel Macías, nuestra patria se verá llena de gloria.

Demetrio entendió la intención de aquellas pala­bras cuando oyó repetidas veces a Natera llamarle “mi coronel”.

Hubo vino y cervezas. Demetrio chocó muchas veces su vaso con el de Natera. Luis Cervantes brindó “por el triunfo de nuestra causa, que es el triunfo sublime

de la justicia; porque pronto veamos realizados los ideales de redención de este nuestro pueblo sufrido y noble, y sean ahora los mismos hombres que han rega­do con su propia sangre la tierra los que cosechen los frutos que legítimamente les pertenecen”.

Natera volvió un instante su cara adusta hacia el parlanchín, y dándole luego la espalda, se puso a plati­car con Demetrio.

Poco a poco, uno de los oficiales de Natera se había acercado fijándose con insistencia en Luis Cervantes. Era joven, de semblante abierto y cordial.

¿Luis Cervantes?…

¿El señor Solís?

Desde que entraron ustedes creí conocerlo… Y, ¡vamos!, ahora lo veo y aún me parece mentira.

Y no lo es…

—¿De modo que…? Pero vamos a tomar una copa; venga usted…

¡Bah! —prosiguió Solís ofreciendo asiento a Luis Cervantes—. ¿Pues desde cuándo se ha vuelto usted re­volucionario?

Dos meses corridos.

¡Ah, con razón habla todavía con ese entusiasmo y esa fe con que todos venimos aquí al principio!

- ¿Usted los ha perdido ya?

—Mire, compañero, no le extrañen confidencias de buenas a primeras. Da tanta gana de hablar con gente de sentido común, por acá, que cuando uno suele en­contrarla se le quiere con esa misma ansiedad con que se quiere un jarro de agua fría después de caminar con la boca seca horas y más horas bajo los rayos del sol… Pero, francamente, necesito ante todo que usted me explique… No comprendo cómo el corresponsal de El País en tiempo de Madero, el que escribía furibun­dos artículos en El Regional, el que usaba con tanta pro­digalidad del epíteto de bandidos para nosotros, milite en nuestras propias filas ahora.

—¡La verdad de la verdad, me han convencido! —repuso enfático Cervantes.

¿Convencido?…

Solís dejó escapar un suspiro; llenó los vasos y be­bieron.

—¿Se ha cansado, pues, de la revolución? —pregun­tó Luis Cervantes esquivo.

¿Cansado?… Tengo veinticinco años y, usted lo ve, me sobra salud… ¿Desilusionado? Puede ser.

Debe tener sus razones…

“Yo pensé una florida pradera al remate de un camino… Y me encontré un pantano.” Amigo mío: hay hechos y hay hombres que no son sino pura hiel… Y esa hiel va cayendo gota a gota en el alma, y todo lo amarga, todo lo envenena. Entusiasmo, esperanzas, ideales, alegrías…, ¡nada! Luego no le queda más: o se convierte usted en un bandido igual a ellos, o desapa­rece de la escena, escondiéndose tras las murallas de un egoísmo impenetrable y feroz.

A Luis Cervantes le torturaba la conversación; era para él un sacrificio oír frases tan fuera de lugar y tiem­po. Para eximirse, pues, de tomar parte activa en ella, invitó a Solís a que menudamente refiriera los hechos que le habían conducido a tal estado de desencanto.

¿Hechos?… Insignificancias, naderías: gestos inadvertidos para los más; la vida instantánea de una lí­nea que se contrae, de unos ojos que brillan, de unos labios que se pliegan; el significado fugaz de una fiase que se pierde. Pero hechos, gestos y expresiones que, agrupados en su lógica y natural expresión, constitu­yen e integran una mueca pavorosa y grotesca a la vez de una raza… ¡De una raza irredental… —Apuró un nuevo vaso de vino, hizo una larga pausa y prosiguió—: Me preguntará que por qué sigo entonces en la revolu­ción. La revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval…

Interrumpió a Solís la presencia de Demetrio Ma­cías, que se acercó.

Nos vamos, curro…

Alberto Solís, con fácil palabra y acento de sinceri­dad profunda, lo felicitó efusivamente por sus hechos de armas, por sus aventuras, que lo habían hecho fa­moso, siendo conocidas hasta por los mismos hombres de la poderosa División del Norte.

Y Demetrio, encantado, oía el relato de sus hazañas, compuestas y aderezadas de tal suerte, que él mismo no las conociera. Por lo demás, aquello tan bien sona­ba a sus oídos, que acabó por contarlas más tarde en el mismo tono y aun por creer que así habíanse realizado.

¡Qué hombre tan simpático es el general Natera! —observó Luis Cervantes cuando regresaba al me­són—. En cambio, el capitancillo Solís… ¡qué latal…

Demetrio Macías, sin escucharlo, muy contento, le oprimió un brazo y le dijo en voz baja:

—Ya soy coronel de veras, curro… Y usted, mi secre­tario…

Los hombres de Macías también hicieron muchas amistades nuevas esa noche, y “por el gusto de habernos conocido”, se bebió harto mezcal y aguardiente. Como no todo el mundo congenia y a veces el alcohol es mal consejero, naturalmente hubo sus diferencias; pero todo se arregló en buena forma y fuera de la cantina, de la fonda o del lupanar, sin molestar a los amigos.

A la mañana siguiente amanecieron algunos muer­tos: una vieja prostituta con un balazo en el ombligo y dos reclutas del coronel Macías con el cráneo aguje­reado. Anastasio Montañés le dio cuenta a su jefe, y éste, alzando los hombros, dijo:

¡Psch!… Pos que los entierren…

XIX

—Allí vienen ya los gorrudos —clamaron con azoro los vecinos de Fresnillo cuando supieron que el asalto de los revolucionarios a la plaza de Zacatecas había sido un fracaso.

Volvía la turba desenfrenada de hombres requema. dos, mugrientos y casi desnudos, cubierta la cabeza con sombreros de palma de alta copa cónica y de inmensa falda que les ocultaba medio rostro.

Les llamaban los gorrudos. Y los gorrudos regresa­ban tan alegremente como habían marchado días an­tes a los combates, saqueando cada pueblo, cada ha­cienda, cada ranchería y hasta el jacal más miserable que encontraban a su paso.

¿Quién me merca esta maquinaria? —pregonaba uno, enrojecido y fatigado de llevar la carga de su “avance”.

Era una máquina de escribir nueva, que a todos atrajo con los deslumbrantes reflejos del niquelado.

La “Oliver”, en una sola mañana, había tenido cinco propietarios, comenzando por valer diez pesos, depreciándose uno o dos a cada cambio de dueño. La verdad era que pesaba demasiado y nadie podía soportarla más de media hora.

Doy peseta por ella —ofreció la Codorniz.

Es tuya —respondió el dueño dándosela prontamente y con temores ostensibles de que aquél se arrepintiera.

La Codorniz, por veinticinco centavos, tuvo el gusto de tomarla en sus manos y de arrojarla luego contra las piedras, donde se rompió ruidosamente.

Fue como una señal: todos los que llevaban objetos pesados o molestos comenzaran a deshacerse de ellos, estrellándolos contra las rocas. Volaron los aparatos de cristal y porcelana; gruesos espejos, candelabros de latón, finas estatuillas, tibores y todo lo redundante del “avance” de la jornada quedó hecho añicos por el camino.

Demetrio, que no participaba de aquella alegría, ajena del todo al resultado de las operaciones militares, llamó aparte a Montañés y a Pancracio y les dijo:

—A éstos les falta nervio. No es tan trabajoso tomar una plaza. Miren, primero se abre uno así…, luego se va juntando, se va juntando…, hasta que ¡zas!… ¡Y ya!

Y, en un gesto amplio, abría sus brazos nervudos y fuertes; luego los aproximaba poco a poco, acompa­ñando el gesto a la palabra, hasta estrecharlos contra su pecho.

Anastasio y Pancracio encontraban tan sencilla y tan clara la explicación, que contestaron convencidos:

¡Esa es la mera verdá!… ¡A éstos les falta ñervo!…

La gente de Demetrio se alojó en un corral.

—¿Se acuerda de Camila, compadre Anastasio? —exclamó suspirando Demetrio, tirado boca arriba en el estiércol, donde todos, acostados ya, bostezaban de sueño.

¿Quién es esa Camila, compadre?

La que me hacía de comer allá, en el ranchito… Anastasio hizo un gesto que quería decir: “Esas co­sas de mujeres no me interesan a mí”.

No se me olvida —prosiguió Demetrio hablando y con el cigarro en la boca—. Iba yo muy retemalo. Acababa de beberme un jarro de agua azul muy fres­quecita. “¿No quere más?”, me preguntó la prietilla… Bueno, pos me quedé rendido del calenturón, y too fue estar viendo una jícara de agua azul y oír la voce­cita: “¿No quere más?”… Pero una voz, compadre, que me sonaba en las orejas como organillo de plata… Pancracio, tú ¿qué dices? ¿Nos vamos al ranchito?

Mire, compadre Demetrio, ¿a que no me lo cree? Yo tengo mucha experiencia en eso de las viejas… ¡Las mujeres!… Pa un rato… ¡Y mi’ qué rato!… ¡Pa las le­pras y rasguños con que me han marcao el pellejo! ¡Mal ajo pa ellas! Son el enemigo malo. De veras, compadre, ¿voy que no me lo cree?… Por eso verá que ni… Pero yo tengo mucha experiencia en eso.

¿Qué día vamos al ranchito, Pancracio? —insistió Demetrio, echando una bocanada de humo gris.

Usté nomás dice… Ya sabe que allí dejé a mi amor…

—Tuyo… y no —pronunció la Codorniz amodo­rrado.

Tuya… y mía también. Güeno es que seas compadecido y nos la vayas a trair de veras —rumoreó el Manteca.

Hombre, sí, Pancracio; traite a la tuerta María Antonia, que por acá hace mucho frío —gritó a lo le­jos el Meco.

Y muchos prorrumpieron en carcajadas, mientras el Manteca y Pancracio iniciaban su torneo de insolencias y obscenidades.

XX

—¡Que viene Villa!

La noticia se propagó con la velocidad del relámpago.

—¡Ah, Villal… La palabra mágica. El gran hombre que se esboza; el guerrero invicto que ejerce a distan­cia ya su gran fascinación de boa.

¡Nuestro Napoleón mexicano! —exclama Luis Cervantes.

Sí, “el Aguila azteca, que ha clavado su pico de ace­ro sobre la cabeza de la víbora Victoriano Huerta”… Así dije en un discurso en Ciudad Juárez —habló en tono un tanto irónico Alberto Solís, el ayudante de Natera.

Los dos, sentados en el mostrador de una cantina, apuraban sendos vasos de cerveza.

Y los gorrudos de bufandas al cuello, de gruesos zapatones de vaqueta y encallecidas manos de vaquero, comiendo y bebiendo sin cesar, sólo hablaban de Villa y sus tropas.

Los de Natera hacían abrir tamaña boca de admira­ción a los de Macías.

¡Oh, Villal… ¡Los combates de Ciudad Juárez, Tierra Blanca, Chihuahua, Torreón!

Pero los hechos vistos y vividos no valían nada. Ha­bía que oír la narración de sus proezas portentosas, donde, a renglón seguido de un acto de sorprendente magnanimidad, venía la hazaña más bestial. Villa es el indomable señor de la sierra, la eterna víctima de to­dos los gobiernos, que lo persiguen como una fiera; Villa es la reencarnación de la vieja leyenda: el bandi­do providencia, que pasa por el mundo con la antorcha luminosa de un ideal: ¡robar a los ricos para hacer ri­cos a los pobres! Ylos pobres le forjan una leyenda que el tiempo se encargará de embellecer para que viva de generación en generación.

Pero sí sé decirle, amigo Montañés —dijo uno de los de Natera—, que si usted le cae bien a mi general Villa, le regala una hacienda; pero si le choca…, ¡nomás lo manda fusilar!…

¡Ah, las tropas de Villa! Puros hombres norteños, muy bien puestos, de sombrero tejano, traje de kaki nuevecito y calzado de los Estados Unidos de a cuatro dólares.

Y cuando esto decían los hombres de Natera, se mi­raban entre sí desconsolados, dándose cuenta cabal de sus sombrerazos de soyate podridos por el sol y la hu­medad y de las garras de calzones y camisas que medio cubrían sus cuerpos sucios y empiojados.

Porque ahí no hay hambre… Traen sus carros apretados de bueyes, carneros, vacas. Furgones de ropa; trenes enteros de parque y armamentos, y comestibles para que reviente el que quiera.

Luego se hablaba de los aeroplanos de Villa.

¡Ah, los airoplanos! Abajo, así de cerquita, no sabe usted qué son; parecen canoas, parecen chalupas; pero

que comienzan a subir, amigo, y es un ruidazo que lo aturde. Luego algo como un automóvil que va muy re­cio. Y haga usté de cuenta un pájaro grande, muy grande, que parece de repente que ni se bulle siquiera. Y aquí va lo mero bueno: adentro de ese pájaro, un grin­go lleva miles de granadas. ¡Afigúrese lo que será eso! Llega la hora de pelear, y como quien les riega maíz a las gallinas, allí van puños y puños de plomo pa’1 enemigo… Y aquello se vuelve un camposanto: muertos por aquí, muertos por allí, y ¡muertos por todas partes!

Y como Anastasio Montañés preguntara a su inter­locutor si la gente de Natera había peleado ya junto con la de Villa, se vino a cuenta de que todo lo que con tanto entusiasmo estaban platicando sólo de oídas lo sabían, pues que nadie de ellos le había visto jamás la cara a Villa.

¡Hum…, pos se me hace que de hombre a hom­bre todos semos iguales!… Lo que es pa mí naiden es más hombre que otro. Pa peliar, lo que uno necesita es nomás tantita vergüenza. ¡Yo, qué soldado ni qué nada había de ser! Pero, oiga, al donde me mira tan desgarrao… ¿Voy que no me lo cree? Pero, de veras, yo no tengo necesidá…

¡Tengo mis diez yuntas de bueyes!… ¿A que no me lo cree? —dijo la Codorniz a espaldas de Anastasio, remedándolo y dando grandes risotadas.

XXI

El atronar de la fusilería aminoró y fue alejándose. Luis Cervantes se animó a sacar la cabeza de su escondrijo,

en medio de los escombros de unas fortificaciones, en lo más alto del cerro.

Apenas se daba cuenta de cómo había llegado hasta allí. No supo cuándo desaparecieron Demetrio y sus hombres de su lacto. Se encontró solo de pronto, y lue­go, arrebatado por una avalancha de infantería, lo derri­baron de la montura, y cuando, todo pisoteado, se en­derezó, uno de a caballo lo puso a grupas. Pero, a poco, caballo y montados dieron en tierra, y él sin saber de su fusil, ni del revólver, ni de nada, se encontró en medio de la blanca humareda y del silbar de los proyec­tiles. Y aquel hoyanco y aquellos pedazos de adobes amontonados se le habían ofrecido como abrigo segu­rísimo.

¡Compañero!…

¡Compañero!…

Me tiró el caballo; se me echaron encima; me han creído muerto y me despojaron de mis armas… ¿Qué podía yo hacer? —explicó apenado Luis Cervantes.

A mí nadie me tiró… Estoy aquí por precau­ción…, ¿sabe?…

El tono festivo de Alberto Solís ruborizó a Luis Cer­vantes.

¡Caramba! —exclamó aquél—. ¡Qué machito es su jefe! ¡Qué temeridad y qué serenidad! No sólo a mí, sino a muchos bien quemados nos dejó con tamaña boca abierta.

Luis Cervantes, confuso, no sabía qué decir.

¡Ah! ¿No estaba usted allí? ¡Bravo! ¡Buscó lugar seguro a muy buena horal… Mire, compañero; venga para explicarle. Vamos allí, detrás de aquel picacho. Note que de aquella laderita, al pie del cerro, no hay más vía accesible que lo que tenemos delante; a la de­recha la vertiente está cortada a plomo y toda manio­bra es imposible por ese lado; punto menos por la izquierda: el ascenso es tan peligroso, que dar un solo paso en falso es rodar y hacerse añicos por las vivas aristas de las rocas. Pues bien; una parte de la brigada Moya nos tendimos en la ladera, pecho a tierra, resuel­tos a avanzar sobre la primera trinchera de los fede­rales. Los proyectiles pasaban zumbando sobre nuestras cabezas; el combate era ya general; hubo un momento en que dejaron de foguearnos. Nos supusimos que se les atacaba vigorosamente por la espalda. Entonces nosotros nos arrojamos sobre la trinchera. ¡Ah, compa­ñero, fíjese!… De media ladera abajo es un verdadero tapiz de cadáveres. Las ametralladoras lo hicieron todo; nos barrieron materialmente; unos cuantos pudimos escapar. Los generales estaban lívidos y vacilaban en ordenar una nueva carga con el refuerzo inmediato que nos vino. Entonces fue cuando Demetrio Macías, sin esperar ni pedir órdenes a nadie, gritó:

—¡Arriba, muchachos!…

—¡Qué bárbaro! —clamé asombrado.

“Los jefes, sorprendidos, no chistaron. El caballo de Macías, cual si en vez de pesuñas hubiese tenido garras de águila, trepó sobre estos peñascos. ‘¡Arriba, arriba!’, gritaron sus hombres, siguiendo tras él, como venados, sobre las rocas, hombres y bestias hechos uno. Sólo un muchacho perdió pisada y rodó al abismo; los demás aparecieron en brevísimos instantes en la cumbre, derri­bando trincheras y acuchillando soldados. Demetrio lazaba las ametralladoras, tirando de ellas cual si fue­sen toros bravos. Aquello no podía durar. La desigual

dad numérica los habría aniquilado en menos tiempo del que gastaron en llegar allí. Pero nosotros nos apro­vechamos del momentáneo desconcierto, y con rapidez vertiginosa nos echamos sobre las posiciones y los arro­jamos de ellas con la mayor facilidad. ¡Ah, qué bonito soldado es su jefe!”

De lo alto del cerro se veía un costado de la Bufa, con su crestón, como testa empenachada de altivo rey azte­ca. La vertiente, de seiscientos metros, estaba cubierta de muertos, con los cabellos enmarañados, manchadas las ropas de tierra y de sangre, y en aquel hacinamiento de cadáveres calientes, mujeres haraposas iban y ve­nían como famélicos coyotes esculcando y despojando.

En medio de la humareda blanca de la fusilería y los negros borbotones de los edificios incendiados, refulgían al claro sol casas de grandes puertas y múltiples ventanas, todas cerradas; calles en amontonamiento, sobrepuestas y revueltas en vericuetos pintorescos, tre­pando a los cerros circunvecinos. Y sobre el caserío ri­sueño se alzaba una alquería de esbeltas columnas y las torres y cúpulas de las iglesias.

—¡Qué hermosa es la revolución, aun en su misma barbarie! —pronunció Solís conmovido. Luego, en voz baja y con vaga melancolía:

—Lástima que lo que falta no sea igual. Hay que es­perar un poco. A que no haya combatientes, a que no se oigan más disparos que los de las turbas entregadas a las delicias del saqueo; a que resplandezca diáfana, como una gota de agua, la psicología de nuestra raza, conden­sada en dos palabras: ¡robar, matar!… ¡Qué chasco, amigo mío, si los que venimos a ofrecer todo nuestro entusiasmo, nuestra misma vida por derribar a un miserable asesino, resultásemos los obreros de un enorme pedestal donde pudieran levantarse cien o doscientos mil monstruos de la misma especie!… ¡Pueblo sin ideales, pueblo de tiranos!… ¡Lástima de sangre!

Muchos federales fugitivos subían huyendo de soldados de grandes sombreros de palma y anchos calzones blancos.

Pasó silbando una bala.

Alberto Solís, que, cruzados los brazas, permanecía absorto después de sus últimas palabras, tuvo un sobresalto repentino y dijo:

—Compañero, maldito lo que me simpatizan estos mosquitos zumbadores. ¿Quiere que nos alejemos un poco de aquí?

Fue la sonrisa de Luis Cervantes tan despectiva, que Solís, amoscado, se sentó tranquilamente en una peña.

Su sonrisa volvió a vagar siguiendo las espirales de humo de los rifles y la polvareda de cada casa derribada y cada techo que se hundía. Y creyó haber descubierto un símbolo de la revolución en aquellas nubes de hu­mo y en aquellas nubes de polvo que fraternalmente ascendían, se abrazaban, se confundían y se borraban en la nada.

—¡Ah —clamó de pronto—, ahora sí!…

Y su mano tendida señaló la estación de los ferrocarriles. Los trenes resoplando furiosos, arrojando espesas columnas de humo, los carros colmados de gente que escapaba a todo vapor.

Sintió un golpecito seco en el vientre, y como si las piernas se le hubiesen vuelto de trapo, resbaló de la pie­dra. Luego le zumbaron los oídos… Después, oscuridad y silencio eternos…

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